Fuego raquídeo.

Desde que era una niña, las primeras luces del alba me han provocado una insólita sensación de felicidad. Una sensación de inaudita esperanza, que nace de algún lugar olvidado de mi tiempo personal. Pura enajenación, un perturbado delirio – ingenuo, alborozado, enigmático, tal vez un poco conmovedor – me llena, impregna cada momento de mi pensamiento, otorgándole un lustra exquisito y desconocido. Un primitivo placer olvidado, sin duda.

Pienso que como otras muchas cosas de mi vida, esa palpitante felicidad tiene una estrecha relación con mi inveterado y nostálgico insomnio. Tal vez por esa razón, el primer rayo de luz recién nacido, ese tan audaz que vive en la primera voz de la mañana es un anuncio diáfano de bienestar. Siempre acudo al nacimiento del tiempo, de pie, envuelta en mis sábanas, con el cabello el desorden, un escalofrío de raquídeo que me recorre por completo. Una sensación que enarbola una paz soterrada, originario, un poco periférico a mi perspectiva habitual. Temblorosa, agotada, extiendo las manos y tomo una larga bocanada de aire, sintiendo que la rutilante vivacidad me envuelve. Un eléctrica sensación de placer me recorre. Despierto en el valle sin sombras de mi conciencia, sonrío, con los ojos cerrados, mientras un gran resplandor carmesí estalla en mis párpados. En ocasiones deseo gritar de pura y atolondrada felicidad, pero simplemente permanezco allí, escuchando el murmullo de las voces del tiempo rozándome las mejillas, la sensación definitiva y cerval. Me dejo caer, lentamente, en la luz y creo por un instante, que me elevo, que todas las cosas se unen a mi en una carcajada silenciosa y tan mia, tan absolutamente intima que solo yo podría comprenderla, saborearla en su justa medida.

Una vez leí, que cuando nacemos, el alma de la luz desciende de la escala de las siete esferas soñadas por Galileo, esas formas de expresión Universal que palpitaban silenciosa entre las estrellas sin nombre, indiferentes y magnificas. Una imagen hermosa, sin duda, que deja atrás la tenebrosa tesis gnóstica que afirma que la existencia es un lugar de tenebroso confinamiento. Cierro los ojos, aspiro una bocanada de luz, siento que todo mi cuerpo reacciona a ese impulso antiquísimo, sin nombre, o quizás con todos los nombres con que los hombres han deseado bautizar a la esperanza. Un silencio imperecedero, que reverbera en los rincones más profundos de mi espíritu. Imagino por un instante un reloj que palpita, más allá de la concreción de mis pensamientos, lenta, inexorablemente. Las enormes manecillas recorren el aro, donde los números danzan en una exquisita y torva clave de sol desconocida. Inclino la cabeza, el sol me rodea, la luz es infinita, divina, inmensa, más allá de cualquier horizonte fugaz. Soy esta luz, soy esta concepción simple, profundamente dulce. Las manos abiertas, mi corazón palpitando tan rápido que me lleva esfuerzos respirar. ¿Estoy llorando? ¿O rio tal vez? El viento de la aurora transparente me traspasa, me eleva, creo que puedo sentir el aliento de la Diosa en el mio, en esta furiosa sensación de maravillosa alegría.

Abro los ojos, a ciegas. La oscuridad solo es un sueño, una quimera que otorga perfiles a esta idea casi procaz de pura voluptuosidad. Me acerco a la ventana, apoyo los dedos sobre el cristal – tibio, el olor de la vida rodeándome – y disfruto por un momento de esta paz, de esta profunda sensación de fría necesidad de voz y textura.

Un ave de alas de fuego, el Fenix definitivo y atemporal que palpita en mi espiritu. Un renacer de rutilante y sencilla belleza.

Una nostálgica felicidad.

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