Archive for abril 14, 2007

La pasividad de una imagen subjetiva.

En 1947 fueron dos las películas que se rodaron usando la técnica de la cámara subjetiva que es cuando la propia cámara simula ser uno de los personajes y lo vemos todo a través de su punto de vista. Es algo que se ha realizado en muchas, muchas películas, pero únicamente en una determinada escena y por poco tiempo. ‘La Senda Tenebrosa’, esa gran película del gran Delmer Daves lograba narrar tres cuartos de hora de película siguiendo esa técnica, dando como resultado un magnífico film donde dicha técnica estaba perfectamente justificada en el argumento de la película. Robert Montgomery quiso ir más allá rodando la adaptación de una novela del mítico Raymond Chandler en ‘La Dama del Lago’ rodando enteramente toda la película en cámara subjetiva, salvo unos cortes en los que el propio director hablándole directamente al espectador aclara ciertos puntos de la historia. Desde luego no hay que negar que Montgomery se arriesgó por completo al querer rodar la película de esta forma.

La historia es bastante confusa, algo que al parecer era muy habitual en las novelas de Chandler quién reconocería ante algún director famoso que adaptó alguna de sus obras que ni él mismo sabía el porqué de algunas incoherencias en sus argumentos que llevaban a cierta confusión. Aquí tenemos al archiconocido Philip Marlowe aceptando un caso en el que tiene que encontrar a la mujer de un importante empresario la cual ha desaparecido. Una caso en apariencia nada complicado pero que por supuesto y cómo ocurre siempre en este tipo de películas, hay más de lo que realmente parece a primera vista.

El principal problema de la cinta es lo cansino y pesado que resulta el hecho de estar viéndolo todo a través de los ojos de Marlowe, personaje que nunca mejor dicho, lleva el peso de absolutamente todo el film. De este modo, la historia en cuestión nos es narrada o relatada por un montón de personajes que van apareciendo unos tras otros y que le hablan a la cámara (Marlowe) soltando un montón de datos, algunos de ellos inconexos y que terminan resultando un lío. Dicha confusión ya se produce a los diez minutos de proyección, por lo que el espectador se encuentra perdidísimo, y sólo gracias a las intervenciones del director logramos aclarar algo del asunto. Intervenciones que por totro lado rompen bruscamente el ritmo de la historia, aunque Montgomery lo incluye porque es un recurso que también se utiliza en la novela. Craso error, ya que en la película no funciona absolutamente nada.

Respecto al trabajo actoral, decir que Robert Montgomery, que aparte de dirigir actuaba, siempre fue un actor mediocre y aquí los demuestra con creces. Lo bueno del asunto de la cámara subjetiva es que tenemos que verle pocas veces y así sólo oímos su voz, la cual parece siempre como fuera de escena, nunca mejor dicho. El personaje de Marlowe nunca parece totalmente integrado en la historia, y su voz resulta como muy exagerada. Lo mismo le pasa al resto de actores, que se pasean por delante del objetivo con extrañas caras de asombro o mirando demasiado fijamente al espectador, por no hablar de gestos forzados. Al respecto citar a Audrey Totter, que realiza una interpretación exageradísima de su personaje. Sólo se salva Lloyd Nolan, que parece imprimirle algo de profesionalidad al asunto y actúa como un actor de verdad resultando enormemente creíble.

Una floja película, bastante aburrida, y que tiene únicamente la originalidad de la cámara subjetiva, que por un lado resulta fascinante e incluso delirante, pero por otro termina lastrando las posibilidades de un relato algo confuso, pero con el que se podría haber realizado una gran obra de cine negro. Una pena.

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Un fragmento de tiempo perfecto

Steve McCurry nació en 1950 en Philadelphia y desde siempre supo que quería dedicarse a la fotografía. Su gran sensibilidad social, unida a su profundo conocimiento de la fuerza de la imagen, le otorgan un estilo heterodoxo que marcó pauta dentro del mundo de la imagen en su expresión más depurada. Demostró un talento especial para el retrato emotivo en color, buena prueba de lo cual es su famosa foto ‘Chica de ojos verdes’, portada más recordada del Nacional Geographic. Ha cubierto muchos conflictos a lo largo de su carrera, demostrando sus excelentes cualidades para el fotoperiodismo: La Guerra de Irán-Irák, Beirut, Camboya, Filipinas, la Guerra del Golfo y una continuada cobertura de los conflictos en Afganistán. Sus trabajos han sido publicados por las revistas y rotativos más prestigiosos del mundo.

Su marca de calidad siempre ha sido mostrar el carácter humano de los conflictos, con fotos cercanas y llenas de sensaciones, usando casi siempre el color para enseñar la verdadera cara de la realidad.

La carrera de McCurry empezó a despuntar cuando, con apenas 30 años se desplazó a la zona de la frontera entre Paquistán y Afganistán, disfrazado con el traje tradicional paquistaní, una zona sumamente peligrosa y controlada por rebeldes. La época fue justo después de la invasión rusa de esos territorios y lo que menos querían los soviéticos eran periodistas husmeando por allí. Por eso, McCurry se había cosido los carretes a la ropa y llevaba bien oculta su cámara de fotos.

Cuando sus fotos vieron la luz, se convertían en las primeras imágenes de ese conflicto en hacerse públicas y su osadía y bravura, le hicieron merecer la Medalla de Oro Robert Capa al Mejor Reportaje Fotográfico en el Extranjero, un premio que reconoce la labor de los mejores fotógrafos en situaciones de riesgo excepcional. Una de esas fotos le dio fama internacional de manera sobresaliente, la que eligió la revista National Geographic para ilustrar su portada en junio de 1984.

