Archive for abril 28, 2007

Pluma de plata.

El mes de floración terminó. Miro por la ventana, abstraída por la textura lenta y orgullosa del día que muwew. Que dignas son las noches, con sus párpados cerrados, sus pupilas inmensas y su boca cerrada. Me gusta palpar la agonía del día, la manera como la minutos caen en la tierra firme y plena. ¡Ah, que maravilla es la carne de los meses, los años que vuelan lejos!

Tomo mi pluma y comienzo a escribir. Las palabras se extienden ilimitadas por la hoja de papel, creando mundos y ciudades. Los rostros se levantan desde las habitaciones de mi castillo de la memoria y bocas que nunca existieron, pronuncian palabras sabias. Hablo por mis manos, siempre ha sido así. Lo invisible en mí es atractivo, quiero que las ideas floten en las cúpula transparente de mi cabeza. Escribo, con los dientes apretados, las sienes palpitantes de sudor. Escribo, creo, he de parir imágenes y vuelcos de las frases más conocidas. Dolorido esta el vientre de mi imaginación. He tenido una erección de pura creatividad.

Los ojos se me llenan de lagrimas de emoción. Caballos de cristal corren por entre las frases y palabras. Mundos lejanos y diáfanos se arremolinan en torno a la página medio llena. Cada párrafo es un universo cuantico, espléndido e insustituible. Quiero expresar la vida, quiero crear la vida más allá de la semilla y la carne fértil. Porque mi cualidad de mujer es única e inimitable. Y me libero de los prejuicios y las cadenas para gritar mi nombre y mi realidad. Soy mujer, pero a la vez no soy nada sin mi página, mi idea, mi lápiz, mis dedos traviesos. Corrientes lúdicas me atraviesan con cada simetría de la abstracción.

El mundo palpita y oscila a mi alrededor. ¡No existe!. Solo veo el universo de conceptos creados en torno a una idea, el arrogante anhelo de mi alma de irradiar este fuego divino que explota en mi pecho. Me inclino sobre la hoja de papel, aprieto los dientes para no gemir de placer. Erótica, cruda, la intimidad de este diálogo con mi propia alma, esta determinación mía de conversar con el silencio abierto de mis venas desesperadas. Recorro lagos de quietud, lejana de los misterios, cercanos de los secretos. Sí, en la caída dramática de esta mirada brillante y hambrienta de palabras y concreción. Las palabras son la expresión, son el mundo. El mundo es comprensible porque habla para mí, porque yo traduzco su esencia entre líneas austeras. Sí, la vida es simplemente este, el desgarrado y helado abismo que solo puede ser saciado a través de este arte maldito.

Amapolas perversas se abren antes mis ojos. Observo la noche, bebo su aire. Mi piel agresiva busca su propia complacencia. Y mis dedos siguen hablando, cantan, gritan, se extienden, se abren, se rompen. Las palabras son la medida de esta fuerza: nacen y lloran, ríen y matan. Caen, se desgranan. Una torre de Babel se eleva por encima de cualquier consideración humana. El ejercicio de la creación es tirano, titánico, implacable. ¿Lo buscas en mí? Yo lo he encontrado. Sigo en mi tarea, los pies de mi ideas corren sin cesar hacía la culminación de la implacable sed. ¡Bebo del pozo de las advertencias no escuchadas! ¡Quiero, soy, vivo, muero!

Tan pulcra, tan transparente como un espíritu. Trasciendo, floto sobre el cuerpo caliente donde vivo. No puedo aferrarme a él, porque la literatura es más cruda y efervescente que cualquier vicio, todos lo vicios que encierra el submundo maldito. Sí, la droga más potente y abrasiva. La bebida más suculenta y nociva. Pero mi alma se retuerce desesperadamente, bebiendo de las gotas benditas de este anhelo absurdo y simple. Escribo, escribo, las ideas son mi descanso y mi arrebato.

Mis instintos están ebrios. Cansada, dolorida, pero satisfecha, miro la página. El mundo perfecto, la ciudad utópica. Mi mente posee ahora su voz. La volcánica explosión ha dado como fruto la vida, no la muerte. Mi cuerpo se sacude, sudoroso. La carnalidad de mi deseo es indudable. Suspiro, descanso, gozo enormemente de éxtasis orgásmico que me recorre. Los ojos de pupilas dilatadas. La boca entreabierta y jadeante. El lápiz, el falo de un arcángel entre las oquedades de mi incisiva integridad.

Aplastante, quiero lo que era, busco lo que soy.

Una escritora.

Nada más quiero ser.

El mundo corre diferente a través de mis ojos. Recostada en mi cama, mirando los campos verdes, pesadillas ignotas de un demonio durmiente, imagino las piedras levantándose para hablar, los árboles moviéndose para crear escenarios que solo existen en mi mente. Me hundo en mi colchón, dormido mi cuerpo, despierta mi mente. Las manos aferradas a las sábanas húmedas. No puedo dejar de pensar, de colorear el mundo con mi mano diestra. Incluso en mis sueños, se deslizan las historias, cosidas a lejanas inquietantes, mal formadas aun. Pero la gestación comienza a avanzar. Veo el color. Veo el amor. El odio. El temor. Una sensación, una emoción.

Aguas ardientes me cubren. Un lenguaje encendido brilla en la oscuridad de mis párpados cerrados. Veo deslizarse lentamente la abstracción desnudas, cañas al mar. Una lluvia cálida, lenta y deseosa se desliza por paisajes monumentales. La escena comienza a cobrar corporeidad y sentido. Se delinea, toma vida.

Y tiemblo de placer, solo de sentir su advenimiento a la realidad. Espero y sufro por la impaciencia. ¿Dónde está la luz del día?. No hay sueños para mí, solo pasajes de escritura. Pienso, existo, sin matices, sin sentido. Solo tiene sentidos los pensamientos entrecruzados a través de un espacio enorme, que soy yo misma. Levanto las manos en la oscuridad, casi puedo palpar lo que nace, lo que se condensa a partir de mí. No hay pulcritud en ella, no hay verdadera belleza. Pero como un bebé nacido de mi sangre y mi sudor cansino, se forma en mi seno, se adhiere a mí. Bebe mi carne, aspira mi aliento. Las líneas del mundo se recrea en si mismo. Sí, existo, soy en la palabra, en la letra. Soy una de ellas.

Mujer.

Criaturas se abren paso en la oscuridad de la nada. Yo les he dado corporeidad. Sí, aquí están, casi puedo verlas. Un rostro, un cuerpo, una voluntad. Están, son reales. El milagro perenne, el viejo dialecto muerto ahora vivo otra vez. Palabras, palabras, siempre palabras. ¡No deseo más que acogerme a vuestros brazos, dejarme llevar por el olor claro de un deseo insustituible y venial!

Me derramo, soy una emblema enorme y caótico. Busco, encuentro. A veces pierdo y la indignación se condesa en mí como lagrimas. Finalmente, huyo de mi lecho de durmiente y busco mi hoja y mi lápiz, llave y cerco de mi desesperación. Las sienes me palpitan, todo mi cuerpo se llena de sangre de fuego. Sí, hablo en voces lentas y necias. La sencillez es casi absurda, la respuesta casi siniestra.

Pinto la boca antigua, hablo dialectos muertos y vivos. Me tiro del cabello, respiro con avidez el aire viciado. Las murallas del mundo nuevo se levantan a mi alrededor. ¿Quién eres sino yo? ¿Quién soy sino este deseo? Las manos se abren para recibir el fuego, se entremezclan, se diluyen. Las palabras, mis palabras. ¿Son mías realmente? ¿Están allí más allá de mi memoria? Lo deseo, lo busco, lo delimito. Insustituible, errante, fáctico.

Sin aliento, corro a la ventana. Las hojas caen. Crean arco iris sin colores en el aire invisible de la noche. Veo la forma, veo la uniformidad. La tierra se abre virgen para recibirlas. Una caricia tierna y plena. Suspiro, mis labios palpan la belleza, casi pueden degustarla.
Afuera, la exquisita oscilación del mundo es casi notoria. Los troncos de los árboles son montañas creadas por mi creación, los higos de la higuera del patio se expanden, se elevan, son venas y manos, pies y pasos. Quiero llevarlos hacía la página abierta, desnuda. Brillante, eléctrica, la enorme virulencia de una energía imparable. Encuentro mis ideas desperdigadas por doquier. Las recojo, las levanto, las guardo en mi oscilante pretensión. Todos quieren conocer los secretos, muy pocos acceden a ellos. Oculto los fragmentos de universo que quiero crear. ¡soy un dios, creo vida a partir de la nada! Mis letras son el génesis de una historia, de una vitalidad desbordante y torpe.

Las narraciones son enormes, todas ellas se entrelazan entre sí. Eternidad, búsqueda. Mis dedos son la matriz de la vida fecundada por la inteligencia y la probidad. Trastornada por la armonía, más allá del orden mundano y comprensible. Cada escritor, cada pensante es en si un fenómeno divino, irreducible y monstruoso. Todos responden al canto ensordecedor desde las páginas del un libro, la hoja en blanco, el reducto último de la fantasía. Un profundo flujo plata se desliza hasta la gran Diosa de la creatividad, altares inhumanos, fuentes de carnal e impaciente parvedad.

Escribo, escribo. Las palabras son cada vez más altas y punzantes. La fuerza brota de mí imparable, una meditación errática que sin embargo conserva su coherencia. Las líneas se alzan imponentes y mi mano describe su esencia, abre la ventana a un viento ensordecedor en donde se enredan todos los sentimiento y encantos de un mundo inalcanzable para todos, cercano para mí. Mi mundo. La respiración se hace rítmica, en busca de su vertiente única. Sí, aquí estas. El viento golpea mis cabellos, mis pasos persiguen la rítmica candencia que quiero encontrar.

Vivo, en las palabras.

Deseo, por la idea viva y planificada.

Escribo, siento. Un merodeador entre las sombras de mi mente, soy.

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Un desvaido secreto.

