La pluma perdida.

Durante determinadas fechas, se me hace difícil comprender la ausencia de quienes ya no están aquí. Por supuesto, por respeto y tolerancia a las creencias religiosas Universales, no entraré en una polémica sobre lo que sucede luego de la muerte física pero si debo dejar claro que para mi, la creencia que hay algo más que la realidad que nos pertenece, es muy concreta y real. Tal vez se deba a que mi sensibilidad psíquica me ha brindado la inestimable oportunidad de percibir algo más del mundo que consideramos nuestros, de esa circunstancia conceptual que llamamos cotidianidad. O también, puede ser que solo haya decidido creer, a la manera de los inocentes y los niños, sin otra razón que mi propia convicción. Durante muchos años, todos a quienes alguna vez les he narrado mis, llamemosle, “extravagancias”, me han preguntado si a partir de cualquiera de ellas he podido deducir la existencia otra estadio de la existencia más allá de la nuestra. Hay incluso quién me ha cuestionado sobre la concreción material de alguna creación de la conciencia divina que se empeñan en denominar “cielo” o “infierno”. Pero no tengo respuesta para eso ni a ningún otro cuestionamiento sobre la vida más allá de la muerte. Como he insistido en otras oportunidades, solo soy capaz de percibir la huella física de lo que alguna vez fue un hombre o una mujer, una idea esquemática e incluso difusa de lo que fue una criatura que viva. Nunca he podido sacar otra conclusión que no sea que una vez que morimos nuestra energía personal se perpetua. En que forma, bajo que aspectos y reglas persiste nuestra memoria una vez que nuestro espíritu abandona el cuerpo que habitó, es para mí un pensamiento tan enigmático como puede serlo para cualquiera.

No obstante, la realidad física de la muerte, esa ausencia sin sentido ni explicación, contundente por el mero hecho de habitar el limite más meridional de nuestros pensamientos y temores, me lastima con cierta frecuencia. Suspiro de pura añoranza mientras contemplo las cosas de mi abuela, los objetos que conservan de cierta manera su huella y su personalidad: sus libros favoritos, su pluma fuente, las hojas de árboles que solía coleccionar. Es una manera de escucharle, impregnarme de su esencia y de su voz secreta, ese vinculo tan profundo que nos unia. La vida es algo más que lo discernible, lo aparentemente concreto. Es una idea, un fragmento de divinidad en nuestros dedos.

Tal vez se deba a la cercanía de la celebración de la fiesta de los ancestros. Recuerdo que para mi abuela, era una ocasión memorable en la que invertía una enorme energía y que disfrutaba especialmente, no solo por si significado intrínseco, sino por el hecho que de alguna manera, la conmemoración de nuestras raíces más antiguas es recordar el poderoso y significativo vinculo que nos une a la magia como forma de vida, como esa danza secreta y radiante de nuestra fe, conservada a través del espíritu de los hijos de la Diosa. La luz de las velas alzándose en una oscuridad minúscula, exquisita. La danza alrededor del fuego eterno, la loba ancestral recorriendo el valle infinito de nuestra memoria. Unidas, las curandera, la bruja del bosque, la buscadora de la verdad, la mujer que sigue el dictado de su corazón. Un baile en medio del arco del tiempo, allí, en el secreto apenas susurrado, la herencia, de los dedos del pasado a los míos. Sí, tomando la luz y envolviéndome en el brillo de mi fe. Soy el renacer infinito, una y todas las veces, las risas de las hijas de la Diosa Secreta en mi memoria, el hilo de plata que me une a la historia Dama del bosque, la voz de la Madre eterna, en mí.

Ah, que bien comprendía mi abuela esta sensación raquídea y abrumadora. Y en contraposición, que profundamente expresaba en si misma esa virtud concreta de la sabiduría más serena y espléndida.

su memoria permanece en mi mente, fresca y radiante. Mi abuela fue una mujer extraordinaria en todos los sentidos, y no lo digo porque mi devoción por ella me ciegue por completo, sino porque todas las personas a su alrededor lo sabíamos, nos encontrábamos profundamente subyugadas por ella. Una mujer de 4 dimensiones, que tal vez caminó entre sueños hacia una morada de cristal donde ahora me mira sonriendo y divirtiéndose por atolondrada impaciencia de vivir.

Un valle de silencios y resplandores de Luna en mis pensamientos.

Un suspiro al viento mi adorada Celia. Siempre en mí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: