Archive for septiembre, 2007

Los caballeros de la Diosa.

Hace poco un amigo a quién aprecio especialmente, me hizo una pregunta singular, que muy poca gente en realidad me ha formulado: ¿Es la brujería una creencia exclusivamente femenina?. La disquisición me sorprendió un poco, no solo porque nunca ha sido mi intención mostrar mis creencias de una manera sesgada y tal vez un tanto exclusiva, sino que además me hizo reflexionar sobre ese otro lado de mis creencias, más discreto pero no por ello menos poderoso: Los que representan los hijos de la Diosa Blanca.

La respuesta podría ser no, aunque resumirla de una manera tan simple puede dar pie a un poco de confusión. Así que intentaré explicar lo mejor que pueda cual es el papel masculino dentro de nuestra cultura religiosa. En la Tradición que practica mi familia ( en general ) no mayores diferencias entre la forma como es comprendida la magia por los integrantes masculinos y femeninos de la creencia. No obstante he de reconocer, que se hace más énfasis en la participación de la mujer que la del hombre, por razones probablemente más anecdóticas que realmente práctica. No olvidemos que gran parte de la magia ritualista que llevamos a cabo, se encuentra profundamente arraigada en la identidad femenina como forma de creación suprema: celebramos el ciclo lunar como forma de expresión de la energía, las estructuras mágicas son dedicadas a la forma de la Divinidad asumida con una identidad femenina y de hecho, en mucho de los rituales es notoria una cierta sensibilidad que tal vez podría pensarse es muy poco característico del sexo masculino. Sin embargo, los practicantes de la Antigua Religión comprenden, respetan y poseen toda la identidad de la idiosincrasia que es propia de nuestra herencia. De hecho, creo que la dignidad con que hombres de mi familia le dan sentido a la mágia dentro de su expresión cotidiana es una de los mejores ejemplos de identidad étnica que he tenido el honor de conocer.

En nuestras creencias, al hombre no se le exige creer en la Diosa, y si desea darle un sentido masculino a su visión de la Divinidad, por ello su profesión de fe no es menos poderosa. Pero la gran mayoría de los brujos deciden creer en la Diosa por convicción, con el amor de un hijo paciente y devoto. A ninguno de los hombre de mi familia se le exige que debe venerar el sagrado ciclo lunar, reflejo del ritmo biológico de la mujer, pero mucho de ellos lo hacen con la seguridad que de esta manera comprenderán mejor el misterio de la dualidad en el lenguaje más intimo de la energía personal. Tampoco es necesario tomar el rito de iniciación y llevar a cabo el aprendizaje en el camino de la Dama Blanca, pero cada brujo lo realiza con la absoluta certeza que recorre un sendero infinito de descubrimientos personales que fortalecerán sus convicciones y la forma como concibe y puede expresar la magia. Para los hombres que practican la Brujería, la decisión es tanto moral como emocional, es comprender que su propia identidad – como hombre, como hijo, como simple individualidad – se encuentra completa a través de la dualidad fundamental que da sentido al universo y al equilibrio de todas las formas conceptuales que otorgan un significado a la magia Intima. Para un hombre brujo, la practica de la magia es una representación viva de su necesidad de aceptar el mundo bajo todas las perspectivas posibles, la creación de yo nacido de la Inspiración y de la fuerza del caracter. Una creación de voluntad y sensibilidad que definirá la forma en que pueda comunicar su propia fortaleza moral y espiritual.

Ningun hombre practicante de brujeria tendrá que aceptar los votos de la Consagración si no desea hacerlo, pero todos lo que los invocan y llevan la huella de la Diosa en sus pensamientos y convicciones más personales, lo hacen porque la audacia y el conocimiento ha redefinido los límites de su masculinidad. La fuerza de la mujer y el hombre dan sentido a la magia, crean un norte perceptible donde las formas más equidistantes de la Imaginación conviven para darle consistencia a un valor personalmente muy valioso: La fe y la necesidad eterna de dar sentido al Universo que se extiende más allá de sus sentidos, de la materialidad crasa de su propia busqueda de un significado. Un fuego interior con el nombre de una Divinidad personal, creacionista, intima, libre, carente de restricciones. Dotado de la sensibilidad y el coraje del corazón femenino y la fuerza y la voluntad masculinas. El gran ojo del tiempo, parpadeando por un instante en el espíritu creador.

La brujería es la fuerza de la gran esperanza, de la búsqueda de darle sentido a nuestra voz interior como un instrumento de creación energética. Y para que tal necesidad se complete – tenga sentido – ha de recrear la principal aspiración mágica: Que la dualidad, el Divino misterio que da sentido y equilibro al tiempo cósmico, tenga su justo reflejo en nuestra vida.

Así que como dije antes, la respuesta es no. No existe mayor diferencia, como no sea, la del valor magnifico de los hijos de la Diosa, esos orgullosos guerreros del espíritu, Caballeros de la Dama blanca para darle un sentido intimo a la idea más sutil, más exquisita y más profunda: El rostro divino y creacionista de su propia fuerza interior.


Dedicado por supuesto, a mi querido Sator, y a los hombres de mi familia, los eternos caballeros de la Gran Dama secreta.

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La voz de la memoria.

