Archive for agosto, 2007

La voz de la esperanza.

En este día, el color rosa toma un nuevo sentido, se convierte en un simbolo de fuerza y lucha. Una voz que se alza para llevar la alegría y la esperanza a númerosas mujeres alrededor del mundo.

Desde hoy y hasta el domingo, se lleva a cabo en el mundo entero una magnifica iniciativa: El Fin de semana de prevención de cáncer de seno. En una iniciativa que ha trascendido fronteras y se ha extendido a númerosos países, asociaciones médicas han logrado despertar la conciencia de millones de mujeres, en busca que la prevención les ayude a salvar su vida y a recobrar las esperanzas. Empresas de la envergadura de Avon y Revlon se han unido en campañas de información y concientización, con la intención que la comunidad femenina más expuesta a la probabilidad de sufrir este padecimiento, pueda obtener las armas para luchar contra ella. Una necesidad que se hace cada vez más urgente, a la vista de las estadisticas que reflejan el alarmante aumento de la incidencia de la enfermedad, incluso en grupos que hasta hace varias décadas, se consideraban fuera del espectro del diagnóstico.

Sin embargo, actualmente se ha comprobado que todas las mujeres estamos expuesta al riesgo de padecer, lo que ha hecho que la prevención del cáncer de seno se convierta en una prioridad de la salud femenina en el mundo. La OMS, ha enviado un alerta clinico donde se le solicita a los Ginecologos alrededor del mundo, que insten a sus pacientes a concurrir a las consultas anuales con puntual regularidad. Este encomio se ha hecho una voz urgente en muchos países, donde existen dificultades para su diagnóstico, debido a la ausencia de medios consecuentes y necesarios para llevar a cabo los examenes pertinentes.

Un riesgo silencioso:

El cáncer de seno es un asesino discreto. Los sintomas no se manifiestan hasta que el cuadro clinico se encuentra en un punto crítico. Por ese motivo, el autoexamen de seno es esencial para un diagnóstico oportuno que permita efectuar los tratamientos a tiempo. Como indiqué antes, las probabilidades de sufrir de cáncer mamario aumentan con la edad y aproximadamente el 80% de cáncer mamario aparece de los 50 años en adelante. Es más frecuente en mujeres cuyas madres o hermanas han presentado cáncer de seno. La menarquia (primera menstruación) temprana , la menopausia tardía, el no haber lactado, el no tener hijos o haberlos tenido tardíamente son factores predisponentes. Sin embargo, el 70% de mujeres con cáncer mamario no están incluida dentro de estos grupos.

Es importante por tanto, conocer los principales síntomas de las enfermedad, para que así sea posible no solo una prevención adecuada sino también, un tratamiento efectivo que pueda asegurar la supervivencia de la paciente.

Los sintomatologia más frecuente de la enfermedad es la siguiente:

* Dolor en uno o ambos senos
* Masa o tumoraciones en el seno
* Retracción del pezón
* Expulsión de sangre por el pezón
* Expulsión de líquido por el pezón cuando no se está en el período de lactancia o durante el embarazo
* Importante diferencia de tamaño entre ambos senos
* Enrojecimiento o cambios en la piel del seno
* Inflamación debajo de una o ambas axilas
* Rápido aumento de tamaño de uno o ambos senos
* Aumento de temperatura de uno o ambos senos

Es muy importante que toda mujer que presente síntomas mamarios se practique un buen examen mamario, siendo el ideal la ecografía en color pues no produce radiación, es más precisa y sensible que la mamografía, es indolora y puede repetirse sin riesgo alguno.

Frecuentemente las enfermedades mamarias se asocian a problemas de los ovarios por lo que es indispensable también la adecuada valoración ecográfica de los ovarios siempre que aparecen problemas mamarios. Se ha encontrado además una relación genética entre el cáncer ovárico y el de seno. Los tumores de hipófisis suelen producir excreción de leche por el pezón.

La Ecografía Mamaria en Color el mejor medio diagnóstico para las enfermedades mamarias gracias a su sensibilidad del 99.8%, muy superior al 17% de los mejores medios diagnósticos mamarios convencionales.

Como el peligro que existe es tan alto, se recomienda que las mujeres de treinta y cinco años o menores se hagan la mamografía una vez al año, y las mayores cada seis meses. Además de este control, es importante que todas las mujeres se estén revisando periódicamente los pechos, para ver si hay algún bulto, pelota, mancha, o cambio de tamaño que pueda indicar la presencia del cáncer. En este caso, urge que acudas donde un médico.

Una historia de Valor:

El día en que Soraya Lamilla murió, escuché la noticia en una emisora radial mientras conducía hacia mi casa. Incredula, creí que se trataba de un error. Me parecía imposible que una mujer tan joven, llena de vida hubiera sucumbido a un flajelo, que muy irresponsablemente tal vez, imaginaba lejano y abstracto. No podría decir que esa fue la primera vez en que pensé en mi mortalidad, pero el hecho en si, me hizo meditar con más atención sobre mis prioridades médicas y el hecho que muchas veces, había sido negligente con respecto al cuidado de mi salud ginecologica e integral. Al día siguiente, visité a mi ginecologo luego de muchos meses de ausencia.

Tal vez, esta toma de conciencia es el mejor legado que deja esta gran mujer en la cotidianidad que abandonó demasiado pronto.

