Carta a Belerephonte.

Por extraño que parezca, en algunas regiones de Europa del Este, durante el día 30 de noviembre se celebra la fiesta de los vampiros, una conmemoración que busca rendir honores a la rica mitología que sobre el mito del vampiro posee la región. Durante esta insólita fiesta, algunos pueblos de la región de los Cárpatos ( una vasta extensión de montañas a lo largo de las fronteras de Austria, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y el norte de Hungría) representan con danzas y cantos las principales historias que tiene como origen el mito del Monstruo eterno, en donde se hace énfasis en su carácter maligno. La celebración incluye la poderosa y rica tradición oral de los pueblos más antiguos, durante la cual los aldeanos suelen llevan las vestimentas tradicionales de sus respectivas regiones. En Rumanía, la celebración posee una gran importancia, especialmente en las tres regiones principales del país: Transilvania, Moldavia y Maramures: Los aldeanos desfilan en el disfraz tradicional al Paso de Prislop en las Montañas de Cárpatos, entonces toman parte en los bailes tradicionales, cantando y festejando, llevando cruces de madera y collares de ajos. Al finalizar la celebración, se lleva a cabo una ceremonia litúrgica, donde el sacerdote bendice a la población para protegerla del acecho del antiguo y legendario enemigo.

En otras regiones, sobre todos las fronterizas con Eslovaquia, La Fiesta se transforma en una expresión de la cultura tradicional del país, que incluye una muestra de la artesanía tradicional (moldura de alfarería, el textil que borda, el tallado en madera y más) además, de una exposición al aire llevada a cabo por artistas populares preeminentes a esos interesado en artes tradicionales.

Como gran admiradora del mito del vampiro – específicamente, en su concreción más enigmática, relacionada con la raíz histórica del mito y sus diferentes expresiones a través de la mitología y la historia natural de diferentes regiones del mundo – deseo celebrar esta insólita fecha, incluyendo una narración que escribí hace algún tiempo. Una pasión mimética e inquietante. Un deseo raquídeo, moviéndose al limite de la conciencia.

Porque más allá de la oscuridad, la eterna fascinación por el misterio tiene nuestro rostro.

Llovía. No una gran tormenta, sino una llovizna plateada y fragante de primavera. Cerré los ojos, adormecida. El carruaje se movía lentamente, mecido por el viento y las irregularidades del camino. Escuché el chapoteo del fango, resbalando en altos salpicones contra los ventanucos. Pero sabía que apenas podría distinguirlos, aunque apretara mi rostro contra los cristales. La oscuridad era total. Apenas, el chispazo de los rayos perdidos creaban una imagen onírica, reflejándose entre las gotas enredadas por el viento, mostrando las hojas que caían. Imposible vitalidad en medio de aquel camino alejado de la luz y el calor.

El violento sonido del trueno me hizo abrir los ojos, sobresaltada.

La montaña se alzaba ante mí, un cúmulo de gigantescas proporciones que en medio de las sombras parecía no tener principio ni fin. La mansión se alzaba en medio de todo, solitaria y majestuosa como una gran dama en decadencia. Me pregunté qué se sentiría vivir allí, mirar a través de las ventanas y no ver más que el paisaje alargado de los campos vacíos de cualquier presencia humana, de las copas de los árboles, tan juntas que creaban la ilusión de una única e impenetrable alfombra vegetal. ¿Podría el artista que era su dueño, encontrar verdadera inspiración en medio de la agreste tersura de la naturaleza salvaje que le rodeaba? Mi padre me había asegurado que sí. Aquel hombre había creado las más bellas pinturas de su generación encerrado allí, en aquella mansión perdida del contacto humano. Aunque pensándolo bien , había una cierta violencia en sus cuadros que era muy semejante a esta tormenta suave de gotas pálidas, a este viento cálido amplio que rozaba con sus dedos las grandes cumbres desiertas. Recordé las mujeres de rostro severo, sentadas en la oscuridad, representadas con tanto detalle, que parecían que cualquier momento comenzarían a hablar. Y los pálidos caballeros que permanecían de pie en medio de un resplandor dorado que les atribuía una cualidad de ángeles encarnados a quienes les costaba mucho fingir cierta humanidad. Sí, había algo de esta soledad, de este aislamiento supremo en sus pinturas maravillosas.

Apreté entre mis manos el cofre que mi tío me había encargado. “Debes entregárselo en sus manos al maestro y solo a él”, me había advertido mirándome a los ojos, severo, como siempre “ y por ninguna razón debes abrirlo”- añadió – su contenido solo pertenece al maestro”.