Sueño que estoy soñando. Y mientras me veo reflejada en ese eco onírico, escribo, sonriendo, recordando – tal vez viviendo un poco – una escena que atesoro con especial cuidado, entre las manos de mis ideas, protegido de sabor del viento del olvido y resguardado del sol de la realidad inclemente. La memoria es un territorio misterioso e inesperado. Un lugar de la aventura, una perinola (¿se seguirá usando en alguna región de Venezuela?) de sensaciones que giran ante la situación más trivial. La memoria que va siempre acollarada de la imaginación —esa “loca de la casa” como la llamaban en la Edad Media, frase finalmente reeditada por Rosa Montero en su magnifico libro-, nos transporta, nos envuelve, nos hace anclar en un tiempo paralelo al actual. No obstante, la memoria no es el único atributo de la idea como lenguaje. Digamos que es una de las formas más eventuales como podemos atesorar – dar sentido, aglutinar, condensar, crear – el mero deseo de comprender quienes somos y porque somos de esa manera.

¿A que viene esta disertación? se preguntará alguno de mis amables lectores. Debo decir que no hay un motivo concreto, pero de haberlo sería ese sabor infinitamente exquisito de recordar a través de la lectura, de rememorar a través de las frases y las palabras de algún querido habitante de nuestra personal memoria literaria. Ah, sí, definitivamente, una sensación magnifica, una moral contrita que se abre en dos apreciaciones, en un único nudo de verbo y gracia.

Tomar un libro y comenzar a recordar es un ejercicio intelectual magnifico, intimo y sin paragón. ¿Quién era cuando leí por primera vez la Fábula Gótica Drácula, con sus pequeños devaneos pálidos de damas victorianas y caballeros valerosos en busca de un monstruo de sed voluptuosa? ¿Como era esa jovencita que se afanaba por recorrer los laberinto de Somerset Maugan, conmovida y pesarosa por la historia del chico cojo? Ah, veo pasar el tiempo, mientras recorro mi biblioteca y recupero titulos, historias, momentos, sabores, sensaciones, pequeños terrores. Hubo una época en que me encontré profundamente obsesionada con la Prosa de Stefan Sweig – que delicadeza, que profundidad, el temor de la belleza en medio del desastre – para luego retozar entre los campos fútiles de Oscar Wilde – danzo, danzo, en medio del tiempo, no me reconozco, soy apenas una sombra-. Luego, me volví un poco melancólica con Dickens y más tarde disfrute de mi perturbada visión de la verdad a través del puntilloso y destructor verbo de Virginia Woolf. Un bautizo de Fuego con Boukosky. Una revelación de la mano de Chordelor de Laclos. Un largo baile en sombras con Trevor Fisher. Deguste lentamente la belleza de la época dorada de un tiempo cristalino con Tolstoy. Me regodee en la culpa con Dostoievski. Ah, Nobokov, en esas tardes calientes y remotas de los veranos sin lluvia de mi adolescencia. Que sabor exquisito el de la fruta prohibida. Caminé a largas zancadas, con un ejemplar de “El benefactor” de Sontag bajo el brazo. Todo el tiempo de voz impregnado de palabras, de un dulce viento, mudo y acariciador que dotó de corporeidad hasta el último recuerdo. Soy quién soy, desde luego, gracias a la palabra, el puño cerrado, alzado en protesta. Una maravilla sagrada, fundida en el oro de la ambivalencia y la conciencia. La eterna búsqueda, el espíritu alzándose más allá de sus confines, en tierna satisfacción.

A lo largo de casi tres décadas uno se transforma asi mismo en un producto de su propia idealización del espíritu más personal. Cambian nuestras ideas, nuestros gustos, nuestra visión de la realidad; cambiamos pero hay pequeñas reverberaciones que se mantienen constantes.

Un tiempo de reliquias de los confines más privados del pensamiento, una pequeña ceremonia intima con el rostro de un libro. La Gran creación de la razón personal.

El simbolo de la salud.

Según la Tradición religiosa de la Antigua Roma, el día 30 de septiembre se llevaban a cabo las las Meditrinalias, las cuales eran fiestas que se celebraban en honor a la diosa Meditrina, diosa de las viñas y de las propiedades curativas que se atribuyen a éstas. Los honores concedidos a Meditrina estaban relacionados con Júpiter, bajo cuyos auspicios comenzaba la vendimia.

No obstante, Meditrina es una Diosa poco conocida dentro de la cosmovisión Romana. De hecho, era considerada como una Ninfa, por algunas leyendas posteriores. Tal vez la confusión se debe que el mundo romano, heredero culturalmente del griego y especialmente devoto desde sus orígenes de la madre naturaleza, prestó una gran atención a las divinidades relacionadas directamente con la fertilidad de la Naturaleza y la proclividad del cultivo. Por ejemplo: También al construir una vía pavimentada o erigir una ciudad, consultaban oráculos y realizaban múltiples ceremonias siempre dedicadas a lo sutil, “a esos seres intangibles que todo lo pueblan y gobiernan”.

Extrañamente Meditrina solo se menciona en un texto de Festo, en que se hace referencia a las fiestas que se realizaban en su honor, consideradas como el epílogo de la vendimia. Según la Tradición, se bebía el vino nuevo y el vino viejo, pronunciando la fórmula “yo bebo el vino viejo, yo bebo el vino nuevo, y así me curo de las enfermedades viejas y de las enfermedades nuevas”, por lo que se consideraba una fiesta auspiciosa y sobre todo, relacionada con la fertilidad y la esperanza.

