El exilio de la memoria.

En ocasiones he llegado a pensar, que todos nos sometemos en alguna que otra ocasión a un exilio voluntario, en medio de nuestra mente consciente, un exilio que somos nosotros mismos, luchando por encontrar un lugar y un nombre en medio del tiempo. Por supuesto, admito que muchas veces este ostracismo de la memoria no es voluntario, sino consecuencia de la violencia del prejuicio, de una idea diametral capaz de aislarnos por completo del norte y de la forma. Una forma diminuta se dibuja en nuestros pensamientos y le da sentido a la voz creadora, pero a veces simplemente subsiste en mitad de la conciencia, flotando sin significado. Un ente raquídeo y visceral.

He llegado a la conclusión que nuestra mente tiene cierto parecido con la imagen de la cabeza y la cola del dragón lunar que los antiguos imaginaban sostenían el universo: Una enorme serpiente, violenta y monstruosa, alzandose sobre todos los pequeños estereotipos hasta derrumbarlos. Un círculo aereo, ígneo, inflamandose en mitad de la oscuridad de las dudas, abriéndose paso en todas direcciones hasta crear una huella evidente en mitad de esa región en sombras que llamamos sabiduría. Los pueblos ancestrales solían imaginar a esa serpiente creacionista como una explosión en medio de la noche, iluminando la oscuridad por un segundo para luego volverse un punto palpitante que desaparecía en un parpadeo divino. Los Egipcios y los fenicios anteponían esta imagen a todas las demás que formaban su cosmogonía para explicar lo desconocido que se extendía más allá del mundo material: Consideraban ese instante de silencio como una naturaleza divina, una perspicacia ineludible y vociferante, una sucesión de ideas raquídeas desplegadas a través del sueño remoto de una Divinidad indiferente. Tal vez sobre ese concepto, nace la referencia a la obra divina que es parte primordial de la Alquimia; El opus Magnum ineludible y caótico. Un pensamiento originario, poderoso, una voluntad oblicua. Tal vez, todo sea tan simple como el viejo principio de la magia creadora: Al principio unimos, después corrompemos, disolvemos lo que ha sido corrompido, purificamos lo que ha sido disuelto, reunimos lo que ha sido purificado y lo solidificamos. De esa forma, el hombre y la mujer devienen en uno.

Cierro los ojos. El mundo a mi alrededor se hace vago y abstracto. El sonido trepidante de los coches, las conversaciones de los transeúntes, la sensación de movimiento irresoluto se desvanece hasta solo crear una único sensación, una ondulación casi sensual. Suspiro, los olores duros y metálicos de la ciudad me inundan por entero y me recorre un escalofrío – ¿miedo? ¿una ligera excitación? -. Todo mi cuerpo parece reaccionar a la mera idea de vida que me rodea, de esa vinculación secreta y finisecular que le da sentido a una única identidad: un igual entre sus iguales. O tal vez, una pequeña variación de esa normalidad, apenas cualitativa, pero totalmente discernible. ¿Cual era la palabra con que los alquimistas denominaban al espíritu material que se extrae del tiempo y la materia fusionadas? Azogue, que emprende el vuelo en forma de paloma, una vez que es separada de su envase raquídeo, de la carne de la comprensión, del suspiro irrisorio de la creación. Al igual que las palomas soltadas por el Noé biblico para saber si se habían retirado las aguas, su vuelo no cesa hasta que alcanza el infinito, hasta que forma parte de esa luz definitiva sin nombre ni verbo que llamamos misterios. El “Spledor Solis” de la piedra Filosofal, el origen de toda duda y certeza. El origen de la sensación de soledad en el corazón del hombre.

Abro los ojos. La imagen se mueve lentamente, de nuevo solo soy yo, embuída en el razón cerval. Suspiro, aferro el bolso de la cámara con fuerza y aprieto contra mi pecho mi indispensable colección de libros que siempre llevo conmigo – atada a la realidad, conspicua, efervescente, viva, incoherente, un legado de una idea exótica – y echo a andar de nuevo, el cabello revuelto por las ráfagas de viento de la montaña, la sensación vivificante de encontrarme aislada pero a la vez profundamente vinculada a esa sensación de realidad. Tiempo entre mis dedos, una imagen visceral del mundo alzándose a mi alrededor.

C´la vie.

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