En el Umbral del Espejo.

En ocasiones, he pensado que me obsesiona un poco la idea de la dualidad del voz espiritual y la creación anecdótica de la memoria. Imagino el tiempo más intimo como una sucesión de reflejos iridiscentes, carentes de formas, que se elevan en intrincados corredores que la mayoría de las veces, nos son por completo incompresibles. Casi puedo ver, ese rápido descenso a las sombras de la memoria más oscura, en medio de un juego de espejos interminable, un infinito devenir que termina por descomponer la realidad – y la idea que tenemos de ella – en innumerables fragmentos que podrían parecer totalmente oblicuos, pero que en realidad forman nuestro rostro más personal. He intentado expresar esa idea en varios relatos, pero hay uno en especial por el que siento una profunda predilección.

Una sensación perpendicular, casi inconcreta, abriéndose en todas direcciones, a partir de mí.

Ella otra vez. El cabello rubio y fragante resbalándosele por los hombros delgados. El rostro afilado bañado por la luz del sol. La sonrisa amplia, de simple satisfacción, por el hoy, por la mañana hermosa que disfrutaba, quizás por el aroma del aire limpio que se colaba por la ventana abierta. La observé embelesado, como ayer, como la semana pasada, como siempre, como todos los días. Una mujer en la flor de la vida, comenzando el día frente a su propio reflejo. Que delicia.

Me hacía reír aquel hábito mío. Todos los días, casi exactamente a la misma hora, ella parecía esperarme, sentada frente a aquel enorme espejo enmarcado en gruesa madera, una reliquia sin duda. Era evidentemente un objeto muy hermoso y antiguo, con los grandes grabados de flores y animales llenándolo y la pulida superficie reflejando la habitación de la chica hasta el último detalle. La cama grande de colchas coloridas, las paredes pintadas de una alegre tonalidad amarilla, la decoración juvenil que parecía reflejar perfectamente el gusto de su dueña. Era capaz de reconocer cada esquina y cada detalle de aquella habitación y claro está, de su dueña, la hermosa jovencita que cada mañana se sentaba frente a aquel espejo enorme, que probablemente había pertenecido a su madre o a su abuela, a disfrutar del enorme presente, de la vitalidad de su juventud de mejillas sonrosadas y sonrisa confiada.

Se trataba de casi un ritual. Me levantaba casi al amanecer y tomaba una ducha, y mientras me afeitaba, veía cómo se encendía la luz de la habitación de la chica. La casa entera parecía entonces despertar. Solía pensar, casi como eco de una misma idea que había tenido muchas veces, que probablemente aquella habitación era casi tan grande como mi pequeño apartamento de soltero, con su baño minúsculo y su cocina empotrada a la pared como por encanto. La casa de mis vecinos era una mansión solariega de dos plantas airosas, sólida y encantadora, con un porche propio y un jardín enorme, aunque descuidado, todo hay que decirlo. Muchas veces, cuando pasaba frente a ella, disfrutaba de su sombra, de esa sensación de encontrarme en otro tiempo donde aquellas casas eran comunes y no una rareza perfecta, entallada en el principio de un siglo tecnológico y frío.

Luego, al cabo de un rato, ella emergía de entre las sombras menudas y casi rotas por la luz del sol y se sentaba frente al espejo. Milagrosa, una diosa núbil y perfecta, sentada cómodamente para observar su belleza, la diáfana dulzura que definía cada rasgo de su cuerpo, de su rostro regordete. Se cepillaba el cabello con evidente deleite, los ojos entornados, la sonrisa palpitando un momento en los labios rosados. Me la imaginaba como no podía verla, acomodada en el sillón de orejas decorado con un infantil estampado florido, los pies hundidos en la alfombra. ¿Estaba descalza? ¿Llevaba algo más que su batín de noche? ¿Escuchaba música mientras el cepillo pasaba una y otra vez a través de la gloriosa melena rubia? Esos detalles debía dejárselos a mi imaginación. Ella solo me ofrecía eso, su imagen irrevocable, la intimidad de aquel momento que era como pecado venial, intenso pero poco importante. Pero para mí era suculento. Durante esos minutos, sentía que estaba allí, junto a ella, disfrutando del olor de su perfume, del aroma que debía impregnar sus mechones rubios, la piel rosada de sus hombros que apenas se atisbaba entre la bata. ¡Ah, mi pequeña coqueta!…tan fútil, tan deliciosa por el mero hecho de ser superficial.

