Danza en blanco y negro.

Cuando era una niña pequeña, no me gustaba jugar con muñecas. No tenía ningún razón especifica para no hacerlo, pero creo que se debía en cierta manera, a que me provocaba un poco de terror la expresión vacía y quieta en sus rostros, esa sensación impenetrable en sus expresiones – una bondad carente de sentido, completamente inocua -, la atemporalidad que parecía ser parte de su diminuto mundo. Sí, lo admito, tuve una infancia poco tradicional y bastante nómada, pero igualmente, mi negativa a dejarme envolver por el encanto edulcorado de las muñecas, tuvo poca relación con ello. Siempre tuve una renuencia casi espontánea contra la idea de esa perfección dura y correosa, esa transformación ecléctica del mundo adulto en una versión más esquemática, carente de matices y de verdadera textura. Y era ese ausencia de valor, esa sórdida sensación de silencio en cualquier significado – Una imagen inquietante y onírica – en los rostros regordetes y sonrosados, los ojos de vidrio brillando, los cabellos rizados y elásticos lo que me provocaba esa vaga sensación de rechazo e incluso de temor.

Así que, mis compañeros de juegos, siempre fueron, por supuesto, los libros. Libros viejos y manoseados que heredé de mi madre durante esos frenéticos años en que vivimos juntas, Libros antiguos y magníficamente conservados que mi abuela guardaba con devoción, libros pequeños e incompresibles para mí, repletos de números y secretos matemáticos que mi tío conservaba de sus primeros años como estudiantes. Y más tarde, mis propios tesoros, esos pequeños prodigios que guardaban un universo entero entre sus páginas.Leer para mi siempre ha sido una fuente de profunda satisfacción. Cada libro que he leído simboliza para mi un momento, un tiempo, un sentimiento y una necesidad distinta. Leo a Hemingway por ruda fascinación, a Proust por meláncolia, Simone de Bouviere por rebeldia, Bukowski por pura angustia, Sylvia Plath por maravillada tristeza. Y asi, cada página de mis favoritos, tiene un sentido propio. Un rostro digamos, que lo define en mi mente y le da un sentido de propiedad a mi necesidad voraz de sus palabras.

Nunca fue el dolor más intenso o la risa más exquisita, el amor más misterioso, el odio más intenso que a través de las historias narradas en el sueño de la razón. Palabras, frases, mundos nuevos que parecían florecer a mi alrededor con toda la fuerza de un redescubrimiento, con ese prodigio que nace en cada ocasión que un lector abre un libro y se sumerge en un mundo fantástico que se convierte en realidad gracias a su voz, al Universo intimo al que el verbo creador otorga un sentido concreto. Voz y sombra, luz y y poder, en medio de las imagenes y escenas, un diminuto cosmos que nace y vive a través de nuestros pensamientos. Con los ojos cerrados, dejándome llevar por esa sensación raquídea y poderosa, un rincón en sombras frutales, donde puedo yacer en silencio, en esa cómoda paz del pensamiento. Un muro gigantesco, cubierto de rosas imaginarias pero completamente reales en el Edén de la convicción, impregnando cada emoción del delicado y cálido olor de una primavera perpetua. La esperanza, soterrada y ambivalente, ondeando en un cielo vasto y cenital.

Por tanto, me parece por completo natural, refugiarme de nuevo en ese diminuto Paraíso ambivalente – blanco y negro contenido en una frontera equidistante – ahora que me siento tan terriblemente triste y vulnerable. Mi sombra se me hace insoportable y no me permite un instante, por más que intente. No sé porqué siempre tendemos a repetir la misma historia, a caminar por el mismo sitio, a, de pronto, abrir la vieja herida en vez de buscar una nueva. Pero el hecho es que lo hacemos, una costumbre inveterada a la que intento resistirme, sin lograrlo la mayoría de las veces. Esa sensación hercúlea y furiosa, como una tempestad del pensamiento, que se eleva, oblonga y maléfica, fuera de mi alcance. Y allí, en medio de los vientos crasos del temor, de esa convulsión profundamente anecdótica de mi mente, se alza una columna de voces antiguas, exquisitas, secretas, personales. Esos rostros que solo he soñado, esas escenas eternas que siempre llenarán los salones de mi Castillo de la Memoria. Un consuelo tardío y sutil, lentas ondulaciones de una divinidad indiferente. Suspiro, los ojos cerrados, los dedos apretando las sienes palpitantes. Un lágrima, solitaria y rutilante, liberándome a ratos de esta sensación de angustia.

No obstante, la sensación no es absoluta. Parpadea, desaparece y luego golpea con inusitada fuerza para luego simplemente deslizase sutil a través de una mera sensación de desconcierto. Un breve escalofrío, una infinita sensación de esplendor. Un árbol creador elevándose en la conciencia solitaria. En el valle de silencios y resplandores de Luna en mis pensamientos.

Suspiro de nuevo, la tristeza es un hilo tenue y tibio, moviéndose en el rabillo de mi ojo secreto. Sonrío, esta vez con total convicción, incrédula y aturdida. La astucia del pensamiento, la vigorosa necesidad satisfecha.

Procaz, bastarda de todo vinculo. Solitaria, en pleno poder. Infinita, el cosmos entre mis dedos, el sueño de dos voces, una única canción.

La mía.

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