Flor misteriosa, orquídea transparente.

En mis momentos más melancolicos, he pensado que no hay milagro más cruel y paradójico que la feminidad. Un misterio de mil voces, un prodigio diminuto sin forma ni revés, que prospera y se anida en un momento blanco de nuestra mente. Ah, sí, esta capacidad de creación infinita, este deseo oblicuo – una mínima variación de luz – que nace de un pensamiento sin forma, un anhelo totalmente material.

Un estallido de luz blanca. Un cataclismo silencioso.

Sueño. Tendida en mi cama, me dejo llevar por los derroteros de mi imaginación. Una imagen se alza entre el maremagnun de ecos y fervientes ideas. Una gota de vida incompresible se anida en mi carne. Crece en mí, se expande, palpita libremente, enorme en su inadvertida profundidad. Lo fortuito la arrancó de la imposibilidad, dándole forma, aquí en mi vientre, entre mis dedos temblorosos, mi angustia infinitesimal. Lo esperaba, sí, tal vez fue una conciencia continuada, pero ahora que me pertenece, que comienza a tomar forma dentro de la posibilidad, le temo. Un eje indiferente de células inacabadas. Creces, ahora mismo tomas de mí lo necesario para transformarte en un pensamiento certero aliado a la carnalidad. Te escucho, palpo la voz en ti.

Tiemblo por una desconocida angustia. No puedo evitarlo.

Aislada, solitaria, profunda la esencia que me pertenece se expande, se crea a si misma, en un acto independiente y mórbido, lento pero eficiente. Mi cuerpo ha dejado de pertenecerme, obedeciendo una alquimia perfectamente simétrica que todavía no puedo comprender. El misterio primitivo de la concepción se repite de nuevo, enhebrándose con mi mente y mis sentimientos hasta crear un núcleo rudimentario. Intento aferrarme a la ingenua esperanza que se abre en mis pensamientos, ajena a cualquier sofisticación, débil y frugal. Debería sentirme feliz, podría sentirme feliz, incluso. Pero no puedo evitar resentir esta esencia que brota de mí espontáneamente, sin control, avanzando hacia un objetivo nebuloso pero promisorio que me despoja de mi individualidad. Sin prejuicios, intento comprender, sin lograrlo, esta milagro sin revelación y sin respuesta. Espero y sufro. El tiempo se convierte en un elemento íntimo de mis pensamientos, promisorio y aterrador.

La naturaleza es absurda y caótica. No es perfecta en ningún sentido. Fragmentada y diversa, sus elementos se combinan con crasa irregularidad, con rebordes insustanciales y promesas rotas. Quiero tener miedo. La incertidumbre es mi derecho. Las mujeres no podemos ignorar el gemido de nuestra carne que habla de futuro, de fuerza y creación. Pero subsiste la duda. Me siento culpable por desear mi libertad, mi objetividad, no puedo evitarlo. Mi plenitud circunstancial y venial es totalmente egoísta. El acto de la concepción es meramente autónomo. Mi voluntad no interviene en absoluto. Una energía perenne pero pasiva hasta este momento toma forma en mi carne y en mi sangre. Me obsesiona la necesidad de experimentar la maravilla ante el antiguo dogma femenino. No puedo hacerlo. Tal vez es muy pronto.

O muy tarde.

Aun tengo miedo. Pero comienza a pasar.

Observo mi cuerpo cambiar. Con cada día y hora que transcurre, mi organismo trabaja afanosamente para crear las posibilidades raquídeas de este nuevo ser. Palpando la piel turgente de mi vientre, pienso en el engañoso prodigio carnal, no como un hecho palpable, sino como una posibilidad esbozada sobre el calor de mi sangre, la agilidad de mi organismo. Soy, estoy aquí. Por primera vez imagino el momento exacto cuando la nada se concentró en un instante orgánico. La esperanza se niega a ser aplacada y a pesar de las tristezas y las dudas, fructifica, se conmueve en la evidencia de si misma. Abro mis ojos a una realidad permeable y cruda, que no acepta objeciones ni matices. La vida avanza indetenible, abriéndose paso en la subjetividad y cualquier pretensión.

Sin embargo la vida aun continúa siendo solo una posibilidad, rodeada de riesgos y réplicas inconclusas. Dos meses han transcurrido desde que todo comenzó y aun me desconcierta la eventualidad. Sigo cuestionándome, sin pausa, tratando de encontrar una respuesta a mi practicidad.

Son incontables las vacilaciones, imposibles de ignorar. Extrañas, filosóficas algunas, cáusticas otras. La certeza de la vida se hace más imperiosa en mi interior. Me pregunto la licitud de concebir y traer vida a un mundo que ignora la fragilidad humana, que desdeña la futilidad del pensamiento más básico. Todas mis interpretaciones carecen de respuestas, se entremezclan entre sí en la búsqueda de un concepto imposible de formular. Un absoluto silencio inmóvil, se concentra en mi interior. ¿Realmente está allí, la flor transparente, un atisbo de promesa material? A veces lo dudo. Mi vientre permanece inmutable. A pesar de los cambios externos, el primitivo origen del portento equívoco continúa sumido en el mutismo. La esperanza se tambalea, la incertidumbre campea libremente en mi interior.

Abro los ojos. Sonrío. Solo un sueño, tal vez. Una conciencia antigua, primigenia, sin nombre. Ese poder secreto que tal vez le da sentidos a los engranajes de un universo simplemente caótico. En ocasiones, solo paz y una sensación de pura irrealidad.

C’ la vie.

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