Soraya Lamilla gustaba de presentarse como “una colombiana que nació en un lugar equivocado pero que sacó el mejor partido de dos culturas.” Vino al mundo en Nueva Jersey (1969) y su carrera musical se caracterizó por evolucionar desde un pop convencional hacia una música colorista, que iba asimilando la herencia rítmica de Colombia, donde grabó su último disco, El otro lado de mí. Igualmente, peleó por imponer sus criterios sonoros y terminó autoproduciéndose. Todo lo hizo con urgencia: su abuela, su madre y otras mujeres de su familia habían sucumbido ante el cáncer de mama, enfermedad que a ella le fue diagnosticada en el año 2000 y que creyó superar. No fue así: el miércoles 10 de mayo, con 37 años, fallecía en Florida.

Se estrenó en 1996, grabando para Universal, donde editó el triunfal En esta noche (más su versión en inglés, On nights like this). En la misma compañía sacó Torre de marfil (1997) y Cuerpo y alma (2000), que tuvieron un menor impacto. Tras someterse a tratamiento, descontenta con las limitaciones impuestas por la compañía, saltó a EMI en 2003, donde volvió a triunfar con Soraya que ganó un Grammy latino en la categoría de canción de autor y El otro lado de mí (2005).

Durante esta época, Soraya organizó su vida por tercios. Según ella, dividía su tiempo entre su carrera, su vida privada y sus esfuerzos para concienciar a las mujeres hispanas sobre la prevención del cáncer de mama. Portavoz de la Fundación Susan G. Komen Contra el Cáncer del Seno, rama latina de la Susan G. Komen Breast Cancer Foundation, Soraya aprovechó la popularidad de canciones como De repente o Llévame para introducirse en los grandes medios en español de Estados Unidos y hablar de su causa. Sabía que era difícil “tratar un tema tan complicado como lo es el cáncer de seno en un mundo en el que la belleza superficial reina”, pero insistió.

En su sitio de Internet se despidió así de sus seguidores: “Sé que hay muchas preguntas sin respuestas, que la esperanza no se va conmigo y, sobre todo, que mi misión no termina con mi historia física. Es por esto que durante estos últimos meses he dedicado mis energías a escribir, línea tras línea, respuestas a esas posibles preguntas. Con el paso del tiempo, estas líneas se convirtieron en páginas, y éstas, a su vez, han formado un libro. Un libro lleno de experiencias consistentes y llenas de sinceridad. Un libro que, al igual que mi música y mi misión, no sería más que un mensaje sin destino si no tuviera el apoyo de ustedes”.

Una lamentable perdida, que sin embargo, despertó muchas conciencias.

¿Deseas información?

Sí quieres conocer la forma de participar activamente en la lucha contra el cáncer de mamá, visita: http://www.thebreastcancersite.com/clickToGive/home.faces?siteId=2 y consulta las asociaciones y grupos en tu comunidad que te permitan realizar una acción afirmativa para la divulgación de los métodos de diágnostico y prevención del cáncer mamario.

Es probable, que gracias a tu esfuerzo puedas salvar la vida de alguien…o quizá, la tuya.

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Otra visión de la genialidad.

Hace poco, tuve la oportunidad de ver – gracias a la magia del canal por cable – uno de los títulos menos conocidos del gran F.W. Murnau, director entre otras joyas, de ‘El Último’ o ‘Amanecer’, y que dejó una impresionante obra como legado para el séptimo arte. Si no fuera por un fatídico accidente de coche en 1931, es muy probable que Murnau siguiese desarrollando su labor pero esta vez dentro del cine sonoro.

‘La Tierra en Llamas’, film inédito para gran parte del público cinéfilo, fue la película que el director alemán realizó justo antes de su archifamosa ‘Nosferatu’, film que por cierto, sigue poniendo los pelos de punta casi 90 años después de su estreno. En ella se narra la historia de un granjero que muere deseando que sus dos hijos continuen trabajando la tierra que tanto amó en vida. Uno de ellos cumplirá su deseo, pero el otro, de carácter más ambicioso, se irá y conocerá a la hija de un importante Conde, a la que cortejará, cambiando enseguida de obejtivo cuando se entera de que la mujer del Conde, mucho más joven que su marido, es la única heredera de una tierra que posee petróleo, algo que muy pocos saben.

Sin ningún tipo de prejuicios con las relaciones amorosas del protagonista y de lo que es capaz de hacer para conseguir dinero, Murnau nos estampa una historia realmente escandalosa para la época, y que aún hoy conserva parte de su fuerza. Y lo hace sobre todo, vistiendo el film con ciera aureola fantástica, dándonos la sensación de que estamos ante algo irreal, casi onírico, y con una atmósfera rozando lo terrorífico, una de las especialidades del director. Por otro lado argumentalmente el film está totalmente alejado de cualquier atisbo de fantasía, y hace hincapie en ese personaje que no está de acuerdo con su condición de campesino, porque piensa que ha nacido para ser otra cosa en la vida. Sin embargo, la película nos recuerda, a través de él, que jamás debemos olvidar quiénes somos, nuestros orígenes, y que el amor por la tierra en la que has nacido y trabajas, puede ir mucho más allá de lo meramente material. En definitiva, Murnau nos habla de las raíces y de los lazos que nos unen a las mismas.

