Archive for noviembre, 2007

En la voz del Lirio.

Durante estás últimas semanas, he sentido que de alguna manera mi vida ha tenido una única constante: el cambio, la conclusión de toda una serie de cosas que han quedado a medias. Un renacimiento perenne que tiene mucho de evolución y poco de olvido. He sido crudamente sincera conmigo misma, escudriñando más allá de lo obvio hasta encontrar sentido – o creer que lo he encontrado, en todo caso – a mis ideas más profundas, personales y dioclesianas. Una labor agotadora que muchas veces me ha empujado a una mínima locura, una sensación oblicua que el tiempo se disloca hasta crear una bifurcación absurda: el rostro en el espejo no es mio, sino una ensoñación caustica y cansada de un deseo. Tal vez mi obsesión con los laberintos tenga relación porque muchas veces siento que me pierdo entre los fragmentos de lugares inolvidables, hechos a medio recordar, mis inspiradas creaciones mentales. El secreto de las coincidencias tal vez, o una mezcla demencial de razones y paradojas que tienen como único vértice en común mi impulsividad. A veces quisiera pensarme mejor las cosas, palpar la textura de mis decisiones hasta encontrar las aristas exactas que les permitan calzar en el esquema de mi razón, pero no puedo. Prefiero gritar, enfurecida, y destrozar la paulatina calma hasta encontrarme tan agotada que simplemente me dejo llevar por mi propia virulencia.

Conduzco por mi ciudad con la sensación que redescubro una idea coincidencial más que una sensación estética en si misma. La ciudad es una condición sine qua non de humanidad, al menos en un sentido aristotélico, podríamos puntualizar. El tráfico empedernido e insoportable, la soledad plomiza que aprieta y se hace cada vez más estrecha – sofocante, una sensación de enloquecida claustrofobia – luces y sombras elevándose con lentitud en medio de las siluetas desconocidas de una sensación silenciosa. Sí, una ligera locura, más allá de la mera confrontación del deseo.

Me detengo, en una calle cualquiera. El motor del coche traquetea en medio de los zumbidos de una realidad caótica, sin sentido, pero unida bajo un vinculo subyacente de puro significado. ¿No es eso el mundo, después de todo? ¿Una red intrincada e interconectada de conceptos y metáforas más o menos comprensibles, plomizas, lejanas, destructoras, inveteradas, insoportables, que delinean trabajosamente el perfil de la realidad? Es así como el hombre, al limitar su acción individual, su fortaleza física, su destreza de cazador primitivo, por ejemplo, al limitarla y compartir los frutos de sus hazañas exegéticas o pescadoras, en ese momento crea la posibilidad de la ciudad, donde todos tienen que renunciar a ese libre ejercicio. Se ha hablado de esa libertad del campo y de esta esclavitud de la ciudad. Cómo no recordar el “París se repuebla” de Arthur Rimbaud, esos hombres que en el siglo pasado vagaron, divagaron y fueron exterminados por las ciudades tantas veces. Pienso en los románticos de todas partes, en los que veían esa pérdida de naturaleza y esa destrucción sucesiva de las pequeñas ciudades y de las aldeas.

En fin…una forma de conciencia carente de unanimidad.

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Carta a Belerephonte.

Por extraño que parezca, en algunas regiones de Europa del Este, durante el día 30 de noviembre se celebra la fiesta de los vampiros, una conmemoración que busca rendir honores a la rica mitología que sobre el mito del vampiro posee la región. Durante esta insólita fiesta, algunos pueblos de la región de los Cárpatos ( una vasta extensión de montañas a lo largo de las fronteras de Austria, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y el norte de Hungría) representan con danzas y cantos las principales historias que tiene como origen el mito del Monstruo eterno, en donde se hace énfasis en su carácter maligno. La celebración incluye la poderosa y rica tradición oral de los pueblos más antiguos, durante la cual los aldeanos suelen llevan las vestimentas tradicionales de sus respectivas regiones. En Rumanía, la celebración posee una gran importancia, especialmente en las tres regiones principales del país: Transilvania, Moldavia y Maramures: Los aldeanos desfilan en el disfraz tradicional al Paso de Prislop en las Montañas de Cárpatos, entonces toman parte en los bailes tradicionales, cantando y festejando, llevando cruces de madera y collares de ajos. Al finalizar la celebración, se lleva a cabo una ceremonia litúrgica, donde el sacerdote bendice a la población para protegerla del acecho del antiguo y legendario enemigo.

En otras regiones, sobre todos las fronterizas con Eslovaquia, La Fiesta se transforma en una expresión de la cultura tradicional del país, que incluye una muestra de la artesanía tradicional (moldura de alfarería, el textil que borda, el tallado en madera y más) además, de una exposición al aire llevada a cabo por artistas populares preeminentes a esos interesado en artes tradicionales.

Como gran admiradora del mito del vampiro – específicamente, en su concreción más enigmática, relacionada con la raíz histórica del mito y sus diferentes expresiones a través de la mitología y la historia natural de diferentes regiones del mundo – deseo celebrar esta insólita fecha, incluyendo una narración que escribí hace algún tiempo. Una pasión mimética e inquietante. Un deseo raquídeo, moviéndose al limite de la conciencia.

Porque más allá de la oscuridad, la eterna fascinación por el misterio tiene nuestro rostro.

Llovía. No una gran tormenta, sino una llovizna plateada y fragante de primavera. Cerré los ojos, adormecida. El carruaje se movía lentamente, mecido por el viento y las irregularidades del camino. Escuché el chapoteo del fango, resbalando en altos salpicones contra los ventanucos. Pero sabía que apenas podría distinguirlos, aunque apretara mi rostro contra los cristales. La oscuridad era total. Apenas, el chispazo de los rayos perdidos creaban una imagen onírica, reflejándose entre las gotas enredadas por el viento, mostrando las hojas que caían. Imposible vitalidad en medio de aquel camino alejado de la luz y el calor.

El violento sonido del trueno me hizo abrir los ojos, sobresaltada.

La montaña se alzaba ante mí, un cúmulo de gigantescas proporciones que en medio de las sombras parecía no tener principio ni fin. La mansión se alzaba en medio de todo, solitaria y majestuosa como una gran dama en decadencia. Me pregunté qué se sentiría vivir allí, mirar a través de las ventanas y no ver más que el paisaje alargado de los campos vacíos de cualquier presencia humana, de las copas de los árboles, tan juntas que creaban la ilusión de una única e impenetrable alfombra vegetal. ¿Podría el artista que era su dueño, encontrar verdadera inspiración en medio de la agreste tersura de la naturaleza salvaje que le rodeaba? Mi padre me había asegurado que sí. Aquel hombre había creado las más bellas pinturas de su generación encerrado allí, en aquella mansión perdida del contacto humano. Aunque pensándolo bien , había una cierta violencia en sus cuadros que era muy semejante a esta tormenta suave de gotas pálidas, a este viento cálido amplio que rozaba con sus dedos las grandes cumbres desiertas. Recordé las mujeres de rostro severo, sentadas en la oscuridad, representadas con tanto detalle, que parecían que cualquier momento comenzarían a hablar. Y los pálidos caballeros que permanecían de pie en medio de un resplandor dorado que les atribuía una cualidad de ángeles encarnados a quienes les costaba mucho fingir cierta humanidad. Sí, había algo de esta soledad, de este aislamiento supremo en sus pinturas maravillosas.

Apreté entre mis manos el cofre que mi tío me había encargado. “Debes entregárselo en sus manos al maestro y solo a él”, me había advertido mirándome a los ojos, severo, como siempre “ y por ninguna razón debes abrirlo”- añadió – su contenido solo pertenece al maestro”.

No me costó hacer la promesa y luego cumplirla. El pequeño cofre de metal estaba lo suficientemente bien construido como para disuadirme de cualquier intento de atisbar en su interior. Una diminuta caja de metal, de hierro, para más señas, cerrada con tres candados de oro. No había ningún otro adorno, a no ser un pequeño sello de armas que no reconocí. En la única ocasión, había sacudido el pequeño objeto, preguntándome qué podía contener. Pero no obtuve nada en claro del sonido seco que surgió de su interior. No me atrevía a nada más, recordando el rostro de mi tío al hacerme la advertencia. En ese momento, con sus ojos azules llenos de frialdad, se me había parecido mucho a mi difunto padre.

– Señorita, estamos casi al llegar – grito el cochero, tratándose de hacerse escuchar por encima del estrépito de las ruedas del carruaje – Enhorabuena, llegaremos antes de la hora de las brujas.

Sonreí, para mis adentros, burlándome un poco de la superstición de aquellas gentes sencillas. Para mí, la noche era el momento más silencioso y privado del día, donde no había que fingir complacencia, aparentar comodidad, o simplemente, dirigir miradas hacia rostros que no tenían más significados que una anodina vacuidad. Era en la noche, cuando los adultos recuperábamos el abandono de la infancia, la frescura de esos años donde cualquier sentimiento podía apasionarnos y llevarnos al puro éxtasis con suprema facilidad.

