En fuego de Dioses.

Últimamente he tenido tiempo de analizar mi vida desde una perspectiva totalmente distinta: una coexión de valores sincréticos y simbólicos unidos bajo la idea común un concepto escolástico. Creo que mi reclusión voluntaria en el laberintico jardin de mi castillo de la memoria donde yacen mis ideas, me ha permitido ver cuando he cambiado en los últimos años y en que ha consistido ese cambio. He paladeado con cuidado esas sutiles muescas en el camino de mi cronologia personal: desde la niña solitaria y severa, hasta la adolescente pesarosa y cansada. Luego, la mujer joven libre y soterrada, en busca de su lugar bajo el sol. Pienso que el crecimiento es un proceso netamente intelectual: el incontable ciclo de horas y pensamientos que se manifiesta a través de recuerdos, de voces en el tiempo, de rostros que se desdibujan lentamente en la memoria.

Recuerdo que a los quince años memoricé este poema de H. Leivik y poco después, se convirtió en un simbolo de esa caótica puesta escena de lo que fue mi paso por edades de mi intelectualidad:

Soy tu padre, tu padre de fuego;
soy tu madre, tu madre de fuego;
tu padre que te judaizara en el fuego;
tu madre que te amamantara con fuego.
Recuerdas tu cuna colgante de cuerdas de fuego,
en una pequeña choza, hace mucho, al estallar el fuego;
recuerdas el aletear de las cuerdas en fuego
hasta alcanzar el techo con fuego;
recuerdas como te atrapamos en el fuego
y echamos a correr contigo entre el fuego:
huíamos del fuego, por el fuego, al fuego.
Ahora venimos de nuevo a estrecharte al fuego,
a cubrirte de nuevo con pañales de fuego,
a alzarte otra vez, conducirte entre el fuego
del fuego, por el fuego, al fuego.

Uhmmm, sí, la llama caústica de una cantar indolente y vacilante. Sí, sí, este miedo, que luego se convirtió en la sombra de la duda, en el críptico laberinto de mil noches sin otra luna que mi ambición desesperada por la determinación última.

Inconclusa – un fragmento de razón inevitable tal vez – esa vertiente desesperada de comprensión, de tolerancia con mis ideas más intimas y proclives al razonamiento y al análisis. Pero ¿donde quedan el resto de mis voces?, ¿ese reflejo de la niña que veía caricaturas con el mismo embeleso que leía filosofia sin entender demasiado bien el sentido más profundo de su necesidad de creación? Tal vez en ningun lugar de mi memoria o en todos a la vez.

Un canto místico, siniestro, en mi mente. Un temblor insorportable, un anhelo más allá de todo control.

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2 comentarios »

  1. Sator Said:

    Por intención ó por azar las mitades de tu cara en ésta foto en particular parecen disociadas. Tu lado derecho -a la izquierda del espectador- es la de una mujer con un poder de seducción enorme, mientras que el otro refleja pesadumbre ó ensimismamiento. Que terrible dualidad, ¿ó es el espectador que el que la proyecta?

  2. Deirge Said:

    Gracias por tomarte la molestia de encontrar el juego de luces y significados Sator. De hecho, fue mi intención. La fotografia se llama: “sueño en dos voces” e intenté crear una sensación que había dos mujeres en mí, dos formas de mirar la realidad. La bruja y la mujer. El tiempo y el desconcierto.

    Un beso, Sator.


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