Tal vez la historia tarde un poco en arrancar, en presentar sus cartas, con un inicio no demasiado alentador, pero poco a poco va cobrando interés, gracias al excelente ritmo que Murnau le imprime al relato y los matices que éste va desarrollando con sus múltiples lecturas. Digamos que la película gana en calidad según va avanzando, hasta llegar a una parte final dramática y llena de fuerza, con una gran carga poética. Con ella avanza, por así decirlo, el trabajo fotográfico del film, el cual va cambiando considerablemente según se va torciendo la historia. Y en esta segunda mitad, dicho trabajo está realizado por el también director Karl Freund, que realizó trabajos de forografía para prestigiosos directores en aquellos años, y que por otro lado será recordado por su contribución al cine de terror con la magistral ‘La Momia’. El trabajo de Freund en ‘La Tierra en Llamas’ es simplemente sensacional, consiguiendo momentos visualmente impresionantes.

Una película estupenda, inolvidable, llena de momentos cinematograficos meticulosamente perfectos, que otorgan a la obra de Murnau, una nueva dimensión y una textura novedosa de la que su obra posterior, tal vez careció por completo.

Otra visión de la genialidad.

Hace poco, tuve la oportunidad de ver – gracias a la magia del canal por cable – uno de los títulos menos conocidos del gran F.W. Murnau, director entre otras joyas, de ‘El Último’ o ‘Amanecer’, y que dejó una impresionante obra como legado para el séptimo arte. Si no fuera por un fatídico accidente de coche en 1931, es muy probable que Murnau siguiese desarrollando su labor pero esta vez dentro del cine sonoro.

‘La Tierra en Llamas’, film inédito para gran parte del público cinéfilo, fue la película que el director alemán realizó justo antes de su archifamosa ‘Nosferatu’, film que por cierto, sigue poniendo los pelos de punta casi 90 años después de su estreno. En ella se narra la historia de un granjero que muere deseando que sus dos hijos continuen trabajando la tierra que tanto amó en vida. Uno de ellos cumplirá su deseo, pero el otro, de carácter más ambicioso, se irá y conocerá a la hija de un importante Conde, a la que cortejará, cambiando enseguida de obejtivo cuando se entera de que la mujer del Conde, mucho más joven que su marido, es la única heredera de una tierra que posee petróleo, algo que muy pocos saben.

Sin ningún tipo de prejuicios con las relaciones amorosas del protagonista y de lo que es capaz de hacer para conseguir dinero, Murnau nos estampa una historia realmente escandalosa para la época, y que aún hoy conserva parte de su fuerza. Y lo hace sobre todo, vistiendo el film con ciera aureola fantástica, dándonos la sensación de que estamos ante algo irreal, casi onírico, y con una atmósfera rozando lo terrorífico, una de las especialidades del director. Por otro lado argumentalmente el film está totalmente alejado de cualquier atisbo de fantasía, y hace hincapie en ese personaje que no está de acuerdo con su condición de campesino, porque piensa que ha nacido para ser otra cosa en la vida. Sin embargo, la película nos recuerda, a través de él, que jamás debemos olvidar quiénes somos, nuestros orígenes, y que el amor por la tierra en la que has nacido y trabajas, puede ir mucho más allá de lo meramente material. En definitiva, Murnau nos habla de las raíces y de los lazos que nos unen a las mismas.

Tal vez la historia tarde un poco en arrancar, en presentar sus cartas, con un inicio no demasiado alentador, pero poco a poco va cobrando interés, gracias al excelente ritmo que Murnau le imprime al relato y los matices que éste va desarrollando con sus múltiples lecturas. Digamos que la película gana en calidad según va avanzando, hasta llegar a una parte final dramática y llena de fuerza, con una gran carga poética. Con ella avanza, por así decirlo, el trabajo fotográfico del film, el cual va cambiando considerablemente según se va torciendo la historia. Y en esta segunda mitad, dicho trabajo está realizado por el también director Karl Freund, que realizó trabajos de forografía para prestigiosos directores en aquellos años, y que por otro lado será recordado por su contribución al cine de terror con la magistral ‘La Momia’. El trabajo de Freund en ‘La Tierra en Llamas’ es simplemente sensacional, consiguiendo momentos visualmente impresionantes.

Una película estupenda, inolvidable, llena de momentos cinematograficos meticulosamente perfectos, que otorgan a la obra de Murnau, una nueva dimensión y una textura novedosa de la que su obra posterior, tal vez careció por completo.

El fruto de la divinidad.

Cada seis años, el día 31 de agosto, tiene lugar el Festival del Ardh Kumbh (vasija) Mela, que se celebra en la ciudad de Allahabad, donde confluyen tres importantes ríos sagrados para los hindúes: el Yamuna, el Ganges y el Saraswati. Según la tradición hindú, en este punto cayó néctar procedente de las manos de los dioses.

Cuentan que dioses y demonios acordaron hace miles de años compartir néctar sagrado, pero los demonios robaron la vasija que lo contenía y comenzó entre ambos bandos una batalla de 12 días, durante la cual se derramó parte del néctar sobre cuatro enclaves de la India: Prayag, Haridwar, Ujjain y Nashik.

Se cree que Ardh Kumba, coincide con un momento astrológico propicio, ya que se da cuando el Sol entra en el Trópico de Capricornio.

En esta concentración de carácter religioso, millones de peregrinos toman baños sagrados para lavar sus pecados: Los peregrinos y ‘kalpavasis’ (penitentes), guardan un mes de penitencia y ayuno. Además de los baños de purificación, se investiga sobre las raíces familiares, con la ayuda de grupos que mantienen registros genealógicos escritos de las gentes que acuden a la festividad desde hace siglos.

Durante los 45 días en que se celebra el Ardh Kumbh Mela, hay seis días que son particularmente auspiciosos para la purificación. El primero de ellos es el día 24 de agosto, en el cual se celebra en despertar espiritual a través del contacto de las aguas sagradas.

