Un ojo de fuego: el terror en la conciencia.

Como he dicho en varias oportunidades, soy una fanática irrestricta del género del terror. Un viejo placer culpable del que disfruto con la misma alborozada e inquieta curiosidad – una cierta morbosidad conceptual – que sentía cuando era niña. Y es que no hay una sensación semejante a esa ligera linea entre el despropósito lineal y esa interpretación concisa de una oscura emoción que solo puede transmitir el temor, esa idea profundamente humana y que sin embargo, nos resulta tremendamente extraña. En las sombras, oculta en la rutilante belleza de la normalidad, se oculta esa inquietud, tan pura como un concepto venial, que subsiste a pesar de nuestros intentos de ignorarla. Una sonrisa torva, un escalofrio helado recorriendonos sorpresivamente.

Obviamente, estoy conciente que algunas propuestas del género carecen de calidad y otras llanamente rozan la vulgaridad y el sin sentido. No obstante, algunas otras atraviesan el ligero velo del desconcierto para proclamarse asi mismas como pequeñas joyas de esta idea raquídea que se esconde más allá del miedo en sí. Una idea que se construye así misma, que órbita en medio de un engranaje secular que la dota de un profundo significado. Una de ellas es por supuesto, la magnifica Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy.

Comprender una obra tan compleja, remota e inquietante como esta no es tarea sencilla. Devastadora en la minuciosidad de sus detalles, la fuerza argumental que sostiene una narración aparentemente paradigmática, un descenso a los infiernos fronterizos de nuestra mente, tiene la particularidad de permitir que emociones, que por lo general permanecen inalterables en algún lugar de nuestro espíritu, tomen una desconcertante firmeza. La novela pertenece al privilegiado grupo, proclives a una interpretación personal, un vinculo emocional que permite al lector participar – tal vez de manera involuntaria – en el mundo cuántico creado por el escritor. Sin duda, el unico consejo que puedo dar es que hay que leer este libro, para comprender el impacto que producen sus páginas.

El sofocante viaje que propone McCarthy a través de un mundo destruido, violento – tal vez desconcertamente real – , habitado por personajes reducidos a sus instintos más primitivos ( tal vez un híbrido entre la incertidumbre de la mera lineidad básica y la expresión más auténtica del ser humano ) resulta ser, más que un ejercicio efectista, vacuo y gratuito, una contundente concresión de lo que la novela plantea como piedra ángular. Mediante un estilo exuberante, denso, húmedo, que puede llegar a abrumar por la frases cargadas de preciosismo, el autor nos plantea las situaciones más inverosimiles hasta otorgarles un sentido raquídeo, una metáfora grandielocuente de un infierno lleno de simbolos que despiertan una profunda emoción en el lector, quién se ve obligado a paladearlos, comprenderlos, otorgarles un sentido exacto en medio de una idea inquietante. La violencia y la podredumbre física y moral, siempre presentes en la narración, definen el contenido salvaje de este retrato apocalíptico de las miserias humanas y de la hostilidad de la naturaleza, aquí presentada como un paisaje enfermizo.

El Grupo Salvaje de cadáveres ultraviolentos y descarnados, vestidos con extravagantes harapos y armados, dirigidos a la caza de los indios, se advierte como un pseudo-ejército de renegados. Como una plaga bíblica que aniquila todo a su paso, Glanton y los suyos son los hijos de un tiempo y un lugar aterradores.

Es de valorar el hecho de que McCarthy sea capaz de sumergir al lector en un universo nauseabundo, y que extraiga del durísimo dibujo que propone un efecto fascinante. Hay algo conmovedor en el viaje del chaval que, atrapado en una rueda de tragedias sin fin (desde el mismo comienzo -brutal- de la novela), sobrevive a duras penas, en el mismo ojo del huracán y bajo la mirada del juez Holden, ese personaje enigmático que parece controlarlo todo desde una posición sobrenatural e inmisericorde. Ese gurú enorme, albino, sin pelo, ilustrado, omnipotente, bailarín, despiadado y bélico encarna a una presencia que domina el relato desde las alturas como un demiurgo que maneja los hilos y conoce e impulsa el inevitable destino autodestructivo de los hombres.

Los personajes, en los que no se profundiza, aparecen como meros títeres que jamás podrán escapar de la fatalidad. Lo que más importa es el escenario, el campo de acción, como pozo de perdición. No hay salida posible.

Bailemos.

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