Tal vez pensaba esas cosas porque todavía era una niña, me dije mientras el carruaje disminuía la velocidad, avanzando por un camino particular, mucho más plano y transitable que la ruta que antes habíamos recorrido. Con diez y seis años todavía era una niña, aunque en mi cuerpo no había nada que recordara la inocencia. Era el cuerpo de una joven que comenzaba a vivir, que estaba llena de deseos por seguir el rumbo que seguramente estaba dispuesto para ella. Incluso a mi, aquel pensamiento me pareció romántico e insustancial, pero a la vez lleno de un significado casi lírico. Tenía la determinación intensa de quienes nada temen y todo esperan. ¡Y qué gran aventura comenzaba hoy! Aunque mi tío había escandalizado a nuestros conocidos al enviarme en solitario a aquel viaje, pero así lo había pedido el Maestro, nuestro benefactor, nuestro secreto mecenas. Gracias a él, la familia no había caído en desgracia luego de la muerte de mi padre. Mis hermanos estudiaban en París, mis ancianos abuelos se encontraban bien cuidados en una hermosa villa en el campo. Mi tío amasaba una gran fortuna gracias a su intervención. ¿Como negarse entonces a aquel único pedido?

“Envíame lo que me debes en manos de la hija de mi perdido Alexander”

Finalmente, el carruaje se detuvo con una pequeña sacudida. La mansión, enorme y silenciosa, se alzaba como una alucinación, en medio de aquel bosque siniestro, acechante, que parecía observarnos atentamente. Ayudada por el chofer, bajé del carruaje y me acerqué a la pesada puerta de madera, tallada en un complejo e intrincado motivo que era incapaz de seguir en la oscuridad. Todo a mi alrededor se encontraba desierto. ¿Alguien me esperaba esta noche? ¿Incluso había alguna persona o sirviente en aquella casa? El perfecto silencio solo era roto por el sonido del viento que bajaba de la montaña, por la canción dulce de los aleros al traquetear ante la lluvia lenta e invisible. Pero no había señal alguna de que hubiese algún ser humano en los alrededores.

El cochero y yo intercambiamos una mirada inquieta.

Entonces, como surgido de mis pensamientos, escuché con claridad el sonido de cerrojos al ser corridos y la enorme puerta de madera se abrió con un chirrido. Todo fue tan sorpresivo, que continué de pie sin moverme, con la pequeña caja entre las manos, mientras el desconocido salía del interior de la casa con paso lento. La luz cálida del interior de la casa le rodeaba, y pude distinguir a un joven alto, de cabello oscuro y ojos grandes y meditabundos. Llevaba ropas impecables, que me parecieron fuera de lugar en medio de aquel paisaje agreste y duro. Cuando se acercó a mí, realicé una pequeña venia apresurada y torpe, tratando de resarcir mi rudeza anterior.

– Buenas noches, busco a vuestro padre, el maestro Balthus Barret– dije asumiendo de inmediato que aquél chico de mejillas delgadas y labios blandos, de un aspecto tan núbil como el mío, era el hijo del Maestro – he venido para entregar en sus manos una encomienda enviada desde Londres para él.

El joven se detuvo a unos pasos de distancia, simplemente observándome. Era alto, y el cabello negro le caía en lozanos rizos alrededor de la mejillas y casi hasta los hombros. La piel, blanca e inmaculada, le daba un aspecto severo, a pesar del brillo de sus ojos negros y atentos. La boca, amplia y blanda, la boca de un niño, se abrió en una sonrisa amable.

– me buscas entonces a mí – dijo. Era la voz de un adulto – Soy el que buscas, Balthus Barret, el pintor.

No supe qué decir. Estupefacta, le observé, en un gesto grosero que no pude contener. Aquél joven no aparentaba tener más de 20 años, con su cuerpo joven y esbelto y el rostro lozano y afilado, sin ningún doblez. Él pareció comprender mi desconcierto, y adelantándose, extendió su mano hacía mí.

– No os preocupéis, mi hermosa…vuestro tío ha cumplido bien su encomienda – miró al cochero, sin dejar de sonreír con cierta frialdad – id en paz, amigo mío. Le haré llegar vuestra paga mañana mismo.

Me volví solo un poco para ver cómo el cochero se subía de nuevo al carruaje con movimientos rápidos y casi bruscos. ¿Estaba asustado? Solo entonces noté que yo sí lo estaba y cuando el carruaje se perdió en la oscuridad, el miedo se hizo más fuerte, al volver la cabeza para mirar al maestro Balthus, imposible en su juventud, de pie a mi lado.

– Venid conmigo, hermosa – susurró señalando la puerta abierta – venid conmigo por propia voluntad y dejad un poco de vuestra alegría en esta casa al marcharse. ¿No es así que dice ese libro tan estúpido que se ha publicado hace poco?

– Discúlpeme usted, pero no sé cual es el libro al que se refiere – admití entrando finalmente a la enorme casona. Una visión fugaz de techos altos, paredes cubiertas de tapices, muebles de madera tallada, con el mismo diseño intrincado de la puerta. Había muchas lámparas de gas y velas encendidas, y el ambiente se encontraba caldeado. Él sonrió, mirándome atentamente. La fuerte luz de las velas se le reflejaba en su rostro imberbe, dándole un aspecto casi femenino. Sin embargo, su expresión era dura, hábil y serena.

– Solo supersticiones, mi querida – dijo – venid, entregadme vuestro encargo y luego podrá descansar. Mañana mismo partirá hacia vuestro hogar.

Asentí, extendiendo las manos para entregarle el cofre. Él lo sopesó con cuidado y pareció complacido. En su rostro palpitó una expresión sumamente extraña, casi astuta, pero desapareció demasiado rápido como para que pudiera comprenderla. Tal vez, solo se trataba de efecto de la luz.

No había sirvientes en el lugar. Lo supe mientras él me conducía a través de un enorme y lujoso salón rodeado de espejos donde nuestros reflejos se abrían hacia el infinito. Muchos de sus cuadros, colgados de las paredes. Supuse que eran suyos porque eran muy semejantes a los que había visto en Londres, aunque estos eran más preciosistas, llenos de detalles tan elaborados que daban la sensación singular de encontrarnos rodeados de extraños que nos miraban desde ventanas practicadas directamente desde las paredes. Asombrada, intimidada, le seguí hacia el pequeño estudio repleto de libros a donde me condujo. No dejaba de preguntarme quien cuidaba de aquella mansión gigantesca, de grandes salones, pasillos que se abrían hacia un sin número de habitaciones. Quise preguntarle donde dormiría, si me permitiría cambiarme la ropa húmeda que llevaba. Mis baúles habían llegado el día anterior, según me informó. Pero no me atreví. Tenía deseos de llorar de puro desconcierto. Parecía encontrarme dentro de algún sueño, poco compresible, abierto a cualquier interpretación.

El estudio del maestro era una habitación muy espaciosa, lleno de muebles italianos y franceses, evidentemente antiguos. Todo el lugar tenía un aire antiguo, pasado de moda, pero en perfecta armonía, como si las lámparas de gas que alumbraban las paredes fueran parte del mismo espacio y llenas de la misma belleza, del clavicordio medieval que se encontraba en uno de los rincones. Me senté en la butaca que él me indicó y él frente a su escritorio.

Estaba concentrado en la caja, abriendo con sumo cuidado cada una de las cerraduras con dos llavecillas que sacó de uno de los cajones del escritorio. De nuevo, la luz creaba un efecto maravilloso en su piel. Era como si no hubiese ninguna imperfección en él, ninguna arruga, ninguna cosa que declamara su verdadera edad. Pero no podía ser tan joven como aparentaba. Mi tío y mi padre le habían conocido en su juventud, y eran ellos quienes habían llevado sus cuadros a Londres. De eso hacía más de veinte años, aun yo no nacía. ¿Cuál era la explicación, entonces?. Su cabello, húmedo y sedoso le caía sobre la frente cuando finalmente abrió la tapa del cofrecillo y sacó de él un pedazo de papel, que ante mi sorpresa apenas ojeó. Intrigada, me pregunté que decía. Sí era tan poco importante como la actitud del maestro daba a entender, ¿Por qué me habían llevado con la única intención de entregarla en sus manos? Cada vez comprendía menos.

Miré disimuladamente a mi alrededor. Cuadros de damas y caballeros, incluso de niños, pero esos eran los menos frecuentes. Algunos parecían dormir, otros se veían llenos de una vitalidad casi traslúcida. Un arte impecable sin lugar a dudas, más bello que ninguno que yo hubiese visto. En una de las esquinas había un lienzo en blanco y una mesa llena de pinceles y paletas. ¿Era allí donde trabajaba el maestro?