A lo largo de las siete semanas de festividades, más de 50 millones de hindúes transitarán por este enclave sagrado.

El verbo y el tiempo en mi voz.

Una de mis pinturas favorita pertenece al perenne genio de Zurbarán. Lleva por nombre Naturaleza muerta con naranjas, limones y una rosa, y fue pintado alrededor del año 1633. Actualmente se encuentra en Norton Simon Museum of Art, en Pasadena.

Se abren los cuarterones de las ventanas en una habitación y de pronto las cosas más sencillas que en ella reposan –una bolsa de muaré, el cristal de las copas, el color tostado de unas yemas– revelan un esplendor pequeño y tranquilo que silenciosamente se ofrece al mundo. Como si esas habitaciones en las que entra la luz fuesen una imagen de lo que la palabra puede albergar y cómo, aparecen en ellas los objetos desnudos y atenidos a sus líneas esenciales. Una callada presencia suficiente: las cosas recogidas con su secreto, pero sinceras y disponibles a la vista del que las quiera ver.

Una obra sencilla, tal vez reposada. Un página tal vez un poco deslucida del arte universal. No obstante, suelo aferrarme a esas imagenes y otras por el estilo, cuando simplemente la cotidianidad se rompe en dos y me encuentro aislada en mi propia disyuntiva moral, un temor inquietante, el deseo criptico de darle sentido a la experiencia. Simple miedo. Paralizada, las sienes palpitandome dolorosamente, veo la silueta por un instante, el contorno borroso de lo que fue un ser humano. Permanezco alli, de pie entre la multitud que deambula a mi alrededor, anonima, levemente indiferente mientras la imagen de la mujer – ¿es una mujer verdad? – de cabello claro y traje oscuro parece flotar, superpuesta sobre el tapiz de la realidad. La observo, los segundos transcurren espantosamente lentos. El latido de mi corazón se hace insoportable, un sonido inabarcable a la razón. Pero la silueta continua allí, cada vez más clara. Los rasgos más visibles. Sí, una mujer, al comienzo de la veintena. Las facciones de una joven, no más allá de la veintena. Los ojos no me miran – nunca lo hacen – sino que parecen fijos en una idea intrascendente, por completo desvinculada del aquí y del ahora. Delgada, ropas en arapos. Tal vez una de esas almas humildes que mueren de frio y hambre en las calles de mi ciudad. Retrocedo un paso, temblando por entero. Aprieto contra mi pecho el libro que he estado leyendo apenas una hora antes en el vagón del subterraneo – ¿hace tan poco tiempo que estuve envuelta por la simple normalidad? -. Quisiera correr, gritar, tal vez sollozar, pero no puedo hacerlo, petrificada. Una gota de sudor me resbala por la frente. Pero sigo mirandola, con una cierta fascinación enfermiza, mientras la imagen se hace tan clara que por un momento – solo una grieta aciaga en la imagen de una ciudad mortecina en medio del caos cotidianiano – se vuelve indistinguible de entre el mar de transeuntes que le rodean, que caminan de un lado a otro, ajenos a la pequeña catrastrofe de su muerte, al simple dolor del olvido. Pero es una impresión muy corta. Desvió la mirada y de pronto, la pequeña – ¿debería decir la enorme paradoja? – me arranca un gemido de pánico. No, la mujer ya no está alli. No hay nada más que un rescoldo de la calle, lleno de basura y pantano. Aprieto los labios. No quiero llorar, deseo olvidar, deseo…simplemente hundirme en una paz plomiza y engañosa.

Cierro los ojos por un momento. Zulbarán, sí, en toda su cristalina belleza. Ese instante robado a la simplicidad. Tan lleno de ternura, tan vehemente, existe solo para mí. Las ráfagas de temor se desvanencen con lentitud. El latido del corazón se hace de nuevo acompasado. No obstante, me recorren escalofrios febriles. Me vuelvo, echo a andar por la calle. Algunos transeuntes se vuelven a mirarme, me estudian con atención. ¿Me encuentro muy pálido? ¿Los temblores que me recorren son demasiado evidentes? No podría decirlo. No puedo pensar en nada más que la sensación de vacio, del tiempo perdido, la cronologia eterna. Esta grieta magnifica y diminuta en el devenir de mis pensamientos. Suspiro, me seco el sudor de la frente, regreso sobre mis pasos.

Un dilema perenne, tan pequeño y triste. Una solemne pesadumbre. Un dolor más allá de la razón.

Una quimera entre dos vertientes indiferentes.

Un eco de espejos en mi conciencia, más allá de mi propia convicción.

El verbo y el tiempo en mi voz.

Una de mis pinturas favorita pertenece al perenne genio de Zurbarán. Lleva por nombre Naturaleza muerta con naranjas, limones y una rosa, y fue pintado alrededor del año 1633. Actualmente se encuentra en Norton Simon Museum of Art, en Pasadena.

Se abren los cuarterones de las ventanas en una habitación y de pronto las cosas más sencillas que en ella reposan –una bolsa de muaré, el cristal de las copas, el color tostado de unas yemas– revelan un esplendor pequeño y tranquilo que silenciosamente se ofrece al mundo. Como si esas habitaciones en las que entra la luz fuesen una imagen de lo que la palabra puede albergar y cómo, aparecen en ellas los objetos desnudos y atenidos a sus líneas esenciales. Una callada presencia suficiente: las cosas recogidas con su secreto, pero sinceras y disponibles a la vista del que las quiera ver.

