En el verbo de plata.

Durante toda mi vida, las letras y las imagenes se han encontrado poderosamente vinculadas dentro de mi forma de expresión más personal. En mi mente, siempre he mirado el mundo a través de párrafos abigarrados, una realidad meticulosamente desmenuzada a través de la idea de un verbo creador significativo y personal. De la misma manera, me he refugiado en las imagenes, en los segundos que atesoro a través de la cámara, para comprender la realidad que me rodea, para dotar de sustancia y trascendencia, cada momento de mi tiempo intimo, para decorar cada pared y rincón del Castillo de la Memoria en donde habita mi espíritu. En silencio, me narro historias una y otra vez, elevando muros y jardines de letras y recuerdos, y más allá del tiempo y el horizonte, dibujo un mundo a través del destello de mi visión estética. ¿Un sueño? ¿un deseo? ¿Una simple angustia existencialista carente de asidero? No puedo decirlo, pero es mi manera de comprender – aceptar – la silueta de un concepto de realidad más allá de mi misma.

Tal vez por esos motivos, cuando miro la obra de Walker Evans, siento que puedo comprenderla a cabalidad, una incertidumbre bendita y exquisita flotando en bromuro y ligeros retazos de melancolía. Cada una de sus fotografías cuentan una historia especifica, danzan en un tiempo venial más allá de cualquier significado. Un rostro mirando hacia la conciencia, el perfil de un hombre anónimo capaz de conceptualizar en su expresión el miedo y la belleza. Cada imagen de Evans posee la fortaleza de un tributo a una idea que rebasa la simple composición de luces y sombras, una manifiesta voluntad de elaborar una idea completa a través de un sistema estético metódico y poderosamente depurado. Un quijote del verbo en el tiempo visual.

Creo que de toda su extensa obra, la que más me llama la atención es la fotografía que tituló “Niños de Alabama”, tomada en 1936, en plena depresión económica americana.Dos niños, llevando ropas sucias y descuidadas, sonriendo hacia el vacio, flotando ingrávidos en medio del temor y la perdida de la esperanza. Los pies descalzos, los perfiles de una casa derruida rodeandoles. Un tabique descascarillado. Las piernas desnudas y descalzas de una mujer que desaparece en el primer plano, una protagonista apenas entrevista de un triste abandono conceptual. Uno de los niños sonríe, con la pureza de la primera infancia, la algarabía de la ignorancia. Sin embargo la niña que le acompaña, pálida y con el cabello cortado al rape, mira atentamente un punto desconocido. Los labios apretados, el pequeño rostro esquivo y tenso. ¿Miedo? ¿Cansancio? ¿temor?. No podría decirlo. En una esquina, el respaldar de una silla ruinosa y rota. La imagen relata, con la voz poderosa de la creación sintáctica, una época rota y devastada por la desesperanza. Mirándolas, puedo sentir el olor de la tierra apisonada, el escepticismo de un las esperanzas perdidas. Muchas veces, los ojos se me han llenado de lágrimas mientras contemplo a esos niños perdidos, huérfanos, deambulando en medio de la miseria. Una parte de mi mente, es incapaz de aceptar que tal vez, ambos ya están muertos, que se encuentran por completos perdidos a mi deseo de comprensión. En mis pensamientos son eternos, proclives a una diminuta redención. Un destello de maravilla. Un desvaído prodigio elemental.

Sí, Estoy convencida que para Evans, fotografiar era más allá que construir un concepto académico de la imagen. Cada una de sus piezas visuales insiste en darle un sentido a un criterio fundamenta de la expresión del mundo, de la manera como podía comprenderlo. Palabras palpitando en los límites de lo visual. Un universo lleno de significados mudos, inquietantes, vívidos.

Walker Evans, se proponía realizar una carrera de escritor, cuando descubrió su pasión por la fotografía a fines de la década de los años veinte. Comenzó su carrera de fotógrafo con una serie de imágenes sobre la arquitectura victoriana norteamericana y un reportaje sobre las agitaciones políticas de Cuba en 1933. Sus primeros trabajos ya atestiguaban ese deseo de expresar ideas concretas, pequeñas historias delineadas a través de poderosos motivos conceptuales, esa objetividad de la mirada y esa extrema atención a los detalles que cimentarían su renombre como como uno de los fotógrafos documentales más talentosos de su generación. Él mismo calificaba a sus fotografías de “documentales por su estilo”, pero conservaba la exigencia de pureza que concierne a la fotografía artística. En octubre de 1935, Evans fue llamado a colaborar con la Fram Security Administration (FSA). La FSA era una oficina federal que, durante los años de la gran depresión que atravesaron los EEUU de Norteamérica bajo la administración Roosevelt, se encargaba de desarrollar programas de ayuda para los pequeños campesinos y aparceros. Las Fotografías tenían una misión documental, que debía informar al gran Público sobre la extrema pobreza de la población del campo. Era un proyecto sin equivalentes, por su manera de combinar la crítica político-social, el documental y las inquietudes estéticas. El trabajo de Evans para la FSA fue el período m´pas importante de toda su obra. El artista plasmó sobre la película la vida de los pobres, con la misma precisión y la misma sobriedad que aportaría más tarde a sus relatos cortos sobre el estilo de vida de su país. En la misma época realizó el retrato del trabajador agrícola, a medias orgulloso, a medias escéptico de Louisiana y la foto de dos Niños de Alabama, vestidos con miserables andrajos.

¿Quienes somos, para ocultar el portento cotidiano? ¿A que aspiramos con esta belleza que puedo romper con un esfuerzo de imaginación? Palabras e imagenes, creando el tiempo nuevo y la expresión más exquisita de la cotidianidad.

Uhmmmm…un tiempo de belleza paradójica, en palabras de Sócrates.

Un poco de maravillosa perspectiva venial.

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