La celebración de la Tierra bendita.

Las fiestas de la siembra (llamadas también las fiestas paganales, una derivación sintáctica de la expresión pagus=campo) se celebraban, según Ovidio, en noviembre. Estaban dedicadas a Ceres, diosa de la agricultura, y a Tellus, la madre tierra ctónica, aunque en algunas regiones del Imperio también se dedicaban a Jupiter, como Dios supremo y dador de toda las dádivas. Junto a estos dioses, los romanos invocaban también la ayuda de otras divinidades menores: Vervactor, el que pone la tierra en barbecho; Reparator, el que la prepara; Imporcitor, el que hace los surcos con el arado; Insitor, el que siembra; Obarator, el que cubre la semilla con tierra; Occator, el que desapelmaza la tierra; Sarritor, el que quita las malas hierbas; Subruncinator, el que mezcla; Messor, el que cosecha; Convector, el que transporta el grano; Conditor, el que lo almacena; y Promitor, el que lo distribuye.

En honor de todos estos dioses, los campesinos se tomaban un día de descanso y sacrificaban una puerca preñada. También a los animales de labranza se les daba el día libre: sus dueños los adornaban con guirnaldas y los dejaban pacer sueltos por los campos.

La voz de una Tradición:

Creados en el 196 a.C., la fiesta de la siembra marco un momento histórico de gran relevancia dentro de la estructura religiosa romana: la organización de los banquetes (epulum) que celebraran la fecha se convirtieron en una festividad de índole familiar. Antiguamente, los rituales ofrecidos a los dioses – principalmente el banquete central que se realizaba en honor a Júpiter el 13 de Noviembre – era llevado a cabo por los miembros de la familia, tarea que hasta aquel momento había recaído en los Pontífices del culto, llamados Arvales.

Hasta el año antes mencionado, los Arvales se ocupaban de organizar todos los aspectos de la celebración: Anunciaban el día del comienzo del rito, se encargaban de preparar las comidas y cuidaban del cumplimiento de la ceremonia. Frente a los Arvales se encontraba un magister, que era elegido anualmente en el lucus de Dea dia, el segundo día de las fiestas de la diosa Feronia, Señora de los sacerdotes y del tiempo religioso. Entraba en su cargo el 17 de diciembre, fiesta de las Saturnales y se extendía en sus funciones hasta el 13 de noviembre del año siguiente, cuando culminaba con la realización de la fiesta de la siembra. Podía ser reelegido tres veces consecutivas. Si no podía ejercer sus funciones, éstas eran ejercidas por el promagister. El sacerdocio era vitalicio y no se perdía bajo ninguna circunstancia, ni siquiera por destierro. Cuando uno de los miembros moría, el colegio se reunía en la Regia o en el templo de la Concordia y elegían por votación a un nuevo miembro. En el Imperio serán designados por el emperador.

No obstante, con el comienzo de la celebración familiar de la fiesta de la cosecha, las funciones de los Arvales quedaron relegadas a un papel meramente simbólico: organizaban en nombre de la plebe un festín a Júpiter, al que acompañaban Juno y Minerva; el dios comía recostado y las diosas sentadas. La comida era frugal y el mobiliario sencillo. No obstante, el verdadero reducto de la celebración se llevaba a cabo en los campos y se convirtió en una celebración íntimamente familiar.

Fuentes:

Alejandra Gáfaro Reyes. Mitos Clásicos. Editorial Intermedio. España. 2002.

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