Una obra sencilla, tal vez reposada. Un página tal vez un poco deslucida del arte universal. No obstante, suelo aferrarme a esas imagenes y otras por el estilo, cuando simplemente la cotidianidad se rompe en dos y me encuentro aislada en mi propia disyuntiva moral, un temor inquietante, el deseo criptico de darle sentido a la experiencia. Simple miedo. Paralizada, las sienes palpitandome dolorosamente, veo la silueta por un instante, el contorno borroso de lo que fue un ser humano. Permanezco alli, de pie entre la multitud que deambula a mi alrededor, anonima, levemente indiferente mientras la imagen de la mujer – ¿es una mujer verdad? – de cabello claro y traje oscuro parece flotar, superpuesta sobre el tapiz de la realidad. La observo, los segundos transcurren espantosamente lentos. El latido de mi corazón se hace insoportable, un sonido inabarcable a la razón. Pero la silueta continua allí, cada vez más clara. Los rasgos más visibles. Sí, una mujer, al comienzo de la veintena. Las facciones de una joven, no más allá de la veintena. Los ojos no me miran – nunca lo hacen – sino que parecen fijos en una idea intrascendente, por completo desvinculada del aquí y del ahora. Delgada, ropas en arapos. Tal vez una de esas almas humildes que mueren de frio y hambre en las calles de mi ciudad. Retrocedo un paso, temblando por entero. Aprieto contra mi pecho el libro que he estado leyendo apenas una hora antes en el vagón del subterraneo – ¿hace tan poco tiempo que estuve envuelta por la simple normalidad? -. Quisiera correr, gritar, tal vez sollozar, pero no puedo hacerlo, petrificada. Una gota de sudor me resbala por la frente. Pero sigo mirandola, con una cierta fascinación enfermiza, mientras la imagen se hace tan clara que por un momento – solo una grieta aciaga en la imagen de una ciudad mortecina en medio del caos cotidianiano – se vuelve indistinguible de entre el mar de transeuntes que le rodean, que caminan de un lado a otro, ajenos a la pequeña catrastrofe de su muerte, al simple dolor del olvido. Pero es una impresión muy corta. Desvió la mirada y de pronto, la pequeña – ¿debería decir la enorme paradoja? – me arranca un gemido de pánico. No, la mujer ya no está alli. No hay nada más que un rescoldo de la calle, lleno de basura y pantano. Aprieto los labios. No quiero llorar, deseo olvidar, deseo…simplemente hundirme en una paz plomiza y engañosa.

Cierro los ojos por un momento. Zulbarán, sí, en toda su cristalina belleza. Ese instante robado a la simplicidad. Tan lleno de ternura, tan vehemente, existe solo para mí. Las ráfagas de temor se desvanencen con lentitud. El latido del corazón se hace de nuevo acompasado. No obstante, me recorren escalofrios febriles. Me vuelvo, echo a andar por la calle. Algunos transeuntes se vuelven a mirarme, me estudian con atención. ¿Me encuentro muy pálido? ¿Los temblores que me recorren son demasiado evidentes? No podría decirlo. No puedo pensar en nada más que la sensación de vacio, del tiempo perdido, la cronologia eterna. Esta grieta magnifica y diminuta en el devenir de mis pensamientos. Suspiro, me seco el sudor de la frente, regreso sobre mis pasos.

Un dilema perenne, tan pequeño y triste. Una solemne pesadumbre. Un dolor más allá de la razón.

Una quimera entre dos vertientes indiferentes.

Un eco de espejos en mi conciencia, más allá de mi propia convicción.

El rostro de la edad dorada.

Siempre he sentido una enorme fascinación por la visión histórica de Elizabeth I de Inglaterra, la Reina de temple impasible y magnifica inteligencia. La considero una espléndida exponente del del poder de la astucia y el conocimiento, sobre los elementos bárbaros que eran comunes e inevitables en el mundo medieval. Sin duda, uno de los personajes más enigmáticos de quienes forman la larga visión dioclesiana – encabezada por los Tudor – que han formado la linea monarquica Inglesa. No obstante alrededor de la figura de la llamada “Reina Virgen” se han tejido las más disimiles teorías, en donde su dimensión historica se ve distorcionada por una inevitable idealización o demonización de los conceptos que dieron forma a la época convulsa y bárbara durante la cual reinó.

Al escuchar el término ‘época isabelina’ de inmediato viene a nuestra mente William Shakespeare. Al mismo tiempo aparece ante nosotros el retrato de una soberana inglesa de tez pálida, amarillenta y cabello anaranjado; ataviada con vestidos llenos de bordados de oro en complicadísimos diseños. El cine ha ayudado a dar vida a este personaje, Elizabeth I, dentro de nuestra imaginación. Primero con una acartonada, mandona y déspota reina personificada por Bette Davies en The Virgen Queen en donde la reina parece haber sido directamente recortada de los cuadros contemporáneos.

Más cercana a nosotros, y no por la época, sino por el retrato más íntimo del personaje, tenemos a Cate Blanchett en el papel inolvidable de Elizabeth al momento de su accesión al trono de Inglaterra tras la muerte de Mary I (Bloody Mary) en la película Elizabeth. En estas dos películas existe, solamente por mención, el personaje de Mary Stuart, Queen of Scots. Sin embargo, ella se alza históricamente con la misma magnificencia que Elizabeth. Y si Elizabeth permanece intocable por su misterioso halo de virginidad (no en vano se le decía The Virgen Queen); Mary Stuart se eleva de entre los mártires al haber muerto bajo el hacha del verdugo, permaneciendo imperturbable hasta el final.

