Danza en sombras.

Como escritora empedernida que soy, aprovecho todo los momentos posibles para escribir, para dejarme absorber por la magia de las palabras. En ocasiones, paso noches enteras sin dormir escribiendo sin parar, atormentada, sin aliento, fascinada, temblando de puro placer y terror. Al borde del abismo, tan cerca del desastre que un hilo de dolor me recorre por completo.

Bendita la tierra de nadie donde habita el deseo y la pasión. Bendita la cruda historia, el salvaje y primigenio poder de la creación.

En ocasiones percibo como la palabra y la frase me envuelve como un espiral brillante, comienza a adquirir un lustre especial. Humaredas benditas santifican los pecados. La obra del Dios intimo no deja lugar a dudas. Sí, los condenados deben inclinar la cabeza y sufrir, penar, hasta que el pecado sea el menor de sus temores. La carnalidad es imposible de concebir, aunque nuestro cuerpo lo exija. La fe debe ser nuestro sustento, aunque no exista palabra alguna que sustente el prodigio. Esta angustia, este vacío. El sufrimiento físico no es más que una ilusión vacilante del deseo, de esa hambre y esa sed de calor y de piel que nos queja. ¡Quiero!¡Necesito! pero la impaciencia son los ojos del pecado. Debo cerrarlos y afrontar la paciencia infinita. ¡Divino Señor de la creación, perdónanos por discernir lo inevitable!

Creo la voz y la palpitante belleza en colores lóbregos. Negro, gris, brumas marrones que surgen de lugares inesperados. Benditos lo que soportan la opacidad del miedo, misericordia para los creyentes que no encuentran más que la nada. Estoy aquí, creando el camino que debemos recorrer juntos.

Las palabras hablarán en mi lugar. Desfallezco, un escalofrío me recorre. Un placer bendito y hórrido insoportable. Este fuego de llamas negras y oblicuas. Sin aliento, un temblor me recorre por completo, me devora, me arroja a un rutilante abismo donde me dejo caer casi sin fuerzas. Pero el brío es inconcebible.

Debo continuar, debo seguir. Las voces de los malditos, los herejes, los transgresores, la polémica de mi propia necesidad es parte de mi cuántico deseo, confían en mi, es mi tiempo y mi creación y la bóveda oscura de mi deseo.

Siento que la muerte finita carcome mis reflexiones. Restan rasgos por verter sobre el lienzo que clama justicia. Justicia para los que no tienen paz en la culpabilidad, justicia para los que lloran las pérdida de valores que no entienden. ¿Pero es lícito pedir lo que nunca será concedido? Debo hacerlo, incluso así, sin respuesta, sin nada más que silencio envolviéndome. Es necesario, es utilitario, es determinante.

Lloro por las almas desconsoladas que atrapo en mi denuedo. Pero deben vivir aquí, entre los colores vistosos y la exuberancia de las siluetas, y evitar el misericordioso olvido. Plasmo esa furiosa ansia que brota del alma cuando busca respuestas. ¡Porque la exijo, es mi derecho! La noche oscura de la fe no es suficiente para explicar el rostro de una mujer desesperada, el dolor ciego de un hombre que agoniza. ¿Cuál es el sentido? No quiero ignorarlo. ¡Debe de haberlo!

Sonrío con cínica tristeza. La consideración es difusa en su descarnada ausencia.

Mi cuerpo parece incapaz de soportar por más tiempo esta energía rítmica que emerge implacable de mi profunda complejidad. No puedo claudicar ahora, sería otorgarle la victoria al vacío. Sí, la imagen del infierno es cruda, pero hermosa porque contiene significado. Es real, quienes miren mi cuadro podrán admirarla. Nadie me ha pedido que otorgue un rostro al suplicio de la ignorancia humana. Pero yo lo haré, a través de las montañas de este jardín del Edén perdido y desmembrado por la oscuridad venial.

Frase tras frase, la obra comienza sigue delineándose. Los condenados son corpóreos, sus pecados visibles y compresibles. Y en el medio de este Reino del caos, están la pareja de amantes eternos, ingrávidos y dulcemente ignorantes. No puedo olvidar la eterna esperanza humana de redención. La mujer y el hombre. La primigenia pecadora, la primera imagen de Dios en la carne. Parecen flotar sobre el océano de temores y vergüenzas que se encrespa a su alrededor. Blancos sus cuerpos, plenos sus rostros, imposibles sus miradas de satisfacción.

Mi intimo palacio construido a base de palabras está terminado. Aquí, en la tierra, con conceptos humanos, he creado el temor y la salvación. Mis imagenes, mis dedos, mis pensamientos, mis ideas. Un diminuto momento en el tiempo infinito que transcurre entre los dedos del Universo.

El mal y el bien, convertidos en meros simbolismos a través del arte del hombre.

Cielo e Infierno, conjugados en un acto carnal y material.

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