Una furtiva cadencia.

Muchas veces, creo que hay una cierta inocencia en la capacidad que todos tenemos para interpretar el mundo. Vemos las cosas que nos suceden todos los días o que forman el intrincado entramado vital de nuestras vidas, con una ingenuidad imprudente y hasta un poco tambaleante. La vida puede tener un elemento dual inevitable, no lo niego, pero nuestra manera de encontrar una coyuntura en medio del caos que otorgue una cierta textura a los momentos, también lo es. Me suele atormentar la idea que dentro de mí, toman formas todos los rostros de mis temores y mis esperanzas, con esa ingenuidad incólume de los pensamientos más abstractos. Ah, sí, conservo la expectativa que esa pureza de criterio moral tenga algún reducto amplio y dimetral con la memoria más esencial de mi espíritu. Las viejas disquisiciones toman sentido ¿Quién soy? ¿Cual es el propósito de esta identidad? ¿Existe una grieta perceptible en medio de mi percepción de la realidad y el tiempo que transcurre más allá de mi conciencia?

Suelo pensar en esos términos, cuando me encuentro muy nerviosa, cansada o confusa. Como ahora, precisamente. De pie, en la oscuridad, mirando la ciudad dormida que se abre a mis pies, siento que carezco de forma o sentido. Sonrío, a ciegas, preguntándome si es posible claudicar en el simple empeño de darle sentido a mi rostro más privado. Una tragedia diminuta. A ciegas, me dejo llevar por la leve cadencia de la oscuridad.

El viento tiene un sabor exquisito, meramente nocturno: una humedad torva, impregnado de un sabor cruel y definitivo. Un leve palpitar en la penumbra. Una imagen borrosa, que apenas puedo distinguir a la distancia. Me apoyo en el cristal de mi ventana. El corazón me late más deprisa. Una leve vibración seca me recorre. ¿Miedo, enfebrecida fascinación?. No podría decirlo. La oscuridad se hace ampulosa, raquídea. El leve resplandor violáceo y casi imaginario se enreda en cualquier rincón. Danza la voz de las sombras. Continuo mirando la silueta. Casi puedo distinguirla. Un hombre, encorvado, levemente frágil. El cabello despeinado. Las manos sarmentosas, el caminar un poco titubeante del que se sabe frágil, en medio de un miedo visceral, carente de sofisticación. Podría ser un anciano, sin duda, deambulando en medio de la noche, abandonado de la esperanza, espléndido en su soledad polvorienta. Una figura entre miles, zigzagueando entre la realidad y un tiempo imperceptible, una pequeña estructura rota y carente de coherencia. Sí, sin duda podría ser real, pero no lo es. Un breve estallido de luz cotidiana, un coche tal vez, destruye el momento. De nuevo la oscuridad. Y solo resta el vacío. Una breve sensación de nostalgia, quizá miedo. Un suspiro de banalidad.

A veces, me arrojo al vacío de la ignorancia. Prefiero no pensar en ciertas cosas, simplemente expulsarlas de la estructura de mi memoria, mientras las asimilo. Imposible, por supuesto, desterrarlas por completo, pero mientras lo intento, disfruto de un beatifico período de gracia donde creo que el caos puede redimirme. Un pecado ternura, un útero en sombras de donde nace mi predisposición a la decepción, tal vez.

Súbitamente, nazco a la luz de la aceptación. Agotada de luchar, simplemente acepto con las manos abiertas el hecho que la vida es un reducto de valores y matices magnifico, doloroso, espléndido simplemente aterrador. Que agotador este dilema en dos voces, Jano en la puerta de mi mente, aguardando por mí.

Mi caballero rojo suele decir que estoy tan cerca de la enajenación que es probable que roce el limite de un dilema siniestro y vociferante. Uhmmmmm…lo acepto, la raíz de mi diminuta demencia tiene su origen en la permanencia de la memoria inmaculada de todo pecado de género. No sabría definir esta insana capacidad para la destrucción y la creación a partir de la nada, pero es una de mis cualidades más personales.

Pienso, luego existo. Muero, luego me levanto sobre un altar de intima filosofía cerval.

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