Aquí los seguidores se dividen. Por lo general, se pertenece a los ‘simpatizantes’ de Mary Stuart o a los de Elizabeth. Para unos Mary es mártir y Elizabeth verdugo; para otros, Mary supo como conducirse hasta el final para ‘quedar bien a los ojos de la historia’ y Elizabeth sufrió en lo más profundo de su corazón por haber tenido que firmar la sentencia de muerte de su prima hermana. Lo que si es cierto e indiscutible es la fascinación que ejercen ambos personajes. Al estar frente a frente ante los retratos de ambos personajes en la National Portrait Gallery de Londres uno comprende que la realeza era, en ese entonces (y tal vez aún), algo más que joyas y telas finísimas. El retrato de Elizabeth contemporáneo a su coronación hace, con los ojos de la reina que parecen atravesar tiempo y espacio para hacerle a uno sentir que los fríos y silenciosos pasillos de la National Portrait Gallery, son, tal vez, los de aquel entonces poco iluminados, húmedos y silenciosos pasillos de la residencia real de Elizabeth I. Ante ese retrato, es el instinto el que hace que el espectador casi doble la rodilla automáticamente y desvíe la mirada de aquella monarca a la que no se le podía ver a los ojos. La Virgen Queen, sosteniendo el orbe y el cetro en cada una de sus manos, con sus labios apretados y sus facciones retratadas aún en estilo medieval, nos da a entender que con quien ella se ha casado es con Inglaterra, convirtiendo éste matrimonio en la forma más sabia de conservar el trono junto con su vida en aquellos tiempos tan difíciles teñidos de violencia.

Su virginidad será un misterio, como siempre sucede con toda clase de conducta sexual distinta a la de las mayorías; hay miles de especulaciones que van desde simple esterilidad hasta supuestas malformaciones físicas. (Podría, también haber sido una elección meramente personal de Elizabeth.) Lo que si es seguro es que Elizabeth prefirió ser reina a ser esposa o madre. Muchos no comprendían esto. A Mary Stuart le parecía aberrante. Mary se acerca mucho más al prototipo de la heroína romántica que al de reina o princesa. Apasionada hasta el último espectro de su alma fue víctima de sus propios arranques, se enmarañó con los tejidos creados por su propio corazón y murió por comprometerse con pruebas en un complot en contra de Elizabeth.

Stephen Zweig escribió una maravillosa biografía de esta mujer apasionada. El resultado es un libro capaz de explicar el corazón de esta reina escocesa cuya cabeza terminó separada de tajo. Juzgada en vida por sus contemporáneos por sus flaquezas emocionales, por pensar con el corazón y no con la cabeza; pasó a ser una ilustre mártir, casi partidaria a santa. ¿Cómo logró esto? Zweig propone muy bien: Mary decide morir dignamente, sabe que la historia recordará el 8 de Febrero de 1587 en Fotheringay como el día en que cayó una mártir. Preparó todo con tal exactitud y cálculo, que ni siquiera el primer hachazo, fallido e incapaz de arrancarle la vida a Mary, hicieron que perdiera compostura. Siglos más tarde, la fascinación por esta escena de entereza sería recreada en cuadros, novelas, películas y hasta parodias de televisión. (Incluso se cree que Shakespeare basó su Macbeth en la primera tragedia de Mary, cuando su segundo esposo, Lord Henry Darnley, fue brutalmente asesinado al parecer con consentimiento de ella.)

Siglos después, lectores y estudiosos siguen cayendo ante el encanto de la Reina Mártir. Aunque se supone que es una biografía acerca de Elizabeth, Hillaire Belloc no puede ocultar su afinidad, afecto, admiración y devoción hacia Mary cuando toca el tema. Incapaz de penetrar en el corazón de Elizabeth con el pretexto de que retrata solamente las circunstancias –cosa que hace de maravilla, recomiendo ese libro si desea introducirse en la cuestión política y religiosa de la época- se impone una barrera que nunca lo deja rozar un solo dedo de la monarca inglesa. Sin embargo, a Belloc le falta poco para arrodillarse con Mary en el patíbulo para también perder, por el catolicismo, la cabeza.

Al parecer en octubre de este año se estrenará la secuela de Elizabeth, titulada The Golden Age, con Cate Blanchett de nuevo al trono, junto con Samantha Morton como Mary Queen of Scots. Para nuestro deleite, una vez más contemplaremos la eterna rivalidad entre estas dos mujeres, quienes, irónicamente, descansan en paz lado a lado en Westminster Abbey.

La expresión del tiempo interior: la expresión personal del ritual.

Antiguamente, se pensaba que no podía existir una estructura mágica definida sin un vestuario especial y no había ritual sin que la bruja adquiera una apariencia fisica especial para entrar en sintonía con los dioses o espíritus. De esta creencia deriva, las reminicencias actuales de llevar determinadas joyas y ropas especificas para ciertos rituales religiosos y sobre todo, la formula ritualistica que propugna la idea de crear a partir de los instrumentos mágicos, una comunicación eficiente con la energía que nos rodea.

Por supuesto, bajo esta premisa, debemos distinguir entre los ritos o ceremonias en los que el oficiante debe actualmente desnudo de aquellos en los que lo hace ataviado con ropaje o vestido especial. En el primer caso, la desnudez solía representar la vulnerabilidad ante los dioses o los seres superiores. En la actualidad se ha interpretado como una forma de estar en contacto más directo con la naturaleza. No obstante, para la Tradición de Brujeria que practica mi familia, la razón tiene más relación con la primera hipótesis.

