Del tiempo y otros sueños fragmentados.

Hace algún tiempo, escribí que debería existir una institución llamada “neuroticos anónimos” o algo por el estilo, y su primer miembro registrado, sería yo por supuesto. Continuo pensando que necesito ese lugar anónimo en el cual recluirme cuando siento que la realidad me aplasta lentamente, me deja sin aliento y sin fuerzas. Lo imagino con toda claridad: Una habitación llena de muebles espléndidos – enormes, devastadores, inquietantes – sin ventanas y solo una puerta enorme de madera labrada – quizá reminiscencia de los delirios de Rodin de la que soy amante? – que no pueda abrir. Sí, atrapada en mi misma, ajena al sonido de mundo más allá de mi voz. No obstante, no creo que pudiera encontrarme por demasiado tiempo sumida en esa paz deliciosa e intima. Me complazco en mis súbitos ataques de ira, en los momentos de tristeza profunda seguidos de rutilante alegría. No, no padezco de ningún síndrome bipolar ( para quién se lo pregunte ) sino de lo que creo es una extraña forma de enajenación relacionada con mi necesidad de crear. Y no lo porque crea que mis aspiraciones artísticas tengan relación con mis alternativos cambios de ánimo, sino que de hecho, mis humores se relacionan de manera definitiva con mi necesidad creativa.

Las calles se transforman súbitamente en papel. Quebradizas y volubles se abren a mis pies, aceptando mis pasos con resignación, tal vez con cierto rencor. Me dejo llevar por la vanidad de quien conoce su camino, pero es un reducto engañoso que puede desaparecer en el momento menos pensando. La luz del sol desciende oblicua sobre la tierra de las sombras. Las preguntas se enredan entre sí, creando formas disimiles en el pensamiento.

De cada objeto y suceso brota una idea. No puedo evitar que sea así. Las palabras flotan en el aire enrarecido de la realidad, susurrándome sus tristezas, recreando para mí sus alegrías. Intento ignorarlas, pero no puedo. Me baña ese brillo rutilante que habla de seres imposibles y escenas verosímiles. La coyuntura es hipnótica, flexible y me otorga la posibilidad de creer en pequeños milagros cotidianos. ¿Es posible tal cosa? ¿Es plausible encontrar respuestas en el viento fresco, en la belleza de una tarde tenue, en los rostros anónimos que se cruzan con el nuestro en un instante fragmentado?

Sí. Quiero creer que si es posible.

Una ciudad vital y compleja se alza a mi alrededor. Destellos de luz se deslizan entre la monotonía, núcleos primigenios de una madura inspiración. Ansío beber de este instante, nutrirme de esta dulzura melódica de la vida que corre y se encrespa. Busco la hermosura que sé que existe en medio de la fealdad. Remuevo imágenes y sensaciones, tratando de hallar la justificación a mi verdad. Desespero por la impaciencia, pero me consuelo con la eventualidad.
Una anciana se cruza en mi camino. Rostro cansado, cabello teñido que cubre juventudes pasadas, un vestido barato, estampado con tristeza. La sigo con la mirada, ella no lo nota. La miro entrar en mi mundo un instante, rozarme con su desazón abandonada. Casi puedo sentir el olor de su piel arrugada y descuidada, las añejos odios, los febriles amores. Una historia, una vida, una circunstancia que me pertenece por un instante. Abrumado, deseo tomar su mano, acariciar la mejilla que alguna vez fue besada, humedecida por la pasión. La consuelo, la tomo entre mis brazos, aprieto mi corazón contra sus pechos secos. Te quiero, le digo con las palabras invisibles de mi mente. Te quiero y te comprendo.
Silencio.

Ella se pierde en el horizonte anónimo de una ciudad que no es mía.

Mis pasos me llevan traviesos, por lugares inhóspitos. Allí, donde el aire es seco y las palabras van a morir. Me detengo, mirando los momentos transcurrir rápidamente, atropellándose unos a otros. Las imágenes se deshacen en sí mismas, muriendo y naciendo como un siniestro Ave fénix. Yo solo soy un espectador asustado y conmovido, que trata de atrapar entre sus dedos un fragmento fugitivo de la vida. Sonrío, aspiro lentamente una bocanada de aire viciado. Quiero vivir, necesito hacerlo.

Escribir puede conjugar innumerables sentimientos en mí. Hacerme sentir intensamente feliz, o por el contrario, tan derrumbada en mis propios ideales que cada letra simboliza un dolor agónico. Mis fotografias me muestran las imagenes de mis sueños, mis deseos más existencialistas y utópicos. Leer me eleva más allá de este mundo y de cualquier frontera de fuego. Soy yo misma, y al mismo tiempo, solo un viajante en medio de las sombras del pensamiento. Me debato entre la posibilidad de creer y la duda existencialista que palpita en mi alma con la fuerza de una metáfora venial.

Ah, sí, tan viva. Tan tremendamente aferrada a mis deseos. Una diosa de estructuras sutiles en mi propio Cosmos personal.

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2 comentarios »

  1. Alex Said:

    Me encanta la imagen 😉

    Saludos

  2. Deirge Said:

    Gracias preciosa 😀
    Es de una amiga 🙂 ( ni en sueños dibujo así )


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