Según algunas corrientes escolásticas, el nombre de Meditrina se debía interpretar por Mederi, divinidad de la salud, a la que sucedió Salus, con una significación más bien política, siendo esta después reemplazada por Esculapio e Higia. No obstante, la influencia de Meditrina, como divinidad asociada a la salud y a la fuerza fisica se extiende más allá de la mera conmemoración de sus atributos en la fiesta anual: Según Antiguas Tradiciones Mágicas, Meditrina ( o Mederi ) se invocaba al comienzo y final de la Vendimia para dotar al fruto recién plantado y posteriormente sesgado, de caracteristicas mágicas: Eran estas uvas para confeccionar el vino que se consumiría durante las colaciones y libaciones rituales en diversas celebraciones del calendario religioso Romano. Era costumbre beberlo durante las fiestas de las Theseia (4 de Octubre), el ayuno de Ceres ( 6 de octubre ) y en la conmemoración privada del Mundus Patet ( 8 de noviembre ).

Esta celebración también marcaba el comienzo de las bacanales durante el cual se llevaban a cabo extraordinarias fiestas con excesos en todos los sentidos. En está temporada se hacía el acopio de las labores realizadas en el curso del año y se valoraban los esfuerzos ya realizados. Como había terminado la época de las cosechas surgía la necesidad de poner en la balanza las acciones pasadas. Adecuado para corregir y reconocer los errores.

Fuentes consultadas:

* Arthur Cotterell & Rachel Storm.The Ultimate Encyclopedia of Mythology. Alemania. 1999. (Traducción Libre)
* Keightley, Thomas,
The Fairy Mythology. Londres: H.O. Bohm. 1860.

Un laberíntico deseo.

En ocasiones siento que leer consume cada momento de mis largos insomnios hasta convertirlos en un rutilante pensamiento. Una idea creativa en sí misma. Me sumerjo en la lectura con el mismo ahínco con que escribo noche tras noche: un deseo irresoluto. Recuerdo que cuando era más jovencita sentía que leer podía darle sentido a esa idea inconcreta en medio de las largas horas de simple silencio. Es complicado estar despierta, por completo lúcida, mientras el mundo parece flotar lentamente en medio de un vacío venial. Sin embargo, al crecer, descubrí que esas horas de gracia tenían un significado propio, era como una ligera ventaja en medio del tiempo cotidiano, esa idea creacionista un poco brutal que nacia a despecho de mi propia renuncia. Podía dejarme llevar por mis pensamientos durante horas, o simplemente, elaborar cuidadosas analogias de mis formas más ambiguas de expresión. Cualquier idea es válida durante esas horas que me son tan intimas como una voz personal en medio de las sombras, alargandose en las paredes de mi habitación favorita, creando formas raquídeas, dandole sentido incluso a los rincones más inquietos de mi imaginación. Claro está, sin embargo que siempre han sido las palabras – siempre lo serán de hecho – la que otorgen sentido a esa grieta de valor en medio de la otredad personal. La sensación de la palabra, la textura del tiempo literario, caótico, instintivo. Una interpretación de una cosmovisión personal que tal vez carezca de ritmo verdadero. O tenga uno propio. No podría decirlo, en realidad.

De hecho, el ritmo de la palabra, del vértigo, de un totum revolutum sabio como enumeración caótica en prosa barroca (a mí que me fascinaban las de Borges, y resulta que las de Robert Burton no tienen nada que envidiarle), es una idea basicamente espiritual. En medio de mi vigilia – usual, perenne, tan común en mi mente como la curiosidad y el tiempo cenital – he llegado a definir la idea de un texto como con masa gravitatoria, capaz de atrapar en su órbita –precaria y extraviada y descompuesta– el cúmulo de sucesos que llenan la visión caótica del esteta. Siempre me ha producido perplejidad el modo promiscuo y abigarrado en que los hechos, las lecturas y los sueños tienen lugar, y la dificultad de este juego probablemente inútil (pero que es capaz de aliviar la tenue desesperación, ya lo decía Onetti) radica precisamente en eso, en perpetrar un concepto intimo donde la palabra sea el ábside de una connotación simbólica, sin el pudor al que ni los mismos hechos se atienen.

Una esperanza encantadora, sin duda, pero destinada a destruirse en el mismo instante en que la necesidad de la creación verbal asume la forma de un periplo nihilista. Bastante provocador por cierto, esa sencilla estructura de valores que se concatenan entre sí para darle sentido a la voz y a la letra, para crear ese lenguaje secreto que solo en nuestra mente tiene un sentido y un valor especifico. Mientras tanto, la palabra sigue ocupando ese lugar misterioso entre la razón y la irrealidad de la conjetura. Una sensación unánime, en medio de esa caústica idea de la cronologia carente de valor.

Como mi insomnio, esas horas huecas sin sentido, esa interpretación secular de la palabra tiene la impronta de una pequeña demencia en ciernes.

Probablemente, una diminuta grieta en el significado.

¿Quién podría decir algo más?

Los rostros de la Divinidad: Simbolismo: La Vaca sagrada.