Gracias a esta prodigiosa foto, McCurry adquirió fama en todo el mundo. Años después, el fotógrafo se propuso encontrar a la mujer de la foto, lo que logró tras muchas pesquisas.

Actualmente, Steve McCurry vive en Nueva York y ofrece sus sabiso conocimientos en varios talleres de fotografía en los que muestra todos sus conocimientos y su forma de trasmitir a través de la lente.

Un momento de belleza en medio de la Violencia:

Ella es afgana, tiene los ojos verdes y su mirada fue símbolo durante muchos años de todos los niños que sufrían guerras en este mundo, acaso hoy lo sigue siendo, al menos lo era hasta que le conocimos el nuevo rostro que el tiempo le concedió 18 años después. La foto fue tomada por el reportero del National Geographic Steve McCurry, que estaba haciendo un reportaje sobre los refugiados de un pueblo afgano después de que éste fuera bombardeado por los soviéticos. McCurry buscaba un reportaje que impactase en las pupilas de los muchos lectores del mundo desarrollado que iban a leer la revista, buscaba la ‘foto’ como hacen todos los fotoperiodistas del mundo. La ‘foto’ que no necesita ir acompañada de ninguna palabra para ser entendida.

Han transcurrido más de veinte años y su rostro sigue conmocionando como entonces lo hizo. Sus ojos se han clavado en la retina de todo el mundo, porque se ha convertido en todo un icono de los padecimientos de la guerra en el cuerpo de civiles y porque es, probablemente, una de las portadas más famosas de la historia de la humanidad.

Entonces, en junio de 1984, en el campo de refugiados paquistaní de Nasir Bagh, en Peshawar, McCurry quedó impresionado por la mirada desafiante de una niña que, con calma, miraba la lente del fotógrafo. Steve sólo anotó su edad, ‘doce años’, lo único que compartió con la niña, salvo aquella pertinaz mirada cargada de preguntas. Sólo la edad, y luego el silencio. Ella, la niña, nunca supo que un año después sus ojos iban a convertirse en la inolvidable portada de una de las revistas más importantes del mundo. No lo sabría en dieciocho años, el mismo tiempo que a McCurry le llevó conocer el nombre de su improvisada modelo.

El fotógrafo supo entonces que había hecho un gran trabajo, pero no se conformó con eso. Desde la publicación de la fotografía -y más después de comprobar su enorme repercusión- McCurry comenzó a acariciar la posibilidad de encontrarla de nuevo. Al principio no se movió mucho para cumplir este empeño, más preocupado por seguir trabajando que en llevar a cabo una búsqueda que se antojaba complicada.

Pero tuvo un golpe de suerte. Pasados unos años desde la primera publicación, la propia revista para la que había hecho la famosa foto, le pide que haga una segunda: que busque a la niña y cuente qué pudo haber sido de ella. McCurry se pone manos a la obra y llega de nuevo a aquel campamento de refugiados en el que diecisiete años antes hiciera su famosa foto justo cuando el campo va a ser clausurado. Es la última oportunidad del fotógrafo para, al menos, conocer el nombre de la niña a la que hizo tan famosa.

Las pesquisas se hacen interminables, se hace acompañar de un famoso periodista pakistaní llamado Rahimullah, pero al principio todas las pistas se convierten en humo: mujeres con un sorprendente parecido físico, rumores de que falleció a los trece años de edad a causa del parto de su primer hijo, que es modelo o profesora de inglés de los hijos de Bin Laden y que, por consiguiente está en bsuca y captura por la CIA… con la moral por los suelos, McCurry regresa a USA, pero deja a Rahimullah al cargo de la investigación. Entonces las cosas mejoran: Rahimullah encuentra a un hombre que asegura ser el hermano de la muchacha de la foto, así que junto a Boyd Matson, compañero de McCurry, se presentan en su casa. Afortunadamente logran obtener el permiso del marido y de sus tres hermanos para hablar con ella y verla, pero con el rostro oculto tras un velo.

Ya tienen, al menos, su nombre: Sharbat Gula. La periodista Carrie Regan, encargada de hablar con ella y hacerle unas fotos, dijo de su entrevista con la refugiada que pertenecía a la etnia pastún, casada y con tres hijas, Robina, Zahida, y Alia (una más se le murió siendo muy pequeña). Se desconocía su año de nacimiento, pero calculaba que tenía alrededor de 30 años. El enigma se había resuelto satisfactoriamente. Las fotos que le hicieron se mandaron a ser contrastadas con la más alta tecnología, de la que se usa en los aeropuertos, que consiste en reconocer a las personas por el iris del ojo. Los resultados confirman que Shartat y la niña de la portada tienen los mismos ojos en un 99,9%.

McCurry vuela de inmediato al pueblo de la mujer y se reencuentra con ella. Ya no es un niña huérfana que mira al mundo con cierto desafio. Ahora es una mujer escondida tras un burka, es una mujer islámica aplastada por el peso de sus escasos 30 años, es casi anciana pese a su juventud. Sus ojos, su rostro sólo reflejan una vida que no ha debido ser muy buena. El fotógrafo y su musa hablan, el reencuentro emociona tanto a Steve que habla sin parar de lo que ha supuesto la foto de Shartab en el mundo, cosa que ella, por supuesto, desconocí hasta el momento mismo en el que tocaron a su puerta aquellos extraños.

