Archive for abril 22, 2007

El misterio de la Belleza.

En una versión de la historia de Hipólito, Afrodita (1) era el catalizador de su muerte. Hipólito desdeñó el culto de Afrodita por el de Artemisa y, en venganza, Afrodita provocó que su madrastra, Fedra, se enamorase de él, sabiendo que Hipólito la rechazaría. En la versión más popular de la historia, el Hipólito de Eurípides, Fedra buscaba venganza contra Hipólito suicidándose y dejando una nota en la que contaba a Teseo, su marido y padre de Hipólito, que ésta la había violado. Hipólito había jurado no mencionar el amor de Fedra por él y rehusó noblemente defenderse a pesar de las consecuencias. Teseo maldijo entonces a su hijo, maldición que Poseidón estaba obligado a cumplir y así Hipólito fue sorprendido por un toro que surgió del mar e hizo que sus caballos se asustasen haciendo volcar su carro. Curiosamente esta no es la muerte que Afrodita urde en la obra, pues en el prólogo afirma que espera que Hipólito sucumba a la lujuria con Fedra y Teseo les sorprenda juntos. Hipólito perdona a su padre antes de morir y Artemisa revela la verdad a Teseo antes de hacerle jurar que matará a uno de los amores de Afrodita (Adonis) en venganza.

Glauco de Corinto enfadó a Afrodita, quien hizo que sus caballos enfureciesen durante los juegos funerarios en honor al rey Pelias, y le despedazasen. Su fantasma asustaba supuestamente a los caballos durante los Juegos Ístmicos.

Afrodita era con frecuencia acompañada por las Cárites.

Afrodita fue una de las diosas de las que se mofó Momo, lo que provocó su expulsión del Olimpo.

En el libro III de La Ilíada de Homero, Afrodita salva a Paris cuando está a punto de ser asesinado por Menelao.

Afrodita era muy protectora con su hijo, Eneas, quien luchó en la Guerra de Troya. Diomedes estuvo a punto de matar a Eneas en batalla pero Afrodita le salvó. Diomedes hirió a Afrodita y ésta dejó caer a su hijo, volando al Monte Olimpo. Entonces Eneas fue envuelto por una nube creada por Apolo, quien le llevó a Pérgamo, un lugar sagrado de Troya. Artemisa curó allí a Eneas.

Convirtió a Abas en piedra por su arrogancia.

Convirtió a Anaxarete en piedra por reaccionar tan desapasionadamente a las súplicas de Ifis para amarla, incluso tras el suicidio de éste.

Afrodita ayudó a Hipomenes en una carrera contra Atalanta para ganar la mano de ésta, dándole tres manzamas con las que la distrajo. Sin embargo, como la pareja no dio las gracias a Afrodita, ésta los convirtió en osos.

Para la tradición de Brujeria que practica mi familia, hoy se celebra el día de Afrodita como divinidad protectora de la belleza ( conceptual y estética ) y el poder del placer. Para conmemorar la celebración, suele prepararse un té de rosas y miel, condimentado con un poco de especias y canela, que se consagra a su nombre. Suele beberse en compañia de la pareja, estando ambos desnudos, dentro de un círculo sagrado.

(1) Según la Tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, hoy se celebra el día de Afrodita, como Señora de la belleza y el placer.

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La furia del Rayo.

En la mitología griega Zeus (1) (en griego antiguo: nominativo Ζεύς Zeús, ‘rey divino’, acusativo Δíᾰ Días, genitivo Δíος Díos) es el líder de los dioses olímpicos, gobernante del monte Olimpo y dios del cielo y el trueno. Sus atributos incluyen el rayo, el toro, el águila y el roble.

Hijo de Crono y Rea, era el más joven de sus descendientes. En la mayoría de las tradiciones aparece casado con Hera, aunque en el oráculo de Dódona su esposa era Dione, con quien según La Ilíada fue padre de Afrodita. Es conocido por sus numerosas aventuras y amantes, incluyendo una relación pederasta con Ganimedes. Fruto de estas relaciones tuvo muchos descendientes, siendo algunos de los más conocidos Apolo y Artemisa, Hermes, Perséfone, Dioniso, Perseo, Heracles, Helena, Minos y las Musas. Con Hera fue padre de Ares, Ilitía, Hebe y Hefesto.