La vaca, sagrada para la Diosa, es una legendaria fuente de riqueza y alimentos. Símbolo de sus derechos y soberanía, las reinas y Diosas Celtas guardaban celosamente sus rebaños. Al nacer, la Diosa Brigit es lavada y alimentada con la leche de una vaca sagrada. Las leyendas populares de Gales e Irlanda describen vacas de inagotable caudal de leche y del mundo de las hadas que dan un ternero cada año y leche a los pobres. La vaca de la Diosa representa la generosidad de espíritu.

Los más antiguos cuentos de Irlanda nos hablan de vacas de Otromundo cuyo inagotable suministro de leche es la envida de sus vecinos. Hace mucho tiempo, unas gentes con grandes poderes, conocidas como el “pueblo de la Diosa”, Los Tuatha Dé Danaan, habitaban Irlanda. Entre sus enemigos se encontraban los Fomorianos, una raza de demonios que habían abandonado Irlanda para vivir en Islas situadas más al norte. Su Rey podía echar mal de ojo: con una sola mirada sus enemigos caían muertos. Aunque tenía mucho ganado, envidaba a unos de los Tuatha Dé llamado Cian, la vaca maravillosa Glas Gainhleann, cuya leche nunca se agotaba y a la que su propietario vigilaba día y noche. Un día, Balor ve la oportunidad de apropiarse de la vada. Se transforma en un chico de Pelo rojo y engaña a ciam para que abandone el animal por un momento. Entonces Balor recupera su prppia naturaleza, se adueña de la vaca y se la lleva arrastrándola por la cola, atravesando el mar hasta la seguridad de su isla. El mito continua, pues ahora le toca a Cian robar la preciada vaca maravillosa.

En los primos tiempos, las familias se afanaban en tener un suministro de leche disponible para sostener la vida de todos los miembros y especialmente la de los recién nacidos. La esperanza de un suministro constante de leche se confiaba a las Diosas, pero sobre todo a Brigit, como mencioné en otra entrada. El festival de Brigit, celebrado el 1 de febrero, coincidiendo con el nacimiento de terneros y corderos, conmemoraba el final de la escasez del invierno y la llegada de la nueva leche de primavera. En enero cuando había poca leche y los jóvenes se quejaban, los viejos solían decirles que no quedaba mucho para que Brigit llegara con su vaca blanca. Las vacas y sus terneros recién nacidos estaban bajo la protección de Brigit:

El recién nacido siempre se ponóa bajo la protección de Brigit después del parto y antes de dejarla salir a pacer, se celebraba una especie de ceremonia a cargo del hombre y la mujer de la casa. Cuando uno se situabaa un lado de la vaca y pasaban tres veces unas tenazas con un carbón sobre los riñones y bajo las ubres, repitiendo al hacerlo, plegaras a santa Brígida. Cuando el carbón se apagaba lanzándolo en el desagüe del establo, y una cinta roja con carbonilla y un grano de sal se ataba a la cola del animal, se le salpicaba con una gota de agua bendita y se le llevaba con gran ceremonia a que se uniera con el resto del rebaño. El Spancel ( una herramienta de granja, usada para sujetar el hocico de la vaca ) y las tenazas se lanzaban las tenazas preveía las fortuna del lechero, y al tocar a la vaca con su viejo spancel la protegía de las hadas y los hechizos de toda clase”

En la tradición mágica Irlandesa, la vaca de Brigit se identificaba en ocasiones con la famosa vaca de los tiempo de hambre, cuyo inagotable suministro de leche no se acaba hasta que se la ordeña en un tamiz. Una historia galesa nos explica el mismo triste desenlace: Un buen día, una vaca multicolor – quizás una vaca mágica – aparece en los páramos de Denbigshire y todo el que se encuentra necesitado se aproxima a ella por su rico suministro de leche. Esto se prolonga durante mucho tiempo sin que la leche acabe. Finalmente, una mujer malvada la ordeña en una criba ( un tamiz grueso ) hasta que se acaba la leche. Inmediatamente, la vaca, bramando penosamente, desaparece bajo los aguas de un lado cercano.

Fuentes:

* Seamus O Catháin, The festival of Brigit: Celtic Goddess and Holy Wonman, Blackrock, Co. Dublín: DBA Publications, 1995.
* Jenkyn W. Thomas, The Welsh Fairy Book, Cardiff, Wales, University of Wales Press, 1995.
* Libro de las Sombras Helena.

La rutilante astucia.

Para la Tradición de Brujería que practica mi familia, Mercurio(1) es el Dios de la audacia, la sagacidad y el ingenio rápido. En su nombre, suelen llevarse a cabo rituales que tienen por objetivo concentrar la energía creativa en el ingenio, el pensamiento espontáneo y la audacia para llevar a cabo nuestras determinaciones. Uno de ellos es el siguiente:

Necesitarás:

4 velas rojas.
incienso de canela.
Un cuenco para quemar.
7 hojas de Laurel.