Cuando volví la mirada, advertí que él me miraba fijamente. Sus enormes ojos negros me escrutaban con gran atención. Pero no había de ellos un sentimiento reconocible. No había apasionamiento o curiosidad. Solamente me miraba. Aunque sabía que se trataba de un gesto grosero, sostuve su mirada, tratando de comprenderle. Ojos muy brillantes, negros como el ónix. Por efecto de la luz, no podía distinguir sus pupilas. Profundas ventanas del alma. Casi podía ver un reflejo lejano de mi misma en ellos, ampliándose, fundiéndose con la luz y el espectáculo de la luz de las velas resbalando por la madera de las muebles. A mi espalda, los cuadros refulgían como piedras preciosas, todos aquellos rostros perfectos, bellamente plasmados, parecían observarnos a ambos, un público silente y acechante. Suspiré, fascinada por los extraños pensamientos que llenaban mi mente. Sí, mi rostro era muy semejante a los suyos, todos jóvenes, todos con la fuerza de la primera edad de la vida, la sonrisa congelada en el tiempo que dejó de transcurrir para ellos hace tanto. Escuché una música lejana, y casi vi a todos aquellos hombres y mujeres bailando a mi alrededor ataviados como en sus épocas de nacimiento, hermosos ropajes de terciopelos acariciándose unos a otros. Sentí que me envolvía en un ensueño invencible, me caía sobre los almohadones de la butaca. Tal vez se trataba del cansancio del viaje, de toda la absurda situación de la casa solitaria y el joven maestro que me miraba sin decir nada, porque sus ojos hablaban por él.

En ocasiones, cuando era muy pequeña, tenía sueños parecidos a este momento. Perdida en mis sueños, carente de voluntad para cambiar o modificar la esencia de un instante. Todo era irreal en esos sueños, ninguna lógica. Como ahora. Incapaz de darle un sentido al largo viaje de mis pensamientos en medio de la nada de una hora aciaga, aquí, recostada en sillón de una casa extraña donde no reconozco nada humano, donde todo tiene la pulida belleza de lo insólito. Y este hombre joven que no lo es, este Maestro que un niño. ¿Tiene significado todas estas cosas? Tan alejadas de la vida real, de las simples cosas como el olor del viento y el fuego. Me imaginé por instante en Londres, de nuevo en mi hogar, mirando por la ventana, a solas, a la espera de un instante que tuviera cierta brillantez. ¿Tanto había cambiado todo? ¿Que había sucedido en cuestión de horas? Estoy aquí, a solas. Perdida en los sueños de otro, quizás siendo el sueño de otro, cayendo pesadamente, resbalándome hacía la inconsistencia de lo que creí cierto, perdiéndome en mi misma.

Y él allí, con los brazos abiertos, esperando para sostenerme.

Sí, él.

Suspiré, entreabrí los ojos. El maestro estaba junto a mí. Sus largas pestañas creaban sombras sobre sus mejillas redondas. Un niño, casi tan joven como yo. Pero sus ojos eran ancianos. Sus labios los de un hombre cuando sonreían. Las mujeres de los cuadros me miraban, volvían sus cabezas y rostros perfectos para observarnos a ambos.

– Ahora serás parte de ellos – musitó. Su cabeza oculta entre mis cabellos. Un ligero dolor. Un minúsculo pinchazo y luego el cielo, creciendo, abriéndose, tragándome. ¿Dónde estás? El maestro, un joven humano, corriendo por las calles de una ciudad muerta hace mucho tiempo atrás. Un hombre alto le toma entre sus brazos. Juntos, abrazados en la noche. Un beso íntimo, fatal. La sonrisa del muchacho. La sonrisa congelada en el tiempo. Como en sus cuadros. El talento eterno.

Suspiré, sintiendo su cuerpo apretado contra el mío. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Uno tras otro, la belleza acude a él para ser inmortalizada. “Solo la más bella entre las mujeres de tu casa” ¿Es su voz acaso la que habla? Envíamela para que sea mi discípula. Envíame a la niña que se convertirá en Diosa. Eso ha de decir la carta para que yo la reconozca. Vende tu alma a mí y las riquezas de este mundo que desconozco serán tuyas. Una por cada generación. La belleza de la rosa conservada entre mis manos, en mi sangre.

Apenas puedo abrir los ojos. Yazgo desvalida en la butaca. Él pinta sobre el lienzo en blanco, con una rapidez inhumana. Una niña, una mujer muy joven, de cabello rubio aparece entre la bruma de la nada, una mujer de ojos rasgados y verdes, la sonrisa apenas dibujada en los labios rosados, de miel. ¿Sabes lo que sucede? Muero un poco, sí, muero rápidamente para que nazca la diosa en la tela, la mujer que vivirá en las paredes, mirando a las nuevas doncellas que vendrán a por su destino. Ella cada vez es más nítida y yo cada vez me siento más débil, muero un poco, aquí, la solitaria, la flor marchita, la niña que muere pariendo a la Diosa.

– Ah, pero no morirás…

¿Es su voz? Caminamos juntos por pasillos amplios y blancos. Sus cuadros cuelgan de las paredes. Pero ya no son diosas y dioses difuntos los que llenan sus pinturas. Son seres blancos como él, pintores eternos escondidos entre las sombras. La misma piel blanca y sin mácula, los ojos feroces, el cabello brillante y lozano.

– Para siempre, aquí, en la galería del misterio.

Aquí, su cuadro, el joven de facciones bellas y diabólicos ojos negros y junto a él, el mío. Pero ya no es la Diosa joven que colgará de la pared de la casa muerta, sino una copia de mi misma, ojos feroces y verdes, el cabello castaño rojizo una cascada cayendo sobre mis hombros. La sonrisa dulce y misteriosa. La muerte y la vida en mí.

Abro los ojos. Él esta a mi lado. Me toma de la mano. Su piel y la mía, idéntica. Sus ojos se reconocen en los míos. La Diosa de la pared, tan parecida a mí, me mira fijamente. Pero es solo una niña en medio de tantos rostros perdidos.

La mortalidad de la mujer que fui.

La Diosa que nació de su sangre, es ahora real.

El recuerdo de aquella noche suele atormentarme ahora, tantos años después. Llueve ahora de nuevo. La luna, brillante y despótica, crear formas perversamente delicadas en medio de la noche gris. La imagen de la niña que fui me atormenta, pero no lo suficiente como para extrañarla, como para desear de nuevo la sed de pan y agua. La luz del sol es una promesa, lejana, sin significado. La belleza humana, un lienzo que blanco que todas las noches lleno con mis pensamientos desordenados, con la confusión enorme de traen las noches que mueren lentas, mientras yo permanezco, vivo, regreso la vida cada día al despuntar la oscuridad en el horizonte del pensamiento.

El carruaje atraviesa el bosque rápidamente. Él esta a mi lado. Observo su perfil, brillante helado, el niño eterno y terrible, el demonio anciano atrapado en una vaga concepción humana. Los campos vacíos, majestuosos, nuestros se abren a nuestros alrededor. Y recuerdo de nuevo esa noche, la noche que parió todas mis noches, en medio del silencio suspendida en la nada, brillando en la debacle de la moral.

Una única noche, rota la razón. Muerta la niña, viva la Diosa. Un cuadro vital convertido en mármol. La belleza simple aparece y desaparece en mi profunda y casi humana crueldad.
La hora de las brujas en la eternidad. Juntos, atravesamos la superstición y nos sumergimos en la leyenda. Eternos, silenciosos, aliados en la belleza y en el pecado. Muertos para el hombre, vivos para el futuro. Sonrío, mirándole.

El mundo es nuestro.

El hambre y la sed eterna también.


Agatha Patz. Noviembre, 2007.

El Valle secreto del espíritu.

Como he mencionado en varias entradas anteriores, para la Cosmovisión Romana, la Diosa Diana(1) era la divinidad virgen asociada a la caza y considerada la protectora de la naturaleza. Originalmente, era la regente de las tierras salvajes y más tarde pasó a ser una diosa de la luna, suplantando a Luna y siendo también un emblema de la castidad, debido a su condición de doncella por decisión propia y como símbolo de su férrea voluntad. Los robledos le estaban especialmente consagrados. Era loada en la poesía por su fuerza, gracia atlética, belleza y habilidades en la caza.Su equivalente griega – al menos en un ámbito literario – es Artemisa, si bien en cuanto a culto era de origen itálico.

En la práctica formaba una trinidad con otras dos deidades romanas: Egeria, la ninfa acuática, su sirviente y ayudante comadrona, y Virbio, el dios de los bosques. La etimología de su nombre es simplemente ‘la Diosa’, siendo pues su paralelo griego en este sentido (aunque no en el culto) Dione en Dódona.

Para la tradición de Brujería que practica mi familia, Diana es la Diosa cuya energía se vincula a la tierras fértiles, la fuerza de carácter, la inteligencia y la audacia. Según una antigua creencia Italiana, también era considerada la deidad regente de las brujas más jóvenes, que aun no habían manifestado las primeras huellas de la pubertad y también de aquellas que consagraban su virginidad como una forma de manifestación creativa y vinculada directamente a la Diosa Madre.