Su equivalente en la mitología romana era Júpiter y en la etrusca Tinia.

Historia:

Zeus, poéticamente llamado con el vocativo Zeu pater (‘Zeus padre’), es una continuación de *Di̯ēus, el dios protoindoeuropeo del cielo diurno, también llamado *Di̯eus ph2tēr (‘Padre Cielo’)[1]. El dios es conocido bajo este nombre en védico (comp. Dyaus/Dyaus Pita), latín (comp. Júpiter, de Iuppiter, derivado del vocativo PIE *dyeu-ph2tēr[2]), derivado de la forma básica *dyeu- (‘brillar’), y en la mitología germana y nórdica (comp. *Tīwaz > AAA Ziu, nórdico antiguo Týr), junto con el latín deus, dīvus y Dis (una variante de dīves), del sustantivo relacionado *deiwos. Para los griegos y romanos, el dios del cielo era también el dios supremo, mientras que esta función era desempeñada por Odín entre las tribus germánicas, por lo que no identificaban a Zeus/Júpiter con Tyr ni con Odín, sino con Thor (Þórr). Zeus es la única deidad del panteón olímpico cuyo nombre tiene una etimología indoeuropea tan transparente.

Además de su herencia indoeuropea, el Zeus clásico también obtuvo ciertos rasgos iconográficos de las culturas del antiguo Oriente Próximo, como el cetro. Zeus es imaginado por los artistas griegos especialmente en dos poses: de pie, avanzando con un rayo levantado en su mano derecha, y sentado majestuosamente.

Aparte de por las transformaciones forzosas, Zeus es conocido por castigar a los que le apartaban de sus placeres arrojándole rayos.

Papel y epítetos:

Zeus desempeñaba un papel dominante, presidiendo el panteón olímpico de la Grecia Antigua. Engendró a muchos de los héroes y heroínas (véase una lista al final del artículo) y participaba en muchas de sus historias. Aunque el «recolector de nubes» homérico era el dios del cielo y el trueno como sus equivalentes de Oriente Próximo, era también el artificio cultural supremo. En algunos sentidos, era para los griegos la encarnación de sus creencias religiosas y la deidad arquetípica.

Los epítetos o títulos aplicados a Zeus enfatizaban diferentes aspectos de su amplísima autoridad:

* Olimpio enfatizaba el reinado de Zeus sobre los dioses y sobre el festival panhelénico en Olimpia.
* Un título relacionado era Panhelenio (‘de todos los helenos’), a quien estaba dedicado el famoso templo de Éaco en Egina.
* Como Xenios, Zeus era el patrón de la hospitalidad y los invitados, presto a vengar cualquier injusticia cometida contra un extraño (xenós).
* Como Horkios, era el vigilante de los juramentos. A los mentirosos que eran descubiertos se les hacía dedicar una estatua a Zeus, con frecuencia en el santuario de Olimpia.
* Como Agoraios, Zeus vigilaba los negocios en el ágora, y castigaba a los comerciantes deshonestos.
* Como Meiliquios (‘amable’, ‘melifluo’ o ‘meloso’) subsumió un arcaico daimon ctónico apaciguado en Atenas,.

Cultos panhelénicos:

El principal centro en el que todos los griegos convergían para rendir honor a su dios jefe era Olimpia. El festival cuatrienal que se celebraba allí incluía los famosos Juegos. Había también un altar dedicado a Zeus construido no de piedra, sino de ceniza, procedente de los restos acumulados durante muchos siglos de animales sacrificados allí.

Aparte de los principales santuarios situados entre poleis, había determinadas formas de adorar a Zeus que compartía todo el mundo griego. La mayoría de los títulos anteriormente enumerados, por ejemplo, podían encontrarse en ciertos templos griegos desde Asia Menor hasta Sicilia. Determinados rituales se celebraban de la misma forma también: sacrificar un animal blanco sobre un altar elevado, por nombrar uno.

Por otra parte, algunas ciudades tenían cultos a Zeus que funcionaban de formas marcadamente diferentes.

Algunos cultos locales:

Además de los títulos y conceptos panhelénicos enumerados anteriormente, los cultos locales mantuvieron sus propias ideas idiosincrásicas sobre el rey de los dioses y los hombres. A continuación se enumeran algunas de ellas.

