El poder del rayo redentor.

Vivo en la frontera. Entre mi perturbada necesidad de comprender la realidad y el tiempo que transcurre, diáfano e ideal, más allá de esa idea fronteriza que tengo sobre mi misma. Vivo de los espacios en que me encuentro y vuelvo a perderme, de mis decisiones y aspiraciones que se alzan a mi alrededor como un deseo tembloroso y voráz.

Divago, entre la realidad que se deshilvana en muescas lentas y raquídeas. Floto, lentamente, con la suavidad de la conciencia, sobre un océano ecléctico y seductor. Que soledad esta, que sensación de perdida. Pero aun así siento que el espiral de mis pensamientos es cada vez más criptico, más extenuante. Cierro los ojos y a mi alrededor, mi castillo de la Memoria se alza en enormes sombras, elevandose en todas direcciones, abriendose paso en mis ojos cerrados, creandose así mismo, construyendose a medida que un llanto nervioso me sube a la garganta.

El mes de floración terminó. Miro por la ventana, abstraída por la textura lenta y orgullosa del día que muere. Que dignas son las noches, con sus párpados cerrados, sus pupilas inmensas y su boca cerrada. Me gusta palpar la agonía del día, la manera como la minutos caen en la tierra firme y plena. ¡Ah, que maravilla es la carne de los meses, los años que vuelan lejos!

Tomo mi pluma y comienzo a escribir. Las palabras se extienden ilimitadas por la hoja de papel, creando mundos y ciudades. Los rostros se levantan desde las habitaciones de mi castillo de la memoria y bocas que nunca existieron, pronuncian palabras sabias. Hablo por mis manos, siempre ha sido así. Lo invisible en mí es atractivo, quiero que las ideas floten en las cúpula transparente de mi cabeza. Escribo, con los dientes apretados, las sienes palpitantes de sudor. Escribo, creo, he de parir imágenes y vuelcos de las frases más conocidas. Dolorido esta el vientre de mi imaginación. He tenido una erección de pura creatividad.

Los ojos se me llenan de lagrimas de emoción. Caballos de cristal corren por entre las frases y palabras. Mundos lejanos y diáfanos se arremolinan entorno a la página medio llena. Cada párrafo es un universo cuantico, espléndido e insustituible. Quiero expresar la vida, quiero crear la vida más allá de la semilla y la carne fértil. Porque mi cualidad de mujer es única e inimitable. Y me libero de los prejuicios y las cadenas para gritar mi nombre y mi realidad. Soy mujer, pero a la vez no soy nada sin mi página, mi idea, mi lápiz, mis dedos traviesos. Corrientes lúdicas me atraviesan con cada simetría de la abstracción.

Escribir es una sensación fértil, procaz, exquisita, ondulante. Siento que una energía pura e irascible me posee, me arrabata todo lo que no sea mi decisión inexorable de darle sentido a mis palabras a tra´ves de mi deseo. De ellas nacen las posibilidades que algunas palabras vean la luz, en detrimento de otras.

El mundo palpita y oscila a mi alrededor. ¡No existe!. Solo veo el universo de conceptos creados en torno a una idea, el arrogante anhelo de mi alma de irradiar este fuego divino que explota en mi pecho. Me inclino sobre la hoja de papel, aprieto los dientes para no gemir de placer. Erótica, cruda, la intimidad de este diálogo con mi propia alma, esta determinación mía de conversar con el silencio abierto de mis venas desesperadas. Recorro lagos de quietud, lejana de los misterios, cercanos de los secretos. Sí, en la caída dramática de esta mirada brillante y hambrienta de palabras y concreción. Las palabras son la expresión, son el mundo. El mundo es comprensible porque habla para mí, porque yo traduzco su esencia entre líneas austeras. Sí, la vida es simplemente este, el desgarrado y helado abismo que solo puede ser saciado a través de este arte maldito.

Amapolas perversas se abren antes mis ojos. Observo la noche, bebo su aire. Mi piel agresiva busca su propia complacencia. Y mis dedos siguen hablando, cantan, gritan, se extienden, se abren, se rompen. Las palabras son la medida de esta fuerza: nacen y lloran, ríen y matan. Caen, se desgranan. Una torre de Babel se eleva por encima de cualquier consideración humana. El ejercicio de la creación es tirano, titánico, implacable. ¿Lo buscas en mí? Yo lo he encontrado. Sigo en mi tarea, los pies de mi ideas corren sin cesar hacía la culminación de la implacable sed. ¡Bebo del pozo de las advertencias no escuchadas! ¡Quiero, soy, vivo, muero!