McCurry pide permiso para volver a fotografiarla. Quiere mostrarle al mundo lo que al vida le ha hecho a su niña. Quiere enseñarla, quiere que todos sepan que continúa viva y cómo le va, qué aspecto tiene, qué tiene que contar. El reportaje se publica en Nacional Geographic en marzo de 2003, siendo un éxito como lo fue le primero, publicado dieciocho años atrás.

La revista, además, va más allá y crea una fundación en honor a la protagonista de su portada más célebre, un fondo especial de ayuda al desarrollo y creación de oportunidades educativas para las niñas y mujeres afganas. Además, le reportó a Shartab todo el dinero derivado de los derechos de imagen por los 18 años de reproducciones de su rostro. La historia tuvo un final ¿feliz?

Septiembre en sangre.

Luego de ver la pésima recreación cinematografica de los sucesos ocurridos en las Olimpiadas de Munich llevada a cabo por Steven Spielberg, investigué un poco para darle mayor coherencia a los conocimientos dispersos que el guión dejó sin resolver. Fue así como, o que en un principio me pareció una manipulación politica a través de la imagen, se relevó para mí como una historia apasionante.

Dos días antes de empezar los Juegos Olímpicos, el gobierno aleman recibió un informe sobre posibles atentados terroristas en Europa. El primero llegó a Lufthansa, alertando sobre un plan para desviar un avión de la Sabena belga en la ruta Bruselas-Londres y llevarlo a Adén, en Yemen del Sur. Presumía que un comando árabe viajaría en tres grupos a Londres, Amsterdam y Madrid entre el 4 y el 30 de agosto, proveniente de Rumania, Austria y Alemania Federal.

El 30 de agosto un nuevo aviso emanado de la inteligencia alemana reveló la partida desde Beirut de un grupo de fedayines. Era el quinto día de competencia. Los guardias y de la RFA fueron puestos en doble alerta.

En la villa olímpica había 15.000 policías, 25 helicópteros, 12.000 soldados, un centenar de agentes de contraespionaje. Todos formaban un aparato impotente, paralizado por antiguas culpas, inhibido por los fantasmas del pasado, de aquella olimpiada de 1936 organizada por el Tercer Reich, cuya imagen se quería borrar.

Pasadas las cuatro de la mañana del martes 5 de septiembre un patrullero observa a un joven de sombrero blanco y traje de safari cerca de la villa. Poco antes, un empleado de correos ve a cinco hombres en buzo que saltan la reja. “Vaya, cinco atletas que se fueron de juerga”, piensa.

A las cinco en punto, ocho sujetos enmascarados ingresan a la villa e invaden el hospedaje de los israelitas. Nueve logran escapar, once son atrapados. El entrenador del equipo de lucha, Moshé Weinberg, de 33 años, quien llegaba de comer de un restaurante, el levantador de pesas Joseph Roamno son asesinados al resistir. Alguien llama a la policía. “Hay un tiroteo”, se avisa.
Las horas finales

Brandt hace el último intento. Trata de convencer a Egipto para que reciba a los palestinos. Cerca de las nueve habla con un consejero de Andwar Sadat: “No queremos vernos involucrados”, le responde. Brandt se toma la cabeza. “Es una catástrofe”, musita.

Pasadas las nueve el jefe de los terroristas abandona el edificio para examinar la ruta de salida. “Si no vuelvo en 3 minutos, mátenlos”, ordena a sus hombres. Regresa y ambos grupos abordan un bus rumbo a dos helicópteros. Las armas de los fedayines sobre las cabezas de los deportistas.

Despegan tres helicópteros. En dos de ellos viajan los protagonistas del trama. En el otro, como espectadores impotentes, Van Genscher, Merky Schreiber.

Helicóptero, después de la explosiónDiez minutos después las naves aterrizan en el aeropuerto. Sólo está alumbrada la torre y los edificios vecinos. De los 25 tiradores, cinco han logrado llegar al campo y se ubican tras el avión de Lufthansa.

A las 23:03 dos terroristas bajan, caminan hacia el avión y vuelven. Enseguida otros dos descienden empujando a dos rehenes que llevan sus manos atadas a la espalda. La pista es súbitamente alumbrada con bengalas y focos. Suenan disparos. Los palestinos matan a dos atletas antes de caer impactados por balas de los tiradores. Se hace el silencio.

La bandera olímpica a media asta en honor a los atletas asesinadosPasada la medianoche se les pide que se rindan. Un miembro de Septiembre Negro lanza una granada sobre un helicóptero. Cuatro israelitas y el piloto vuelan por los aires en medio de una bola de fuego. El infierno se desata.

Poco después, en medio del humo, surge en toda su magnitud la tragedia. Sólo tres de los secuestradores sobreviven.

La venganza. “Acuérdese de este día”.

Tel Aviv. Diez días después. Zvi Zamir, jefe del servicio secreto israelí -el Mossad-, llega a la casa de un veterano agente. Va en busca del hijo mayor de la familia, un capitán de reserva de los comandos -Avner-, de 25 años, héroe de la Guerra de los Seis Días. Avner es buzo táctico, combatiente de excepción entre las tropas judías de elite.

En pocos minutos ambos están frente a Golda Meir y al ídolo del ejército de Israel, el general Sharon. “Acuérdese de este día. Lo que vamos a hacer puede cambiar el curso de la historia judía”, le dice la Primera Ministra.