Zeus cretense:

En Creta, se adoraba a Zeus en una serie de cuevas en Cnosos, Ida y Palaikastro. Las historias de Minos y Epiménides sugieren que estas cuevas fueron alguna vez usadas para la adivinación incubadora por reyes y sacerdotes. El escenario dramático de las Leyes de Platón está en la ruta de peregrinaje a uno de estos sitios, enfatizando el conocimiento arcaico de Creta. Allí Zeus era representado en el arte como un joven de largos cabellos en lugar de como un adulto maduro, y en los himnos se apelaba a él como ho megas kouros, ‘el gran joven’. Junto con los Curetes, un grupo de extáticos bailarines armados, Zeus presidía el riguroso entrenamiento militar y atlético y los ritos secretos de la paideia cretense.

El escritor heleno Evemero aparentemente propuso la teoría de que Zeus había sido en realidad un gran rey de Creta y que su gloria le habría lentamente transformado tras su muerte en una deidad. Las obras de Evemero no se han conservado, pero los escritores patrísticos cristianos asumieron la sugerencia con entusiasmo.

Zeus Lykaios en Arcadia:

El título Lykaios está morfológicamente conectado con lyke (‘brillo’), pero se parece mucho a lykos (‘lobo’). Por esto a Zeus se le aplican los epítetos de Liceo y Licio, respectivamente. Esta ambigüedad semántica se reflejaba en el extraño culto a Zeus Lykaios en las más remotas regiones de Arcadia, donde el dios tomaba características luminosas y lobunas. Por una parte, presidía el monte Lykaion (‘la montaña brillante’), el pico más alto de Arcadia y lugar de un recinto en el que, supuestamente, ninguna sombra era jamás proyectada (Pausanias 8.38). Por la otra, estaba relacionado con Licaón (‘el lobo-hombre’), cuyo antiguo canibalismo era conmemorado con extraños ritos periódicos. Según Platón (La República, 565d-e), cierto clan se reuniría en la montaña para realizar un sacrificio cada ocho años a Zeus Lykaios, y mezclarían un único trozo de entrañas humanas con las del animal. Se decía que quien comía la carne humana se transformaba en un lobo, y sólo podía recuperar su forma original si no volvía a comer carne humana hasta que hubiese terminado el siguiente ciclo de ocho años.

Zeus subterráneo:

Aunque la etimología indica que Zeus era originalmente un dios del cielo, muchas ciudades griegas honraban a un Zeus local que vivía bajo tierra. Los atenienses y sicilianos adoraban a Zeus Meiliquios, mientras otras ciudades tenían a Zeus Ctonio (‘terroso’), Catactonio (‘bajo tierra’) y Plousios (‘dador de riquezas’). Estas deidades podían ser representadas indistintamente como serpientes u hombres en el arte. También recibían ofrendas de víctimas animales negras en pozos hundidos, como se hacía con deidades ctónicas como Perséfone y Deméter, y también con los héroes en sus tumbas. Los dioses olímpicos, por el contrario, recibían normalmente sacrificios de víctimas blancas sobre altares elevados.

En algunos casos, las ciudades no estaban completamente seguras de si el daimon para quien realizaban el sacrificio era un héroe o un Zeus subterráneo. De ahí que el altar en Lebadea en Beocia pudiera corresponder al héroe Trofonio o a Zeus Trephonio (‘el criador’), según se consulte a Pausanias o a Estrabón. El héroe Anfiarao era adorado como Zeus Amphiaraus en Oropo, a las afueras de Tebas, y los espartanos tenían incluso un altar a Zeus Agamemnon.

Oráculos de Zeus:

Aunque la mayoría de los oráculos solían estar dedicados a Apolo, los héroes o diversas diosas como Temis, algunos lugares oraculares fueron dedicados a Zeus.

El oráculo de Dódona:

El culto a Zeus en el Oráculo de Dódona en Epiro, donde hay evidencias de actividad religiosa a partir del II milenio adC, giraba en torno a un roble sagrado. Cuando La Odisea fue compuesta (sobre el 750 adC), las profecías eran realizadas por sacerdotes descalzos llamados Selloi, que yacían en el suelo y observaban el susurro de las hojas y las ramas (La Odisea 14.326-7). En la época en la que Herodoto escribió sobre Dódona, las sacerdotisas llamadas peleiades (‘palomas’) habían reemplazado a estos sacerdotes.

