La voz del tiempo en mi memoria.

Acurrucada en mi cama, me revuelvo entre las sábanas. El cuerpo en tensión, las sienes palpitandome dolorosamente. Sueño o quizás se trata de un fragmento de uno de mis recuerdos más viejos.

Abro y cierro los ojos lentamente. Un enorme jardín se extiende a mí alrededor. El silencio que me rodea es plomizo, palpitante, como si la insonoridad en si misma poseyese la cadencia de un sonido ¿Estoy despierta o dormida?. No podría decirlo. El cabello suelto me araña las mejillas, un leve hilo de luz entra por la ventana. El lento palpitar de la noche se apoya en el cristal. Pero más allá, en la región en sombras de mis sueños, un hombre extiende su mano y la apoya en mi hombro. La sensación es tan real, tan nítida y exacta. Las ramas de los árboles se sacuden levemente por las ráfagas del viento.

– El tiempo solo una voz intima, que canta y danza en medio de la oscuridad – murmura. Su voz sedosa parece enredarse en el ritmo acompasado de mi respiración. Me revuelvo un poco, extiendo la mano. Los ojos entreabiertos. La razón y la simple dualidad onírica dan vueltas lentamente, como en las habitaciones de una casa trucada, una pesadilla de la conciencia muda. Intento aferrarme a un pensamiento, pero no puedo hacerlo. La leve vibración de una energía poderosa y sentida me recorre.

Yazgo entre las hojas secas, en esta imagen inconclusa y carente de sentido. Aturdida, no consigo escapar de la sensación de que me deslizo lentamente hacía los vericuetos más profundos de mi propia conciencia. Me siento liviana, ingrávida, como si toda atadura con mi cuerpo se encontrase rota.

Y me elevo, más allá de todo temor y angustia. Etérea, sin nombre, los brazos abiertos para abarcar la abstracción, la pura idea de una creación raquídea carente de todo significado. Suspiro, los ojos cerrados, el viento imaginario envolviéndome con un velo luminoso. Casi puedo ver ese recorrido trepidante, hacia los confines de la memoria consciente. Un gran estallido de luz sin forma ni confín. Solo este deseo, esta forma, esta sensación profunda de convicción.

En el ahora, en el tiempo fidedigno, siento una emoción que me arranca del ensueño con brusquedad. Aturdida, atemorizada, pero llena de un alivio puro y simple. Tengo la impresión que finalmente puedo aceptar la respuesta a la incertidumbre que durante tanto tiempo se ha resistido a cualquier análisis y comprensión. Entre temblores, pugno por abrir los ojos y me parece que lo hago, que miro el jardín sin nombre de mis pensamientos, amurallado y sumido en las sombras aterciopeladas de la noche imposible. No obstante, me parecía estar en una esfera completamente distinta a la que pertenece la habitación donde me encuentro, la ciudad en la que vivo, incluso le mundo entero, con sus sonidos y olores. Puedo escuchar el sonido de voces, pero no comprendo una sola palabra de lo que dicen. Sí, voces hablando en un idioma que me es desconocido, pero tan acariciante y exquisito que el sonido me tranquiliza, me besaba lánguidamente. ¡Ah…que delicia!.

Me levanto del suelo, llena de una deliciosa sensación vibratoria, los árboles parecían inclinarse hacía mí, con sus enormes figuras oscuras siniestras, atemorizantes, majestuosas. Sin embargo, se hallaban quietos, susurrantes, tal vez, expectantes.

Una voz canta al viento, y es la mía.

¿El sentido?…¿el origen?. No podía comprender aquel extraña visión.

La oscuridad esta llena de voces, de figuras que se mueven lentamente. Allí, casi junto a la verja que cierra el jardín de mis temores y esperanzas, hay una mujer de larga cabellera y rostro sedoso. Sonríe y me reconozco en ella, en el breve centelleo de sus ojos, en la expresión magnifica de la emoción que me recorre.

– La voz del tiempo en tí, en nosotras – dice la mujer desconocida. La frase tiene la minuciosidad remota de una profecia. La voz era deliciosa, un susurro sensual – en cada generación, la bruja busca las respuestas, en cada generación, un poco del poder de todas las anteriores palpita en su interior….somo una…todas somos parte de ti.

Sí, parte de mí, allí, todas ellas. Rostros sonriéndome desde la oscuridad. Una vieja muy encorvada y arrugada se acercaba a mí con paso lento. Casi podía escuchar el sonido de sus zapatos adoquinados arrastrándose por la hierba.

Me estremezco por completo, sintiendo casi un placer físico recorriéndose, paralizándome. Las respuestas, sí allí, todas las preguntas contestadas. La caos naciendo del caos. El jardín de mis sueños se encuentra lleno de cánticos, de figuras que se desvanecen en la oscuridad. Casi puedo ver las siluetas de un grupo de hermosas mujeres, ninfas de piel oscura y cabellos largos y sedosos, bailando alrededor de la hoguera ceremonial. Saltaban, moviéndose de un lugar a otro, tomándose de las manos, escondiéndose entre las sombra, confudiendose entre ellas.

– Todas ellas…mi madre y su madre, y la madre de esta – musitaba la voz a mi oído – y tú… el nuevo rostro de una vieja tradición.

Eran ellas, las brujas, todas ellas mirándome, esperando mi reconocimiento, el momento de vivir de nuevo en mi compresión. Las hechicera, la curandera, la bruja, la médium, sí y sí. No había secretos, no había temor, porque todas eran parte de mi misma, y lo que era mio les pertenecía. No había nada más. Levanté las manos y sentí el poder, el poder al que le temía, el poder de aquellos ojos penetrantes, de aquellas sonrisas brillante y casi perversas, en mí. Mío.

Rio, y el cielo parece descender sobre mí, sinuoso y violeta, tachonado de estrellas. El rumor de las voces se hace brumoso, un murmullo que se confunde con el palpitar del mundo, de la gran esfera cenital de mi mente.

Abro los ojos, temblando. Las formas prosaicas de mi habitación me rodean. El brillo de un amanecer perlado bailotea entre los cristales. Las paginas del libro de Marcel Proust que estaba leyendo antes de dormir – La Prisionera, un tributo a la memoria de un tiempo más allá del tiempo – se agitan con el viento y el sonido, como el aleteo de pequeñas alas, atrae mi atención. Alcanzo a leer unas palabras.

“El espíritu ve lo que desea, porque camina a su encuentro”.

El sentido. El Origen.

Prosaico, inquietante, levemente significativo. Un tiempo de palabras abriendose a mi alrededor.

Me dejo caer sobre la cama. Una sensación de paz me envuelve.

Un deseo fragmentario de la razón.

Imagen que acompaña la entrada:
La bruja de la memoria o Hecate Cenital de Frances Abbatermarco.

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