La misión de Avner será ejecutar a los once hombres que planificaron y organizaron la matanza de los atletas judíos. Si se le captura, Israel negará cualquier vinculación. Tampoco deberá regresar mientras no se le autorice. Eso sí, dispondrá de cuentas abiertas en Ginebra, París y Amsterdam por 250 mil dólares, que serán repuestos tras cada giro.

Avner comandará a un grupo que integrarán además otros cuatro hombres: Carlos, un viejo halcón judío alemán; Hans, un falsificador genial; Robert, hijo de un matrimonio de jugueteros de Birmingham, experto en explosivos; y Steve, proveniente de Sudáfrica, especialista en borrar huellas de atentados.

Una exigencia es perentoria: “Deben ser precisos. No dejar víctimas inocentes. Nuestros enemigos deben pensar que están indefensos y que los podemos alcanzar cuando queramos”, se les advierte.
Se inicia la cacería

Abandonan Israel con destino a RFA. Su primer contacto es un tal Andreas, miembro de la Baader Meinhoff, a quien pagan 100 mil dólares por información. Avner viaja a Canadá donde se entrevista con integrantes del Frente de Liberación de Quebec. Regresa a Europa y en París un viejo librero trotskista que vive en el Barrio Latino lo contacta con un terrorista latinoamericano que iniciaba sus operaciones junto a la banda Baader y que le proporciona valiosas pistas.

Cuarenta días después de la matanza de Munich los vengadores localizan a su primera víctima, el encargado de reclutar al comando palestino. Está en un departamento del Corso Trieste, en Roma.

El 16 de octubre, cuando llegaba con una bolsa de víveres, es abordado por dos de los judíos. “¿Es usted Wael Zwaiter?”, le preguntan. Al asentir, Avner y Robert le dispara catorce balas de Beretta 33.

En París, el 8 de diciembre, ubican a Mahmud Hamshari. Está en el 175 de la calle Alesia, protegido por cuatro fedayines. Le interfieren el teléfono y cuando solicita un técnico para repararlo acude Robert, que coloca una pequeña bomba bajo la mesa del aparato.

Una señal sonora activa luego la explosión y Hamshari es alcanzado en el bajo vientre. Tarda un mes en morir, pero antes revela la técnica empleada por sus asesinos.

El 24 de enero de 1973, Abal Al Chir, un organizador de atentados que aparenta ser profesor de lenguas orientales, se acuesta en su cama en un hotel de Nicosia. Seis cargas explosivas instaladas entre el somier y el colchón estallan y lo despedazan. Avner y sus hombres quedan satisfechos.

Basil Al Kubeisi, responsable de los armamentos del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), es baleado por Avner y Hans el 6 de abril muy cerca de la Iglesia de Madelaine, en París. Es la cuarta víctima.

Los vengadores se trasladan a Beirut. Allí están los otros tres responsables de la masacre de Munich: Kamal Nasser, Kamal Udwan y Abu Yussuf (miembro del comité central de Al Fatah), protegidos por el máximo líderl del FPLP, el doctor Georges Habache. Más de cincuenta palestinos vigilaban el lugar, un edificio de tres pisos.

Avner avisa a Israel y propone organizar una operación combinada con comandos que lleguen por mar. El 8 de abril Yussuf es acribillado desnudo a la salida de un encuentro amoroso; Nasser es baleado en su despacho y Udwan desintegrado por una granada. Cargas explosivas derriban el edificio para proteger la huida de los comandos judíos.

Esa noche, a metros de allí, se escapa uno de los hombres más buscados por Avner, Muhamad Budía, el ex jefe del Frente de Liberación Nacional argelino y responsable del FPLP para toda Europa. dos meses más tarde, el 28 de junio, lo soprenden en París. Robert pone una bomba en el automóvil de Budía y a los minutos el terrorista salta despedazado.
Ojos y dientes apretados

La cacería se hace cada vez más difícil. Waddi Haddad, jefe de la masacre de Munich se refugia en Yemen del Sur. Otros dos, Hassan Salameh (hombre clave del aparato de inteligencia de Al Fatah) y Abu Daud, no son habidos. Entonces, los judíos se transforman en perseguidos.

Carl es víctima de los encantos de una terrorista holandesa; Hans es acribillado en el Ostpark de Francfort; Robert es dinamitado en su laboratorio clandestino en Bruselas.

Ephraim ordena el regreso de Avner y Steve. Sólo el segundo obedece. Avner, obsesionado, intenta seguir la batida.

El Mossad envía a Europa un grupo de relevo. En enero de 1979, Salameh y sus guardaespaldas son desintegrados en Beirut. En julio de 1981, Abu Daud es baleado en una cafetería de Varsovia. Haddad, el único inalcanzable, el que decidió la masacre, muere de cáncer en un hospital de Berlín oriental.

Un tercer equipo también operaba desde julio de 1973, un mes después de la ejecución de Budía. El Mossad había encomendado a un mercenario francés, Edouar Laskier -Mike-, la muerte de Salameh y Daud. Mike recluta a 15 personas cuyas mayores habilidades son manejar rifles calibre 22 y las reúne en la ciudad noruega de Lille Hammer.

Un informante del Mossad había avisado que Salameh entraría en contacto con un hombre de Septiembre Negro,un tal Kamel Benamane. Mike y sus hombres ubican a su presa en una casa, junto a una piscina, conversando con quien suponen su contacto. Disparan trece balas sobre Salameh, quien en verdad era un marroquí, llegado a Suecia en 1966, casado con una sueca y, lo más importante, completamente inocente.