Disposición:

Coloca las velas de tal manera que formen un cuadrado cuyos vortices coincidan con los puntos cardinales. Sientante en el centro y coloca a tu izquierda el incienso de canela y a la derecha el cuenco para quemar con las 7 hojas de Laurel en su interior. Ahora cierra los ojos y toma varias profundas bocanadas de aire. Siente que todo tu cuerpo se relaja, reacciona a la forma lenta y pausada al respirar de esta manera. Relaja tus brazos y tus piernas, inclina tu cabeza hacia atrás y luego, expulsa el aire con lentitud. Ahora, comienza a encender la velas – comenzando por la que se encuentre frente a ti en el sentido de las agujas del reloj – mientras invocas:

“En nombre de la Diosa Blanca
Invoco el poder de mi voluntad
de mi instinto
y mi voz interior
para comprender
el conocimiento de mis sentidos
la fuerza de mi tiempo intimo
la convicción de razón
Así sea”

Enciende la segunda vela:

“Invoco a Mercurio, el mensajero de los Dioses
la fuerza presta y sagaz
para que mi mente se llene de fuerza y voluntad”

Ahora la tercera vela:

“Que sea el poder en mí
que sea la fuerza en mí
que sea la conciencia y la fortaleza
del tiempo y la compresión”

Por último, la cuarta vela:

“Crea poder en mí
crea fuerza en mí”

A continuación, enciende las hojas de Laurel. Cuando hayas conseguido un pequeño fuego, coloca tus manos alrededor, cuidando de no quemarte y cierra los ojos por un instante. Imagina que corres por un campo en flor, muy rapidamente, sintiendo la fortaleza de tus piernas, la fuerza que brota de tu agilidad y fortaleza física. Disfruta de la sensación del aire en tu rostro, la forma como la tierra se hunde bajo tus pies. Representa la escena con todo el realismo que seas capaz, recrea cada detalle con toda la fuerza de tu mente. Siente la libertad, la absoluta fortaleza que te proporciona la forma de energía que has creado.

Ahora, lentamente regresa a tu conciencia normal. Para completar la estructura mágica que has llevado a cabo, enciende el incienso de canela y permite que tu mente divage, mientras te llena la tranquilidad y el sutil bienestar fruto del ritual que has llevado a cabo. Si lo deseas, deja que el fuego de las hojas y las velas se consuma ante de culminar con el pase mágico que has realizado. Sino deseas hacerlo, apaga las velas una por una ( en el sentido contrario de las agujas del reloj ) diciendo:

“Que a través de Mercurio
la fuerza del tiempo y la conciencia esté en mí
Así sea”

Come y bebe algo para equilibrar la energía que has convocado mediante el ritual.

(1) Para la Tradición de Brujería que practica mi familia, hoy se llevan a cabo los rituales de Mercurio, como Señor de los nuevos caminos.

De la lujuria y otros demonios.

“La luz es un pretexto de la sombra”
“A veces Dios existe tan súbitamente…”
Un tranvía llamado Deseo.
Tennesse Williams.

En boca de la etérea y enloquecida Blanche DuBois, las frases anteriores tienen un sentido levemente perturbador. Nadie pensaría que “Un tranvia llamado deseo” puede ser una fuente de sabiduría erudita o espiritual, pero encuentro que tal vez Tenesse Williams intentaba recrear el concepto en medio de los devanes de un devoto amante de la intelectualidad y un coleccionista de abstracciones. Me conmueve por supuesto la sensación entre la zozobra y la mera esperanza con la que el escritor impregna su mundo literario, la pasión instintiva y brutal, llana y carente de matices. Pero quién sabe. Tal vez la emoción más profunda tenga un reducto real en medio de la cruda necesidad carnal, como lo demostró David Herbert Lawrence en su obra inmortal “El amante de Lady Chatterley”. Ah, sí, ese sabor perturbado y exquisito, el púlpito de las ideas instintivas naciendo de algún lugar particularmente sensible de la anatomía intelectual. Redoble de tambores, que se abran los cielos, Agatha delira un poco en medio de la cacofonía de algunas ideas levemente angustiosas sobre la lujuria. Vamos, hay muy poco de sensibilidad en medio de la narración de Herbert Lawrence, con su búsqueda del núcleo más intimo del sexo como lenguaje intimo – un poco vulgar, casi humilde, el placer por el placer, la idea de la sensualidad más allá del hedonismo – y la idea más amplia del deseo. Vuelvo entonces a la esencia de mi idea básica: ¿Puede esta brutal realidad, esta fuerza de tormentas darle sentido a algo tan abstracto como lo es la sexualidad humana? Un suspiro en la Oscuridad. Los ojos clavados en medio del pensamiento más concreto al respecto. ¿Alguna respuesta?

Ninguna todavía, claro está.

No obstante, quién sabe si aun desconocemos la ruta de las antiguas montañas donde habita la pasión más emotiva. Esa quimérica expresión de la carnalidad que al parecer solo existe en fragmentos de esperanza, en el tiempo literario más metódico. Como peregrinos yermos y poco esperanzados, recorremos el camino hacia el templo más alto de esa memoria idealista. Quizá escuchamos a Stanley gritando arrogante el nombre de Stella, o al rudo guardabosques que Lady Chatterley adora con locura zigzagueando para alcanzar la máxima iluminación. O solo somos nosotros, los profanos de la idea, un suspiro presuroso y calmo, avanzando con benedictina paciencia hacia la suavidad de la compresión y la virginal ausencia de toda expresión más allá de la natural e instintiva necesidad del olor de la piel de otro, la intimidad de una curva, la sensación de un beso secreto.