En Dódona la consorte de Zeus no era Hera sino la diosa Dione, cuyo nombre es la forma femenina de «Zeus». Su posición como titánide sugiere según algunos que puede haber sido una deidad prehelénica más poderosa, y quizás la ocupante original del oráculo.

El oráculo de Siwa:

El oráculo de Amón en el oasis de Siwa en el desierto occidental de Egipto no quedaba dentro de los límites del mundo griego antes de Alejandro Magno, pero aun así tenía gran influencia en los griegos durante la era arcaica: Herodoto menciona consultas a Zeus Amón en su relato de las Guerras Médicas. Zeus Amón era especialmente honrado en Esparta, donde existía un templo dedicado a él en la época de la Guerra del Peloponeso (Pausanias 3.18).

Después de que Alejandro hiciese una incursión en el desierto para consultar el oráculo de Siwa, surgió el personaje de la sibila libia.

Otros oráculos de Zeus:

Se decía que los dos Zeuses (o héroes) ctónicos Trofonio y Anfiarao daban oráculos en los lugares de culto.

Zeus y los dioses extranjeros:

Zeus era equivalente al dios romano Júpiter y estaba asociado en la imaginación sincrética clásica (véase interpretatio graeca) con algunos otros dioses, tales como el egipcio Amón y el etrusco Tinia. Junto con Dioniso, Zeus absorbió el papel del dios jefe frigio Sabacio en la deidad sincrética conocida en Roma como Sabazius.

Para la tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, Zeús es la divinidad cuya energia está asociada con la energía de la voluntad y la determinación. Para invocarle, se encienden 7 vela azules, dispuestas en circulos y en cuyo centro se sienta el oficiante, sosteniendo una vela roja. Se entonan cánticos, alabando el gran poder de Zeus, y rogandole, llene nuestro espiritu de voluntad y tesón.

(1) Según la Tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, hoy se celebra la fiesta de Zeús, como Señor del Rayo y el poder del Cielo.

En el día de la Madre tierra: en la voz de sus hijas.

El silencio cubre los campos en flor. El olor de la cosecha a punto se desliza a través del aire nocturno, enredándose en el viento, envolviéndose en él hasta crear una melodía secreta. Sí, aquí estás, esperando mi llamado, buscando mi nombre. Te deseo a ti, aquí entre mis manos, irradiando la fuerza absoluta del deseo. Suplico al norte y al sur, al este y al oeste, su protección. Camino entre las altas ramas en flor, escuchándolas suspirar y suplicar, esperando mi atención. Ven, amiga del sol y del cielo, amante de buen señor del campo, de la tierra virgen y el cielo señorial. Regodéate en mí y envuelve tu cuerpo con mis telas de pura belleza, ajenas a la huella del hombre. Soy el nombre que nadie conoce, soy la fuerza que ningún ojo ve.

¿Quién soy? Una mujer joven, cabellos largos llevado por la brisa fresca, el rostro de mis antepasadas grabado en mi piel. Visto las ropas sencillas de los más antiguos, plata en mi cintura, una daga apretada al cinto. Mis manos llaman por su nombre al fuego y mis dedos conocen los secretos de la naturaleza noble, de la naturaleza enigmática, de la naturaleza poderosa. Mis piernas fuertes me llevan por los caminos del mundo, hablando en silencio a quienes desean escucharme, obsequiando la sabiduría de los antiguos a los que pueden recibirlas. Melancólicos idiomas hablan por mi boca, lenguas que las noches largas de los siglos llevaron al olvido. Mi cuerpo y mi alma se nutren en mi esencia, viva, sacramental. La luna son los ojos de mi madre y la tierra, las manos fuertes del dios que me dio la vida.

Este es mi mundo, pero el mundo más allá de lo visible también me pertenece.

Esta es mi tierra, fértil como mi vientre, impulsiva como mi sangre, misteriosa como mi anhelo por la sabiduría.

Es mi anhelo, la esperanza.

Es mi nombre, Bruja.

Soy quién soy, esclava de lo eterno, servidora de la bondad, guardiana del secreto.

Hija de la vieja religión, soy.