En su nombre se llevan a cabo rituales que acentúan y celebran la fuerza de voluntad y la inteligencia. Uno de ellos es el siguiente:

Necesitarás:

7 velas verdes.
Una piedra ( de cualquier tamaño y mineral )
Un cuenco para quemar.
Mirra en granos.

Disposición:

Toma las 7 velas y forma un círculo en medio del cual te sentarás. Coloca frente a ti el cuenco para quemar, con la mirra en su interior y la piedra. Cierra los ojos y toma siete largas bocanadas de aire. Llena de aire tus pulmones y siente como todo tu cuerpo se relaja lentamente, al ritmo de tu respiración. Imagina que un hilo de luz verde forma un circulo a tu alrededor. Visualiza con todo detalle su brillo, los destellos que cada vez se hacen más potentes, iluminando la habitación donde llevas a cabo el ritual. Percibe la manera como la energía a tu alrededor se hace más cálida, acariciante, rodeándote como un fino velo apenas perceptible. Cuando sientas que tu concentración alcanzó un punto óptimo, abre los y comienza a encender las velas ( comenzando por la que se encuentra frente a ti y siguiendo el sentido de las agujas del reloj ) mientras invocas:

“Fresco y frutal
El valle del conocimiento se extiende a mi alrededor
Sueño y deseo en la fe de mi convicción
Creo en la sabiduría del Antiguo espíritu
Creo en el lenguaje de la Tierra
que recuerda el tiempo donde la Luna y el Sol
Danzaban en la oscuridad Universal
Soy la piedra y la montaña
Soy el fruto y la hoja
El nacimiento y el tiempo
Un pequeño Milagro en la Creación
Un momento de Inspiración divina
Llamo a la Diosa Diana
Para que sea mi guía
en el camino hacia la razón y la verdad
Así sea”

A continuación, toma la piedra y sostenla entre tus manos. Imagina que te encuentras en la cima de una montaña, y a tus pies se extiende el mar, bañado por los rayos de un sol alto y brillante. El agua de las olas lanza sutiles destellos de luz. Levanta la piedra, una ofrenda de la tierra y deja que ese resplandor ígneo del sol de tu mente, llenándola del poder del tiempo que vive en tu espíritu, tu instinto más poderoso y personal. Siente que todo tu cuerpo se impregna de una energía palpitante, ajena a cualquier sofisticación. Imagina que a tu alrededor, el brillo del sol se hace cada vez más enorme, una gran explosión de luz que absorbe todo cuanto te rodea. Percibe como ese poder, que proviene de tu pensamiento, se hace inabarcable, un ardor sin llamas que te llena de paz y fuerza. El beso de la Diosa en tu corazón.

Vuelve a tu núcleo de conciencia habitual. Enciende los granos de mirra y deja que su exquisito olor llene el aire y caldeé el ambiente del lugar donde te encuentras. Permite a tu mente divagar, llena aun de la profunda inspiración que la presencia de la Diosa en ti te ha brindado. Para culminar el pase mágico que has llevado a cabo apaga las velas ( comenzando por la que encendiste primero y en el sentido contrario de las agujas del reloj ) mientras invocas de la siguiente manera:

“Soy el verbo y la creación
La fe y el tiempo en mi corazón
Diana, Diosa del tiempo y la Tierra
Crea poder en mí
Crea fuerza en mí
Así sea”

Come y bebe algo para equilibrar la energía que has obtenido mediante la realización del ritual.

Fuentes:
Aspecto Mitológico de la Diosa Diana:
Alejandra Gáfaro Reyes. Mitos Clásicos. Editorial Intermedio. España. 2002.
Ritual:
Libro de las Sombras de Paula, 12 de abril de 1934 y adaptado para el uso general por mí.

(1) Según la Tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, hoy se celebran los Rituales de Diana, como Señora de las Brujas doncellas en preparación para su iniciación.

Requiem para una Orquídea.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,
para acabar con todo.

Octavio Paz.

En el silencio de la muerte
se rompe la voz

El día marmóreo decae por fin. Sentada a la orilla del mar, observo los últimos rayos de luz convertirse en oscuridad. El sonido de las olas es melódico e insustancial, perdido en el fragor sordo de la naturaleza. Tengo frío, pero no demasiado. Tal vez se trate que la sensación es puramente mental. Siento que pequeños temblores espirituales me recorren, invaden hasta mis pensamientos más desarticulados. El silencio y la sinceridad de lo simple, desnudo de cualquier significado evocan una engañosa serenidad. El viento nocturno me trae voces lejanas, que tal vez me hablan de algún consuelo inexistente e inesperado.

Me resisto a escucharlas.

Un pequeño funeral se lleva a cabo en mis sonrisas muertas, mi silencio oscuro, mi dolor insondable. No tengo lágrimas que verter, porque lentamente la tristeza se ha transformado en una sensación insustancial, erradicada de mi memoria consciente, pero por completo viva y coherente en mis momentos más privados. Únicamente cuando me encuentro sola, despojada de toda fortaleza ficticia, puedo expresar la sutileza de esta congoja blanda y plena. La experimento en toda su pureza, sin consideraciones que puedan brindar cierta coherencia al hecho en sí. Me entrego a ella, invadida de cierto alivio. Me desplomo bajo el peso de mis pies de barro, vencida y consumida por completo.

Frecuentemente, pienso que la tristeza es una amarga certeza de nuestra vulnerabilidad, de lo simple que resulta perder la esperanza – esa capacidad intrínseca de creer y aspirar – en el dolor, esa desesperación que se anida más allá de la razón. Hace poco, me desplomé a ciegas, en la oscuridad errática de la desazón y comprendí que la unica forma en que podemos enfrentar esa caída silenciosa y definitiva, es la voz más intima y poderosa, esa que nos otorga identidad, nos otorga una forma y un peso especifico bajo el sol del tiempo personal. No obstante estoy convencida que siempre subsiste un instinto primigenio, que es capaz de vencer el temor y la desazón para dar nueva forma y sentido a la tierra yerma, expúrea, arrasada por ese demonio ciego del dolor. Un horizonte de fuego, un lecho del llamas redentoras capaz de purificar y otorgar sentido a nuestro deseo creador, a esa fe irresoluta que habita en lo más profundo de nuestro espíritu.

Sí, la firme creencia en la danza de nuestra memoria.

Camino por la playa plateada. La luz de la luna es tan delicada como la arena que se arremolina a mis pies. Los ojos se me llenan de lágrimas de pronto, el mundo pierde sus colores y sus formas, se desvanece en una broma blanca y densa. Me detengo, me golpeo la frente, tratando de recuperar la razón, preguntándome sin cesar si algún día obtendré un poco de sosiego. La pregunta permanece irresoluta, flotando entre otras tantas, suspendida y ingrávida entre miles de palabras rotas.

El agua helada me estremece. Sus dedos exquisitos trepan por mis piernas, las envuelven, acarician mi piel. Disfruto de la sensación, atemorizada de experimentarla, acusándome, llena de remordimientos por la mera capacidad de sentir. Me miro en el reflejo del agua nívea y me veo a mí, la mujer que fui – la que muere lentamente en la imagen rota y ondulante – y la que soy, en la que me he transformado a través de mi voluntad. Estoy aquí, sin máscaras, sin palabras que decir, solo yo, el alma triste, los ojos adustos y aun así, enfurecida, palpitante de una extraña energía indestructible. Eleve los brazos al cielo, en la oscuridad y el mundo parece oscilar por instante – la luz y la sombra confundiéndose en un único instante – y siento de nuevo el palpitar del dolor, pero esta vez, también paladeo el mínimo renacimiento, este despertar en furia y fuerza que me regala mi necesidad de imponerme, de luchar. La mera transgresión, el caos más allá del caos.

Sí, he danzado en todos los caminos de mi mente. Una bailarina muda que ha tenido todos los rostros del deseo. La caótica y la metódica, la idealista y la transgresora, la polémica y luego, sumida en el mutismo de miles de fragmentos de luz cegadores. Y sigo aquí, tan viva, tan desafiante a mi mera angustia, a esa invalidante sensación de temor que muchas veces me sofoca. Y sin embargo, más allá de las dudas, de la grieta infinitesimal que se abre más allá de mis dedos extendidos, creo, creo, mientras corro sin aliento por las colinas mentales de mi mundo personal – tan mio, tan irrevocable – hundida hasta las rodillas en el polvo de mis historias personales, destruidas, enajenadas, redimidas, que nacen de nuevo, elevándose a mi alrededor, cavando en los estratos de mi mitología personal, hasta encontrar el símbolo, la forma, la voz, el tiempo, mi rostro, la máscara rota.

río y siento el poder de mi negativa al desánimo, al desaliento. Le arranco el nombre a las sombras que me atormentan. Corro, aquí, en este playa desierta – solo la luna como testigo – y me arrojo al mar, los ojos cerrados, la respiración agitada, el agua salada golpeándome con rudeza las mejillas.