Al respecto de la desnudez observamos que a veces es disimulada con tatuajes o pinturas. No debemos confundirnos, en estos casos el oficiante se está “vistiendo” aunque no lo haga con prendas. Dicho de otro modo se está transformando en otro ser, como lo hace cuando se pone una serie de ropajes. En la actualidad los tatuajes no son más que una moda, una forma de distinguirnos del resto de las personas, una forma de marcar nuestro carácter, idiosincracia o tendencia tribal dentro de un mundo absolutamente urbanizado. En otros tiempos los tatuajes formaron parte de las ceremonias litúrgicas y de los rituales. De hecho, la acción de someterse a un tatuaje ya era de por sí la celebración de un ritual

No sabemos en qué momento el ser humano comienza a tatuarse, pero gracias a un hallazgo muy relevante acontencido en el Tirol en 1991, sabemos que algunos de nuestros antepasados del neolítico ya se tatuaban la piel. El hallazgo al que me refiero es el de Otzi, un hombre “de las nieves” congelado que tenía la rodilla y la espalda tatuada. Se trataba de un cazador que quizá tenía una serie de marcas en el cuerpo para protegerse ceremonialmente de las fieras que pudo encontrar a su paso.

Otro ejemplo antiguo de tatuaje ceremonial lo vemos en la sacertodiza egipcia denominada Amuet, con una antiguedad datada en el 2200 antes de nuestra era. Al parecer Amuet era adoradora de la diosa de la fertilidad Hathor y cuando fue encontrada representaba todo su cuerpo tatuado con líneas.

Las culturas antiguas veían en el tatuaje una forma de belleza, pero también una forma de magia. Asi mientras que para los egipcios el tatuaje de la mujer era un signo erótico, en el hombre demostraba principios de madurez y valentía, era algo así como decir que había pasado un ritual de tránsito de su vida y que había dejado de ser un niño o un adolescente para pasar a convertirse en un hombre.

Otro ejemplo del uso de los tatuajes ceremoniales y litúrgicos lo vemos en los indígenas sudamericanos en las actuales Colombia, Brasil, Bolivia y Argentina. En aquellos lugares recurrían a pintar su piel con el objetivo de no sólo dirigirse a sus deidades o espíritus familiares, sino también para protegerse de las energías negativas. Ya más al norte, vemos que los nativos americanos utilizaban el tatuaje en sus rituales de paso y que de nuevo se pintaban el rostro o tatuaban las manos y la espalda en determinado tipo de ceremonias.

La diferencia sutil entre estar vestido o no para un ritual estriba en la transformación en dejar de ser un hombre o una mujer, para convertirse en vehículo de la energía universal. Cuando el Chaman viste sus pieles, la túnica de poder que ha heredadoi de sus antepasados o pinta su rostro, está efectuando un ritual previso. Es como si llevase a cabo una liturgia dentro de otra más global. El primer ritual pues del brujo, es dejar de ser un ser humano para convertirse en un vehículo apropiado para la comunicación con las energías universales con las cuales pretende tener contacto.

La túnica o el vestido que se emplea en la ceremonia tiene todavía otra finalidad que va más allá de la transformación: pretende aislar al ser del exterior. En el momento que el cuerpo deñ oficiante es ataviado con pinturas o ropajes se está convirtiendo en un espacio sagrado, en un cuerpo sagrado que permanece imperturbable y que está en sintonía con la ceremonia que posteriormente llevará a cabo. Por otra parte la túnica o el vestido ceremonial variará dentro de un mismo culto en función de la naturaleza que tenga el rito. De esta forma observamos que se emplearán tonalidades más agresivas como el rojo o el amarillo y el naraja en los rituales de petición vinculados con lo material, mientras que se recurrirá a colores como el azul, blanco o liliáceo en aquellas ceremonias que requieren una mayor atención sobre aspectos espirituales.

La expresión del tiempo interior: la expresión personal del ritual.

Antiguamente, se pensaba que no podía existir una estructura mágica definida sin un vestuario especial y no había ritual sin que la bruja adquiera una apariencia fisica especial para entrar en sintonía con los dioses o espíritus. De esta creencia deriva, las reminicencias actuales de llevar determinadas joyas y ropas especificas para ciertos rituales religiosos y sobre todo, la formula ritualistica que propugna la idea de crear a partir de los instrumentos mágicos, una comunicación eficiente con la energía que nos rodea.

Por supuesto, bajo esta premisa, debemos distinguir entre los ritos o ceremonias en los que el oficiante debe actualmente desnudo de aquellos en los que lo hace ataviado con ropaje o vestido especial. En el primer caso, la desnudez solía representar la vulnerabilidad ante los dioses o los seres superiores. En la actualidad se ha interpretado como una forma de estar en contacto más directo con la naturaleza. No obstante, para la Tradición de Brujeria que practica mi familia, la razón tiene más relación con la primera hipótesis.

Al respecto de la desnudez observamos que a veces es disimulada con tatuajes o pinturas. No debemos confundirnos, en estos casos el oficiante se está “vistiendo” aunque no lo haga con prendas. Dicho de otro modo se está transformando en otro ser, como lo hace cuando se pone una serie de ropajes. En la actualidad los tatuajes no son más que una moda, una forma de distinguirnos del resto de las personas, una forma de marcar nuestro carácter, idiosincracia o tendencia tribal dentro de un mundo absolutamente urbanizado. En otros tiempos los tatuajes formaron parte de las ceremonias litúrgicas y de los rituales. De hecho, la acción de someterse a un tatuaje ya era de por sí la celebración de un ritual

No sabemos en qué momento el ser humano comienza a tatuarse, pero gracias a un hallazgo muy relevante acontencido en el Tirol en 1991, sabemos que algunos de nuestros antepasados del neolítico ya se tatuaban la piel. El hallazgo al que me refiero es el de Otzi, un hombre “de las nieves” congelado que tenía la rodilla y la espalda tatuada. Se trataba de un cazador que quizá tenía una serie de marcas en el cuerpo para protegerse ceremonialmente de las fieras que pudo encontrar a su paso.