Luego, venía el instante inevitable en que el hechizo se rompía. Yo me daba la vuelta para vestirme o simplemente para hacer un poco de orden en mi diminuto imperio, y al volverme, ya no estaba ella. El milagro había pasado, rápido y sin explicación, como todos los milagros. El vacío en el espejo, la habitación silenciosa. La sombra de las ramas de los árboles deslizándose afanosamente por el suelo. El día comenzaba y la fragmentada fantasía me recordaba la realidad.
Hermoso instante. Fragante y pequeña dulzura.

De nuevo, a solas. Extraño silencio. De camino a la universidad, procuro detener un poco mis pasos para atisbar en el sucio jardín. ¿Estará ella allí?. Me la imagino junto al roble, bañada por la luz verde de aquella vegetación morbosa. O tal vez, recorriendo con sus pies que me son desconocidos el caminillo de piedra hacia el elegante solar donde dos sillas blancas aparecen siempre vacías. ¿Se sentará ella en alguna, disfrutando de la luz del sol con la misma sensualidad con que cepilla su cabello? Seguro que sí, pienso con una sonrisa mientras me alejo. La juvenil muñeca riendo entre la ecléctica fuerza de aquella casa dormida. La vitalidad misma de sus paredes señoriales, reviviendo para ella.

Casi junto a la esquina, cuando la casa casi se ha convertido en una sombra inmensa entre el follaje aparece el hombre, el anciano. Vestido con pulcritud, sale de la casa, cierra la reja decorativa, cruza la calle. ¿Su padre, tal vez? Tiene la edad al menos. Mejillas pálidas, labios apretados. La severidad le viste casi tan bien como su traje bien cortado de lana gris. Pobre de mi pequeña, seguramente atrapada por las órdenes de aquél hombre. Continúo alejándome y me hace reír la líneas absurdas de mi propia imaginación.

A veces, durante el día, pienso en ella. Me encuentro recordando su imagen cuando un profesor es incapaz de mantener mi atención, cuando el bochorno del día es tan insoportable que me obliga a abrir una ventaba hacia mi interior para refrescarme. En ese lugar secreto de mis meditaciones más infantiles, esta ella, caminando junto a mí, el rubio y hermoso cabello brillando bajo el sol de la tarde ( ¿tendrá el mismo resplandor que en la mañana?) Espuma durada que acaricia su rostro tierno y regordete. En mi lugar secreto, le hablo de mis viejos temores y añoranzas, su mano en la mía. Y ella me escucha con la paciencia de las imágenes imposibles, de los ideales tontos que mueren abruptamente al despertar de un ensueño débil. Despierto pesaroso, malhumorado, con la sensación que ella realmente ha estado allí, que ella me ha acariciado la mejilla. Mi hermosa niña vanidosa.

En mi mente, ella me regala una sonrisa cómplice. ¿Acaso puede comprenderme?

Me parece un poco enfermizo, ¿no?, razono ya de regreso, mientras recorro de nuevo la avenida hacia la mísera residencia de estudiantes junto a la mansión solariega. Crear toda una pequeña historia a partir de un momento robado. Tal vez ella no sabe que la observo, y si lo supiera, quizás se asustaría, temiera por mis ojos que la vigilan, que beben de cada gesto suyo mientras ella cree estar sola, segura. Un estremecimiento de culpabilidad me recorre. Mi pobre niña. Sin saber la respuesta a mis preguntas, siento una leve culpabilidad, la sensación de invadir por un momento un ensueño privado, un pensamiento íntimo de una persona para quién soy un total extraño. ¿Alguna vez habrá reparado en la vieja casa junto a la suya? Seguramente escuchará de vez en cuando el barullo de los inquilinos, del joven de la motocicleta o la chica que repite la misma canción en el estéreo una y otra vez. ¿Y el hombre joven y desgarbado que permanece junto a la ventana durante largo rato disfrutando simplemente de su dulce vanidad? ¿Le regalará el espejo alguna imagen mía como me regala la suya?

Estoy de pie, frente a la casa a oscuras.

Una única luz encendida en una de las habitaciones del segundo piso.

El espejo está allí, junto a ella.

Un escalofrío me recorre. Sobresaltado, sigo mi camino. Aturdido, me pregunto el motivo de aquel súbito temor. Tal vez se debió a la última luz de la tarde, verde y gris, que por un instante creó una forma extraña junto a la ventana entreabierta. O al súbito aullido del viento que cruza la calle, formando un olvidado gemido.