Que paz en esta expiación solitaria. Que maravillosa sensación de creación.

Nado, esforzándome por alejarme de la orilla lo más rápido que puedo. El mar negro parece tragarme, la noche se cierne sobre mí como una cúpula ciega. Los músculos tensos, el corazón palpitándome con dolorosa rapidez. Estoy viva, estoy aquí. ¡Y temo estarlo! Una vez más, me embarga la invalidante certidumbre que mi permanencia no es más que una traición al amor limpio que experimenté por mi hijo. Yo camino mientras él desparece de mis recuerdos. Yo respiro, aunque su nombre me es imposible de pronunciar. Ocupo un lugar, ocupo un momento bajo el iris de Dios, incluso cuando su pequeña alma se desvaneció simplemente entre creencia inefables que no consiguen consolidarse en la realidad críptica del adiós definitivo.

Me dejo llevar por el agua inquieta. Soy un instante anónimo entre olas enormes y pletóricas. Los colores se vuelven plenos en la oscuridad mientras floto lentamente entre los brazos del océano, dejándome llevar. ¿Será así de sencillo, el morir? Simplemente emerger en la nada absoluta, en medio de la mudez y la esencia.

La noche magnífica se inclina sobre mí. Tiene su propio olor, su propio regusto amargo. Las manos extendidas sobre el agua, la cabeza medio sumergida en un mundo secreto. Los sonidos me llegan lentos, extrañamente lánguidos. El dolor se extiende por toda la superficie de mi piel, imperioso y agresivo. Aquí, donde no hay nada más que la afonía del mundo real, los sentimientos tienen un peso verdadero, plano y virginal. La razón es informe. La carencia de ella también.

Y es aquí, en medio de este ensueño engañoso, que una lágrima se desliza por mi mejilla. La confundo con una gota de mar y no advierto que es mi tristeza escapando de mí hasta que el llanto se hace espasmódico, enorme, glorioso. Inmóvil, solo mi corazón se sacude, llorando, gritando su dolor. Intento conservar el equilibrio precario, sobre la superficie del mar que me sostiene entre sus manos, que pudo arrebatarme el aliento pero simplemente me ofreció su callada compresión. Mi hijo, mi esperanzas muertas. En la soledad de una noche de luna seca, miro su luz y lloro, lloro como no lo hice antes ni esperaba hacerlo después.

La fractura del pensamiento perenne ocurre por fin.

Me siento sorprendida, ofendida, llena de valor. ¿Por qué llorar ahora? La muerte fue definitiva para mí, una línea invisible entre la eventualidad y la razón. Sin embargo, la lágrima es una liberación, es una fuerza ignota y furiosa que escapa de mi control.

Me muevo en el agua, recibo su beso con cierta serenidad. La reverberación de la conciencia humana. Lloro, sí, por fin logré llorar. Una lágrima, un pensamiento, un remoto proceder. Aun no existe consuelo para mi alma rota, pero la posibilidad se mueve en el fondo de la esperanza. Pude llorar. Finalmente, luego de largos años de prieta sumisión. ¿Durante cuánto tiempo puede el dolor permanecer oculto, inalterado? La mera eventualidad del cambio crea un único proceder.

Suspiro. Continúo llorando. Las lágrimas vivas brotan de mi interior y por un momento soy sencilla otra vez. Creo en milagros. La ingenuidad palpita, intentando resucitar. ¿Existe para ella una posibilidad real?

No podría decirlo.

El dolor es real, intenso y formidable.Y luego, simplemente me libera, me permite un profundo suspiro de paz, en medio de la oscuridad silenciosa del mar que me sostiene y la cúpula púrpura que se eleva sobre mi, tachonada de estrellas refulgentes.

Me sumerjo en el agua helada. Más y más profundo, el silencio palpitandome en los oídos, los ojos entreabiertos. Las manos extendidas, pálidas en medio de la Penumbra. Liviana, etérea, llena de una ira secreta y quemante. Los pulmones me palpitan, doloridos. La urgencia por respirar se hace insoportable, pero continuo hundiéndome hasta que veo una piedrecilla brillar, al fondo, entre la arena, perdida, un huella remota y dispareja de un tiempo que me sobrepasa, que excede toda sensación. Inmutable, raquídeo, enorme. La tomo, a ciegas, palpando sobre la arena hasta encontrarla, y luego comienzo a ascender, la garganta cruelmente contraída, una sensación insoportable abriéndose paso a través de mi pecho. La vida, en mí, esta linea de cristal radiante que brilla con el poder de una convicción portentosa. La esperanza. la posibilidad carente de significado. Simplemente aquí, en mí.

Emerjo, en medio de risas y toses. Tomo una larga bocanada de aire y luego comienzo a gritar, con toda la fuerza de mis pulmones, sosteniendo la pequeña piedra que he tomado como un tesoro intimo – la redención, el renacimiento en la memoria de la Tierra, del magma creacionista -. El mundo me recibe con el destello de la realidad palpable, latente, magnifica, imperecedera. Soy, en mi misma, el rostro de la mujer que murió y la que renace, la fuerza del tiempo magnifico que nace de mi deseo y ambición más personal.

Pero por una vez obtuve mi deseo: un momento de paz. Un lágrima. Un milagro bajo la luna y sobre el mar.

Sentada sobre la arena, miro el amanecer. Una línea luminosa que se levanta en la oscuridad, lenta y salvaje, sin mácula, recién nacida. En mis dedos, la luz se derrama, me envuelve, me acaricia y siento ese poder, la intuición de la noche estrellada que acaba de morir: contemplo el mundo a través de miles de ojos.

En mi mente, todo se resume a un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Y renazco y vuelvo a levantarme, incontenible y poderosa, Diosa diminuta de mi Jardín en sombras. He estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Y sin embargo, erguida, recibo el beso del amanecer, la fuente de la luz y la sombra, el olor del tiempo y la esperanza en mí.

De vuelta a mi rostro, a la sonrisa secreta de la fuerza y la convicción.

Así sea.

Renacida en fuego blanco.

Durante el mes de noviembre (1) se lleva a cabo la celebración de la Luna blanca, donde se celebra la fuerza de la transformación y la purificación de las intenciones mágicas a través del influjo de la luna. Es un momento donde podemos aspirar a una compresión más profunda de nuestra mas conciencia más alta y espiritual. También se considera que esta celebración del plenilunio es una preparación para llevar a cabo la conclusión de nuestros propósitos mágicos llevados a cabo durante el año y que finalizarán con el ciclo lunar.

Para la celebración de la luna blanca necesitaremos:

2 velas blancas.
esencia de azahar.
7 hojas de Laurel.
un cuenco para quemar.
Una hoja de papel.

Disposición:

Coloca las velas a tu derecha e izquierda. Frente a ti, el cuenco para quemar, rodeado por las 7 hojas de Laurel. Ahora, impregna tus manos con el aceite de azahar, de manera que cada dedo, la palma y el dorso se impregnen de su textura. Frotalas una contra la otra hasta que percibas un hormigueo cálido en la piel y luego, extiende el aceite a tus muñecas y antebrazo. Ahora, cierra los ojos y bendice los elementos que utilizarás de la siguiente manera:

“En nombre de la Diosa secreta
Señora del bosque del pensamiento
En nombre de la voz de la Tierra bendita
y su hijo el viento
En nombre del fuego primigenio
que brota de mi voz al llamar al silencio
Invoco la fuerza de la Luna blanca
Para que la convicción tenga la forma de mi verbo
mi deseo y mi voluntad
Que sea en mí la evolución del tiempo Intimo
La fuerza del Espíritu creador
Y la determinación de continuar la senda de mi expresión más personal
Así sea”

Ahora enciende la vela a tu izquierda diciendo:

“Que sea mi voz la que se escuche en el viento
que sea el tiempo de la Tierra la que brinde sentido
Que sea el fuego primitivo
del Tiempo olvidado
el Antiguo verbo encarnado en mi voz
la que otorgue fuerza a mi decisión
Que sea en mí el tiempo de la Diosa
Divino y dual
Así sea”

Enciende la vela a tu derecha:

“Que la energía del tiempo y la sabiduría
impregnen mi pensamiento
Sea bendita mi capacidad de creación
Me elevo más allá de la incertidumbre
muero y renazco
En el valle fértil de mi espíritu
en el ábside de mis pensamientos
Más allá de toda duda y temor”

Después, toma la hoja de papel y escribe en ella todo lo que desearías transformar en tu vida. Incluye todo lo que anhelas comprender, cualquier sentimiento que desearías evolucionara hasta tomar una forma definida, todo pensamiento que desees tenga una concesión en el mundo real. Cuando lo hayas hecho, toma la hoja y doblala cuidadosamente en cuatro partes, mientras invocas:

“Muero y renazco
en el Nombre de la Dama Blanca
Soy creación
Soy la energía y determinación
Crea poder en mí
Crea fuerza en mí”

Ahora, introducelo en el cuenco para quemar y enciende el papel, permitiendo que las llamas comiecen a quemarlo. Cuando esté consumiendose, arroja en el interior del recipiente las hojas de Laurel, una por una, mientras imaginas que a tu alrededor, se crea un círculo de luz. Imagina que te rodea, que se alza sobre ti hasta crear una cúpula luminosa que te cubre por entero. Toma una lenta bocanada de aire y disfruta el aroma exquisito del laurel, exparciendose a tu alrededor como una lenta palpitación cálida. Siente la fuerza de la luz radiante, llenandote, mientras el olor de la hierba te rodea, te inflama, te envuelve. Siente que tu cuerpo se integra a las sensaciones que le dan sentido a la imagen: La bóveda de luz que te acoje en su interior se hace cada vez más brillante, con un brillo cegador y poderoso. Toma una larga bocanada de aire y siente que tu cuerpo se impregna por entero de esa luminosidad raquídea que se alza a tu alrededor, purificandote y llenadote de una energía maravillosa. La voz de la Dama blanca en tí.