El 20 de enero de 1974 cinco miembros del comando de Mike son condenados a prisión en Noruega. Los otros alcanzan a huir. En tanto, comenzaba a adquirir notoriedad otro terrorista, un joven que había estudiado en la Universidad Patricio Lumumba, en la Unión Soviética, y quien sin saberlo, había estado con Avner en septiembre de 1972, conversando en la librería de un viejo trotskista. Su nombre: Ilich Ramírez, o simplemente, Carlos.

La Gran Reina de la luz.

En la mitología hindú, Satyábhāmā (1) es la tercer esposa del rey Krishna (una de las ocho favoritas entre un total de 16.108 esposas). Su nombre significa ‘la que tiene el brillo de la Verdad’ o ‘la que tiene verdadero lustre’ (satyá: ‘verdad’, bhāmā: ‘lustre, brillo [de la piel]’).

Según el MahaBhárata, el Hari Vamsa y los Purānas, como esposa de un avatar de Vishnú, se la considera una encarnación secundaria de Lakshmi (la consorte eterna de Vishnú), siendo la principal Rukmini. Poseía una personalidad difícil. Según el Bhāgavat Purāna era afectuosa, apasionada, rebelde, revoltosa, resentida y muy celosa. Indujo a su esposo Krishna a declarar la guerra (y finalmente vencer) al dios Indra para arrebatarle el árbol de la sabiduría. Ella provocó la pelea final de los Yádavas, la familia de Krishna.

Algunos textos posteriores que cuentan leyendas sobre Satyabhama y su particular (celosa e irascible) relación conyugal con Krishna:

* Satyábhāmā Parinaya
* Satyábhāmā Bhyudaya o Satyábhāmā Abhyudaya
* Satyábhāmā Daya Kāvya
* Satyábhāmā Daya Vyākhāna
* Satyábhāmā Vilāsa

Matrimonio:

Satiábhama era la hija de Satrajít (hijo de Nighna), un kshatriya (militar) a quien Surya (el dios del Sol) le había regalado la joya Syamantaka (probablemente un rubí). Krishna, rey de Dvaraka, le pidió esta joya, diciéndole que estaría más segura custodiada en su palacio. Pero Satrajít —que estaba muy apegado a su joya— se negó a entregársela.

Poco tiempo después, Prasena, el hermano de Satrajít, salió a cazar llevando la joya en su pecho, pero fue matado por un león. El hombre-gorila Jambavān (conocido por su rol en el Ramayana) mató al león y le dio la joya a su hijo para que jugara con ella. Cuando Prasena no retornó nunca de su cacería, Satrajít acusó a Krishna de haber matado a Prasena para quedarse con la joya Śyamantaka.

Krishna, para quitar esta mancha en su reputación, salió en busca de la joya, y la encontró en una caverna, en manos del hijo de Jambavān. Jambavān atacó al dios Krishna creyendo que era un intruso que había venido a robar la joya. Pelearon durante 28 días, hasta que Jambavān, con todo su cuerpo terriblemente debilitado por los puñetazos de Krishna, finalmente reconoció que ese no era un ser humano, sino su amado Señor Rāma.

Yo te conozco. Tú eres la vida en todas las criaturas, la virilidad, la intrepidez y la fuerza. Tú eres Vishnú, el Señor Primigenio, que prevalece sobre todo, el Señor Supremo de los mundos. [Bhāgavata Purāna 10.56.26]

Como arrepentimiento por haber peleado con Krishna, Jambavān le regaló a Krishna la joya y también a su hija Jambavati en matrimonio. Krishna le devolvió la joya a Satrajít, quien arrepentido por haber peleado con Krishna, le regaló a Krishna la joya y también a su hija Satiábhama en matrimonio. Krishna aceptó a Satiábhama como esposa, pero no aceptó la joya.

En la mitología hindú, Satiadjit [sic, por Satrājit] es un sabio [sic, por militar] que recibió del Sol un magnífico rubí que despertó la codicia de Krisna. Satiadjit, no queriendo deshacerse de él y temiendo que el dios se lo arrebatara, confió la joya a su hermano Prasana [sic, por Prasena], quien desapareció con el rubí. Krisna le persiguió y tras diversas aventuras consiguió recuperarlo y devolvérselo a su dueño, quien murió de la emoción, no sin antes confiar al dios a su hija Satiabama.

En textos del principio del siglo XX, los textos sánscritos llegaban a España a través de traducciones del idioma francés (por eso utilizaban el fonema dj, que equivale a la j inglesa, que es la que actualmente se utiliza para transliterar el nombre de Satrajít).

Varios reyes hindúes llevaron el nombre Satyájit, que significa ‘victoria de la verdad’ (satya: ‘verdad’; jit: ‘victoria’). En cambio el nombre de Satrajít (el suegro de Krishna) significa ‘victoria sobre los enemigos’ (satrā: ‘enemigo’; jit: ‘victoria’).

Y en realidad Satrajít no murió de la emoción, sino que fue matado muchos años después por Śata-Dhanwa (del bando de los Kurus) peleando del mismo lado que Krishna en la guerra de Kurukshetra.
Satiábhama mata al demonio Naraka:

Naraka era un rey demonio, que reinaba sobre la ciudad de Prajyotish, una ciudad al sudeste de Nepal. Obtuvo la bendición del Señor Brahmā de que sólo podría morir en manos de una mujer. Armado con esa bendición, el reinaba como un déspota. Era conocido por su irrespeto por los semidioses y las mujeres.