Apresuro mis pasos. Un gemido de alivio casi se me escapa de los labios cuando el bullicio de la calle me envuelve de nuevo. La luz eléctrica de las bombillas frente a la residencia me enceguece por un instante. Y cuando vuelvo para mirar una vez más la casa, me parece más sombría que nunca, más abandonada de historia, con sus paredes blancas e inhóspitas, la verja que la rodea apretadamente, separándola con violencia de la vida que transcurre a su alrededor.

Mi pobre niña, pienso de nuevo. La luz de la habitación superior se apaga.

La casa, por completo a oscuras, e invadida por el silencio de una noche prematura, duerme ya.

Esta mañana me ha costado despertar. Me siento tan dolorido que apenas si puedo levantarme de la cama. Me parece que las sienes me van a estallar y la garganta se encuentra tensa por una presión casi sofocante. Incluso la leve luz del sol me hiere los ojos sensibles y cuando hundo la cabeza de nuevo en la almohada, siento que una vibración volátil y cruel me sacude. Atontado, permanezco acostado unos minutos más. Caigo en un sueño inquieto y tan frágil que enseguida despierto de nuevo, más descompuesto que antes, si eso es posible. Finalmente, logro levantarme. Tiemblo un poco, desconcertado por aquel malestar imprevisto. Con paso lento, me acerco al baño y me echo un poco de agua fría a la cara.

De una manera casual, miro hacia su ventana. Ella no está allí, claro. Ya es muy tarde. Otro pequeño cataclismo en mi mundo común. Tomo el cepillo de dientes, unto el dentífrico sobre las cerdas. El dolor de cabeza es ahora un hilo agudo que se desliza alrededor de mis sienes apretándose lentamente.

Cada vez más débil, me apoyo contra la pared. Un resfrío. Un inoportuno y violento resfrío. Nunca me acostumbraré a los caprichos de mi cuerpo, a esa aparente voluntad propia con la que parece dirigir su pequeño mundo interior. Sonrío ante mi petulancia y trato de recobrar la cordura. Más agua para mi rostro. Necesito claridad. Por lo pronto, ya se me ha hecho tarde para ir a la primera clase de la universidad. Tal vez si descanso un poco, pueda presentarme a la segunda, pienso con un suspiro.

Entonces ocurre el milagro.

Ella entra en su habitación.

La miro, fascinado, reconfortado, tal vez simplemente emocionado. Ya no lleva el batín de costumbre, sino un vestido de lana pasado de moda, que se le entalla a la perfección bajo en la cintura y bajo los pequeños senos. Perlas en el cuello fino y largo. El cabello recogido detrás de las orejas. Pero sus ojos, son sus ojos los que más me sorprenden. Vacíos de toda expresión, calmos, llenos de una fría determinación. Apenas puedo reconocer a mi niña juguetona en aquella mujer descolorida y severa. Dudo incluso por instante que se trate de ella, pero la esperanza tarda muy poco en desaparecer. El rostro diáfano y regordete es el mismo, el cabello de oro. Solo la expresión ha cambiado. Es algo en su interior lo que se ha transformado en algo visceral y oscuro.

Abrumado, la observo llevar a cabo una serie de movimientos que al principio, no tienen sentido ni lógica. Toma una silla, la lleva hacia el centro de la habitación. Aparta todos los otros muebles, menos el espejo, que continúa mostrándome la escena como una pantalla lóbrega y astuta. Luego, se quita los finos zapatos de tacón con un simple y seductor movimiento. Pies blancos que atisbo un instante. Estupefacto, asombrado, continúo observando, sin dar crédito a la idea que comienza a formarse en mi mente, a la imagen nítida que vaticina lo que sucederá a continuación y que golpea mi razón violentamente. Un grito sofocado se me escapa de los labios cuando ella toma la sábana entre sus dedos afilados y firmes y la anuda con fuerza en la horquilla de la lámpara del techo que el espejo no me muestra.

-¡No, espera no lo hagas! – grité. Las palomas del techo echan a volar, sobresaltadas por mi voz aguda por el pánico. Un hombre que camina por la calle se detiene, mirando hacia mí reprobadoramente. Pero nadie mira hacia el pequeño drama que se desarrolla justo al otro lado de la calle. Ella se ha subido a la silla y ahora se ajusta el nudo en el cuello fino. Su rostro es el de una muñeca rota, con la expresión fija en el tiempo, sin matices, sin nada más que un leve dejo de decisión que brilla entre sus ojos con la misma fuerza que antes la sensualidad.

