En tiempos de oscuridad y locura,

Como creo haber mencionado en varias oportunidades, soy una devota – con una cierta tendencia a la obsesión – de la obra de Franz Kafka. En cierta medida, he comprendido el verdadero alcance de la palabra como verbo creador a través de su capacidad para expresar sentimientos inconcretos y profundamente desosegantes – esa caustica oscuridad, oculta en su claustrofóbica visión – a través de meras visiones superpuestas, apenas delineadas, palpitantes en su complejidad anecdótica. A veces, imaginoa a Kafka como una pluma amoral, poseedora de un ritmo propio y expúreo. Un sentimiento inquietante que se abre espacio en la memoria literaria a través de la creación de un Universo paradójico y desosegante. Antes que Kafka creara un universo tenebroso y sentido, la literatura danzaba al alrededor de un ideal sincrético y absoluto: el amor era amor, el odio y el dolor, rostros de una unica expresión. Pero una vez que Kafka, desde el rincón en sombras de su mente, le dió un nuevo sentido a esa angustia existencial sin nombre, esa otredad oblicua que se alza en sombras, más allá de nuestra conciencia.

No obstante, la fama de Kafka se afianzó tras su muerte, en la década de los años veinte del siglo pasado. Y parte de esa brecha que su contundente narrativa abrió en el mundo del verbo, permitió el nacimiento de una nueva forma de comprender el mundo, no a través de su equidiscencia aparente sino a través de su sombría capacidad de destrucción. Joyce publicó el Ulises en 1922 y un año más tarde Svevo publicaba La conciencia de Zeno. Por su parte, en Estados Unidos, Faulkner publicaba en 1929 El ruido y la furia. Es en este contexto histórico, el del nacimiento de la modernidad literaria del siglo XX, en el que debe entenderse la trilogía de Los sonámbulos de Hermann Broch.

Quizás sea precipitado escribir un comentario sobre la primera parte de una obra concebida como un todo. Pasenow o el romanticismo es el primer tomo de Los sonámbulos, la obra que Broch compuso en tres años, algo que se interpretó fruto de cierta rivalidad con Musil, con la que quería mostrar la decadencia centroeuropea que culminaría con la Primera Guerra Mundial. Tal vez, mientras se esperaba la conclusión de El hombre sin atributos, los referentes fuesen entonces dos novelas de Mann, Los Buddenbrok y La montaña mágica. En este sentido el principal atractivo de Pasenow o el romanticismo es su estructura anti-Mann, la forma en que está tratado el tiempo narrativo, tan importante en La montaña mágica. Broch emplea una narración lineal pero que puede parecer discontinua sin serlo ya que cada uno de los fragmentos del texto parece desarrollarse como si hubiese habido un salto temporal desde el fragmento anterior independientemente de que la acción continúe o de que exista ese salto temporal. Eso ocurre porque la acción no es tanto situacional sino psicológica y cada fragmento desarrolla una línea de pensamiento de su protagonista, Joaquim von Pasenow, a través de las cuales Broch desarrolla su teoría de la contradicción entre un pensamiento y unas situaciones tópicas de la narrativa del Romanticismo y la prosaica realidad que, ya lo sabemos, nada tiene que ver con la literatura. Digamos que Joaquim tiene una visión romántica de la vida y que su visión subjetiva de los acontecimientos no corresponden con los reales. Al contrario que en La conciencia de Zeno, en la que el narrador era poco fiable, aquí es el protagonista quien lo es. La interpretación que Pasenow hace de los acontecimientos de su vida no pueden estar más equivocados y así nos lo hace ver Broch para que, como lectores, contemplemos la evolución paralela de dos historias irreconciliables, la que Pasenow cree que vive y la que vive realmente. La lectura social es clara, aguda y contundente: La sociedad centroeuropea de principios del siglo XX es incapaz de comprender como está cambiando al mundo mientras permanece aferrada a formas y modos que perdían su significado.

Todo esto que ya sería suficiente para destacar Pasenow o el romanticismo queda empañado por la maestría literaria que despliega Broch convirtiendo la académica narración del siglo diecinueve en un relato moderno a partir de su propios tópicos.

El diálogo que mantienen Elisabeth y Bertrand mientras cabalgan juntos se mantiene fiel al clasicismo de la novela romántica pero a través de diálogos propios del siglo XX, y simultáneamente mantiene cierta ambigüedad narrativa en cuanto a si el diálogo lo mantienen efectivamente los dos personajes o forma parte de las elucubraciones de Joaquim, ya que la conversación obedece a los parámetros que el protagonista imagina.

Todo en Pasenow oscila entre dos mundos, el caduco, rescatado a través de la evocación literaria, y el moderno, mostrado a través de la evolución de la historia.

Me quedo con la profunda carga literaria de Pasenow. Rescato un fragmento que me parece resume a la perfección la dualidad de la obra:

“(…) y habría surgido de seguro una pequeña discusión, si el canario harziano de la jaula no hubiera lanzado al aire el tenue haz amarillo de su voz. Estaban sentados a su alrededor, como en torno a un surtidor, y olvidaron por un instante todo lo demás como si aquel débil y amarillo hilo de voz que ascendía y descendía los envolviera y los uniera en aquella comunidad en que se fundaba la comodidad de su vida y de su muerte; como si aquella línea, que se elevaba y los colmaba, y regresaba sin embargo a su punto de origen y se redondeaba, los dispensara de hablar, tal vez porque era un delgado adorno amarillo de la habitación, tal vez porque por unos instantes les daba plena conciencia de que se pertenecían y los arrancaba al espantoso silencio, cuyo mutismo y cuyo estruendo se alzan entre hombre y hombre como un sonido impenetrable, una pared que la voz humana no puede franquear en ninguna dirección, de modo que el hombre debe estremecerse”.

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