Y tiemblo de placer, solo de sentir su advenimiento a la realidad. Espero y sufro por la impaciencia. ¿Dónde está la luz del día?. No hay sueños para mí, solo pasajes de escritura. Pienso, existo, sin matices, sin sentido. Solo tiene sentidos los pensamientos entrecruzados a través de un espacio enorme, que soy yo misma. Levanto las manos en la oscuridad, casi puedo palpar lo que nace, lo que se condensa a partir de mí. No hay pulcritud en ella, no hay verdadera belleza. Pero como un bebé nacido de mi sangre y mi sudor cansino, se forma en mi seno, se adhiere a mí. Bebe mi carne, aspira mi aliento. Las líneas del mundo se recrea en si mismo. Sí, existo, soy en la palabra, en la letra. Soy una de ellas.

Mujer.

Criaturas se abren paso en la oscuridad de la nada. Yo les he dado corporeidad. Sí, aquí están, casi puedo verlas. Un rostro, un cuerpo, una voluntad. Están, son reales. El milagro perenne, el viejo dialecto muerto ahora vivo otra vez. Palabras, palabras, siempre palabras. ¡No deseo más que acogerme a vuestros brazos, dejarme llevar por el olor claro de un deseo insustituible y venial!

Me derramo, soy una emblema enorme y caótico. Busco, encuentro. A veces pierdo y la indignación se condesa en mí como lagrimas. Finalmente, huyo de mi lecho de durmiente y busco mi hoja y mi lápiz, llave y cerco de mi desesperación. Las sienes me palpitan, todo mi cuerpo se llena de sangre de fuego. Sí, hablo en voces lentas y necias. La sencillez es casi absurda, la respuesta casi siniestra.
Pinto la boca antigua, hablo dialectos muertos y vivos. Me tiro del cabello, respiro con avidez el aire viciado. Las murallas del mundo nuevo se levantan a mi alrededor. ¿Quién eres sino yo? ¿Quién soy sino este deseo? Las manos se abren para recibir el fuego, se entremezclan, se diluyen. Las palabras, mis palabras. ¿Son mías realmente? ¿Están allí más allá de mi memoria? Lo deseo, lo busco, lo delimito. Insustituible, errante, fáctico.

Sin aliento, corro a la ventana. Las hojas caen. Crean arco iris sin colores en el aire invisible de la noche. Veo la forma, veo la uniformidad. La tierra se abre virgen para recibirlas. Una caricia tierna y plena. Suspiro, mis labios palpan la belleza, casi pueden degustarla.

Afuera, la exquisita oscilación del mundo es casi notoria. Los troncos de los árboles son montañas creadas por mi creación, los higos de la higuera del patio se expanden, se elevan, son venas y manos, pies y pasos. Quiero llevarlos hacía la página abierta, desnuda. Brillante, eléctrica, la enorme virulencia de una energía imparable. Encuentro mis ideas desperdigadas por doquier. Las recojo, las levanto, las guardo en mi oscilante pretensión. Todos quieren conocer los secretos, muy pocos acceden a ellos. Oculto los fragmentos de universo que quiero crear. ¡soy un dios, creo vida a partir de la nada! Mis letras son el génesis de una historia, de una vitalidad desbordante y torpe.

Las narraciones son enormes, todas ellas se entrelazan entre sí. Eternidad, búsqueda. Mis dedos son la matriz de la vida fecundada por la inteligencia y la probidad. Trastornada por la armonía, más allá del orden mundano y comprensible. Cada escritor, cada pensante es en si un fenómeno divino, irreducible y monstruoso. Todos responden al canto ensordecedor desde las páginas del un libro, la hoja en blanco, el reducto último de la fantasía. Un profundo flujo plata se desliza hasta la gran Diosa de la creatividad, altares inhumanos, fuentes de carnal e impaciente parvedad.

Escribo, escribo. Las palabras son cada vez más altas y punzantes. La fuerza brota de mí imparable, una meditación errática que sin embargo conserva su coherencia. Las líneas se alzan imponentes y mi mano describe su esencia, abre la ventana a un viento ensordecedor en donde se enredan todos los sentimiento y encantos de un mundo inalcanzable para todos, cercano para mí. Mi mundo. La respiración se hace rítmica, en busca de su vertiente única. Sí, aquí estas. El viento golpea mis cabellos, mis pasos persiguen la rítmica candencia que quiero encontrar.

Vivo, en las palabras.

Deseo, por la idea viva y planificada.

Escribo, siento. Un merodeador entre las sombras de mi mente, soy.

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2 comentarios »

  1. Sator Said:

    Por cierto; nunca le has concedido autoría a los dibujos de tus entradas. ¿son tuyos?
    L:V:X:

  2. Deirge Said:

    No, Noooo ajajaajaj ni en sueños dibujo así.

    Son de una amiga que me tuvo por modelo de ocasión 😐 ( no lo pude evitar lo juro )

    Un beso Sator.


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