Ahora siente que tu conciencia regresa a su nucleo más cotidiano, conservando esa fuerza magnifica y enorme del núcleo más poderoso en tu interior. Para culminar el pase energético del ritual, permite que las velas se consuman y luego, come y bebe algo para librarte de la energia sobrante.

(1) Aunque la Luna alcanzó la fase de Pleninulio el día domingo 24 de Noviembre, quiero incluir el ritual correspondiente a la fecha el día de hoy, debido a que es mi intención que este blog refleje la manera como en mis creencias se lleva a cabo la estructura ritualista, y que sin duda, otorga un sentido concreto a mi forma de comprender la fe. Durante estos últimos días atravesé una complicada situación personal y sin embargo siento que más allá de la tristeza, aspiro a la fuerza de mi propia voluntad para reconstruir mi voz. El renacimiento en el fuego de mi conciencia, un tiempo nuevo en mí.

Por tanto, dedico esta entrada a todos quienes construimos la esperanza a través de una personal inspiración creativa.

La Madre del tiempo Fértil.

Los mitos, por su propia naturaleza, pueden atravesar los tiempos de las diferentes civilizaciones y desembocar en el presente, y partiendo siempre de la esencia originaria de cada mito, aparecen renovados según el espíritu, el gusto o el estilo de cada época, fundiéndose así el sabor mítico de antiguas civilizaciones con el del presente.

Por otra parte, el fuerte rasgo icónico de los mitos los vuelve atractivos para ser concretizados en la plástica, por ello se ha hecho una pequeña cala en el arte mexicano contemporáneo para localizar aquellos mitos femeninos que han elegido los artistas para recrearlos.

Tal revisión mostró la amplia resonancia que a la fecha muestran los mitos de la antigüedad greco-latina y en menor número algunos locales, así como los mitos cristianos provenientes de la dominación española con la implantación de la religión católica.

Los pintores y escultores mexicanos que han realizado sus obras en los últimos años, parecen preferir dos grandes mitos con respecto a la mujer, el de Demeter (la maternidad) y el Venus (el amor y el placer); aquí se hará referencia exclusivamente al primero.

Al crear imágenes sobre la maternidad, tal vez tratan de mostrar lo que para ellos es lo más esencial y auténtico del otro sexo, con una idea dentro del ámbito de la tradición sexual, en donde los roles están nítidamente determinados; pero no sólo eso, porque el concepto de la madre es en sí polivalente. Nicole Loraux menciona algunos de sus significados en la antigua Grecia: la madre remite al origen, no tiene fronteras, se puede hablar de la universalidad de su reinado. Es metonimizada por su matriz, toda ella es una parte de sí misma. Extrae su potencia de esta manera suya de ser un cuerpo sin medida. La Gran Madre es una realidad, pero es ante todo una “idea dominante”.

Pero también, como señala Jung “la Gran Madre es ante todo un arquetipo […] una imagen interior, eternizada en la Psyché; y para la organización psíquica, a la vez un centro y fermento de unificación. Algo inmutable”. La madre es la primera forma que toma para le individuo la experiencia del inconsciente, esto presenta dos aspectos: uno constructivo, el otro destructor, en tanto que es el origen de todos los instintos, la totalidad de todos los arquetipos. La madre personal recubre el arquetipo de la medre como símbolo del inconsciente, es decir de sí mismo.

Oliverio Martínez muestra en su escultura denominada Maternidad clásica (1992) la esencia del auténtico afecto maternal con toda su intensidad y pureza, por medio del abrazo tierno y amoroso de la madre hacia su hijo, y con las líneas finas y alargadas de la mujer, pero haciendo notar el vientre que acogió al pequeño ser , enfatizado todo esto con la desnudez de la madre y del hijo.

En contraste con la obra anterior, Tomás Gondi presenta en Maternal otra calidad del afecto materno, pues la posición del cuerpo de la madre y el vestuario que la cubre casi totalmente, más los ojos que no miran al niño y la pequeñez de éste, generan una idea de posesión o quizás de protección, pero con desapego afectivo.

Ignacio Castañeda presenta una Maternidad que introduce los tipos mexicanos, tanto por sus rasgos, como por la posición sedente del cuerpo, que sostiene en su regazo al niño mientras lo alimenta, aquí se realza el aspecto nutricio de la madre; el afecto está dado por los brazos que rodean al niño, pero ni su rostro ni su mirada se interrelacionan con el hijo.

Mario Aguirre, en su Alameda, de alguna manera sigue la misma línea que el anterior, aquí la posición displicente de la madre contrasta con la afectividad del niño, y aunque no se puede apreciar su rostro, sus brazos demandan atención materna, que con cierta serenidad no le demuestra la misma intensidad emocional que el niño.

Enfatizando la función procreadora de la madre, Ricardo Martínez presenta El parto (1959), donde los hombres se convierten sólo en espectadores de un acto que aquellos no pueden ejecutar. Del mismo pintor es Madre e hijo (1960) en donde los padres contemplan el fruto luminoso del parto.

Con un estilo muy diferente, Jorge Marín pintó su Dama con bebé y chango sobre el mundo de 1995 que recuerda a ciertas esculturas religiosas, Marín muestra cierto trastrocamiento de los formalismos, al abrazar la dama al chango en su regazo y sostener con la mano a un bebé un tanto cuanto monstruoso por la máscara que a tan temprana edad lleva puesta.

Rafael Cauduro por su parte, ofrece una visión muy contemporánea de la madre en su pintura Mother and Child (1988), que comprende en realidad tres diferentes representaciones de madres, las dos que están someramente dibujadas en el pizarrón, al centro del cual se mira un Chac Mool; del lado izquierdo, una madre que atiende a su hijo, y del derecho, una madre en contemplación, pero no de su hija. Y en la parte inferior, un niño atisba tras las rejas a una mujer, que quizá podría ser su madre y que recuerda la posición de Chac Mool.

De esta breve revisión de la imagen de la madre en el arte contemporáneo mexicano se encontró que el enfoque relacionado con la concepción de la madre como creadora es la impera en los artistas citados, lo cual conlleva una visión más amplia del acto creativo, por ello desde la antigüedad un aspecto relevante en el simbolismo de la diosa madre era el considerarla como la “madre de todo lo que es, y de esta manera contemplar el universo como una mujer que da a luz a todas las formas de vida”, este aspecto de la mujer como Madre creadora puede abarcar todos los ciclos creativos, pues “cada partícula de la existencia está sujeta al mito del eterno retorno, representado por el arquetipo de la madre: concepción nacimiento, vida, muerte y renacimiento”, aunque desde luego éste es sólo uno de los elementos que permite comprender el por qué entre los mitos femeninos, los artistas plásticos privilegian el mito de la maternidad.

En tiempos de oscuridad y locura,

Como creo haber mencionado en varias oportunidades, soy una devota – con una cierta tendencia a la obsesión – de la obra de Franz Kafka. En cierta medida, he comprendido el verdadero alcance de la palabra como verbo creador a través de su capacidad para expresar sentimientos inconcretos y profundamente desosegantes – esa caustica oscuridad, oculta en su claustrofóbica visión – a través de meras visiones superpuestas, apenas delineadas, palpitantes en su complejidad anecdótica. A veces, imaginoa a Kafka como una pluma amoral, poseedora de un ritmo propio y expúreo. Un sentimiento inquietante que se abre espacio en la memoria literaria a través de la creación de un Universo paradójico y desosegante. Antes que Kafka creara un universo tenebroso y sentido, la literatura danzaba al alrededor de un ideal sincrético y absoluto: el amor era amor, el odio y el dolor, rostros de una unica expresión. Pero una vez que Kafka, desde el rincón en sombras de su mente, le dió un nuevo sentido a esa angustia existencial sin nombre, esa otredad oblicua que se alza en sombras, más allá de nuestra conciencia.