Camino por el mundo, llevando mis labios sellados por la prudencia. Mi nombre nunca debe ser escuchado y el misterio debe ser mi doctrina. Me temen, aquellos que me miran, la mujer solitaria, de manos hábiles y ojos inquietos. Me escondo en mi discreción, porque me acosan la intolerancia y la incomprensión. A donde voy, guardo mi nombre y mi linaje, de la ignorancia de aquellos que me aborrecen solo por mi silencio. Pero no les odio yo a cambio. ¿Cómo podría hacerlo? Somos todos hijos de la misma fuerza preternatural, es energía única que insufla su aliento vital en cada cuerpo, que acoge entre sus brazos el dolorido, que permite el milagro del amor, que canta en las voces del niños, que brilla en los ojos del hombre trabajador. Sí, la misma fuerza nos abraza a todos, que nos conjuga en un majestuoso instante de pura sabiduría. Algunos hablan del bien supremo. Otros de un Dios colgado de un madero. Quienes son como yo miran a la Divinidad en el rostro que se refleja en las aguas quietas, en la bondad y la compasión. Somos nosotros, nadie más.

El mundo es para mí un libro de hojas en blanco que debo escribir. Llevo mis confesiones guardadas en las hojas de mi memoria, no puedo hacer más. El fuego cristiano ha llevado la muerte a través de las tierras que antes nos pertenecían, destruyendo por la rabia y el miedo, lo que al amor y la dedicación le llevó años construir. Lloro, llena de desesperanza, por quienes cerraron los ojos acusados por las creencias de otro pueblo que no podemos comprender. Condenados al ostracismo, los antiguos hijos de la Diosa, la moradora de los campos, el secreto de los bosques, la sonrisa de la nieve.

Caídos y fragmentados se encuentran las columnas del conocimiento, levantadas con paciencia, en los corazones impacientes, en las mentes despiertas y deseosas de aprender. ¿Dónde están ahora los grandes fuegos de antaño, las súplicas en el lenguaje del viento, la inocencia de un mundo que ha envejecido demasiado rápido? Ahora, recorro las ruinas de mi historia, una huérfana de quienes fuimos, incapaz de encontrar en el presente algo más que el miedo. Mis lagrimas bañan la tierra seca y resquebrajada, mis manos acarician los viejos símbolos rotos. ¿Quién soy, ahora que la soledad me embarga, que vago incesante por un mundo que no me pertenece?

Temo, cubro mis cabellos, escondo la estrella símbolo de la herencia inolvidable. Atormentada por los recuerdos, procurando conservar la vida, me alejo de los ojos maliciosos, de esos que desean descubrir en mi la falta que me llevará al fuego. Cubro mis ropas blancas, perdida en los gritos de suplica, huyendo entre la muerte. Sin embargo, me esfuerzo por no olvidar los rostros de quienes amo, por no dejarme vencer por la desazón. La fuerza de la luna y la tierra viven en mí. Mi voz es la voz de quienes vivieron antes que yo. Eras olvidadas crearon mi nacimiento.

Sí, no he de olvidarlo. La bruja soy.

El cielo de la noche se abre interminable sobre mi cabeza. La luna cuelga como un párpado cerrado entre el viento uniforme del este y el oeste. Las montañas y los montes descansan por fin. Desprovista de tristezas, clara la necesidad y el anhelo, mi mente y mi cuerpo desnudos y fragantes. Aquí, sola entre recuerdos, levanto la voz otra vez, esperando ser bendecida. La esperanza fracturada, el temor es mi enemigo. Pero aquí están mis manos, mi voz llamando a los vientos. Deseo que me escuches, a la hija de la Diosa, hija de la verdad, hija de la tierra y el sol.

El circulo de mi fe me protege. Estrella de cinco puntas, su luz baña mi enigma. Levanto los brazos, elevo el rostro hacía la cúpula enorme de un cielo sin respuesta. Cierro los ojos, la energía primigenia corre por mi cuerpo. Extiendo mi súplica silenciosa, pronuncio tu nombre, Gran diosa madre nuestra. A solas con mi conciencia, perdida en el arrobamiento, te llamo a ti esperando tu gracia. Viento del norte, conjura a tus hermanos. Fuego del sur, pronuncia mi deseo. Dedos del aire, el oeste es tu casa. Ven a mí, sal de los mares, caldo primigenio de vida, desde el este percibo tu aliento. El silencio de la noche se hace plomizo, pero mi corazón vibra en las remembranzas de súplicas semejantes en momentos perdidos.