Henry Hathaway fue una especie de pionero en la utilización del semidocumental para contar una historia ficticia, partiendo de hechos reales. Algo así a lo que en el cine moderno hicieron gente como Oliver Stone en la grandísima ‘J.F.K.’, o Paul Greengrass en la igual de grande ‘United 93’, por poner dos ejemplos conocidos, y al mismo tiempo, un poco distintos entre sí. Hathaway causó una gran impresión en 1945 cuando estrenó ‘La Casa de la Calle 92’, la cual fue rodada en su mayor parte en los mismos lugares en los que sucedieron parte de los hechos narrados en la película. Su estilo realista influiría en otros grandes directores, como por ejemplo, Jules Dassin en su laureada ‘La Ciudad Desnuda’, y el propio Hathaway volvería sobre sus propios pasos algunos años más tarde, en la impresionante ‘Yo Creo en Ti’.

‘La Casa de la Calle 92’ narra, un poco cansinamente, cómo un agente doble del FBI, se infiltra en una célula de espionaje alemana, para intentar recuperar unos impostantes secretos sobre la fabricación de la bomba atómica. Antes de que sea desenmascarado, nuestro protagonista, aparte de lograr eso deberá averiguar la identidad de un personaje llamado Christopher, que se supone es el jefe de los espías alemanes.

Sin embargo, y a pesar de todas las excelencias de Hathaway como director, que sin duda habría que tratarlo como a uno de los grandes, para el que esto suscribe, esta película es una ligera decepción, y muy alejada de los mejores trabajos de su director. A pesar del evidente interés de la historia, sobre todo en lo que respecta a la identidad de cierto personaje, bastante bien construído todo eso. Pero en el hecho de querer resultar realista, la película se pasa un poco. Me explico, sus primeros minutos son una puesta al día del funcionamiento del FBI, con una narración en off, que se repite a lo largo de todo el film, y que llega a resultar un poco cargante, no dejando en ningún momento que la película termine de despegar. Asistimos obligatoriamente a un sinfin de datos y hechos, que en cierto modo, no nos importan demasiado, porque al fin y al cabo, muchos de ellos no resultan relevantes en el argumento del film. Quedan bien como datos históricos, el saber nunca está de más, como se suele decir, pero estamos viendo un película.

Por otro lado, y en ese afán realista, prácticamente todo está filmado en los mismos lugares donde aconteció todo, lo cual le da un mayor verismo a la historia, y muchos de los que salen en pantalla son verdaderos agentes del FBI, lo cual choca bastante con los verdaderos actores de la película, algunos de los cuales están magníficos, sobre todo los secundarios, donde cabe resaltar a Lloyd Nolan, como uno de los jefes del protagonista, o a Leo G. Carroll como un carismático agente enemigo. Sin embargo, no todo el reparto está a la altura, sobre todo su protagonista principal, William Eythe, un actor poco conocido, y supongo que precisamente por eso escogido para el papel, rehuyendo de caras conocidas para intensificar el realismo, y el espectador no se distraiga con la presencia de una estrella. Hasta ahí, perfecto, pero esto se paga caro, ya que el actor es totalmente inexpresivo, y está bastante soso. A su lado, Signe Hasso, actriz de una belleza particular, pero que aquí resulta demasiado fría y distante.

Una película correcta, realizada con mucha profesionalidad, pero que viniendo de quien viene cabría esperar muchísimo más, y es que parece mentira que éste sea el mismo realizador de grandiosos títulos como ‘Sueño de Amor Eterno’ o ‘El Beso de la Muerte’. La película acaba de transmitirse en nuestro país por TNC de direct tv, y se retransmitirá en los proximos días, por si alguien quiere echarle un vistazo.

La flor del deseo.

Los Juegos Florales o Floralia (Latín: Ludi Florensei) fueron instaurados en la antigua Roma se celebran del 28 de abril al 3 de mayo. Están dedicados a la diosa Flora. Su celebración es anual desde 173 a.C. Estos juegos, como otros juegos romanos, tenían un origen religioso, aunque posteriormente tomó un significado civil y por último, muy distante de su original sentido.

Aunque la práctica de la prostitución era conocida en Roma, la institución de las Floralia, se considera el acontecimiento que popularizó la actividad. El origen mítico de la fiesta señala que Flora, habiéndose vuelto rica por el ejercicio de la prostitución, decidió declarar al pueblo de Roma como su heredero y destinó su fortuna a la celebración de los juegos florales en el día de su cumpleaños. Durante la festividad todo tipo de exceso estaba permitido. Las prostitutas, que eran las grandes protagonistas, gritaban obscenidades, se arrancaban la ropa y actuaban como mimos frente a la multitud. La popularidad de la fiesta fue en aumento y en el 184 a.C. Catón, el censor, en su campaña contra el lujo y la corrupción, fue incapaz de prohibirla y sólo logró que las partes de mayor desenfreno se realicen sin su presencia.

El fuego Purificador.

En la mitología griega, Hestia(1) (en griego antiguo Ἑστία Hestía) es la diosa del hogar, o más apropiadamente, del fuego que da calor y vida a los hogares. Su culto se asemejaba a la escita Tabiti, y su equivalente romana sería la diosa Vesta, aunque el culto romano a ésta difería bastante del de los griegos.

Por lo general, se reconoce a Hestia como una de las más antiguas personificaciones del hogar. Los narradores de mitos la hacen descendiente de Rea y Cronos, es su hija mayor.

