Un instante entre la oscuridad y la luz.

En ocasiones, siento que todos nos movemos por el mundo en medio de una suprema soledad. Un misterio apenas soslayado que nos separa los unos del otros. Lo imagino como un enorme desierto yermo, extendiéndose en todas direcciones, a partir de esa inquietante sensación de zozobra que nos llena cuando deambulamos por el mundo sumidos en la incertidumbre. Una calle amplia y empedrada, que recorremos lentamente, turbados y cansados. Es una sensación concreta, carente de sofisticación: Una soledad de las ideas, un tiempo yermo que carece de significado, como si no pudieras comprenderlo ni abarcarlo en su justa medida. El concepto que tenemos de nuestra vida se hace tan grande que casi llena todo el paisaje, desborda los limites, se afianza en esos rescoldos inexplorados en la raíz de nuestras ideas. Somos y no somos, una sombra deshaciéndose lentamente, abriéndose en dos formas de expresión. Existo y no existo. O simplemente, floto en medio de este temor medianero, de no saber donde encontrar la clavija precisa que de sentido a la sensación de intensa desesperanza que a veces me consume.

Creo que esos pensamientos suelen atormentarme con mayor fuerza cuando tengo uno de mis “excentricidades”. Es dificil permanecer indiferente al pensamiento craso y llano de la muerte cuando percibes – la cercanía, la palpitante evidencia – de una forma de existencia más allá de la propia. Por supuesto, la mayor parte del tiempo intento convencerme que todas esas percepciones son aliteraciones sensoriales, irreales, metafóricas, inconsistentes. Pero en muy pocas oportunidades logro convencerme más allá del consuelo. Temblando, con las sienes húmedas de sudor, las uñas clavadas en la palma de las manos, siento que pierdo el aliento ante la silueta apenas dibujada en la oscuridad – un hombre, quizás una mujer, un murmullo cuántico – que es la figura y ábside del temor más profundo. Un fragmento de demencia que muchas veces me hace estallar en llanto, un silencio prístino en medio del ágora de mis pensamientos – que no sea real, por favor, que solo sea un sueño – y sin embargo, la sensación persiste, se acentúa, crece, se alimenta de si misma, se retuerce con dureza hasta adquirir un rostro y un sentido exacto. Afilado como un cuchillo, indemne de todo análisis. Retrocedo temblando de terror y cólera. Un suspiro cansino, la voz ahogándose en mi garganta – no quiero gritar, no lo haré – soy un reflejo cenital de lo que más temo y lo que más anhelo.

Y siempre, el pensamiento de la muerte al limite de mi conciencia. Sueño, espero, deseo, me niego, se eleva este sentimiento, un latigazo de pura y helada certidumbre. Moriré, moriré alguna vez…no seré nada más que el recuerdo de alguien más. Desaparecida, un mero nombre. Nada más que eso.

“El único verdadero problema filosófico es por qué no me mato”. Así, con la desnudez brutal que caracterizaba a sus frases, Albert Camus, el autor de “El extranjero” resumía su principal preocupación. Una lucha constante por dotar de sentido al mundo, y así evitar la tentación de un final precipitado. Esa ambivalencia crasa y perpetua que se repite incansablemente. Esta muerte aparente, la deliciosa ficción de creer que el mundo puede tener por el mero hecho de desearlo, de insistir en ellos.

La cita de Camus es algo que ponemos en práctica todos los días aunque lo hagamos en forma inconsciente. La madre de todas las decisiones es ésa, la disyuntiva de permanecer o no en la vida. Todas las demás elecciones están subordinadas a esta soberana determinación.

Creo que es inevitable pensar todas estas cosas mientras la noche se desgrana interminable, minuto a minuto. El insomnio se convierte de nuevo en mi monstruo personal, una sutil realidad donde se condesa la incertidumbre hasta dar forma a conceptos disparatados y temerarios. Con los ojos cerrados, tendida en el suelo de mi habitación favorita, intento adivinar el traqueteo interior del tiempo. Me debato entre una sensación de vértigo sin nombre, una leve desorientación. Por un momento, dudo de mi nombre, de mi lugar en este mundo de olores y pesos reales y me pregunto, con una perturbadora ingenuidad, si existiré realmente, sino seré más que una simple creación mental, un sueño infinito extraviado en medio de un ahora imposible. Me acurruco en posición fetal, mientras un ligero sobresalto con respecto al futuro me recorre, anodina inconformidad con el presente y quizá dolor por el pasado. Una paradigmática sensación que engloba mis esperanzas e incertidumbres. Creo que es lógico preguntarse hacia donde nos lleva la evolución moral y si la intelectual tendrá la capacidad de equiparse a la medida justa de nuestra aspiración espiritual. Aprieto los ojos, siento mis sienes temblar de puro desconcierto. Una forma concreta de pensamiento le brinda sentido a esta sensación: rostros, fragmentos de conversaciones, imagenes superpuestas. Una creación caótica de mi vida, de mi propia perspectiva de las cosas.

Hundo el rostro en la oscuridad, caigo en un estado de duermevela donde todas las ideas parecen tener sentido. Un mundo utópico e inconcreto, flotando en otro momento de la realidad, en la eterna conciencia que me une al cosmos. Soy y a la vez, no existo. Me debato en la oscuridad y la luz, entre el miedo y la razón.

Finalmente, duermo. Un atisbo de paz.

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