Ah, sí. El simple anhelo de los desesperados. Sonrío con cierta tristeza mientras comienzo a reeler el Trópico de Capricornio. Esperemos que una bofetada de Henry Miller me devuelva a la clásica, perenne y cristalina realidad.

Cé la vie.

La voz del Ópalo.

“En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, ¡pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que ser avaro con él!”
Charles Baudelaire – Consejo a los jóvenes literatos

Nunca he guardado rencores. En realidad, podríamos decir que soy una altruista bienintencionada, con cierta tendencia a un paradojico cínismo secular. No obstante, a pesar de ese precario equilibrio entre dos valores en apariencia paralelos, muchas veces sucumbo – no sin lamentarlo, claro – en una pequeña especulación tardía e irritada sobre mi misma. Inevitable, esta singular sensación de ira que experimento en medio de mis pequeños devaneos con el desastres, esas grietas de profunda confusión que me dejan hundida en una cualidad abstracta de mi pensamiento. Vaya, hablemos de una rabia ciega, de esa sensación de triste futilidad que me domina cuando mi percepción psíquica supera mi capacidad para comprender la realidad con cierta satisfacción. Los ojos cerrados, las sienes palpitantes de un miedo instintivo, imposible de disimular, ajeno a toda sofisticación. Los labios apretados, intentando contener el grito o quizás, algo más sutil, un mera condenación fútil a esta sensación de leve desesperanza que me atormenta y que probablemente me seguirá atormentando todos los días de mi vida.

¿Un pensamiento fatalista? No lo creo en realidad. De hecho, me considero razonablemente abierta a interpretar mi propios conceptos de una manera benigna. Nada de amarguras en este caso. Sin embargo, a veces me harto – así, llanamente – del rostro que miro al espejo, de esta sensación opalina de encontrarme en mitad de una racionalidad irreverente y un sincero miedo. De pie, con el corazón latiendome muy rápido – de hecho, tan rápido que por un instante me lleva esfuerzos respirar – continuo mirando el punto donde hasta hace pocos segundos, se distinguía con perfecto detalle, la silueta de un hombre. Traje oscuro, un rostro cansado, indiferente, la mirada mirando un mundo que probablemente no exista ya. Las manos abiertas, un gesto inconcreto. Irreal, desdibujado en medio del mundo de los colores y cosas que ya no puede ver, al que ya no pertenece. Retrocedo un paso, las uñas clavadas en las palmas de las manos y siento que de un momento a otro comenzaré a llorar y perderé todo control. Ah, sí, que fantasía cansina, ese consuelo leve de simplemente dejarme llevar por las lágrimas, la fresca sensación de juventud que la vulnerabilidad del sentimiento lleva aparejada. Pero nada sucede. Solamente continuo de pie, mirando la esquina vacía en silencio hasta que mi ritmo cardíaco comienza a normalizarse y una sensación hueca y agría me golpea como una bofetada. Con pasos torpes, intentó caminar, unirme a los transeúntes que me rodean, pero no lo logro. Alguien tropieza conmigo. Un rostro que me mira con cierta acritud. Casi puedo verme a través de sus ojos. Una mujer pálida, con los ojos húmedos rodeados de círculos oscuros. El cabello revuelta, las manos aferradas en un apretón casi excesivo. De nuevo la indiferencia y sigo allí, en medio de la calle mientras el rencor me llena, se hace una explosión que devasta todo pensamiento, toda emoción. Solo la ira, esta ira peligrosa y enloquecedora, esta sensación de frenética desazón. Me encuentro caminando a grandes zancadas por la calle, llevándome por delante a los peatones, empujándolos en algunos casos. Alguien me lanza un improperio. No me vuelvo a mirar. Una aguda jaqueca – blanca, serpenteante, exquisitamente real – me golpea y me deja sin aliento. Y la ira, siempre esta ira, de no comprender, de no saber con exactitud el sentido del temor, el verbo creador de esta visión que es una maldición en sí misma, una relámpago azul en medio del tiempo abstracto.

¿Por qué? una pregunta vana, simple, sin respuesta, tan vulgar. ¿Por qué está sensación de terror? ¿Por qué está creación profundamente visceral que me impide comprender el hecho natural en sí mismo? Quisiera liberarme finalmente de esta sofocante sensación de encontrarme perdida en mi misma, de no encontrar un momento de paz y tranquilidad en medio del tiempo curvo que forma la realidad, que le da forma a esta idea que llamamos normalidad. Pero no puedo, no hay respuestas, todo es absurdo. El miedo es puro, el miedo es tan mio como el sonido de mis jadeos, el fino hilo de sudor que se me desliza por la frente, los temblores helados que me recorren. Míos, mio en la impaciencia, en la angustia, en la nada frontal a la que me enfrento. Vasto y llano, la incongruencia, el detalle mínimo que me deja a solas, muda y débil, en medio de las sombras de la razón.

La temperatura parece aumentar en la calle, mientras corro, con todas mis fuerzas, escapando tal vez de ese silencio, de ese mutismo indiferente que parece manifestarse en todas direcciones. Ah, y este dolor, tan intimo, esta soledad tan abstracta, esta humilde angustia existencial. Tan joven en sí misma, tan tierna, recién nacida, siempre nueva, a pesar del tiempo y la experiencia. Finalmente siento que no puedo dar un paso más, que el corazón me estallará por la mera presión de la desesperación que me consume y entro en un restaurante, cualquier lugar en donde pueda pensar por un instante en paz. Un lugar pequeño, de mesas pequeñas y tímidas. Las sillas de plástico. Una soledad exquisita, como la seda. Me refugió en la taza de café espumoso, en su olor acre, mientras siento que recupero una frágil calma. Ah, sí, el bendito café, esa peñón de Gibaltrar en medio de la tormenta venial de mi mente.