Adicto al poder, derrotó al Señor Indra, el rey de los devas (semidioses), raptó a 16.000 mujeres y las mantuvo cautivas en su palacio. Le robó los aretes a Aditi, la diosa madre de los devas y usurpó algunos de sus territorios. Aditi era pariente de Satiábhama. Cuando ella oyó acerca de cómo trataba Narakasura a las mujeres, y su conducta con Aditi, le dio un ataque de furia. Satiábhama le pidió permiso al Señor Krishna para armar una guerra contra Narakasura. Krishna no sólo aceptó, sino que ofreció manejar su cuadriga en el campo de batalla.

El día de la guerra, Satiábhama peleó bravamente contra Narakasura, pero no podía con su destreza marcial. Después de algunos días de pelea, cuando Naraka tuvo la oportunidad, apuntó hacia Krishna, y lo hirió levemente. Krishna se desmayó, y Satiábhama enloqueció de ira. Dobló sus fuerzas y atacó al rey demonio y finalmente lo mató. Liberó a las 16.000 mujeres, y —debido a las costumbres de la época— Krishna tuvo que casarse con todas.

La muerte de Narakasura fue una victoria del bien sobre el mal, y cada año los hindúes celebran el Naraka-chaturdasi con banquetes y fuegos artificiales.

Tulabharam (el pesaje con balanza):

El mito llamado Sri Krishna tulabharam revela la grandeza de la devoción de Satiábhama por su esposo Krishna.

Satiábhama se enorgullecía del amor que Krishna sentía por ella, y de cómo ella tenía poder sobre él. En cambio Rukmini, la primera reina Krishna, era una esposa dedicada y humilde en su servicio a su Señor. En una ocasión el travieso rishi (sabio) Nárada llegó a Dwaraka y durante una conversación le sugirió a Satiábhama el amor que Krishna le mostraba no era real, y que en realidad era la humildad de Rukmini la que tenía verdadero control sobre su corazón. Incapaz de aguantar eso, Satiábhama desafió a Narada a que lo probara.

Narada Muni, con su expertez en el uso del engaño retórico, la hizo aceptar un vrata (voto ritual) en el que ella le daría a su esposo en caridad a Narada y luego lo reclamaría dándole el peso de Krishna en riquezas. Narada le hizo creer que el amor de Krishna hacia ella aumentaría varias veces si ella tenía éxito en este tula-bharam (pesaje con balanza). También instigó su orgullo al señalar que quizá su riqueza no fuera suficiente para igualar el peso de Krishna. Ella le replicó que podía movilizar tanta riqueza que para ella sería un juego de niños igualar el peso de Krishna. Narada le advirtió que si ella no podía hacerlo, él se volvería dueño de Krishna y podría disponer de él como un esclavo.

Pronto se estableció la escena para el vrata. Satiábhama dio a Krishna en caridad (dana) a pesar del pedido de las demás esposas. Krishna sumisamente se sometió a esta comedia. Después de donar Krishna a Narada, Satiábhama hizo instalar una gran balanza y mandó traer todo su oro y sus joyas. Pero aunque puso todo lo que tenía, la balanza no se movió. Narada empezó a deseperarla diciendo que si ella no ponía suficiente oro o diamantes, él iba a estar forzado a vender a Krishna como esclavo a cualquiera. Satiábhama se tragó su orgullo y les pidió a las demás reinas que le dieran sus joyas. Todas aceptaron, por amor a Krishna.

Krishna clavó un cuchillo en la herida abierta de Satiábhama al empezar a llorar y decir que ahora sería el esclavo de algún pastor, y que no podría sufrir la separación de su amada esposa Rukmini. Encima Narada le sugirió a Satiábhama que sólo la reina Rukmini podría librarla de esta dificultad. Finalmente Satiábhama se tragó su orgullo y le pidió ayuda a la primera esposa de Krishna. Rukmini vino, y con una oración a su esposo puso una sola hoja de tulsi (albahaca sagrada de la India) sobre la balanza (tula). El platillo de la balanza se volvió tan pesado, que incluso después de quitar la montaña de joyas, la balanza seguía inclinada hacia la hojita de tulasī.

Origen

Esta historia se utiliza para enfatizar el significado de Tulsi y cómo la humildad y el bhakti (la devoción) son más grandes que cualquier ganancia material. Probablemente esta historia en particular fue escrita por vaisnavas dákshina (‘lado derecho’), que apoyaban la sumisión a Krishna inspirados en el tipo de amor de Rukmini. Eran contrarios a los bama (‘izquierdos’), que apoyaban a Satiábhama y a la pastora Radharani (quienes no eran sumisas a Krishna, y siempre estaban provocándolo y aguijoneándolo).

Reencarnación medieval

Los seguidores del santo bengalí Chaitania (1486–1534) creían que él era un avatar (encarnación) de Krishna, por lo que concluyeron que cada uno de sus discípulos y amigos más cercanos debía de ser una reencarnación de los asociados de Krishna (tal como se los describe en los Purānas). Analizando la personalidad de Satiábhama, juzgaron que su reencarnación bengalí debía de ser Jagad-Ananda Pandit, un irascible y apasionado compañero íntimo de Chaitania.

(1) En la India, hoy se celebra la advocación de Satyábhāmā, como dueña y señora de la luz y la verdad.

La Gran Reina de la luz.