No me costó hacer la promesa y luego cumplirla. El pequeño cofre de metal estaba lo suficientemente bien construido como para disuadirme de cualquier intento de atisbar en su interior. Una diminuta caja de metal, de hierro, para más señas, cerrada con tres candados de oro. No había ningún otro adorno, a no ser un pequeño sello de armas que no reconocí. En la única ocasión, había sacudido el pequeño objeto, preguntándome qué podía contener. Pero no obtuve nada en claro del sonido seco que surgió de su interior. No me atrevía a nada más, recordando el rostro de mi tío al hacerme la advertencia. En ese momento, con sus ojos azules llenos de frialdad, se me había parecido mucho a mi difunto padre.

– Señorita, estamos casi al llegar – grito el cochero, tratándose de hacerse escuchar por encima del estrépito de las ruedas del carruaje – Enhorabuena, llegaremos antes de la hora de las brujas.

Sonreí, para mis adentros, burlándome un poco de la superstición de aquellas gentes sencillas. Para mí, la noche era el momento más silencioso y privado del día, donde no había que fingir complacencia, aparentar comodidad, o simplemente, dirigir miradas hacia rostros que no tenían más significados que una anodina vacuidad. Era en la noche, cuando los adultos recuperábamos el abandono de la infancia, la frescura de esos años donde cualquier sentimiento podía apasionarnos y llevarnos al puro éxtasis con suprema facilidad.

Tal vez pensaba esas cosas porque todavía era una niña, me dije mientras el carruaje disminuía la velocidad, avanzando por un camino particular, mucho más plano y transitable que la ruta que antes habíamos recorrido. Con diez y seis años todavía era una niña, aunque en mi cuerpo no había nada que recordara la inocencia. Era el cuerpo de una joven que comenzaba a vivir, que estaba llena de deseos por seguir el rumbo que seguramente estaba dispuesto para ella. Incluso a mi, aquel pensamiento me pareció romántico e insustancial, pero a la vez lleno de un significado casi lírico. Tenía la determinación intensa de quienes nada temen y todo esperan. ¡Y qué gran aventura comenzaba hoy! Aunque mi tío había escandalizado a nuestros conocidos al enviarme en solitario a aquel viaje, pero así lo había pedido el Maestro, nuestro benefactor, nuestro secreto mecenas. Gracias a él, la familia no había caído en desgracia luego de la muerte de mi padre. Mis hermanos estudiaban en París, mis ancianos abuelos se encontraban bien cuidados en una hermosa villa en el campo. Mi tío amasaba una gran fortuna gracias a su intervención. ¿Como negarse entonces a aquel único pedido?

“Envíame lo que me debes en manos de la hija de mi perdido Alexander”

Finalmente, el carruaje se detuvo con una pequeña sacudida. La mansión, enorme y silenciosa, se alzaba como una alucinación, en medio de aquel bosque siniestro, acechante, que parecía observarnos atentamente. Ayudada por el chofer, bajé del carruaje y me acerqué a la pesada puerta de madera, tallada en un complejo e intrincado motivo que era incapaz de seguir en la oscuridad. Todo a mi alrededor se encontraba desierto. ¿Alguien me esperaba esta noche? ¿Incluso había alguna persona o sirviente en aquella casa? El perfecto silencio solo era roto por el sonido del viento que bajaba de la montaña, por la canción dulce de los aleros al traquetear ante la lluvia lenta e invisible. Pero no había señal alguna de que hubiese algún ser humano en los alrededores.

El cochero y yo intercambiamos una mirada inquieta.

Entonces, como surgido de mis pensamientos, escuché con claridad el sonido de cerrojos al ser corridos y la enorme puerta de madera se abrió con un chirrido. Todo fue tan sorpresivo, que continué de pie sin moverme, con la pequeña caja entre las manos, mientras el desconocido salía del interior de la casa con paso lento. La luz cálida del interior de la casa le rodeaba, y pude distinguir a un joven alto, de cabello oscuro y ojos grandes y meditabundos. Llevaba ropas impecables, que me parecieron fuera de lugar en medio de aquel paisaje agreste y duro. Cuando se acercó a mí, realicé una pequeña venia apresurada y torpe, tratando de resarcir mi rudeza anterior.

– Buenas noches, busco a vuestro padre, el maestro Balthus Barret– dije asumiendo de inmediato que aquél chico de mejillas delgadas y labios blandos, de un aspecto tan núbil como el mío, era el hijo del Maestro – he venido para entregar en sus manos una encomienda enviada desde Londres para él.