Aquí estoy para recibiros. La hija del fuego y de la noche. La sierva del viento y el sol.

El viento abraza mis cabellos, mi rostro se sonroja en el aliento de los árboles. El mundo cobra vida ¡Puedo escucharlo hablar! Cánticos escondidos recorriendo vericuetos olvidados. El cauce de los ríos se agita para responder a mi llamado. Deseo la vida, deseo la comprensión. La luz de las velas a mi alrededor bañan mi nombre y mi esencia. ¡Vivo! Las palabras brotan envueltas en lagrimas de mis labios apretados. El fuego susurra para mí, me cuenta historias de forjas y batallas. Enarbolo mi daga, la bandera firme de una raza devastada. La tierra tiembla bajo mis pies y comienzo a comprender el verdadero sentido de esta fuerza aciaga.

Abro los ojos lentamente. El campo solitario se extiende a mi alrededor . El silencio ahora es palpitante, solo roto por el sonido de las ramas de los árboles, sacudidas levemente por las ráfagas del viento. Voces perdidas parecen enredarse entre ellas, la respuesta, la sublime respuesta a mi suplica.

El sentido, el origen.

Cánticos llenan mis pensamientos, figuras que parecen desvanecerse en la oscuridad. Casi puedo ver las siluetas de un grupo de hermosas mujeres, ninfas de piel traslucidas y cabellos largos y sedosos, bailando alrededor de la hoguera ceremonial. Saltan, moviéndose de un lugar a otro, tomándose de las manos, escondiéndose entre las sombra de la tristeza, confundiéndose entre ellas.

Todas ellas, mi madre y su madre, y la madre de esta. La herencia, el vinculo que nos hace eternas. Vida que emigra a través de las palabras antiguas, de cada historia compartida con un nuevo corazón. Danzo yo también, el cabello húmedo al viento, riendo, la luz de la luna bañando mi cuerpo, descubriendo el viejo milagro, el real milagro de la vitalidad humana, palpitando en mi carne y en mi sangre. Sí, aquí estoy.

De la montaña, baja la voz del enigma jamás olvidado. Rostros, ojos que me miran con fijeza. Todas las figuras son femeninas, expresión de la belleza y la fuerza, la energía y la conciencia. Todas llevan ropas blancas, algunas van desnudas, entregadas a la tierra. El cinto de plata resplandece en la luz de las llamas. Puedo reconocer a cada una de ellas.

Son ellas, las brujas, mirándome, esperando mi reconocimiento, el momento de vivir de nuevo en mi compresión. Las hechicera, la curandera, la bruja, sí y sí. No había secretos, no había temor, porque todas eran parte de mi misma, y lo que era mío les pertenecía. No había nada más. Levanté las manos y sentí el poder, el poder al que le temía, el poder de aquellos ojos penetrantes, de aquellas sonrisas brillante y casi perversas, en mi. Mío.

– cada momento…cada cosa que sucede se encuentra vinculado – dijo una de ellas, en voz baja, pero perfectamente audible a pesar de la distancia en mi recuerdo – debes encontrar tu propio origen.

El poder. Las mujeres en mi memoria extendieron sus manos hacía el cielo, mientras el campo entero invocaba la violenta y salvaje fuerza primigenia, la energía del secreto, el nacimiento de la invocación.

– una de nosotras – exclamaron a una sola voz y me encontré repitiendo aquellas palabras – la promesa de nuevo carne… en una de nosotras.
Reí, y el cielo pareció descender sobre mí, sinuoso y violeta, tachonado de estrellas.

El sentido. El Origen.

El vinculo eterno.

Vivo, a pesar de la tristeza y el fuego, en mí.

La mañana llega ya. Llevo de nuevo mis ropas de aldeana, el símbolo de mi herencia escondida bajo la capa oscura, mis cabellos trenzados, mi rostro cubierto por un velo de indiferencia. Pero he recuperado la luminosidad de lo abstracto, de la sangre viva que crea vida, mi carne, mi ímpetu. Soy yo, la hija de mis creencias, la hija de la historia, la esencia viva de mis ancestros, de la historia de mi pueblo, de los ojos de mi Diosa.

Los caminos vuelven a recibirme. El sol brilla en mi rostro. El poder, de nuevo me pertenece. La sabiduría de la comprensión y el secreto del misterio.

