De la duda y la certeza, el baile de la memoria.

Cada cierto tiempo – últimamente me ocurre con más frecuencia de lo habitual – llego al punto de hartarme de mi propia necesidad de otorgarle un sentido semántico, conceptual y verbal a cada uno de mis sentimientos, emociones y contradicciones. Sí, me harta esa fragmentaria confusión que me atormenta, la constante diatriba de mi voz intelectual y mi aspecto más transgresor y virulento, ese lado oscuro que muchas veces le da sentido a la dualidad de mi rostro más personal. Muchas veces, mi mente es un ágora, un debate virulento donde mi perspectiva siempre se encuentra en tela de juicio, en constante transformación.

Por ese motivo, soy adicta a otorgar cierta congruencia en mi pensamiento, analizando detenidamente mis creaciones conceptuales, desmenuzandolo con meticuloso cuidado hasta encontrar un sentido válido a mi incertidumbre y la abrumadora sensación de desconcierto que me atormenta. Por tanto, luego de una época especialmente turbulenta en mi vida, quiero darle un sentido anecdótico a cada sentimiento que me atormentó, me robó el aliento, le dio sentido a mi soterrada vanidad:

Lo bueno: Exploré aspectos de mi personalidad en los que nunca confié demasiado o mejor aun, ignoré por completo durante mucho tiempo. Descubrí que puedo ser caótica y metódica, libre y obsesiva, polémica y comprensiva del valor común de la opinión más general, en un cicle irreductible y violento que otorga una definición dual – y no solo a nivel conceptual – a mi perspectiva sobre la realidad.

Lo malo: Aceptar que la tristeza es tan poderosa y contundente como la rabia. A pesar que mi temperamento tiene un rasgo esencialmente inconforme e impulsivo, comprendí que la meláncolia encierra mi capacidad para comprender el mundo desde un matiz menos virulento y grandielocuente. No obstante, me lleva esfuerzos aceptar esa grieta en el muro de mis convicciones: una sombra inquietante en medio de mi abstracción más evidente y personal.

Lo feo: Las largas horas de tensión durante las cual, temí perder mi identidad cultural debido a un proceso político crucial en mi país. Ah, sí, lo sé, resulta incompresible para quién no lo ha vivido directamente, que la política y el medio gubernamental pueda influir de manera decisiva en nuestra cotidianidad, pero en Venezuela es un hecho común e incluso inevitable. Durante las últimas semanas, soporté una angustia insuperable, una sensación de zozobra que finalmente, acabó el día domingo con el resultado de las elecciones refrendarias que definió el futuro inmediato de mi país. Igualmente, esa ligera sensación de confusión y temor continua atormentándome. Me pregunto si siempre me sentiré acechada por el fantasma del prejuicio y la violencia que el actual régimen que gobierna Venezuela instauró de manera arbitraria.

Cierro los ojos un instante. Un leve dolor de cabeza me golpea las sienes. Pero igualmente, siento un profundo alivio. Un ráfaga de viento fresco y revitalizante recorre los corredores de mi Castillo de la Memoria.

Lo bueno: Recuperé mi identidad como ciudadana a través del voto y el respeto de mi voluntad en el contrato social con el que me identifico – sí, de nuevo insisto sobre el tema político, y pido disculpas a mis amables lectores, pero digamos que se trata de una resaca psicológica inevitable -. Precisamente, cuando creí que la estructura democrática de mi país quedaría devastada ante el avance de un autoritarismo craso, el ejercicio del derecho de expresión popular me otorgó de nuevo un rostro consistente como miembro de una idea social a la cual me adhiero con todo orgullo. ¡Viva Venezuela!

Lo malo: La sensación de profundo agotamiento espiritual que en ocasiones me agobia. Luego de largos meses de debate intimo, de reconstruirme a través de una búsqueda incansable de principios y concreciones especificas, siento que logre mi objetivo, aunque con la inevitable consecuencia de sentirme desbordada por esa concreción violenta de mi propia idea sobre la razón y mi voluntad. Durante meses enteros me he debatido entre dudas y certezas, las voces más profundas de mi propio espíritu, en un intento de otorgarle una dimensión más adulta y concreta. Por supuesto, podría decir que el esfuerzo valió la pena, pero aun siento la cruda sensación que he tocado puntos sensibles en mi interior que hasta hace poco, me negaba a aceptar que formaban parte de mi verbo personal.

Lo feo: Mis clásicos accesos de mal carácter, malcriadez e impulsividad. Tal vez debido a la presión a la que he estado sometida durante los últimos meses – aclaro, no trato de justificarme, este ejercicio tiene como único objetivo comprenderme – mi temperamento se ha vuelto por completo incontrolable. Estallo a la menor provocación y he descubierto, que me lleva esfuerzos controlarme. Sin embargo, no desdeño por completo de esa sensación de fuego cegador que en ocasiones me ciega: la pura sensación me sacude, me transforma y finalmente, me da la posibilidad de asumir mis propios errores con toda responsabilidad. Ah, vamos, lo acepto, soy una vanidosa irreductible.

Sonrío mientras releeo estas lineas desordenadas. Creo que se abre ante mi una nueva habitación del castillo de mi Memoria, de paredes altas y ventanas estrechas. Un recinto silencioso, decorado con todos los rostros de esa mujer que soy, la que seré, en la que aspiro convertirme. Entro en ella, escuchando el leve traqueteo de los relojes que decoran los muebles ocultos en el silencio. Un suspiro inquieto, inconcreto, magnifico, luminoso. Un leve resplandor de esperanza me envuelve. La paz de la una simple equidiscencia, una intima sensación de paz.

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