No obstante, la fama de Kafka se afianzó tras su muerte, en la década de los años veinte del siglo pasado. Y parte de esa brecha que su contundente narrativa abrió en el mundo del verbo, permitió el nacimiento de una nueva forma de comprender el mundo, no a través de su equidiscencia aparente sino a través de su sombría capacidad de destrucción. Joyce publicó el Ulises en 1922 y un año más tarde Svevo publicaba La conciencia de Zeno. Por su parte, en Estados Unidos, Faulkner publicaba en 1929 El ruido y la furia. Es en este contexto histórico, el del nacimiento de la modernidad literaria del siglo XX, en el que debe entenderse la trilogía de Los sonámbulos de Hermann Broch.

Quizás sea precipitado escribir un comentario sobre la primera parte de una obra concebida como un todo. Pasenow o el romanticismo es el primer tomo de Los sonámbulos, la obra que Broch compuso en tres años, algo que se interpretó fruto de cierta rivalidad con Musil, con la que quería mostrar la decadencia centroeuropea que culminaría con la Primera Guerra Mundial. Tal vez, mientras se esperaba la conclusión de El hombre sin atributos, los referentes fuesen entonces dos novelas de Mann, Los Buddenbrok y La montaña mágica. En este sentido el principal atractivo de Pasenow o el romanticismo es su estructura anti-Mann, la forma en que está tratado el tiempo narrativo, tan importante en La montaña mágica. Broch emplea una narración lineal pero que puede parecer discontinua sin serlo ya que cada uno de los fragmentos del texto parece desarrollarse como si hubiese habido un salto temporal desde el fragmento anterior independientemente de que la acción continúe o de que exista ese salto temporal. Eso ocurre porque la acción no es tanto situacional sino psicológica y cada fragmento desarrolla una línea de pensamiento de su protagonista, Joaquim von Pasenow, a través de las cuales Broch desarrolla su teoría de la contradicción entre un pensamiento y unas situaciones tópicas de la narrativa del Romanticismo y la prosaica realidad que, ya lo sabemos, nada tiene que ver con la literatura. Digamos que Joaquim tiene una visión romántica de la vida y que su visión subjetiva de los acontecimientos no corresponden con los reales. Al contrario que en La conciencia de Zeno, en la que el narrador era poco fiable, aquí es el protagonista quien lo es. La interpretación que Pasenow hace de los acontecimientos de su vida no pueden estar más equivocados y así nos lo hace ver Broch para que, como lectores, contemplemos la evolución paralela de dos historias irreconciliables, la que Pasenow cree que vive y la que vive realmente. La lectura social es clara, aguda y contundente: La sociedad centroeuropea de principios del siglo XX es incapaz de comprender como está cambiando al mundo mientras permanece aferrada a formas y modos que perdían su significado.

Todo esto que ya sería suficiente para destacar Pasenow o el romanticismo queda empañado por la maestría literaria que despliega Broch convirtiendo la académica narración del siglo diecinueve en un relato moderno a partir de su propios tópicos.

El diálogo que mantienen Elisabeth y Bertrand mientras cabalgan juntos se mantiene fiel al clasicismo de la novela romántica pero a través de diálogos propios del siglo XX, y simultáneamente mantiene cierta ambigüedad narrativa en cuanto a si el diálogo lo mantienen efectivamente los dos personajes o forma parte de las elucubraciones de Joaquim, ya que la conversación obedece a los parámetros que el protagonista imagina.

Todo en Pasenow oscila entre dos mundos, el caduco, rescatado a través de la evocación literaria, y el moderno, mostrado a través de la evolución de la historia.

Me quedo con la profunda carga literaria de Pasenow. Rescato un fragmento que me parece resume a la perfección la dualidad de la obra:

“(…) y habría surgido de seguro una pequeña discusión, si el canario harziano de la jaula no hubiera lanzado al aire el tenue haz amarillo de su voz. Estaban sentados a su alrededor, como en torno a un surtidor, y olvidaron por un instante todo lo demás como si aquel débil y amarillo hilo de voz que ascendía y descendía los envolviera y los uniera en aquella comunidad en que se fundaba la comodidad de su vida y de su muerte; como si aquella línea, que se elevaba y los colmaba, y regresaba sin embargo a su punto de origen y se redondeaba, los dispensara de hablar, tal vez porque era un delgado adorno amarillo de la habitación, tal vez porque por unos instantes les daba plena conciencia de que se pertenecían y los arrancaba al espantoso silencio, cuyo mutismo y cuyo estruendo se alzan entre hombre y hombre como un sonido impenetrable, una pared que la voz humana no puede franquear en ninguna dirección, de modo que el hombre debe estremecerse”.

La mujer cambiante.

El inicio de la menstruación – fenómeno mediante el cual la púber se convierte en mujer – es el centro de rituales de pueblos de todo el mundo. A menudo las mujeres representan narraciones míticas cuya importancia y significados exactos son un secreto celosamente guardados. Las Pitjantjatjaras del desierto occidental de Australia interpretan un drama ritual en siete actos, en cuyas primeras fases muestran el descubrimiento del alimento, el agua y el refugio. El tercer acto se refiere a la primera menstruación de la iniciada, cuya hermana mayor la aconseja sobre las artes sexuales. En los cuatro restantes la adolescente reconoce sus deseos sexuales, busca y encuentra a un hombre de su elección ( personaje representado por una posmenospausica ). En una variante de este ritual, una de las jóvenes es secuestrada y violada, después de lo cual todas las mujeres atrapan al violador y lo mutila. En ambos casos, el final se compone de cantos y bailes de celebración y el ritual supone un gran disfrute para la totalidad de sus participantes.

La mujer cambiante de los navajos y los apaches norteamericanos es una deidad de la naturaleza conocida con multiples nombres, entre otros el de Mujer Concha Blanca, la que traslado la luz a la tierra, o Mujer Pintada de Blanco, que en la Tradición de los Chiricahuas engendró a los que mataban monstruos. En los mitos de los navajos – que en el pasado formaron parte de los pueblos apaches – aparece como Estsan Atlehi (“Madre de Todos”) y cuatro veces al año se cambia la ropa, cruza las cuatro puertas de su morada celestial y crea las estaciones. Se levanta con las flores de primavera, madura en verano, envejece en otoño y en Invierno se va a dormir. Mujer Cambiante simboliza todas las etapas en la vida femenina y, más concretamente el momento en que la niña se convierte en mujer. Creen que esta transición es beneficiosa para todo el grupo y lo celebran con fiestas y rituales.

Mujer cambiante entregó a los humanos el conocimiento, la sabiduría, los ciclos lunares y menstrual, los cantos, las celebraciones y el concepto de la busqueda. Enseñó a los navajos a construir chozas de techo abovedado, denominadas Hogan. Divinidad predominante de panteón navajo fue arrojada al mundo con otros seres sagrados por el impetu de una inundación subterránea. Creo a los antepasados de los navajos y les enseño a vivir en armonía con la naturaleza. Una variante afirma que Primer Hombre y Primera Mujer la encontraron en la cima de una montaña y la criaron como si fuera su hija. Al aproximarse su primera menstruación los padres adoptivos la condujeron al sitio donde la habían encontrado y llevaron a cabo el primer ritual de la pubertad.

Todas las tradiciones sostienen que se casó con el Sol y fue Madre de los gemelos Matamonstruos e Hijo del agua, que libraron de monstruos el mundo. Mujer Cambiante proporciona seguridad ante la desdicha y sustento bajo la forma de alimentos, refugio y vestimenta. Actualmente mora en una magnifica “Mansión del Oeste”.

El ritual de la Pubertad:

Mujer Cambiante es una divinidad viva y sus adoradores la alimentan, le hablan y le ofrecen regalos. La veneran a través de las narraciones, los cantos y las conversaciones. El tributo más significativo que se le rinde se realiza con el ritual que marca el inicio de la menstruación, como mencione antes.

Según la Tradición Chiricahua, hubo una época en que todos los apaches convivian en Hot Springs, donde recibieron las leyes sagradas antes de dispersarse por el sur oeste de Estados Unidos. Fue allí donde Mujer Pintada de Blanco ( Mujer Cambiante ) les trasmitió el rito menstrual a través de instrucciones concretas que incluso se cumplen todavía en nuestros días.

La celebración comienza con la primera hemorragia y dura cuatro días, durante los cuales el hechicero entona plegarias y apela a Mujer Cambiante para que dote de su esencia a la adolescente, a fin de que se transforme en una mujer productiva y cuidadosa que su pueblo honre y venere. A modo de respuesta, el espíritu de mujer cambiante “Viaja en los cánticos” del hechicero y reside en la joven que a lo largo de los cuatro días sagrados se convierten en la encarnación de la Diosa.