Los más afamados mitógrafos explican que la diosa Hestia alcanza su plena significación cuando su simbolismo se hace extenso al propio centro de la tierra. En este sentido, ciertos narradores clásicos afirman de la citada hija de Rea y Cronos que es la más fiel personificación del fuego que arde en las entrañas más profundas de la tierra, las cuales coinciden con su centro mismo. De ahí que, en ocasiones, se la compare con el “omfalos” u “ombligo del mundo”. Una leyenda que pasaba de generación en generación, mostraba a Delfos como único centro del mundo. Y éste era el lugar ocupado por Hestia; había sido el poderoso Zeus quien así lo determinara, pues las dos águilas que lanzara desde el oriente y el occidente de la tierra se habían encontrado precisamente en Delfos; por lo que, de este modo, quedaba determinado el verdadero centro del mundo.

Era la primogénita de los titanes Crono y Rea, y la primera en ser devorada por su padre nada más nacer. Aunque amada por Poseidón y por Apolo, juró sobre la cabeza de Zeus que permanecería siempre virgen, a lo que el rey de los dioses correspondió cediéndole los lugares preeminentes de todas las casas y la primera víctima de todos los sacrificios públicos, por evitar con su negativa una primera disputa entre los dioses. No obstante su preferencia, Hestia renunció a su escaño en el Olimpo a favor del recién llegado Dionisio, y prefirió retirarse a vigilar el fuego sagrado de los dioses.

Como diosa del hogar y la familia, Hestia apenas salía del Olimpo, y nunca se inmiscuía en las disputas de los dioses y los hombres, por lo que paradójicamente pocas veces aparece en los relatos mitológicos a pesar de ser una de las principales diosas de la religión griega y, posteriormente, romana. Muestra de esta importancia es el hecho de que Hestia era a la primera que se le hacían las ofrendas en los banquetes, antes incluso que a Zeus. Se le solían sacrificar terneras de menos de un año, aludiendo a su virginidad.

Por todo ello, la custodia del fuego sagrado era una de las más arduas cuestiones que podían plantearse los antiguos mortales. La diosa Hestia tenía una gran responsabilidad y, para llevar a cabo, de manera plenamente satisfactoria, su cometido, debería prescindir de ataduras y pasiones. De ahí que, al decir de todos los narradores de mitos, se valorara tanto la exigencia de pureza en la diosa. Esta debía mantenerse virgen por encima de todo. Por ello, una y otra vez rechazaba con energía a todos sus pretendientes, y eso que entre ellos se encontraban deidades tan apuestas como Apolo y Poseidón. Lo curioso es que en todos los escritos clásicos se dice que fue Zeus, precisamente, quien ayudó a Hestia a mantenerse siempre virgen y pura. ¿Cómo sería eso posible?, cuando se sabe que el rey del Olimpo era el más mujeriego y enamoradizo de entre los dioses y los mortales. Sea como fuere, lo cierto es que la citada diosa permaneció siempre “ávida de pureza” y mantuvo en todo tiempo y lugar “la vida nutritiva sin ser fecundante” y nunca cometió falta alguna de castidad.

Ovidio narra una escena en la que Príapo, borracho, había intentado violar a Hestia en una fiesta a la habían acudido todos los dioses y tras la cual se habían quedado dormidos. El rebuzno del asno de Sileno despertó a la diosa justo cuando su agresor se abalanzaba sobre ella, dándole el tiempo suficiente para huir despavorida originando una situación bastante cómica. Sin embargo, es posible que esta historia sea una deformación latina posterior de una escena protagonizada por la ninfa Lotis. La escena también cuenta que en lugar de ser Hestia quien escapaba, fue Príapo, ya que al despertar la diosa, le empezó a gritar y él huyó.
Culto:

Hestia inventó el arte de construir casas y era la protectora de los sentimientos más íntimos y tradicionales, por lo que con ella finalizaban siempre las oraciones a los dioses. De ella dependía la felicidad conyugal y la armonía de la familia. Extendió su protección sobre los altares, los palacios de los gobernantes y, por analogía, sobre los estados entendidos como el hogar de cada pueblo. De ella, por tanto, dependía la armonía y la felicidad de los habitantes de una ciudad. Con el paso del tiempo incluso se amplió su protección a todo el universo, asumiendo que un fuego sagrado místico daba vida a toda la naturaleza. En este sentido, en un estadio de la religión más evolucionado, se confundía su culto con el de diosas como Cibeles, Gea, Deméter o Artemisa.

En sus templos (los pritaneos), situados en el centro de las ciudades al aire libre, se recibía a los embajadores extranjeros, siendo un lugar de especial culto y de asilo, hasta el punto que se los consideraba el templo de todos los dioses, pero presididos por Hestia. Cuando los habitantes de una polis partían para colonizar otras tierras, portaban una antorcha con el fuego del altar de Hestia, prendiendo con él el nuevo altar en la colonia, como símbolo de unión con la metrópoli. Si este fuego se apagaba, no podía volver a ser encendido con medios tradicionales, sino que se establecía un rito sagrado y se encendía uno nuevo mediante fricción o con cristales calentados al sol.

Fueron famosos los templos de Hestia construidos en Atenas, Oropos, Hermíone, Esparta, Olimpia, Larisa y Ténedos. El famoso oráculo de Delfos fue también un templo de la diosa antes de que se le ofrendara a Apolo.

Para la Tradición de Brujeria que practica mi familia, Hesta es la Diosa que proteje a jovenes las brujas que se preparan para su iniciación. Es a Hesta a quién se le ofrecen los rituales de preparación y es a su energía a quién se consagran los instrumentos mágicos que se utilizarán el ritual de iniciación.