Sin dejar de gritar, salgo de mi habitación, recorriendo el pasillo a trompicones, empujando a un par de chicas que conversaban alegremente en el hueco de la escalera. Ambas me miran espantadas, enfadadas. Cruzo el salón señalando la casa, tratando de hacerles atender al nutrido grupo de inquilinos que esa hora se reúnen para tomar el desayuno que ella a está a punto de romper la belleza, de crear en la fatalidad un absurdo que no tiene más explicación que la locura. Nadie me escucha, nadie parece comprenderme. Me encuentro aislado, perdido, en mis manos un secreto, un momento que solo yo puedo comprender.

Me aferro a la reja, gritando inútilmente. Lo inevitable se abate sobre mí. ¡Ella ya debe haberlo hecho! Un paso hacia el vacío. Sí, seguramente, ahora cuelga del techo, una enorme muñeca trágica, hermosa y solitaria, tratando ahora de soltarse de su propia decisión, los dedos agarrotados alrededor del nudo de la garganta, tratando de ganar un poco de aire. ¡Tal vez dispongo de unos instantes! Sacudo la reja y esta se abre con inesperada facilidad. Antes de razonar, de decidir, me encuentro corriendo por el jardín que tantas veces he repasado en mi imaginación. Atravieso el porche y entro en aquel lugar donde el tiempo parece haberse detenido, pero no perdonado los minutos perdidos. Una pequeña capa de polvo cubre los muebles, las paredes desnudas de pintura, los cuadros torcidos y cubiertos de suciedad. ¡Imposible que alguien viva allí! ¡Imposible que aquella criatura hermosa pudiese prosperar en aquel lugar infecto! Subo las escaleras, desperdicios caen sobre mí.

El pasillo del segundo piso brilla por efecto del sol, únicamente del sol. Allí no hay nada que delate que alguien más ha vivido allí al menos en veinte años. Atropelladamente, lo recorro. Al fin estoy allí, frente a la puerta de la habitación, de su habitación. He dejado de gritar. Respirando trabajosamente, por un momento permanezco paralizado frente a la hoja de madera. La compresión es fría y helada cuando el picaporte oxidado cede bajo mis dedos.

La habitación está vacía. Sucia, desordenada. Paredes grises, donde la pintura se ha descascarado hace mucho tiempo. Los muebles no son más que trozos de madera arrinconados como esculturas de imposible fealdad. Solo el espejo es tal como lo he visto durante los últimos meses, airoso, hermoso, sólido. Y en él, puedo ver las piernas esbeltas de la chica, oscilando en el vacío, en un mundo de silencio que se escapa de mi comprensión de mi razón. Horrorizado, temblando, pero sin poder evitarlo, me acerco a él, observando la imagen. Algo se rompe en mi interior y escucho mi grito antes de saber que es mío, un alarido cavernoso que rompe por completo con cualquier pensamiento conciente, con cualquier idea que no sea la del terror.

Continué gritando hasta que vinieron por mí los vecinos, alarmados y desconcertados. No dejé de gritar mientras los agentes uniformados tiraban de mí, golpeándome, tratando de sacarme a rastras de aquella habitación. Yo seguía mirando el espejo, ella allí, colgando, muerta, atrapada para siempre. Y luego el hombre severo, entrando en la habitación, llorando, aferrándose a ella, gritando como yo lo hacía ahora, abandonado por toda esperanza. Ambos gritábamos cuando por fin lograron sacarme de la habitación. Solo entonces, callé, abrumado por el dolor, por el horror, por la intensidad de la compresión que me abrasaba, me rodeaba. No hay explicación alguna, no había conocimiento alguno que pudiese envolver y brindar cierta lírica a un instante de puro terror.

A veces, en las noches silenciosas del hospital, me pregunto si él continuará gritando, atrapado en el espejo, reflejándose en el silencio, sin ojos que puedan mirarlo y comprender su derrota. O si ella continuará eternamente representando la última escena de su vida para un público silente que no sabe de belleza más que la promesa y de horror, más que un anuncio.

Aquí, en la soledad de mi reclusión y mi locura, pienso en el espejo, en medio de la habitación en sombras, reflejando en el vacío la imagen de la oscuridad.

Agatha Patz, 2006.

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