El caos cenital.

Creo que pocas cosas me enfurecen tanto – despiertan ese ánimo explosivo que constamente intento mantener controlado, un sosiego incierto – como los autoproclamados intelectuales. No soporto la idea que el mundo se defina unicamente a través de conceptos y metáforas más o menos oblicuas, que el ser humano en toda su rutilante complejidad, pueda ser definido a base de conjeturas carente de solidez, torpes y decimonónicas. Sí, sí, lo acepto, que extraño que yo, un declarado ratón de biblioteca pueda decir algo semejante, pero en realidad, debo admitir que si algo me han enseñado los libros es a comprender, que aunque podemos crear un mundo a través de las palabras, la expresión más allá de ellas es por completo libre de toda verbalización. Y no me refiero a que las palabras no puedan contener la realidad – de hecho la contienen, la desmenuzan meticulosamente, nacen de una otredad informe y plausible que se reinventa en cada pensamiento – sino que la voz creacionista es una constante tranformación. La danza de un tiempo nuevo, un palpitar heliocéntrico que se redime cada momento en un suspiro diametral.

En mi caso, continuaré siendo un Ouroboros cenital sin más definición que la que yo misma desee otorgarme. No puedo pretender ser lo que no soy, mi neurosis me lo impide supongo, y además, la libertad del trangresor, del libre pensador, de la palabra polémica y sin mácula, es por completo enajenante. Una emoción exuberante, sin forma, casi infantil, que nace y se expresa a través de una sensación de pureza raquídea. Una circunstancia fugaz, que nace y se levanta más allá de mi misma, inarbarcable, un arco imaginario que toma la forma de un cúpula purpura sin verdaderas resolución.

Ah, sí divago. Imposible no hacerlo. Hablaba sobre los seudo intelectuales, esos que arrojan a la cara sentencias poéticas sin el menor sentido, solo para otorgarle cierta sustancia a una muesca venial de su propia mente. Muchas veces, me contengo de responderles con el mismo cliché que invocan, que intentan deformar la realidad y contenerla en una mera frase. Sí, podría responder con alguna estupidez referente a la dualidad postmoderna de la “Lírica de la ciudad a través de la música de Radihead” o alguna referencia mimética sobre Laurie Anderson – el dolor como un verbo sutil y anodido -. Pero escribir sobre algo así, además de predecible, sería complaciente y evidente, al menos para mi inveterada vocación como provocadora natural y sintáctica.

No obstante, estoy tentada, tentada a rebelarme y a reventarles los oídos con la voz áspera de Mikael Äkerfeldt. Tentada a probar que aquella voz puede ser la de Heathcliff….Tal vez esa sensación de vanidad hercúlea que se extiende más allá de mi perturbada necesidad de expresión, anhela esa diminuta ruptura de mi habitual silencio. Ah, sí, flotan las palabras y un acerado cinismo brota de ellas.

Indudablemente, me molesta que todo tenga que ser tan correcto….odio la formalidad y la idea cierta de una conciencia carente de alicientes. Y aun así, siento una profunda sensación de alborozo en medio de la necesidad evocadora de darle forma a esta desazón sin nombre que en ocasiones me atormenta.

La pequeña y turbulenta razón d’etre, supongo.

C´la vie.

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