Otro ejemplo antiguo de tatuaje ceremonial lo vemos en la sacertodiza egipcia denominada Amuet, con una antiguedad datada en el 2200 antes de nuestra era. Al parecer Amuet era adoradora de la diosa de la fertilidad Hathor y cuando fue encontrada representaba todo su cuerpo tatuado con líneas.

Las culturas antiguas veían en el tatuaje una forma de belleza, pero también una forma de magia. Asi mientras que para los egipcios el tatuaje de la mujer era un signo erótico, en el hombre demostraba principios de madurez y valentía, era algo así como decir que había pasado un ritual de tránsito de su vida y que había dejado de ser un niño o un adolescente para pasar a convertirse en un hombre.

Otro ejemplo del uso de los tatuajes ceremoniales y litúrgicos lo vemos en los indígenas sudamericanos en las actuales Colombia, Brasil, Bolivia y Argentina. En aquellos lugares recurrían a pintar su piel con el objetivo de no sólo dirigirse a sus deidades o espíritus familiares, sino también para protegerse de las energías negativas. Ya más al norte, vemos que los nativos americanos utilizaban el tatuaje en sus rituales de paso y que de nuevo se pintaban el rostro o tatuaban las manos y la espalda en determinado tipo de ceremonias.

La diferencia sutil entre estar vestido o no para un ritual estriba en la transformación en dejar de ser un hombre o una mujer, para convertirse en vehículo de la energía universal. Cuando el Chaman viste sus pieles, la túnica de poder que ha heredadoi de sus antepasados o pinta su rostro, está efectuando un ritual previso. Es como si llevase a cabo una liturgia dentro de otra más global. El primer ritual pues del brujo, es dejar de ser un ser humano para convertirse en un vehículo apropiado para la comunicación con las energías universales con las cuales pretende tener contacto.

La túnica o el vestido que se emplea en la ceremonia tiene todavía otra finalidad que va más allá de la transformación: pretende aislar al ser del exterior. En el momento que el cuerpo deñ oficiante es ataviado con pinturas o ropajes se está convirtiendo en un espacio sagrado, en un cuerpo sagrado que permanece imperturbable y que está en sintonía con la ceremonia que posteriormente llevará a cabo. Por otra parte la túnica o el vestido ceremonial variará dentro de un mismo culto en función de la naturaleza que tenga el rito. De esta forma observamos que se emplearán tonalidades más agresivas como el rojo o el amarillo y el naraja en los rituales de petición vinculados con lo material, mientras que se recurrirá a colores como el azul, blanco o liliáceo en aquellas ceremonias que requieren una mayor atención sobre aspectos espirituales.

La primitiva e inocente conciencia.

Tomando e el deporte inventado por Wordsworth (ese de convertir la infancia en mito biográfico bajo el que refugiarse cuando la vida viene de canto) en un axioma personal, vuelvo a mis primeras fotografias y escritos – irregulares, recién nacidas, puras en su simple y dolorosa ternura- que por alguna razón desconocida, han aparecido en uno de los libros de las Sombras de mi abuela. Digamos que fui una niña un poco transtornada, sí, siempre estremecida por temores y una necesidad agotadora de compresión. Precoz tal vez, determinada a recorrer a solas – una intransigente vena de minima autosuficiencia – un derrotero falaz. Encerrada en las palabras y las imagenes, profundamente obsesionada con cada trozo de tiempo que podía atesorar para no olvidarme a mi misma. Mis primeros textos tenian una cadencia nerviosa y un poco nervuda: largas parrafadas que intentaban fragmentar el mundo meticulosamente. Nada podía escapar a las palabras, la realidad era susceptible de convertirte en una narración anecdótica, cuyo unico objetivo era reflejarse en si misma. Ah, pero como siempre el genio se encontraba al limite de una joven locura: una explosiva remeniscencia, la feroz voracidad de quién ha descubierto un camino para expresar el fuego que le aturde y le devora. Cuadernos enteros manuscritos, hojas llenas de trozos inconcretos de una infinita narración sin resolución, una libre interpretación de lo que para mí era la idea de un universo perpendicular: Ser fuente de pura belleza. ¿Y que decir de mis primeras fotografias? Rudimentarias, retazos de realidad uniforme extraídos de aqui y de allá. Un paisaje borroso, las almenas de una Iglesia cualquiera, un zapato roto, los colores del atardecer. Y rostros, siempre rostros, arrugas, expresiones ajenas, ojos entrecerrados, temorosos, una nariz fruncida, labios sonrientes, algunos apretados. Las sombras de un árbol, grandes reflejos de luz alzandose hacia el cielo, el sabor de una taza de café, humeante aun, en una mesa cualquiera. El poderoso mundo visual y conceptual –lírico, irónico, tortuoso– que guiaba la mano al fotografiar.

Una cristal devoto, una mano temblorosa en busca de la forma de creación más rudimentaria. El nacimiento de un sueño personal, más alla de la voz intima y el deseo más profundo e irrevocable.

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