Devaneo con el desastre.

En ocasiones imagino mi vida como la órbita de un reloj roto, envejecido y que funciona a marchas forzadas porque el mecanismo carece de lógica. Creo que viví las etapas de mi vida a destiempo, sin una verdadera estructura que sostenga mi pensamiento o simple incertidumbre. Una atemporalidad crasa y creacionista, mi voluntad ambivalente bajo el dominio de la ambigüedad y una perturbada necesidad de transgresión. Sí, sí, en ocasiones siento que he vivido a medio camino entre el déspota sentido del deseo de la ruptura de todo límite y la simple cadencia de la paz, un firmamento exquisito y exuberante carente de sentido. Caos por el caos. Destruir cualquier idea bienhechora y coherente. ¿Es un mero nihilismo de juventud pensar en esos términos? Quisiera creer que sí, pero ya se me ha hecho un hábito esto de correr en la dirección contraria, enfrentarme al viento, nadar hasta tocar el fondo y quedarme allí, al límite del dolor. No puedo hacer otra cosa y aunque pudiera, no sé si lo haría.

Afrontemoslo, mi sensibilidad psíquica es una vertiente caustica de pura opinión cerval. Cuando era una niña, solía fantasear con encontrar un sentido, un objetivo a esa otra visión del mundo, esa perspectiva inquietante – sombras en las sombras, un secreto en el viento – Pero ahora, solo creo que es otra forma de equidiscencia torva de un Universo indiferente. Siendo un mujer al final de su veintena, comienzo a sentirme libre, niña de nuevo, renacida en mis decisiones, determinada a seguir mis ilusiones y mis pasiones más profundas. Sí, definitivamente he madurado y el mundo ha perdido ese brillo soterrado que tiene cuando comienzas a definirlo, pero por alguna extraña alquimia, me siento mucho más abierta, curiosa y emotivamente vinculada a cada nueva etapa de mi vida, a cada nuevo descubrimiento de mi misma que realizo a través de la experiencia. Así que, mientras me hago mayor, me vuelvo más inocente y desprejuiciada en mis creencias, ideas y conceptos. Un viajero de la idea a través de territorios desconocidos más allá de mi castillo de la memoria.

Existe una cierta idea desolada en mi mente que nunca he podido erradicar del todo. Incluso en mis momentos más festivos, en la felicidad augusta y perecedera del tiempo anecdótico, me siento al borde de una melancolía solitaria y anciana. En la textura breve del lapiz entre mis dedos. En la sensación de sostener la cámara y desear un momento infinito – la inmortalidad en la imagen- siento que deseo expresar la belleza de la muerte negra, de la tristeza matizada por el miedo. Sí, nadie habla nunca de la oscuridad, pero la miran por el rabillo del ojos. Asustados, errabundos, observan la noche pasajera preguntándose cuándo terminará.

Pero la noche es nuestra, ahora y siempre. Una parte del alma humana no conoce la luz del sol, no conoce los amaneceres tardíos o las brumas indolentes de los medio días. Allí, en la oscuridad, vive el temor, creando estructuras y edificios de formas familiares, pero regulares. Lentas miradas se vuelven hacia las vertientes oscuras de las acciones y las decisiones.

Sí, quiero plasmar esa belleza de obsidiana. Quiero otorgarle verdadero brillo a las palabras vulgares que no logran definir la raíz de la maligna cotidianidad. Pequeños demonios de rostros servales se mueven entre la irradiación hipócrita de anónimas voces. Nadie puede reconocerlos, se niegan a hacerlo. Nadie acepta que el infierno es real y su fuego, degradante y doloroso. Flamas enormes que consumen los pensamientos. El demonio sonriendo entre los labios aviesos.

Pero yo si puedo verlo, deseo hacerlo, incluso. La obsesión me consume, irradia en mi interior abstracciones baratas y diametrales. No tiene sabor mi peculiaridad aparente, este deseo de mostrar el reflejo del mal, esa ansia informe que corroe en silencio, placentera en la condena, engañosamente virginal en la espera. Los dogmas de fe se revierten en contra de quienes confiamos en ellos. Temor. Desesperanza. Miramos el cielo con reverencia y la tierra con desconfianza. Sin embargo, la sensación es la medida entre ambas. La ferocidad del pecado nos produce dolor, como las llamas que habrán de castigarnos. El éxtasis del cielo palpita en nuestra piel en la quietud de la noche, en la carne blanda y el deseo irregular.

Un gemido se escapa de mis labios apretados. Deseo reir y llorar. Pero en lugar de eso, me echo el bolso de la cámara al hombro, sostengo entre mis manos libros y cuadernos de hojas rotas y corro hacia el desierto de la confesión, ese mundo irreal y desarticulado que llamamos realidad. Que magnifico este poder secreto – entre la luz y la sombra -, esta paz inexistente, este deseo que me consume y me arrebata el nombre.

Soy un tiempo nuevo, un guerrero de una batalla silenciosa y procaz.

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