Un sorbo. Lo paladeo casi con ternura. Comienza a llover. Disfruto del olor penetrante, de la mera sensación de exquisita ternura. Una pensamiento diminuto de aparente paz. Con los ojos cerrados, escucho el sonido metálico, que se ondula y crece en el silencio de una ciudad distante en mi imaginación. Me refugio en esa lenta tranquilidad que me envuelve, esa apacible resignación quizá.

Una voz agorera y cristalina de un momento irreal, onírico.

A veces imagino mi mente como una habitación que carece de puertas y ventanas. A solas, allí, inclinada en la oscuridad, escuchándome murmurar alguna elegía al desastre. Ah, que idea dramática, ¿No es así? No obstante, es una imagen tan real que a veces siento que me hundo en ella y la sensación es casi agradable, una quietud ultraterrena. Imagino ese salón hermético, y me dejo caer allí, piernas y brazos extendidos, respirando cada vez más lentamente, hasta que no soy nada, hasta que la mera conciencia de mi existencia se torna quebradiza. Entonces abro los ojos y el mundo parece agolparse a mi alrededor, violento y natural. Tiemblo un poco. El olor de la lluvia me satura los pulmones. Una agradable sensación de perdida me recorre. Soy y no soy. Y no obstante, me siento tan aferrada al hoy, al tiempo, a la vida, al dolor y la felicidad rutilante de encontrarme aquí, en esta silla vulgar, en una ciudad cualquiera, que deseo llorar. Abrumada, tan cansada que apenas me puedo mover, espero ese momento de silencio donde todo parece retomar sentido y darle forma a los árboles, las personas que me rodean, la calle, los colores, la densa sensación que todo es real y que el temor es solo un pensamiento brumoso. Una agora sin sentido, una intima lágrima solitaria.

Termino el café. El regusto amargo me llena de cierta idea de normalidad. Me peino el cabello con los dedos. Suspiro, camino hacia la calle – más allá del tiempo real – y echo a andar, a solas, en mi pequeña condena visceral.

Un tiempo raquídea, una simple orfandad de la razón.

La profunda belleza de la cotidianidad.

Vi esta pelicula siendo una niña. Tendría unos 11 o doce años a lo sumo y la recuerdo con especial cariño porque fue una de las primeras que disfruté en el pequeño ( y ahora destruido ) cine de la Previsora, el lugar por excelencia del cinéfilo independiente en la Caracas de principio de los noventa. Mi prima mayor, quién vivía por entonces lo que podríamos llamar una etapa Bohemia, la que me guiaba en los terrenos del buen cine. Uno de sus grandes aportes a mi memoria cinematográfica, fue desde luego, Marty de Delbert Mann.

No es una película perfecta, por supuesto, pero se te queda grabada en la memoria por muchas y diversas razones, tal vez la dirección sencilla, el manejo cuidadoso de la trama y un guión sensible, que pespuntea las emociones con todo cuidado, hasta lograr un leimotiv sumamente sentido y sencillo. Una obra maestra de los detalles sutiles. De hecho, toda la trama transcurre en dos y sin embargo, la forma de plantear la historia es tan Universal y espléndida que toca todo tipo de registros posibles: desde la melancolía de una vida carente de matices hasta la fuerza de un espíritu que aspira a algo más que la simple cotidianidad. Marty es un hombre de 34 años, con algo de peso y no muy agraciado, enormemente amable y cariñoso, que no tiene suerte en el amor. Sus sábados por la noche son de lo más rutinario, y su existencia se limita a trabajar en una carnicería y cuidar de su madre, con la que vive. Hasta que, casi por accidente, conoce a una mujer en su misma situación.

Delbert Mann ya había dirigido una versión para la televisión dos años antes, con Rod Steiger en el papel principal, y lo cierto es que la película tiene ciertos ecos televisivos, sobre todo en la técnica, muy típicos de la época. Recordemos que Mann fue ante todo un director de televisión, aunque su huella en la pantalla grande nos ha dejado grandes recuerdos, como el que nos ocupa, o la también increíble ‘Mesas Separadas’, de la que ya os hablé en su momento, y en la que también había ciertos tics televisivos. Lo que destaca sobre todo es la delicada sensibilidad del director a la hora de tratar un tema que podría haber caído en el más grande de los ridículos, o incluso en la manipulación en la que suelen caer este tipo de films. Pero no, nada de eso hay en ‘Marty’.

