Requiem para una Orquídea.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.

Octavio Paz.

En el silencio de la muerte
se rompe la voz

El día marmóreo decae por fin. Sentada a la orilla del mar, observo los últimos rayos de luz convertirse en oscuridad. El sonido de las olas es melódico e insustancial, perdido en el fragor sordo de la naturaleza. Tengo frío, pero no demasiado. Tal vez se trate que la sensación es puramente mental. Siento que pequeños temblores espirituales me recorren, invaden hasta mis pensamientos más desarticulados. El silencio y la sinceridad de lo simple, desnudo de cualquier significado evocan una engañosa serenidad. El viento nocturno me trae voces lejanas, que tal vez me hablan de algún consuelo inexistente e inesperado.

Me resisto a escucharlas.

Un pequeño funeral se lleva a cabo en mis sonrisas muertas, mi silencio oscuro, mi dolor insondable. No tengo lágrimas que verter, porque lentamente la tristeza se ha transformado en una sensación insustancial, erradicada de mi memoria consciente, pero por completo viva y coherente en mis momentos más privados. Únicamente cuando me encuentro sola, despojada de toda fortaleza ficticia, puedo expresar la sutileza de esta congoja blanda y plena. La experimento en toda su pureza, sin consideraciones que puedan brindar cierta coherencia al hecho en sí. Me entrego a ella, invadida de cierto alivio. Me desplomo bajo el peso de mis pies de barro, vencida y consumida por completo.

Frecuentemente, pienso que la tristeza es una amarga certeza de nuestra vulnerabilidad, de lo simple que resulta perder la esperanza – esa capacidad intrínseca de creer y aspirar – en el dolor, esa desesperación que se anida más allá de la razón. Hace poco, me desplomé a ciegas, en la oscuridad errática de la desazón y comprendí que la unica forma en que podemos enfrentar esa caída silenciosa y definitiva, es la voz más intima y poderosa, esa que nos otorga identidad, nos otorga una forma y un peso especifico bajo el sol del tiempo personal. No obstante estoy convencida que siempre subsiste un instinto primigenio, que es capaz de vencer el temor y la desazón para dar nueva forma y sentido a la tierra yerma, expúrea, arrasada por ese demonio ciego del dolor. Un horizonte de fuego, un lecho del llamas redentoras capaz de purificar y otorgar sentido a nuestro deseo creador, a esa fe irresoluta que habita en lo más profundo de nuestro espíritu.

Sí, la firme creencia en la danza de nuestra memoria.

Camino por la playa plateada. La luz de la luna es tan delicada como la arena que se arremolina a mis pies. Los ojos se me llenan de lágrimas de pronto, el mundo pierde sus colores y sus formas, se desvanece en una broma blanca y densa. Me detengo, me golpeo la frente, tratando de recuperar la razón, preguntándome sin cesar si algún día obtendré un poco de sosiego. La pregunta permanece irresoluta, flotando entre otras tantas, suspendida y ingrávida entre miles de palabras rotas.

El agua helada me estremece. Sus dedos exquisitos trepan por mis piernas, las envuelven, acarician mi piel. Disfruto de la sensación, atemorizada de experimentarla, acusándome, llena de remordimientos por la mera capacidad de sentir. Me miro en el reflejo del agua nívea y me veo a mí, la mujer que fui – la que muere lentamente en la imagen rota y ondulante – y la que soy, en la que me he transformado a través de mi voluntad. Estoy aquí, sin máscaras, sin palabras que decir, solo yo, el alma triste, los ojos adustos y aun así, enfurecida, palpitante de una extraña energía indestructible. Eleve los brazos al cielo, en la oscuridad y el mundo parece oscilar por instante – la luz y la sombra confundiéndose en un único instante – y siento de nuevo el palpitar del dolor, pero esta vez, también paladeo el mínimo renacimiento, este despertar en furia y fuerza que me regala mi necesidad de imponerme, de luchar. La mera transgresión, el caos más allá del caos.

Sí, he danzado en todos los caminos de mi mente. Una bailarina muda que ha tenido todos los rostros del deseo. La caótica y la metódica, la idealista y la transgresora, la polémica y luego, sumida en el mutismo de miles de fragmentos de luz cegadores. Y sigo aquí, tan viva, tan desafiante a mi mera angustia, a esa invalidante sensación de temor que muchas veces me sofoca. Y sin embargo, más allá de las dudas, de la grieta infinitesimal que se abre más allá de mis dedos extendidos, creo, creo, mientras corro sin aliento por las colinas mentales de mi mundo personal – tan mio, tan irrevocable – hundida hasta las rodillas en el polvo de mis historias personales, destruidas, enajenadas, redimidas, que nacen de nuevo, elevándose a mi alrededor, cavando en los estratos de mi mitología personal, hasta encontrar el símbolo, la forma, la voz, el tiempo, mi rostro, la máscara rota.

río y siento el poder de mi negativa al desánimo, al desaliento. Le arranco el nombre a las sombras que me atormentan. Corro, aquí, en este playa desierta – solo la luna como testigo – y me arrojo al mar, los ojos cerrados, la respiración agitada, el agua salada golpeándome con rudeza las mejillas.

Que paz en esta expiación solitaria. Que maravillosa sensación de creación.