(1) Para la tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, hoy se celebra el día de la consagración de la daga de la bruja al nombre de Hesta.

En fuego de Dioses.

Últimamente he tenido tiempo de analizar mi vida desde una perspectiva totalmente distinta: una coexión de valores sincréticos y simbólicos unidos bajo la idea común un concepto escolástico. Creo que mi reclusión voluntaria en el laberintico jardin de mi castillo de la memoria donde yacen mis ideas, me ha permitido ver cuando he cambiado en los últimos años y en que ha consistido ese cambio. He paladeado con cuidado esas sutiles muescas en el camino de mi cronologia personal: desde la niña solitaria y severa, hasta la adolescente pesarosa y cansada. Luego, la mujer joven libre y soterrada, en busca de su lugar bajo el sol. Pienso que el crecimiento es un proceso netamente intelectual: el incontable ciclo de horas y pensamientos que se manifiesta a través de recuerdos, de voces en el tiempo, de rostros que se desdibujan lentamente en la memoria.

Recuerdo que a los quince años memoricé este poema de H. Leivik y poco después, se convirtió en un simbolo de esa caótica puesta escena de lo que fue mi paso por edades de mi intelectualidad:

Soy tu padre, tu padre de fuego;
soy tu madre, tu madre de fuego;
tu padre que te judaizara en el fuego;
tu madre que te amamantara con fuego.
Recuerdas tu cuna colgante de cuerdas de fuego,
en una pequeña choza, hace mucho, al estallar el fuego;
recuerdas el aletear de las cuerdas en fuego
hasta alcanzar el techo con fuego;
recuerdas como te atrapamos en el fuego
y echamos a correr contigo entre el fuego:
huíamos del fuego, por el fuego, al fuego.
Ahora venimos de nuevo a estrecharte al fuego,
a cubrirte de nuevo con pañales de fuego,
a alzarte otra vez, conducirte entre el fuego
del fuego, por el fuego, al fuego.

Uhmmm, sí, la llama caústica de una cantar indolente y vacilante. Sí, sí, este miedo, que luego se convirtió en la sombra de la duda, en el críptico laberinto de mil noches sin otra luna que mi ambición desesperada por la determinación última.

Inconclusa – un fragmento de razón inevitable tal vez – esa vertiente desesperada de comprensión, de tolerancia con mis ideas más intimas y proclives al razonamiento y al análisis. Pero ¿donde quedan el resto de mis voces?, ¿ese reflejo de la niña que veía caricaturas con el mismo embeleso que leía filosofia sin entender demasiado bien el sentido más profundo de su necesidad de creación? Tal vez en ningun lugar de mi memoria o en todos a la vez.

Un canto místico, siniestro, en mi mente. Un temblor insorportable, un anhelo más allá de todo control.

Ouroboros: el reflejo de dos espejos.

En varias ocasiones, mis amables lectores me han preguntado por bauticé este blog como “Ouroboros Cenital”. Además que soy una amante confesa del simbolismo, me siento profundamente identificada con lo que la metáforica belleza conceptual asociada con Ouroboros, como forma de expresión de la dualidad.

El Ouroboros, según su etimología (del griego symballein) sería como un objeto cortado en dos, cuyas partes, que se reúnen tras una búsqueda, permiten reconocerse a quienes la posean. Contiene en sí las polaridades, las cuales más que la verificación de la dualidad, marcan una apertura y un principio de movimiento que nos orienta y hasta nos dirige.

Al ser bipolar, el símbolo conjuga los contrarios y por eso lo significativo se centra en esa unión que prepara y es unidad. Por tal motivo, se dice que el símbolo es ambivalente, por lo que manifiesta tan variada, contradictoria y rica significancia. Esto no debe confundirnos, sino por el contrario, enriquecernos.

René Guénon, gran estudioso de las religiones y sus símbolos nos dice que el símbolo sugiere, no expresa. Por eso no nos encontramos ante un lenguaje llano directo, sino que apela a la intuición y no a la razón. Su origen es no-humano y se basa en la correspondencia entre dos realidades. Su ambigüedad vela y revela la realidad, y este carácter posibilita su interpretación en diversos ordenes y planos. Es por esto que cada ser humano penetra en la intimidad del símbolo según como sea él (con todo lo que esto implica) y en qué momento de la existencia se encuentre.
El símbolo elegido para un análisis somero, es la serpiente. Aquí vamos a encontrar que este símbolo – como todos – no excluye los diversos sentidos que contiene, cada uno es válido en su orden y todos se complementan integrándose en una síntesis.

Comencemos por Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola:

Aquí encontramos la unión del mundo ctónico – en la serpiente – con la del mundo celeste – en el círculo que esta forma -. En sí contiene la dualidad y el tercer elemento invisible y fundamental que hace que todo exista y que Ouroboros se muerda la cola y pueda engullirse a sí misma, recrearse y regenerarse eternamente.

Al autofecundarse sin cesar encontramos un afán de equilibrio ya que si creara vida sin poner un límite, tendríamos un cosmos atiborrado de seres y así entraríamos en el caos, o sea el no-ser. Este equilibrio lo es de los principios fundamentales que nos rigen, de vida, de muerte, del macho y la hembra, del Yin y del Yang.