El joven se detuvo a unos pasos de distancia, simplemente observándome. Era alto, y el cabello negro le caía en lozanos rizos alrededor de la mejillas y casi hasta los hombros. La piel, blanca e inmaculada, le daba un aspecto severo, a pesar del brillo de sus ojos negros y atentos. La boca, amplia y blanda, la boca de un niño, se abrió en una sonrisa amable.

– me buscas entonces a mí – dijo. Era la voz de un adulto – Soy el que buscas, Balthus Barret, el pintor.

No supe qué decir. Estupefacta, le observé, en un gesto grosero que no pude contener. Aquél joven no aparentaba tener más de 20 años, con su cuerpo joven y esbelto y el rostro lozano y afilado, sin ningún doblez. Él pareció comprender mi desconcierto, y adelantándose, extendió su mano hacía mí.

– No os preocupéis, mi hermosa…vuestro tío ha cumplido bien su encomienda – miró al cochero, sin dejar de sonreír con cierta frialdad – id en paz, amigo mío. Le haré llegar vuestra paga mañana mismo.

Me volví solo un poco para ver cómo el cochero se subía de nuevo al carruaje con movimientos rápidos y casi bruscos. ¿Estaba asustado? Solo entonces noté que yo sí lo estaba y cuando el carruaje se perdió en la oscuridad, el miedo se hizo más fuerte, al volver la cabeza para mirar al maestro Balthus, imposible en su juventud, de pie a mi lado.

– Venid conmigo, hermosa – susurró señalando la puerta abierta – venid conmigo por propia voluntad y dejad un poco de vuestra alegría en esta casa al marcharse. ¿No es así que dice ese libro tan estúpido que se ha publicado hace poco?

– Discúlpeme usted, pero no sé cual es el libro al que se refiere – admití entrando finalmente a la enorme casona. Una visión fugaz de techos altos, paredes cubiertas de tapices, muebles de madera tallada, con el mismo diseño intrincado de la puerta. Había muchas lámparas de gas y velas encendidas, y el ambiente se encontraba caldeado. Él sonrió, mirándome atentamente. La fuerte luz de las velas se le reflejaba en su rostro imberbe, dándole un aspecto casi femenino. Sin embargo, su expresión era dura, hábil y serena.

– Solo supersticiones, mi querida – dijo – venid, entregadme vuestro encargo y luego podrá descansar. Mañana mismo partirá hacia vuestro hogar.

Asentí, extendiendo las manos para entregarle el cofre. Él lo sopesó con cuidado y pareció complacido. En su rostro palpitó una expresión sumamente extraña, casi astuta, pero desapareció demasiado rápido como para que pudiera comprenderla. Tal vez, solo se trataba de efecto de la luz.

No había sirvientes en el lugar. Lo supe mientras él me conducía a través de un enorme y lujoso salón rodeado de espejos donde nuestros reflejos se abrían hacia el infinito. Muchos de sus cuadros, colgados de las paredes. Supuse que eran suyos porque eran muy semejantes a los que había visto en Londres, aunque estos eran más preciosistas, llenos de detalles tan elaborados que daban la sensación singular de encontrarnos rodeados de extraños que nos miraban desde ventanas practicadas directamente desde las paredes. Asombrada, intimidada, le seguí hacia el pequeño estudio repleto de libros a donde me condujo. No dejaba de preguntarme quien cuidaba de aquella mansión gigantesca, de grandes salones, pasillos que se abrían hacia un sin número de habitaciones. Quise preguntarle donde dormiría, si me permitiría cambiarme la ropa húmeda que llevaba. Mis baúles habían llegado el día anterior, según me informó. Pero no me atreví. Tenía deseos de llorar de puro desconcierto. Parecía encontrarme dentro de algún sueño, poco compresible, abierto a cualquier interpretación.

El estudio del maestro era una habitación muy espaciosa, lleno de muebles italianos y franceses, evidentemente antiguos. Todo el lugar tenía un aire antiguo, pasado de moda, pero en perfecta armonía, como si las lámparas de gas que alumbraban las paredes fueran parte del mismo espacio y llenas de la misma belleza, del clavicordio medieval que se encontraba en uno de los rincones. Me senté en la butaca que él me indicó y él frente a su escritorio.