Nado, esforzándome por alejarme de la orilla lo más rápido que puedo. El mar negro parece tragarme, la noche se cierne sobre mí como una cúpula ciega. Los músculos tensos, el corazón palpitándome con dolorosa rapidez. Estoy viva, estoy aquí. ¡Y temo estarlo! Una vez más, me embarga la invalidante certidumbre que mi permanencia no es más que una traición al amor limpio que experimenté por mi hijo. Yo camino mientras él desparece de mis recuerdos. Yo respiro, aunque su nombre me es imposible de pronunciar. Ocupo un lugar, ocupo un momento bajo el iris de Dios, incluso cuando su pequeña alma se desvaneció simplemente entre creencia inefables que no consiguen consolidarse en la realidad críptica del adiós definitivo.

Me dejo llevar por el agua inquieta. Soy un instante anónimo entre olas enormes y pletóricas. Los colores se vuelven plenos en la oscuridad mientras floto lentamente entre los brazos del océano, dejándome llevar. ¿Será así de sencillo, el morir? Simplemente emerger en la nada absoluta, en medio de la mudez y la esencia.

La noche magnífica se inclina sobre mí. Tiene su propio olor, su propio regusto amargo. Las manos extendidas sobre el agua, la cabeza medio sumergida en un mundo secreto. Los sonidos me llegan lentos, extrañamente lánguidos. El dolor se extiende por toda la superficie de mi piel, imperioso y agresivo. Aquí, donde no hay nada más que la afonía del mundo real, los sentimientos tienen un peso verdadero, plano y virginal. La razón es informe. La carencia de ella también.

Y es aquí, en medio de este ensueño engañoso, que una lágrima se desliza por mi mejilla. La confundo con una gota de mar y no advierto que es mi tristeza escapando de mí hasta que el llanto se hace espasmódico, enorme, glorioso. Inmóvil, solo mi corazón se sacude, llorando, gritando su dolor. Intento conservar el equilibrio precario, sobre la superficie del mar que me sostiene entre sus manos, que pudo arrebatarme el aliento pero simplemente me ofreció su callada compresión. Mi hijo, mi esperanzas muertas. En la soledad de una noche de luna seca, miro su luz y lloro, lloro como no lo hice antes ni esperaba hacerlo después.

La fractura del pensamiento perenne ocurre por fin.

Me siento sorprendida, ofendida, llena de valor. ¿Por qué llorar ahora? La muerte fue definitiva para mí, una línea invisible entre la eventualidad y la razón. Sin embargo, la lágrima es una liberación, es una fuerza ignota y furiosa que escapa de mi control.

Me muevo en el agua, recibo su beso con cierta serenidad. La reverberación de la conciencia humana. Lloro, sí, por fin logré llorar. Una lágrima, un pensamiento, un remoto proceder. Aun no existe consuelo para mi alma rota, pero la posibilidad se mueve en el fondo de la esperanza. Pude llorar. Finalmente, luego de largos años de prieta sumisión. ¿Durante cuánto tiempo puede el dolor permanecer oculto, inalterado? La mera eventualidad del cambio crea un único proceder.

Suspiro. Continúo llorando. Las lágrimas vivas brotan de mi interior y por un momento soy sencilla otra vez. Creo en milagros. La ingenuidad palpita, intentando resucitar. ¿Existe para ella una posibilidad real?

No podría decirlo.

El dolor es real, intenso y formidable.Y luego, simplemente me libera, me permite un profundo suspiro de paz, en medio de la oscuridad silenciosa del mar que me sostiene y la cúpula púrpura que se eleva sobre mi, tachonada de estrellas refulgentes.

Me sumerjo en el agua helada. Más y más profundo, el silencio palpitandome en los oídos, los ojos entreabiertos. Las manos extendidas, pálidas en medio de la Penumbra. Liviana, etérea, llena de una ira secreta y quemante. Los pulmones me palpitan, doloridos. La urgencia por respirar se hace insoportable, pero continuo hundiéndome hasta que veo una piedrecilla brillar, al fondo, entre la arena, perdida, un huella remota y dispareja de un tiempo que me sobrepasa, que excede toda sensación. Inmutable, raquídeo, enorme. La tomo, a ciegas, palpando sobre la arena hasta encontrarla, y luego comienzo a ascender, la garganta cruelmente contraída, una sensación insoportable abriéndose paso a través de mi pecho. La vida, en mí, esta linea de cristal radiante que brilla con el poder de una convicción portentosa. La esperanza. la posibilidad carente de significado. Simplemente aquí, en mí.

Emerjo, en medio de risas y toses. Tomo una larga bocanada de aire y luego comienzo a gritar, con toda la fuerza de mis pulmones, sosteniendo la pequeña piedra que he tomado como un tesoro intimo – la redención, el renacimiento en la memoria de la Tierra, del magma creacionista -. El mundo me recibe con el destello de la realidad palpable, latente, magnifica, imperecedera. Soy, en mi misma, el rostro de la mujer que murió y la que renace, la fuerza del tiempo magnifico que nace de mi deseo y ambición más personal.

Pero por una vez obtuve mi deseo: un momento de paz. Un lágrima. Un milagro bajo la luna y sobre el mar.

Sentada sobre la arena, miro el amanecer. Una línea luminosa que se levanta en la oscuridad, lenta y salvaje, sin mácula, recién nacida. En mis dedos, la luz se derrama, me envuelve, me acaricia y siento ese poder, la intuición de la noche estrellada que acaba de morir: contemplo el mundo a través de miles de ojos.

En mi mente, todo se resume a un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Y renazco y vuelvo a levantarme, incontenible y poderosa, Diosa diminuta de mi Jardín en sombras. He estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Y sin embargo, erguida, recibo el beso del amanecer, la fuente de la luz y la sombra, el olor del tiempo y la esperanza en mí.

De vuelta a mi rostro, a la sonrisa secreta de la fuerza y la convicción.

Así sea.

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