Acompañada por los agudos gemidos de las mujeres, el primero y el cuarto día la iniciada camina en el sentido de las agujas del reloj alrededor de una cesta que contiene polen, plumas, pintura y cereales, algunos de los elementos sagrados del ritual. En diversos momentos puede haber festines, narraciones y danzas que emprenden bailarines enmascarados que llaman Gahe. En el transcurro de la ceremonia, la iniciada representa el encuentro sexual de Mujer Cambiante con el Sol. Al concluir el ritual, la joven se ha convertido en mujer y en símbolo de paz y prosperidad para su pueblo.

El secreto en la voz del viento.

Cierro los ojos e imagino que el tiempo no es más que una evocación, un misterioso camino pespunteado por árboles enormes y el canto del viento Antiguo. Entre las sombras, creo percibir el rostro del pasado, de quienes danzan más allá de mi memoria, esas mujeres secretas que dieron forma y sentido a mi presente, una naturaleza salvaje que como un ser por derecho propio nos anima y conforma la más profunda existencia de una mujer. Una psicología que se dirige específicamente a ese ser espiritual e innato que habita en el centro del pensamiento femenino y que se ha transmitido de hija en hija, a lo largo de muchas generaciones por línea materna.

Suspiro, abro los ojos. Una profunda e intima emoción me recorre.

Desde épocas ancestrales, las mujeres han creado, participado y dirigido rituales sagrados de iniciación femenina, fertilidad comunal, sexualidad sagrada, sanación chamánica en los misterios, nacimientos y entierros. En muchos casos, las mujeres también se desempeñaban como musas instructoras trasmitiendo los mitos de la creación y relatos de origen que guiaban la vida de la comunidad a las nuevas generaciones.

Sin embargo, este caudal mítico ritual femenino está prácticamente ausente de nuestras vidas cotidianas a raíz de la visión judeocristiana de lo sagrado que se impuso sobre otras tradiciones más antiguas y donde los arquetipos masculinos prevalecen en detrimento de los femeninos.

En los templos que conocemos escasamente las mujeres pueden desempeñarse como sacerdotisas. Los ritos de iniciación femenina al igual que las danzas sagradas de éxtasis han desaparecido y el mito del Dios único, marcadamente masculino, encabeza todos los rituales. Una mitología que ha alterado nuestros cuerpos y conciencias con el pecado de Eva, la expulsión del Jardín del Edén y la eliminación de la Gran Diosa prepatriarcal ( uno de sus nombres era Eva, que significa: la madre de todos los seres vivientes) como todo mito de origen ha instaurado modos de ser y actuar que, en este caso, han resultado desvalorizantes y discriminatorios para las mujeres.

Por eso, he dedicado la mayor parte de mi blog – esta pequeña bitácora desordenada en la que he intentado plasmar la forma como mis crencias han influido en mi perspectiva sobre la realidad y el mundo – a reseñar algunos mitos y rituales con la intención de animar al resurgimiento de una dimensión sagrada femenina que acompañe y potencie los derechos y dignidad de las mujeres. Al recuperar mitos y rituales conectados a las ancestrales Diosas – y al crear otros nuevos- estamos haciendo algo más que feminizar la tradicional imagen de Dios Padre bíblico. De poco nos serviría una simplificada y subordinada Diosa Madre que siga condenando a Eva y sosteniendo una conciencia de naturaleza potencialmente caída.

Más bien se trata de un arquetipo sagrado femenino integral, conectado al cuerpo , al alma, a la sexualidad, la inteligencia, la creatividad, la justicia y la compasión de las mujeres. Una Diosa Serpiente que nos ayude a volver al Jardín del Edén de nuestra conciencia profunda para liberarnos de la vieja piel y comer sin culpas del fruto de la sabiduría que Ella nos ofrece en un rito de pasaje a una nueva percepción de la vida a fin de recrear nuestro mito personal y colectivo. Es decir, nuestro presente y futuro como iniciadoras en lo femenino postpatriarcal.

Muchas se preguntarán: ” ¿ y qué hacemos con Adán?”. El fruto iniciático también está disponible para ellos, siempre y cuando después de probarlo no vuelvan a acusar a Eva proyectando sus sombras sobre las mujeres y se hagan responsables de sus propios procesos internos de transformación, bajo los símbolos del Dios Serpiente ( del tipo de Quetzalcoatl, Shiva u Ofión) que muere y resucita con los ciclos rituales de la Gran Diosa, su ancestral hermana gemela.

A medida que recuperamos nuestro cuerpo y nuestros derechos, las mujeres necesitamos recuperar nuestras almas y con ella el poder espiritual que potencie nuestras vidas. Los mitos y rituales son medios adecuados para crear y recrear esta indispensable espiritualidad femenina.

Un rincón de la memoria: El latido de un corazón ciego.

Desde hace varias noches estoy escribiendo un cuento – que no es tal, porque ya rebasó las sesenta páginas – que he madurado desde que se me presentó en forma de pesadilla hace más o menos dos semanas. Comencé a escribir, aun medio dormida y he seguido redactando, párrafo tras párrafo mientras las palabras dibujan con total concreción la emoción, la imagen, el sentido, el deseo, la necesidad desesperada y turbulenta de darle sentido a mis imagenes más intimas – oníricas, surreales, inquietantes-. La revelación narrativa me hace tomar conciencia de cuanto he cambiado a través de ese fuego gutural de las palabras brotando indetenibles, un enorme magma misterioso que se enreda en mis pensamientos, ideas, derramándose en todas direcciones, elevándose como un estallido silencioso, colmando de siluetas entrevistas, ecos de voces inconcretas el Universo cuántico donde habita mi conciencia. Pienso, más que nada, en todas las cosas que quisiera resolver pero que están fuera de mi alcance, en que debo dejarlas resolverse por si solas; en que ahora, mientras escucho el nuevo disco de Radiohead, me siento como un insecto, como una luciérnaga intentando guiar a una niña perdida en medio de una oscuridad opresiva, casi inmensa. Soy un punto de luz inservible. Estoy petrificada; soy una imagen que espera recargada en la brisa estática de una fotografía: puro movimiento congelado. Todo está bien, todo está mal, todo está bien… qué importa ya, voy a seguir así, así deseo seguir mientras la locura se diluye o termina por tragarme a mí también.

Sonrío, la muñeca dolorida, los dedos tumefactos luego de escribir tres, cuatro horas seguidas. La oscuridad palpita a mi alrededor, se alza en volutas a traves de la luz oblicua que entra desde la calle por las ventanas entreabiertas. Una cáustica necedad, la mía, mientras continuo escribiendo sin pausa, con la respiración agitada. Una vez mencioné que mi vida podría ser capitulo de un libro medianamente interesante. En ocasiones tengo la impresión las peculiaridades que siempre me hicieron sentir disminuida y asilada en mis ideas, son caldo de cultivo para un tipo de crueldad muy refinada. Descubrí también que soy una Hemafroda intelectual, genéro en proliferación en esta época de poco carácter y muchos estereotipos. Últimamente, me siento aun más convencida de esa idea peregrina. La vida imita al arte, el tiempo se crea así mismo, un gran huevo cósmico nacido de un inveterado concepto dual. Y abro los ojos, bajo una conciencia estrellada y difusa, un firmamento en flor sin principio ni fin. Una alegoría simple y llana sobre la dualidad, en mi concepto más beningo – pura idiosincrasia – de la realidad.

Imagino esa perturbada necesidad de creación como un lugar en sombras en medio de mi rutilante Castillo de la memoria. No las puertas luminosas y centellantes, o las paredes imaginarias decoradas con pinturas cuya profunda belleza casi podría provocar dolor. Más allá de los arpegios donde danza mi memoria, existe la oscuridad, esa oscuridad del desconcierto, del placer intimo, de enigma palpitante. Un rincón que es a la vez un refugio, un lugar donde me siento a gusto, oculta entre sus sombras sedosas y su silencio polvoriento. En el fondo este lugar esta atravesado por mi subjetividad, un rincón es un lugar íntimo, un sitio intransferible, un “locus amoenus” como lo llamaban los latinos.

Para otros puede ser un misterio nuestra preferencia por esos lugares, y no podrás negarme—lector, lectora–, que mientras recorres estas líneas, no giran en tu memoria los diversos refugios que te han cobijado y que aún funcionan a modo de un territorio secreto.

Al escribir también aparecen esos rincones. De hecho estoy convencida que solo aparecen durante esos largos períodos donde la palabra reina sobre cualquier miedo, sentido y sed. Y creo que todos están concientes de esa oquedad torva: cómo no recordar aquella arboleda y las retamas que evoca en su primer tomo de memorias el poeta Rafael Alberti: “Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el viento trajinando de una retama a otra […]. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luza caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda. […] Cuando por fin allá, concluido el instante de la última tierra […] me tumbaré bajo retamas blancas y amarillas a recordar, a ser ya todo yo la total arboleda perdida de mi sangre.”

Un escalofrio de placer me recorre, inclinada sobre la hoja que va dándole sentido a mi mundo. Un aleteo exquisito y audaz. La pasión destructora, un tiempo infinito.

Un verbo de luz.

Paz para los locos.

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