Estaba concentrado en la caja, abriendo con sumo cuidado cada una de las cerraduras con dos llavecillas que sacó de uno de los cajones del escritorio. De nuevo, la luz creaba un efecto maravilloso en su piel. Era como si no hubiese ninguna imperfección en él, ninguna arruga, ninguna cosa que declamara su verdadera edad. Pero no podía ser tan joven como aparentaba. Mi tío y mi padre le habían conocido en su juventud, y eran ellos quienes habían llevado sus cuadros a Londres. De eso hacía más de veinte años, aun yo no nacía. ¿Cuál era la explicación, entonces?. Su cabello, húmedo y sedoso le caía sobre la frente cuando finalmente abrió la tapa del cofrecillo y sacó de él un pedazo de papel, que ante mi sorpresa apenas ojeó. Intrigada, me pregunté que decía. Sí era tan poco importante como la actitud del maestro daba a entender, ¿Por qué me habían llevado con la única intención de entregarla en sus manos? Cada vez comprendía menos.

Miré disimuladamente a mi alrededor. Cuadros de damas y caballeros, incluso de niños, pero esos eran los menos frecuentes. Algunos parecían dormir, otros se veían llenos de una vitalidad casi traslúcida. Un arte impecable sin lugar a dudas, más bello que ninguno que yo hubiese visto. En una de las esquinas había un lienzo en blanco y una mesa llena de pinceles y paletas. ¿Era allí donde trabajaba el maestro?

Cuando volví la mirada, advertí que él me miraba fijamente. Sus enormes ojos negros me escrutaban con gran atención. Pero no había de ellos un sentimiento reconocible. No había apasionamiento o curiosidad. Solamente me miraba. Aunque sabía que se trataba de un gesto grosero, sostuve su mirada, tratando de comprenderle. Ojos muy brillantes, negros como el ónix. Por efecto de la luz, no podía distinguir sus pupilas. Profundas ventanas del alma. Casi podía ver un reflejo lejano de mi misma en ellos, ampliándose, fundiéndose con la luz y el espectáculo de la luz de las velas resbalando por la madera de las muebles. A mi espalda, los cuadros refulgían como piedras preciosas, todos aquellos rostros perfectos, bellamente plasmados, parecían observarnos a ambos, un público silente y acechante. Suspiré, fascinada por los extraños pensamientos que llenaban mi mente. Sí, mi rostro era muy semejante a los suyos, todos jóvenes, todos con la fuerza de la primera edad de la vida, la sonrisa congelada en el tiempo que dejó de transcurrir para ellos hace tanto. Escuché una música lejana, y casi vi a todos aquellos hombres y mujeres bailando a mi alrededor ataviados como en sus épocas de nacimiento, hermosos ropajes de terciopelos acariciándose unos a otros. Sentí que me envolvía en un ensueño invencible, me caía sobre los almohadones de la butaca. Tal vez se trataba del cansancio del viaje, de toda la absurda situación de la casa solitaria y el joven maestro que me miraba sin decir nada, porque sus ojos hablaban por él.

En ocasiones, cuando era muy pequeña, tenía sueños parecidos a este momento. Perdida en mis sueños, carente de voluntad para cambiar o modificar la esencia de un instante. Todo era irreal en esos sueños, ninguna lógica. Como ahora. Incapaz de darle un sentido al largo viaje de mis pensamientos en medio de la nada de una hora aciaga, aquí, recostada en sillón de una casa extraña donde no reconozco nada humano, donde todo tiene la pulida belleza de lo insólito. Y este hombre joven que no lo es, este Maestro que un niño. ¿Tiene significado todas estas cosas? Tan alejadas de la vida real, de las simples cosas como el olor del viento y el fuego. Me imaginé por instante en Londres, de nuevo en mi hogar, mirando por la ventana, a solas, a la espera de un instante que tuviera cierta brillantez. ¿Tanto había cambiado todo? ¿Que había sucedido en cuestión de horas? Estoy aquí, a solas. Perdida en los sueños de otro, quizás siendo el sueño de otro, cayendo pesadamente, resbalándome hacía la inconsistencia de lo que creí cierto, perdiéndome en mi misma.

Y él allí, con los brazos abiertos, esperando para sostenerme.

Sí, él.

Suspiré, entreabrí los ojos. El maestro estaba junto a mí. Sus largas pestañas creaban sombras sobre sus mejillas redondas. Un niño, casi tan joven como yo. Pero sus ojos eran ancianos. Sus labios los de un hombre cuando sonreían. Las mujeres de los cuadros me miraban, volvían sus cabezas y rostros perfectos para observarnos a ambos.