En la mitología hindú, Satyábhāmā (1) es la tercer esposa del rey Krishna (una de las ocho favoritas entre un total de 16.108 esposas). Su nombre significa ‘la que tiene el brillo de la Verdad’ o ‘la que tiene verdadero lustre’ (satyá: ‘verdad’, bhāmā: ‘lustre, brillo [de la piel]’).

Según el MahaBhárata, el Hari Vamsa y los Purānas, como esposa de un avatar de Vishnú, se la considera una encarnación secundaria de Lakshmi (la consorte eterna de Vishnú), siendo la principal Rukmini. Poseía una personalidad difícil. Según el Bhāgavat Purāna era afectuosa, apasionada, rebelde, revoltosa, resentida y muy celosa. Indujo a su esposo Krishna a declarar la guerra (y finalmente vencer) al dios Indra para arrebatarle el árbol de la sabiduría. Ella provocó la pelea final de los Yádavas, la familia de Krishna.

Algunos textos posteriores que cuentan leyendas sobre Satyabhama y su particular (celosa e irascible) relación conyugal con Krishna:

* Satyábhāmā Parinaya
* Satyábhāmā Bhyudaya o Satyábhāmā Abhyudaya
* Satyábhāmā Daya Kāvya
* Satyábhāmā Daya Vyākhāna
* Satyábhāmā Vilāsa

Matrimonio:

Satiábhama era la hija de Satrajít (hijo de Nighna), un kshatriya (militar) a quien Surya (el dios del Sol) le había regalado la joya Syamantaka (probablemente un rubí). Krishna, rey de Dvaraka, le pidió esta joya, diciéndole que estaría más segura custodiada en su palacio. Pero Satrajít —que estaba muy apegado a su joya— se negó a entregársela.

Poco tiempo después, Prasena, el hermano de Satrajít, salió a cazar llevando la joya en su pecho, pero fue matado por un león. El hombre-gorila Jambavān (conocido por su rol en el Ramayana) mató al león y le dio la joya a su hijo para que jugara con ella. Cuando Prasena no retornó nunca de su cacería, Satrajít acusó a Krishna de haber matado a Prasena para quedarse con la joya Śyamantaka.

Krishna, para quitar esta mancha en su reputación, salió en busca de la joya, y la encontró en una caverna, en manos del hijo de Jambavān. Jambavān atacó al dios Krishna creyendo que era un intruso que había venido a robar la joya. Pelearon durante 28 días, hasta que Jambavān, con todo su cuerpo terriblemente debilitado por los puñetazos de Krishna, finalmente reconoció que ese no era un ser humano, sino su amado Señor Rāma.

Yo te conozco. Tú eres la vida en todas las criaturas, la virilidad, la intrepidez y la fuerza. Tú eres Vishnú, el Señor Primigenio, que prevalece sobre todo, el Señor Supremo de los mundos. [Bhāgavata Purāna 10.56.26]

Como arrepentimiento por haber peleado con Krishna, Jambavān le regaló a Krishna la joya y también a su hija Jambavati en matrimonio. Krishna le devolvió la joya a Satrajít, quien arrepentido por haber peleado con Krishna, le regaló a Krishna la joya y también a su hija Satiábhama en matrimonio. Krishna aceptó a Satiábhama como esposa, pero no aceptó la joya.

En la mitología hindú, Satiadjit [sic, por Satrājit] es un sabio [sic, por militar] que recibió del Sol un magnífico rubí que despertó la codicia de Krisna. Satiadjit, no queriendo deshacerse de él y temiendo que el dios se lo arrebatara, confió la joya a su hermano Prasana [sic, por Prasena], quien desapareció con el rubí. Krisna le persiguió y tras diversas aventuras consiguió recuperarlo y devolvérselo a su dueño, quien murió de la emoción, no sin antes confiar al dios a su hija Satiabama.

En textos del principio del siglo XX, los textos sánscritos llegaban a España a través de traducciones del idioma francés (por eso utilizaban el fonema dj, que equivale a la j inglesa, que es la que actualmente se utiliza para transliterar el nombre de Satrajít).

Varios reyes hindúes llevaron el nombre Satyájit, que significa ‘victoria de la verdad’ (satya: ‘verdad’; jit: ‘victoria’). En cambio el nombre de Satrajít (el suegro de Krishna) significa ‘victoria sobre los enemigos’ (satrā: ‘enemigo’; jit: ‘victoria’).

Y en realidad Satrajít no murió de la emoción, sino que fue matado muchos años después por Śata-Dhanwa (del bando de los Kurus) peleando del mismo lado que Krishna en la guerra de Kurukshetra.
Satiábhama mata al demonio Naraka:

Naraka era un rey demonio, que reinaba sobre la ciudad de Prajyotish, una ciudad al sudeste de Nepal. Obtuvo la bendición del Señor Brahmā de que sólo podría morir en manos de una mujer. Armado con esa bendición, el reinaba como un déspota. Era conocido por su irrespeto por los semidioses y las mujeres.

Adicto al poder, derrotó al Señor Indra, el rey de los devas (semidioses), raptó a 16.000 mujeres y las mantuvo cautivas en su palacio. Le robó los aretes a Aditi, la diosa madre de los devas y usurpó algunos de sus territorios. Aditi era pariente de Satiábhama. Cuando ella oyó acerca de cómo trataba Narakasura a las mujeres, y su conducta con Aditi, le dio un ataque de furia. Satiábhama le pidió permiso al Señor Krishna para armar una guerra contra Narakasura. Krishna no sólo aceptó, sino que ofreció manejar su cuadriga en el campo de batalla.

