La Diosa en Armas.

Las Diosas de la guerra suelen estar relacionadas con el sol y las estrellas. Según las leyendas de los pueblos animistas, los millones de astros del firmamento se conviertien sin dificultades en un rutilante ejercito que combate la oscuridad con sus cuerpos incandescentes. La mitologia eslava personifica a Zaria – La Diosa el Alba – como la gran guerrera que nace armada para disperar las fuerzas de la noche. Dilbah, la estrella matutina babilónica, también destierra la oscuridad. Probablemente por este motivo, tanto Dilbah como otras Diosas de la Guerra se representan cubiertas de brillante armadura o de joyas, oro y plata.

El Avesta – Texto religioso del Zoroastrismo – describe a la Diosa multiple Anahita como una deidad extraordinariamente alta y fuerte, de aspecto imponente y generosamente enjoyada, “como mandan las reglas”. Anahita era la energía divina del bien que, según creían, fluía a través de los monarcas de Irán, a quienes daba ánimos y protegía de los invasores del norte, lo que no impedia que los malvados recavasen su ayuda, aunque generalmente se la negaba.

Los griegos equipararon a Anahita con Atenea. La Diosa Griega también era alta, imponente y se interesaba por las hazañas de los héroes. Durante la guerra de Troya defendió a Aquiles de París, ayudó a Heracles a cumplir sus trabajos y guió las travesías de Odiseo. Su ave preferida era la misteriosa Lechuza, que caza de noche, aunque generalmente no intervenía cuando la Diosa libraba una batalla.

El cuervo bélico de la trinidad irlandesa de la Guerra, colectivamente denominada Morrigan, estaba siempre en evidencia como anunciadora de la muerte. Morrigan tenia una risa aguda y estentórea que, según decía, congelaba el corazón de los hombres más valientes. Sin embargo, el guerrero puro sabia que no era necesario temerle.

En uno de los conflictos más conocidos, Morrigan desafió a Cuchulainn adoptando diversas formas animales después de que el heroe rechazase sus insinuaciones sexuales. Empeñada en darle una lección, Morrigan se comportó con sensatez, advirtió claramente al héroe de sus intenciones y durante el combate no apeló a la magia.

En tanto aspecto de Diosa de la tierra, Morrigan simbolizó la territorialidad y “la protección del interés general de su pueblo”. En la lucha de los autoctonos fir-bholg ( hombres de las bolsas o sacos ), ayudó a sus preferidos, el pueblo Tuatha De Dannan, a conquistar Irlanda. A menudo Morrigan lavaba las mortajas de los Guerreros a punto de morir en el campo de batalla, momento que adquiría el aspecto de arpía gigante que estaba a horcajadas sobre un rio o como mujer alta sumergida hasta las rodillas en el agua enrojecida por la sangre derramada.

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