Un espiral diametral.

Siendo una niña, mi abuela solía contarme historias mitológicas bajo el manto de los cuentos infantiles. Supongo que era una manera de dibujar para mí el mundo del símbolo creacionista, de darle sentido a todo el sentimiento metafórico que impregna nuestra religión. Así que para mi Isis y Horus fueron una Gran dama desolada y su hijo milagroso, antes de ser arquetipos de la Madre y el vástago divinos. O reía con las travesuras de una Venus encantadoramente inquietante, audaz y bella, antes de comprender el verdadero significado del Hedonismo. O Zeus, un gran padre preocupado y en ocasiones severo, que arrojaba rayos a sus hijos más inquietos para mantenerlos en silencio mientras los Dioses debatían en un Olimpo de pesadilla, más parecido a las escenas de una de mis películas de terror favoritas que a un creación estética de la cosmovisión griega. Crecí convencida que los Diosas y Dioses de la mitología eran partes de mi mundo infantil, de la alegría ingenua que solo conocemos durante la infancia. Más tarde, comprendí que ese amor a las viejas historias de la psiquis colectiva, le habían dado forma y sentido a mi devoción por la creación anecdótica más antigua de todas: al de reverenciar la palabra como el máximo elemento creador.

Una de las historias que más recuerdo y que conservo con mayor cariño, es la de Maya, la Diosa India de la apariencia y la ilusión. Mi abuela siempre me hablaba sobre ella cuando después de una las habituales tormentas que suelen azotar a mi ciudad durante el verano, se alzaba un arcoiris, cruzando la montaña y elevándose hacía un cielo opalino y luminoso. Mi abuela sonreía e insistía, que Maya danzaba entre las nubes, escondida entre los reflejos del sol y que las siete franjas de colores que cruzaban la cúpula celeste, eran sus brillantes velos, mecidos por el viento húmedo y cargado del exquisito olor al tiempo perdido.

Muchas veces, imaginé a la hermosa Dama de luz, bailando tan rapidamente que se confundía con los rayos oblicuos del sol que daban forma a las formas y objetos. Danzando, danzando, los brazos en alto, los delicados pies apenas rozando las copas de los árboles del Ávila. El rostro hermoso vuelto hacia el brumoso resplandor de un sol mortecino, el cabello negro flotando eternamente, acariciando sus mejillas. Y sus velos rozando el viento, confundiéndose con él, rizándose un poco en la brisa húmeda aun con olor a lluvia. El color brotando del caos para entrar en la realidad, un recuerdo de un sueño aciago, vívido y palpitante. La mano extendida, la luz perpendicular creando el arco, más rápido, más brillante. Siete colores, descendiendo a la tierra, el tejido celestial hinchándose levemente con los gráciles movimientos de la Divinidad. Y por instante la belleza, el asombro de lo impensable. Lo veo sí, el arco iris dibujándose en el cielo, abriéndose paso a través de la cotidianidad, un destello del verbo divinizado, la creación, el caos retrocediendo para dar sentido a una razón más elevada. La Diosa sonríe, se eleva, y el aire palpita un instante, todo belleza, todo sentido, la apoteosis del deseo platónico quizás.

Abro los ojos. De nuevo, solo se extiende el cielo blanco y perlado, con las nubes cristalinas extiendose hacía un horizonte imperceptible, cauto. La Diosa ha dejado de bailar o simplemente, su baile se ha convertido en una poderosa creación del tiempo, carente de materialidad, una ausencia sentida en medio del lento transcurrir de las horas, del rostro opaco de los segundos. No obstante, me vuelvo condesciende con mi propia inocencia. Aspiro a creer que aun esa divinidad exquisita y redentora aun persiste en mi mente a pesar del cinismo de mi temprana adultez. Sonrío, sentada con las piernas al aire en el alfeizar de mi ventana, ingrávida por un momento, con el viento del norte golpeando los cristales en un rítmico repiqueteo. Tal vez en eso consiste la supervivencia del mito, de la belleza como forma de narrar las vicisitudes del mundo. Siempre habrá algún prodigio que contar mientras alguien quiera escucharlo, la imaginación despertando a esa frágil alegría atemporal que pespuntea el camino al Universo más intimo y personal. El sabor de las rosas en mi boca, y rie Maya en medio de la noche de mi memoria, una voluntad voraz en la forma de una mujer – la creación infinita, la medida de todas las cosas – que otorga un instante de prístina esperanza a un mundo torvo, cansado en la lucha, de ideales rotos y extraviado.

Pero ¿quién soy yo para sentenciar tal es cosas? Un pequeño monstruo voraz, quizá, pienso con una sonrisa. Me arrebata mi habitual desequilibrio anecdótico. Uno, dos, tres, las veces creo puedo soportar solo una hora más, intentar comprender esta sensación nebulosa. ¿Soy una voz que camina en los pasillos de mi mente? Seguramente. Los parpados tan pesados que apenas distingo los chillones colores del mundo. Extiendo un dedo para tocar la forma de mi pensamiento. ¿Es real esto?

Me tiendo sobre mi cama. Miro el techo cubierto de formas sinuosas. Me gusta pensar que hay una parte de mí que será eternamente niña, que siempre aspirará al placer magnifico de comprender el mundo a través de la sencilla anuencia de la estética. Un deseo venial, no lo niego, pero lleno de una sensación onírica y visceral. Ah, sí, sí, deseo crear el mundo a través de mis dedos extendidos, tal vez danzar como la Diosa en medio de las palabras y las imagenes para encontrar ese hilo conductor de todas las ideas y pensamientos. Todos somos Dioses, en un momento cristalino, donde todo parece tener sentido, construir un pared, un jardín, un cielo, una montaña, a través de una simple necesidad. Que sea la voz de mi tiempo intimo la que hable por mí y baile en medio de la bóveda púrpura de mis ojos cerrados.

Dormida, finalmente. El insomnio parece un eco lejano, repitiéndose en si mismo. No vale la pena volver a huir de este silencio esponjoso, mítico en su impoluta belleza. Me envuelvo en mi cansancio, hundo la cabeza en mi confusión y vuelo más allá de todo eso para evitar el dolor.

Silencio en el foro. Un instante donde el mundo se detiene. Solo silencio y helada serenidad.

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