La voz del recuerdo.


Como creo haber mencionado antes, Mi tia Agatha ( de quién heredé de mi primer nombre) es una anciana que es mucho más joven que yo. Su insólita manera de ver la vida ha dotado a su espíritu de una cierta frescura imperecedera, en ocasiones incomprensible para mí. Cuando me habla de su juventud en la Hungría socialista, tengo la sensación que la emoción para ella es tan pura y exquisita como lo fue entonces, a pesar de los sinsabores que atravesó durante esos años de privaciones. Cierra los ojos, sonríe – una inocencia imposible iluminando su expresión – y con minucioso detalle me describe las calles de una Budapest fragmentada entre sus recuerdos más queridos – ella llama a la ciudad Buda, y la palabra en sus labios tiene una cadencia mágica, evocadora -, la espléndida arquitectura que sobrevivirían al utilitarismo comunista, los jardines de Tulipanes destruidos por la virulencia del dictador de turno. Sus palabras son una imagen magnifica de su propio espíritu, eternizada a través de los recuerdos de la niña que fue, chispiante y voluntariosa, como si la percepción de la anciana que ahora es no pudiera empañar ese tiempo intimo y criptico que llamamos pasado.

Me encanta escucharla y de hecho, lo hago por horas. Paseamos tomadas del brazo por su vieja casa, donde las fotografias colgadas en la pared me muestran a una joven de grandes y chispiantes ojos oscuros, que no me cuesta reconocer en el rostro frágil de la anciana que ríe a carcajadas a mi lado, cuando me habla de su primer beso, de sus paseos al anochecer mirando las aguas del lago Batalón, a donde sus padres solían llevarla durante las cortas vacaciones que el régimen comunista aprobaba. Su rostro al completo brilla, mientras me narra los rituales que llevaba a cabo a escondidas, mirando la luna llena a través de un rendija de la ventana. Paz, una paz insólita para mí, magnifica, radiante que me lleva trabajo comprender y que mucha veces me desconcierta. Proust decía que todos los recuerdos que necesitas para vivir, pueden estar contenidos en un único olor, en un sabor especifico, en una imagen de nuestra memoria. Cuando leí esa frase, pensé que tal vez, allí residía el secreto de la eterna juventud. Una vida, en un milimétrico y exacto segundo en donde está contenido el secreto de todas las cosas. Tal vez mi tia Agatha es capaz de apreciar esa belleza instantánea y voraz, renacer una y otra vez en ella, elevarse por encima de su edad y su experiencia para paladear la belleza de encontrarse viva, de pertenecer a si misma, al tiempo y a la profundidad de su propia pasión.

Ayer le mencioné mis temores sobre lo que sucede en Venezuela, esa sensación que mi país parece derrumbarse lentamente en el caos ideológico, en un prejuicio de conciencia terrible y tal vez, irremediable. Le expliqué las semejanzas entre la administración de Hugo Chavez Frías y el régimen comunista de su niñez y juventud. Intenté expresarle, un poco avergonzada, el profundo temor que sentía constantemente de perder mi futuro, la estructura de mis principios básicos en medio de la violencia y el prejuicio social que comenzaba a extenderse como moneda común en Venezuela. Me escucho con su habitual paciencia, sin interrumpirme. Cuando finalmente guardé silencio, un poco agotada, probablemente descorazonada, me miró a los ojos con toda la firmeza de la esperanza, con toda la fuerza de la experiencia. La niña y la adulta en el centelleo de sus amplios ojos inteligentes.

– A pesar de lo que puedas pensar ahora, todo esto terminará – dijo. Apreté los labios, incrédula. Ella soltó una carcajada estruendosa, un poco inquietante – mi pequeña escéptica. Pero confía en mí, a pesar de cualquier método de fuerza, de cualquier intento por reprimir la disidencia, el espirítu y el valor de la libertad termina por imponerse.

Suspiré y por más extraño que parezca, sentí una mínima y rutilante esperanza, un núcleo cristalino que parecía provenir de una fortaleza desconocida en mi espíritu. Miré a mi alrededor y miré la vieja casa, repleta de recuerdos y sentí una profunda sensación de serenidad ante los recuerdos de una vida rica e intensa, los rostros de esos parientes desconocidos que se habían enfrentado al temor y la discriminación, venciendola con la infinita fortaleza de los sabios, de los pacientes, de quienes aspiran a una verdad mayor que un mero terror fáctico. Tal vez algo de esos pensamientos debió percibirse en mi expresión, porque mi tia tomó una de mis manos entre las suyas y las apretó cariñosamente.

-Sí – su sonrisa se hizo amplia, antigua, sin edad – siempre así y así.

La abracé. El olor cálido de su cabello blanco me envolvió y me sentí unida a ella como cuando era una niña y me enseñaba los viejos rituales de la familia entre risas y pasos de baile. El miedo se hizo más crudo tal vez, pero comprendí que podría vencerlo. Esa fragilidad de la incertidumbre, el peso de ese instante cuántico, pura luz y oscuridad que en ocasiones me resulta excesivo, insoportable, maravilloso, profundamente significativo. Muchas veces siento que mi vida se reconstruye así misma, una milésima de segundo entre el don de la palabra y de la imagen. Dados judíos quizá, belleza de un sueño espléndido pero sofocante que no acaba de tener forma.

La niña y la anciana. La juventud en el alma, la sobriedad en el espíritu. Sea la vida una paradoja desnuda, una busqueda, la perspectiva de la voluntad.

Dedico esta entrada a mi querido “Club”, un canto de paz en mi espíritu.

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2 comentarios »

  1. Alex Said:

    Bellísimo post, gracias por compartirlo. La sabiduría del pasado es la esperanza de hoy.

    Saludos cariñosos.

  2. Deirge Said:

    Gracias Alex preciosa.

    Un gran beso para ti.


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