– Ahora serás parte de ellos – musitó. Su cabeza oculta entre mis cabellos. Un ligero dolor. Un minúsculo pinchazo y luego el cielo, creciendo, abriéndose, tragándome. ¿Dónde estás? El maestro, un joven humano, corriendo por las calles de una ciudad muerta hace mucho tiempo atrás. Un hombre alto le toma entre sus brazos. Juntos, abrazados en la noche. Un beso íntimo, fatal. La sonrisa del muchacho. La sonrisa congelada en el tiempo. Como en sus cuadros. El talento eterno.

Suspiré, sintiendo su cuerpo apretado contra el mío. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Uno tras otro, la belleza acude a él para ser inmortalizada. “Solo la más bella entre las mujeres de tu casa” ¿Es su voz acaso la que habla? Envíamela para que sea mi discípula. Envíame a la niña que se convertirá en Diosa. Eso ha de decir la carta para que yo la reconozca. Vende tu alma a mí y las riquezas de este mundo que desconozco serán tuyas. Una por cada generación. La belleza de la rosa conservada entre mis manos, en mi sangre.

Apenas puedo abrir los ojos. Yazgo desvalida en la butaca. Él pinta sobre el lienzo en blanco, con una rapidez inhumana. Una niña, una mujer muy joven, de cabello rubio aparece entre la bruma de la nada, una mujer de ojos rasgados y verdes, la sonrisa apenas dibujada en los labios rosados, de miel. ¿Sabes lo que sucede? Muero un poco, sí, muero rápidamente para que nazca la diosa en la tela, la mujer que vivirá en las paredes, mirando a las nuevas doncellas que vendrán a por su destino. Ella cada vez es más nítida y yo cada vez me siento más débil, muero un poco, aquí, la solitaria, la flor marchita, la niña que muere pariendo a la Diosa.

– Ah, pero no morirás…

¿Es su voz? Caminamos juntos por pasillos amplios y blancos. Sus cuadros cuelgan de las paredes. Pero ya no son diosas y dioses difuntos los que llenan sus pinturas. Son seres blancos como él, pintores eternos escondidos entre las sombras. La misma piel blanca y sin mácula, los ojos feroces, el cabello brillante y lozano.

– Para siempre, aquí, en la galería del misterio.

Aquí, su cuadro, el joven de facciones bellas y diabólicos ojos negros y junto a él, el mío. Pero ya no es la Diosa joven que colgará de la pared de la casa muerta, sino una copia de mi misma, ojos feroces y verdes, el cabello castaño rojizo una cascada cayendo sobre mis hombros. La sonrisa dulce y misteriosa. La muerte y la vida en mí.

Abro los ojos. Él esta a mi lado. Me toma de la mano. Su piel y la mía, idéntica. Sus ojos se reconocen en los míos. La Diosa de la pared, tan parecida a mí, me mira fijamente. Pero es solo una niña en medio de tantos rostros perdidos.

La mortalidad de la mujer que fui.

La Diosa que nació de su sangre, es ahora real.

El recuerdo de aquella noche suele atormentarme ahora, tantos años después. Llueve ahora de nuevo. La luna, brillante y despótica, crear formas perversamente delicadas en medio de la noche gris. La imagen de la niña que fui me atormenta, pero no lo suficiente como para extrañarla, como para desear de nuevo la sed de pan y agua. La luz del sol es una promesa, lejana, sin significado. La belleza humana, un lienzo que blanco que todas las noches lleno con mis pensamientos desordenados, con la confusión enorme de traen las noches que mueren lentas, mientras yo permanezco, vivo, regreso la vida cada día al despuntar la oscuridad en el horizonte del pensamiento.

El carruaje atraviesa el bosque rápidamente. Él esta a mi lado. Observo su perfil, brillante helado, el niño eterno y terrible, el demonio anciano atrapado en una vaga concepción humana. Los campos vacíos, majestuosos, nuestros se abren a nuestros alrededor. Y recuerdo de nuevo esa noche, la noche que parió todas mis noches, en medio del silencio suspendida en la nada, brillando en la debacle de la moral.

Una única noche, rota la razón. Muerta la niña, viva la Diosa. Un cuadro vital convertido en mármol. La belleza simple aparece y desaparece en mi profunda y casi humana crueldad.
La hora de las brujas en la eternidad. Juntos, atravesamos la superstición y nos sumergimos en la leyenda. Eternos, silenciosos, aliados en la belleza y en el pecado. Muertos para el hombre, vivos para el futuro. Sonrío, mirándole.

El mundo es nuestro.

El hambre y la sed eterna también.


Agatha Patz. Noviembre, 2007.

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