De hecho el Yin no existe sin el Yang, como la vida no puede surgir del macho solo, ni tampoco de la hembra sola, ambos son necesarios. Al unir estas fuerzas antagónicas “producimos” vida, pero sin la Vida (el Uno) no tendríamos vida (el tres en uno).

Ouroboros vislumbra tres pasos de la manifestación de esa vida: creación, sustentación y destrucción (simbolizado claramente en la Trimurti hindú). Y nunca hay que perder de vista la esencia invisible que hace que esos tres aspectos sean diferentes fases de una única cosa. En conclusión, volvemos al tres que es uno.

Dentro del Tai Chi en la simbología del Extremo Oriente, encontramos los mismos significados.

Por un lado contiene una dualidad, simbolizada por los colores blanco-Yang donde en Ouroboros sería lo celestial o el círculo que forma y el negro-Yin, terrestre o ctónico simbolizado por la serpiente. Esta dualidad está en permanente disputa, mutilándose una a otra, regenerándose y recreándose. Aquí también descubrimos ese afán de equilibrio. Y además volvemos a encontrar el tercer elemento que hace que el Tai Chi pueda tener esa forma y no otra, que contiene a esa dualidad y la diferencia y que permite el intentar llegar a ese equilibrio. Esto está representado por la circunferencia en sí, por la línea divisoria entre el Yin y el Yang y aquella que hace que exista algo de Yang en el Yin y de Yin en el Yang.

Ouroboros como el Tai Chi contienen la función del dador de la vida y de la que la sustenta. Es en sí matriz y falo (como la serpiente) y es por esto que se autogenera, se mantiene y se autofecunda. En este sentido, también lo podemos comparar con la cruz, donde el madero vertical representaría la vida que se nos da desde la esfera de lo celeste, y el madero horizontal, aquello que sustenta esa vida, aquí en la esfera de lo terrestre. La esencia o la perfecta síntesis de ambos “flujos” estaría en la intersección de los maderos, el Uno Absoluto, la esencia primordial de la que todo es generado.

Existe un detalle: para que la vida se manifieste es necesaria la muerte, ( por eso la ambivalencia del símbolo que contiene en sí significados opuestos y con ello nos lleva a la unidad) esto forma parte del equilibrio, por eso Ouroboros se muerde la cola.

En Alquimia esto se entiende como vida, muerte y resurrección (“mejor” vida). Es necesario que la paloma dentro de la redoma atraviese la oscuridad de la noche para poder llegar a la luz. Pasará por cientos de procesos para llegar a ella, pero debe conocer el dolor, o sea la transmutación final: el Rebis, la Unión, la síntesis perfecta de los contrarios.

Los principios antagónicos (dualidad) del Ars Magna, son el azufre (en ocasiones representados por un león) y el mercurio ( a menudo simbolizado por una serpiente); el azufre es Yang, masculino y fijo, y el mercurio es Yin, femenino y volátil. Y el tercer principio es la sal que brinda el equilibrio a los dos anteriores y permite su unión.

También en Grecia encontramos simbolizado de diferentes formas la misma esencia en el caduceo. Al respecto de su “creación”, la mitología nos cuenta lo siguiente:

Hermes nació y al instante echó a andar y fue a robarle un hato de vacas y toros blancos consagrados a su medio hermano Apolo. Este al tomar conocimiento de la travesura, se enfadó.
Hermes para congraciarse inventó la lira del caparazón de una tortuga. A cambio de este gesto, Apolo le regaló una vara de oro. Hermes al desembarcar en Tracia observó cómo luchaban dos serpientes y para separarlas interpuso el regalo de Apolo. Estas inmediatamente se enroscaron a lo largo de la vara. Es así como nació el caduceo.

Es así que el caduceo también simboliza el equilibrio armónico de las fuerzas antagónicas, por un lado la fuerza ctónica y por el otro, la fuerza celeste, o sea, el mercurio y el azufre, el Yin y el Yang que tienen el punto de equilibrio en la vara central que contiene en esencia a las otras dos.
En otro ámbito, en la esfera microcósmica, la serpiente es denominada por los hindúes como Kundalini. Esta se encuentra enroscada en la base de la columna vertebral. El trabajo del yoguin consiste en despertarla y hacerla ascender por los siete chakras centrales que se encuentran a lo largo de este eje. El objetivo es que esta energía llegue al último y cuando esto ocurre llega el Despertar, significando que ha traspasado la esfera de la manifestación.

Lograr que Kundalini ascienda implica que el yoguin consiguió equilibrar armonizando las energías antagónicas de la derecha-Yang y de la izquierda-Yin, unificándola en el centro o axis. Esto es una síntesis entre lo celeste que se encontraba “dormido” en el hombre y lo terrestre u hombre mismo.

En resumen, la comprensión del símbolo así como depende de la persona y el momento de la existencia que atraviesa, así, lo mismo ocurre con los pueblos y sus diferentes manifestaciones. Cada uno de ellos ha tomado del símbolo ciertos significados y “ha hecho uso” de él de determinada manera, y no por esto ha agotado toda su significancia. Por tal motivo podríamos escribir libros enteros sobre él y aún detenernos por una cuestión de limitación propia y aún así el símbolo no agotaría su significancia. Es por esto que invitamos al análisis de los símbolos para redescubrir sus significados y aprender de y con ellos.