Hija de la tierra y de la vieja religión, soy.

Estrella de la Mañana.

Inanna, Señora del Universo y la luz, fue la Gran Diosa de la Edad de Bronce. Venerada como “Reina del Paraiso” su culto se extendió por Babilonia y Sumeria, en donde se realizaban complicadas ceremonias en las que sus participantes se envolvian en hilos de oro para conmemorar su nombre. Se decía que el atuendo de Inanna eran las estrellas y que llevaba el Zodíaco alrededor de la cintura a modo de faja ornamental, decorada por la luz de cada pensamiento humano de bondad. De hecho, su advocación en muchas culturas está relacionada con la fuerza personal del espiritu humano. La sublimación de la fuerza divina en cada uno de nosotros.

En Sumeria, donde fue adorada hace cinco mil años, su templo era conocido como Eanna, que significa “casa del Cielo” Incluso en la actualidad, los practicantes de la Antigua Religión que practica mi familia, nos remitimos a las estrellas de Inanna para pedir por nuestros sueños y aspiraciones.

Además de gobernar los cielos, Inanna poseía poderes sobre los aspectos más importantes de la vida de los sumerios. Como ellos creían que la humedad era causada por la Luna, Inanna era también la Diosa de las nubes de lluvia, que proporcionaba el agua que necesitaban los granos para crecer.

En la tradición de brujeria que heredé de mis mayores, realizamos un sencillo ritual para conmemorar la energia y fuerza de Inanna. Para ello, necesitaremos tomar de un maso de Tarot la carta de la Estrella, a la que simbólicamente se encuentra vinculada la energia de la Diosa, una pieza de plata ( puede tratarse de un dije, anillo, cadenilla ), dos velas azul marino y un vaso de agua helada.

El ritual se realiza de la siguiente manera:

Coloca a tu derecha e izquierda las velas azules, frente a ti la carta y junto a ella, el vaso con agua fria. Introduce dentro del vaso la pieza de plata.

Ahora, coloca tus manos sobre los objetos e invoca de la siguiente manera:

“Saludo a la luz del poniente
Al despertar del tiempo
al Juego del la luna y el sol
Invoco la fuerza del mar
y el voz del viento
la flama alta y osada
Invoco a la que baila entre las estrellas
y conoce el secreto del Cosmos
Sea Inanna la Reina del templo de mi alma
y el aliento divino que llene mi interior”

Ahora enciende la vela a tu derecha diciendo:

“Que la cúpula celeste sea mi nombre
Invoco el poder de Inanna
para que el conocimiento Universal
sea en mi
en forma de sentimiento
en forma de deseos
en forma de necesidad de creación”

Enciende la vela a tu izquierda diciendo:

“Recibo el obsequio de luz
la fuerza de la voz del tiempo
En mí
la luz de las estrellas
De las manos de la Gran Señora
la recibo”

A continuación, toma el vaso de agua y levantalo, invoca de la siguiente manera:

“Acudo a ti Inanna
porque en ti las estrellas encuentran solaz
en busca de sabiduría
recurro a tu nombre
en el nombre de la luz y el tiempo
Te pido Inanna
que seas mi guia en la oscuridad
en el miedo y la tempestad”

Por último, toma la carta del Tarot y sosteniendola entre tus manos, toma 7 bocanadas profundas de aire. Mira fijamente el dibujo, dejando que su significado y poder te envuelvan. Trata de integrar lo que sientes y piensas a través de la metáfora que te ofrece el arcano. Imagina que cada pequeño detalle del dibujo, posee un peso y una textura especifica en tu mente. Permite a tus pensamientos cohexionarse y crear una imagen especifica, una huella, un anuncio a la que tu propia energia otorgará un concepto. Que la fuerza de Inanna te proporcione la sabiduría para crear un espacio de sabiduría primigenia en tu interior.

Para cerrar el ciclo de energía que has abierto, permite que las velas se consuman y posteriormente puedes utilizar la pieza de plata que escogiste para el ritual, para realizar meditaciones y focalizar tus pensamientos durante rituales relacionados con tu fuerza interior.

(1) Según la Tradición de la Antigua Religión que practica mi familia, hoy se celebra la fiesta de Inanna en su advocación como Reina del Cielo.