El silencio ciego.

Continuo intentando sobrevivir al insomnio. Me debato entre ideas, pensamientos, abstracciones, paradojas, meras conclusiones deshilachas, mientras las horas avanzan lenta, pesadamente, aplastándome un poco cada vez. Una ligera demencia, supongo, mientras leo obsesivamente, escribo hasta el limite del dolor, veo clásicos cinematográficos que hablan de tiempo de blancos y negros nítidos. Perdida en las imagenes de mi mente, en rutilantes mundos de cristal y palabras que se elevan sobre tierras yermas. Un ligero parpadeo en medio de las sombras. Una voz que susurra una lenta letanía de formas y colores, con el sabor del tiempo. Suspiro, hundo la cabeza en la almohada, tiemblo un poco, algo tan etéreo como un deseo parpadea en mi memoria. Extiendo los dedos, palpo la oscuridad, sonrió. Un espiral de locura, entre los ojos cerrados.

Comienzo a leer un viejo libro de Stephen King – el placer irremediable de cierta juventud literaria – y me encuentro envuelta en una serie de sombrías disquisiciones sobre la muerte que no tienen otro origen que la historia inquietante del hombre que deambula en el bosque, para enterrar a su hijo muerto tragicamente en un cementerio que tiene la esperanza podría devolverle la vida. Paso a paso, la oscuridad se cierne sobre el personaje – un arquetipo plano y sin sustancia, pero casi comprensible -, el dolor y el temor toman la forma de un monstruo de pesadilla alzándose en mitad de la noche. Suspiro y casi mecánicamente, comienzo a leer un cuento corto de Poe, olvidado en medio de los anaqueles de mi biblioteca. Un hombre mira las tablas de un suelo ficticio, mientras un corazón enorme y acusador palpita en una región inalcanzable de puro paroxismo del pánico. Una suplica, los ojos desorbitados, mirando esa raíz finisecular del miedo a lo desconocido. Un sabor equidistante, mientras el policía mira el rostro del culpable, cada vez más pálido y tenso. Allí, allí, la angustia, el temor de eso que yace bajo el estéril reducto de la conciencia. Sí, la suplica redentora.

Con una ligera sensación de compulsión, continuo ojeando libros al azar. Lovecraft, susurrándome en las sombras sobre extraños seres estelares que se alzan más allá de mi razón concreta. Blackwood, invitado en una cena imposible, los monstruos del espíritu reptando en las paredes. Knoof, incluso, con la leve fosforescencia de la palabra oblicua, desabrida. Una y otra vez el miedo, entre mis dedos, esa pequeña revelación, la incongruencia, el detalle incomprensible. La luz y la sombra de la muerte, en un perfecto equilibrio, a punto de derrumbarse en el pánico o la incredulidad. Temblando, las palabras vuelan a mi alrededor, siento un placer sardónico y exquisito, elevándose, que retumba y se retuerce en la oscuridad de mis ojos cerrados. ¿Que es el miedo? La vulnerabilidad de un tiempo insoportable, la cualidad prístina de comprendernos simples y terriblemente abandonados por la esperanza. El corazón delator que danza y grita. El cementerio indio que se extiende hacia un silencio maligno. El péndulo moviéndose lentamente, tan cerca del dolor. Todas las imagenes, metáforas de una concreción insoportable, enorme, desconcertante.

Abro los ojos. Un sobresalto, de nuevo despierta. Parece que han transcurrido horas pero al parecer solo se trató de algunos minutos lo que estuve dormida. En la pantalla de la televisión el rostro de Rock Hudson gesticula sin sonido. El viendo de las últimas horas de la noche golpea la ventana. Y de nuevo deambulo a solas por mi castillo de la memoria.

El caos, un espiral, perdida en un laberinto.

La encrucijada de la razón.

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