Ouroboros: el reflejo de dos espejos.

En varias ocasiones, mis amables lectores me han preguntado por bauticé este blog como “Ouroboros Cenital”. Además que soy una amante confesa del simbolismo, me siento profundamente identificada con lo que la metáforica belleza conceptual asociada con Ouroboros, como forma de expresión de la dualidad.

El Ouroboros, según su etimología (del griego symballein) sería como un objeto cortado en dos, cuyas partes, que se reúnen tras una búsqueda, permiten reconocerse a quienes la posean. Contiene en sí las polaridades, las cuales más que la verificación de la dualidad, marcan una apertura y un principio de movimiento que nos orienta y hasta nos dirige.

Al ser bipolar, el símbolo conjuga los contrarios y por eso lo significativo se centra en esa unión que prepara y es unidad. Por tal motivo, se dice que el símbolo es ambivalente, por lo que manifiesta tan variada, contradictoria y rica significancia. Esto no debe confundirnos, sino por el contrario, enriquecernos.

René Guénon, gran estudioso de las religiones y sus símbolos nos dice que el símbolo sugiere, no expresa. Por eso no nos encontramos ante un lenguaje llano directo, sino que apela a la intuición y no a la razón. Su origen es no-humano y se basa en la correspondencia entre dos realidades. Su ambigüedad vela y revela la realidad, y este carácter posibilita su interpretación en diversos ordenes y planos. Es por esto que cada ser humano penetra en la intimidad del símbolo según como sea él (con todo lo que esto implica) y en qué momento de la existencia se encuentre.
El símbolo elegido para un análisis somero, es la serpiente. Aquí vamos a encontrar que este símbolo – como todos – no excluye los diversos sentidos que contiene, cada uno es válido en su orden y todos se complementan integrándose en una síntesis.

Comencemos por Ouroboros, la serpiente que se muerde la cola:

Aquí encontramos la unión del mundo ctónico – en la serpiente – con la del mundo celeste – en el círculo que esta forma -. En sí contiene la dualidad y el tercer elemento invisible y fundamental que hace que todo exista y que Ouroboros se muerda la cola y pueda engullirse a sí misma, recrearse y regenerarse eternamente.

Al autofecundarse sin cesar encontramos un afán de equilibrio ya que si creara vida sin poner un límite, tendríamos un cosmos atiborrado de seres y así entraríamos en el caos, o sea el no-ser. Este equilibrio lo es de los principios fundamentales que nos rigen, de vida, de muerte, del macho y la hembra, del Yin y del Yang.

De hecho el Yin no existe sin el Yang, como la vida no puede surgir del macho solo, ni tampoco de la hembra sola, ambos son necesarios. Al unir estas fuerzas antagónicas “producimos” vida, pero sin la Vida (el Uno) no tendríamos vida (el tres en uno).

Ouroboros vislumbra tres pasos de la manifestación de esa vida: creación, sustentación y destrucción (simbolizado claramente en la Trimurti hindú). Y nunca hay que perder de vista la esencia invisible que hace que esos tres aspectos sean diferentes fases de una única cosa. En conclusión, volvemos al tres que es uno.

Dentro del Tai Chi en la simbología del Extremo Oriente, encontramos los mismos significados.

Por un lado contiene una dualidad, simbolizada por los colores blanco-Yang donde en Ouroboros sería lo celestial o el círculo que forma y el negro-Yin, terrestre o ctónico simbolizado por la serpiente. Esta dualidad está en permanente disputa, mutilándose una a otra, regenerándose y recreándose. Aquí también descubrimos ese afán de equilibrio. Y además volvemos a encontrar el tercer elemento que hace que el Tai Chi pueda tener esa forma y no otra, que contiene a esa dualidad y la diferencia y que permite el intentar llegar a ese equilibrio. Esto está representado por la circunferencia en sí, por la línea divisoria entre el Yin y el Yang y aquella que hace que exista algo de Yang en el Yin y de Yin en el Yang.

Ouroboros como el Tai Chi contienen la función del dador de la vida y de la que la sustenta. Es en sí matriz y falo (como la serpiente) y es por esto que se autogenera, se mantiene y se autofecunda. En este sentido, también lo podemos comparar con la cruz, donde el madero vertical representaría la vida que se nos da desde la esfera de lo celeste, y el madero horizontal, aquello que sustenta esa vida, aquí en la esfera de lo terrestre. La esencia o la perfecta síntesis de ambos “flujos” estaría en la intersección de los maderos, el Uno Absoluto, la esencia primordial de la que todo es generado.

Existe un detalle: para que la vida se manifieste es necesaria la muerte, ( por eso la ambivalencia del símbolo que contiene en sí significados opuestos y con ello nos lleva a la unidad) esto forma parte del equilibrio, por eso Ouroboros se muerde la cola.

En Alquimia esto se entiende como vida, muerte y resurrección (“mejor” vida). Es necesario que la paloma dentro de la redoma atraviese la oscuridad de la noche para poder llegar a la luz. Pasará por cientos de procesos para llegar a ella, pero debe conocer el dolor, o sea la transmutación final: el Rebis, la Unión, la síntesis perfecta de los contrarios.

