En la voz del Lirio.

Durante estás últimas semanas, he sentido que de alguna manera mi vida ha tenido una única constante: el cambio, la conclusión de toda una serie de cosas que han quedado a medias. Un renacimiento perenne que tiene mucho de evolución y poco de olvido. He sido crudamente sincera conmigo misma, escudriñando más allá de lo obvio hasta encontrar sentido – o creer que lo he encontrado, en todo caso – a mis ideas más profundas, personales y dioclesianas. Una labor agotadora que muchas veces me ha empujado a una mínima locura, una sensación oblicua que el tiempo se disloca hasta crear una bifurcación absurda: el rostro en el espejo no es mio, sino una ensoñación caustica y cansada de un deseo. Tal vez mi obsesión con los laberintos tenga relación porque muchas veces siento que me pierdo entre los fragmentos de lugares inolvidables, hechos a medio recordar, mis inspiradas creaciones mentales. El secreto de las coincidencias tal vez, o una mezcla demencial de razones y paradojas que tienen como único vértice en común mi impulsividad. A veces quisiera pensarme mejor las cosas, palpar la textura de mis decisiones hasta encontrar las aristas exactas que les permitan calzar en el esquema de mi razón, pero no puedo. Prefiero gritar, enfurecida, y destrozar la paulatina calma hasta encontrarme tan agotada que simplemente me dejo llevar por mi propia virulencia.

Conduzco por mi ciudad con la sensación que redescubro una idea coincidencial más que una sensación estética en si misma. La ciudad es una condición sine qua non de humanidad, al menos en un sentido aristotélico, podríamos puntualizar. El tráfico empedernido e insoportable, la soledad plomiza que aprieta y se hace cada vez más estrecha – sofocante, una sensación de enloquecida claustrofobia – luces y sombras elevándose con lentitud en medio de las siluetas desconocidas de una sensación silenciosa. Sí, una ligera locura, más allá de la mera confrontación del deseo.

Me detengo, en una calle cualquiera. El motor del coche traquetea en medio de los zumbidos de una realidad caótica, sin sentido, pero unida bajo un vinculo subyacente de puro significado. ¿No es eso el mundo, después de todo? ¿Una red intrincada e interconectada de conceptos y metáforas más o menos comprensibles, plomizas, lejanas, destructoras, inveteradas, insoportables, que delinean trabajosamente el perfil de la realidad? Es así como el hombre, al limitar su acción individual, su fortaleza física, su destreza de cazador primitivo, por ejemplo, al limitarla y compartir los frutos de sus hazañas exegéticas o pescadoras, en ese momento crea la posibilidad de la ciudad, donde todos tienen que renunciar a ese libre ejercicio. Se ha hablado de esa libertad del campo y de esta esclavitud de la ciudad. Cómo no recordar el “París se repuebla” de Arthur Rimbaud, esos hombres que en el siglo pasado vagaron, divagaron y fueron exterminados por las ciudades tantas veces. Pienso en los románticos de todas partes, en los que veían esa pérdida de naturaleza y esa destrucción sucesiva de las pequeñas ciudades y de las aldeas.

En fin…una forma de conciencia carente de unanimidad.

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