Ernest Borgnine crea un personaje inolvidable: Los diversos rostros de Marty, su evolución dentro de la historia, le da un peso y una textura tan real que muchas veces me sentí que espiaba desde algún punto remoto las discretas confidencias del epítome de la cotidianidad. La forma como cada emoción se plasma con absoluto realismo, sin exageraciones, sin grandes desbordes sentimentales, sino con una sutileza profundamente sentida, le da un dominio completo de todas las situaciones planteadas por el guión, incluso las más simples, que son resultas a través de recursos profundamente poderosos como una mirada, o un leve gesto del rostro del personaje. Toda sensibilidad, toda delicadeza, la película jamás se deja encasillar en un único patrón definido: aborda la tristeza con gran humor y la espiritualidad con un espíritu cotidiano casi llano. No obstante, todos los elementos se encuentran perfectamente equilibrados dentro de una idea única: Marty, como un rostro en medio del anonimato, recreando la vida resignada y magnifica de un alma atrapada dentro de una circunstancia amable y tal vez aplastante en su normalidad.

Lapieza tiene una importancia histórica dentro del cine americano por ser la primera vez que el realismo, por así llamarlo, hacía acto de presencia en un film de una forma tan poderosa, llegando a un nivel de naturalismo visiblemente patente, sin duda uno de sus grandes aciertos. Como también lo es su corta duración, poco más de hora y media, muy bien condensada, donde hay tiempo de sobra para hablar de todo: el primer amor, el rechazo del sexo puesto, los celos de los amigos, la protección de una madre, el agobio de una suegra, los problemas matrimoniales, y sobre todo, el darse cuenta o no de cuándo la felicidad llama a tu puerta, y a pesar de lo que te digan, maldigan o bendigan, debes abrir esa puerta sin importarte nada más.

Cada vez que veo esta pelicula, me encanta imaginar a Marty, con todos sus pequeñas manías de soltero cuarentón, sentandose junto al teléfono esperando la llamada de a esa mujer que representa todos los descubrimientos, un rostro nuevo de la vida que parecía no tenía nada más que ofrecerle. La campanilla sonará y la noche se llenará de significados. Levantará la bocina, sonreirá y con ese pequeño gesto se enfrentará al temor, al tiempo enervante y a la idea sencilla que intentó atraparlo en un momento del que escapará, con la decisión de encontrar un significado, un lugar en medio de su propio espiritu.

Tal vez, simplemente decidirá ser feliz.

Los rostros de la Divinidad: Simbolismo. El oso.

El oso salvaje de los bosques está intimamente unido a la Diosa celta Artio, cuyo nombre significa Oso. Artio, la Diosa Oso de los Celtas de la Galia, se nos presenta como ferozmente protectora, como la osa Madre que protege a los Oseznos. Defiende a los osos del peligro y a los humanos de los Osos. En conformidad con estas características, Artio personifica la vigilancia divina y la protección para los reinos animal y humano. En los asuntos más mundanos, su relación transmite un sentido de seguridad, comodidad y bienestar.

Artio era la Diosa oso de los Celtas de Suiza y el valle de Mosela en el período celtorromano. Retiene la calma y el comportamiento tranquilo de la Diosa Madre, así como la característica de dar frutos a sus suplicantes, pero Artio, son embargo, es una fiera protectora. Disfruta de algo parecido a una doble identidad, al ser la guardiana de los Osos y de las criaturas salvajes del bosque y también la protectora de la sagrada caza.

Como una Osa madre que protege a sus Oseznos, Artio defendía a animales y humanos por igual. Ferozmente leal, era venerada por los celtas a causa de la protección que brindaba contra las fuerzas salvajes de la naturaleza y, por extensión, frente a los enemigos. Cazadoras y guerreras propiciaban sus intervenciones. Cuando se enfadaba era agresiva y dominante. Enfurecida como una madre Osa que protege a su Prole en los tiempos de peligro, los celtas se sentían más seguros bajo su dominio.

Las fieras cualidades de Artio recuerdan a la faceta de “Madre territorial” de las Diosas de la Vieja Europa de los Balcanes que nos explica Marija Gimbatas (6500-3500 a.C) El carácter sobrenatural puede ser un vestigio de cuando las Diosas eran adoradas como las fuerzas primigenias de la naturaleza que presidian la vida, la regeneración y la muerte. Mientras la mitología celta abunda en historias de Diosas y reinas de particular fiereza, la evidencia arqueológica de la presencia de Artio ( u otras Diosas ferozmente dominantes) es muy escasa. Una pequeña estatua de bronce encontrada cerca de Berna, Suiza, representa una Artio real sosteniendo fruta ante la figura de un Oso que parece estar saludándole. Aparece entre ellos una intima conexión, como si se les equiparara en fuerza y ferocidad y se les considerara igualmente divinos.

Es por este motivo, que Artio o en su defecto el Oso, es considerado un símbolo de fuerza femenina, de la agresividad y la fuerza del espíritu protector femenino. Se le adjudican también atributos de fortaleza y poder físico, aunque no necesariamente relacionados con la violencia o la agresión, sino con la capacidad para la defensa de los formas más elementales que crean el concepto territorial. En resumen: Artio y su extrapolación metafórica son la huella conceptual de la eterna necesidad del hombre de delimitar el espacio físico e intelectual a través de su voluntad.

Fuentes:

* Marija Gimbatus. The Goddesses and Gods of the old Europe: Myths and Cult images. Berkeley / Los Angeles: University of California Press, 1982,196.
* Mirada Green. Celtic Goddesses: Warriors, Virgins and Mothers, Nueva York. 1995.
* Rosemarie Anderson. El Oráculo Celta. Ediciones Oceano Ambar. 1999. España.
* Libro de las Sombra de Victoria.

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