Los principios antagónicos (dualidad) del Ars Magna, son el azufre (en ocasiones representados por un león) y el mercurio ( a menudo simbolizado por una serpiente); el azufre es Yang, masculino y fijo, y el mercurio es Yin, femenino y volátil. Y el tercer principio es la sal que brinda el equilibrio a los dos anteriores y permite su unión.

También en Grecia encontramos simbolizado de diferentes formas la misma esencia en el caduceo. Al respecto de su “creación”, la mitología nos cuenta lo siguiente:

Hermes nació y al instante echó a andar y fue a robarle un hato de vacas y toros blancos consagrados a su medio hermano Apolo. Este al tomar conocimiento de la travesura, se enfadó.
Hermes para congraciarse inventó la lira del caparazón de una tortuga. A cambio de este gesto, Apolo le regaló una vara de oro. Hermes al desembarcar en Tracia observó cómo luchaban dos serpientes y para separarlas interpuso el regalo de Apolo. Estas inmediatamente se enroscaron a lo largo de la vara. Es así como nació el caduceo.

Es así que el caduceo también simboliza el equilibrio armónico de las fuerzas antagónicas, por un lado la fuerza ctónica y por el otro, la fuerza celeste, o sea, el mercurio y el azufre, el Yin y el Yang que tienen el punto de equilibrio en la vara central que contiene en esencia a las otras dos.
En otro ámbito, en la esfera microcósmica, la serpiente es denominada por los hindúes como Kundalini. Esta se encuentra enroscada en la base de la columna vertebral. El trabajo del yoguin consiste en despertarla y hacerla ascender por los siete chakras centrales que se encuentran a lo largo de este eje. El objetivo es que esta energía llegue al último y cuando esto ocurre llega el Despertar, significando que ha traspasado la esfera de la manifestación.

Lograr que Kundalini ascienda implica que el yoguin consiguió equilibrar armonizando las energías antagónicas de la derecha-Yang y de la izquierda-Yin, unificándola en el centro o axis. Esto es una síntesis entre lo celeste que se encontraba “dormido” en el hombre y lo terrestre u hombre mismo.

En resumen, la comprensión del símbolo así como depende de la persona y el momento de la existencia que atraviesa, así, lo mismo ocurre con los pueblos y sus diferentes manifestaciones. Cada uno de ellos ha tomado del símbolo ciertos significados y “ha hecho uso” de él de determinada manera, y no por esto ha agotado toda su significancia. Por tal motivo podríamos escribir libros enteros sobre él y aún detenernos por una cuestión de limitación propia y aún así el símbolo no agotaría su significancia. Es por esto que invitamos al análisis de los símbolos para redescubrir sus significados y aprender de y con ellos.

El escandalo como forma de expresión de la belleza: Robert Mapplethorpe.

Nació en Long Island en 1946, en el seno de una familia acomodada y de tradiciones consolidadas. A los 16 años se fue de casa para instalarse en Brooklyn y estudiar pintura y escultura. Su interés por la fotografía fue creciendo a medida que crecía su interés por las imágenes prohibidas de los sex-shops. Sus primeros collages provienen de recortar fotografías de las revistas pornográficas.

Comenzó su carrera fotográfica usando una Polaroid, y con la única finalidad de poder usar estas fotografías como inspiración y guía de su pintura. Sus primeras fotos fueron autorretratos y retratos de su compañera sentimental Patti Smith (cantante-artista y poeta de reconocido talento).

Poco a poco fue mejorando su técnica y ampliando su repertorio a base de hacer retratos en sus círculos más cercanos, los cuales los formaban artistas, compositores, estrellas del cine porno y la mayoría de la escena underground de Brooklyn. Entre los retratos que realizó podemos encontrarnos con personajes de fama mundial como el excéntrico Andy Warhol, el escritor William Burroughs (El almuerzo Desnudo), el poeta Jim Carroll (al que retrató durante una relación sexual gay) o al cantante Mick Jagger.

El escándalo siempre rodeó su obra y sus exposiciones estaban llenas de polémica y prohibiciones. Y es que en muchas ocasiones, la temática de sus fotos, sobrepasaba con creces lo “socialmente aceptado”: desnudos, relaciones sadomasoquistas, genitales erectos y parejas homosexuales. Pero su intención no era escandalizar, el trataba de encontrar lo inesperado y de capturar imágenes que no se hubieran visto antes. En una de sus declaraciones dijo: “Me encontraba en el lugar adecuado para sacar esas fotos y sentí la obligación de hacerlas”. En cualquier caso su trabajo no termina aquí, ya que también tiene series espléndidas dedicadas a los retratos de celebridades o la belleza de los flores.

Sabemos que también se inició en el mundo del cine con una serie de cortometrajes, pero la crudeza de las imágenes y el escándalo le impidieron hacer carrera en este sector. Sus películas rara vez se han visto y son realmente difíciles se conseguir. Algunos de los títulos son : “Robert Anillándose El Pezón” o “Patti Cambiándose La Compresa”.

Murió de SIDA el 9 de marzo de 1989. Antes de morir fundó The Robert Mapplethorpe Fundation, Inc, una fundación que por un lado financia investigaciones médicas sobre el SIDA y por otro programas institucionales sobre fotografía.