El día de la guerra, Satiábhama peleó bravamente contra Narakasura, pero no podía con su destreza marcial. Después de algunos días de pelea, cuando Naraka tuvo la oportunidad, apuntó hacia Krishna, y lo hirió levemente. Krishna se desmayó, y Satiábhama enloqueció de ira. Dobló sus fuerzas y atacó al rey demonio y finalmente lo mató. Liberó a las 16.000 mujeres, y —debido a las costumbres de la época— Krishna tuvo que casarse con todas.

La muerte de Narakasura fue una victoria del bien sobre el mal, y cada año los hindúes celebran el Naraka-chaturdasi con banquetes y fuegos artificiales.

Tulabharam (el pesaje con balanza):

El mito llamado Sri Krishna tulabharam revela la grandeza de la devoción de Satiábhama por su esposo Krishna.

Satiábhama se enorgullecía del amor que Krishna sentía por ella, y de cómo ella tenía poder sobre él. En cambio Rukmini, la primera reina Krishna, era una esposa dedicada y humilde en su servicio a su Señor. En una ocasión el travieso rishi (sabio) Nárada llegó a Dwaraka y durante una conversación le sugirió a Satiábhama el amor que Krishna le mostraba no era real, y que en realidad era la humildad de Rukmini la que tenía verdadero control sobre su corazón. Incapaz de aguantar eso, Satiábhama desafió a Narada a que lo probara.

Narada Muni, con su expertez en el uso del engaño retórico, la hizo aceptar un vrata (voto ritual) en el que ella le daría a su esposo en caridad a Narada y luego lo reclamaría dándole el peso de Krishna en riquezas. Narada le hizo creer que el amor de Krishna hacia ella aumentaría varias veces si ella tenía éxito en este tula-bharam (pesaje con balanza). También instigó su orgullo al señalar que quizá su riqueza no fuera suficiente para igualar el peso de Krishna. Ella le replicó que podía movilizar tanta riqueza que para ella sería un juego de niños igualar el peso de Krishna. Narada le advirtió que si ella no podía hacerlo, él se volvería dueño de Krishna y podría disponer de él como un esclavo.

Pronto se estableció la escena para el vrata. Satiábhama dio a Krishna en caridad (dana) a pesar del pedido de las demás esposas. Krishna sumisamente se sometió a esta comedia. Después de donar Krishna a Narada, Satiábhama hizo instalar una gran balanza y mandó traer todo su oro y sus joyas. Pero aunque puso todo lo que tenía, la balanza no se movió. Narada empezó a deseperarla diciendo que si ella no ponía suficiente oro o diamantes, él iba a estar forzado a vender a Krishna como esclavo a cualquiera. Satiábhama se tragó su orgullo y les pidió a las demás reinas que le dieran sus joyas. Todas aceptaron, por amor a Krishna.

Krishna clavó un cuchillo en la herida abierta de Satiábhama al empezar a llorar y decir que ahora sería el esclavo de algún pastor, y que no podría sufrir la separación de su amada esposa Rukmini. Encima Narada le sugirió a Satiábhama que sólo la reina Rukmini podría librarla de esta dificultad. Finalmente Satiábhama se tragó su orgullo y le pidió ayuda a la primera esposa de Krishna. Rukmini vino, y con una oración a su esposo puso una sola hoja de tulsi (albahaca sagrada de la India) sobre la balanza (tula). El platillo de la balanza se volvió tan pesado, que incluso después de quitar la montaña de joyas, la balanza seguía inclinada hacia la hojita de tulasī.

Origen

Esta historia se utiliza para enfatizar el significado de Tulsi y cómo la humildad y el bhakti (la devoción) son más grandes que cualquier ganancia material. Probablemente esta historia en particular fue escrita por vaisnavas dákshina (‘lado derecho’), que apoyaban la sumisión a Krishna inspirados en el tipo de amor de Rukmini. Eran contrarios a los bama (‘izquierdos’), que apoyaban a Satiábhama y a la pastora Radharani (quienes no eran sumisas a Krishna, y siempre estaban provocándolo y aguijoneándolo).

Reencarnación medieval

Los seguidores del santo bengalí Chaitania (1486–1534) creían que él era un avatar (encarnación) de Krishna, por lo que concluyeron que cada uno de sus discípulos y amigos más cercanos debía de ser una reencarnación de los asociados de Krishna (tal como se los describe en los Purānas). Analizando la personalidad de Satiábhama, juzgaron que su reencarnación bengalí debía de ser Jagad-Ananda Pandit, un irascible y apasionado compañero íntimo de Chaitania.

(1) En la India, hoy se celebra la advocación de Satyábhāmā, como dueña y señora de la luz y la verdad.

Un extraño Enigma.

Francia, a comienzos del siglo veinte la marquesa de Langrune ha sido brutalmente asesinada. El cuerpo yace desnudo en el suelo y su garganta ha sido cortada tan profundamente que la cabeza está ya casi separada del cuerpo. El responsable es nada menos que Fantômas, el rey del crimen, un ladrón y asesino de múltiples identidades y sin escrúpulos.Creado en 1911 por Marcel Allain y Pierre Souvestre, Fantômas comenzó como una serie de 5 novelas por encargo del editor Artheme Fayard. El éxito fue tal que la dupla escribiría 32 novelas hasta 1913, una por mes.

Dotados de una gran imaginación y un agudo humor negro, la dupla pudo emprender una tarea que los convertiría prácticamente en padres de lo que los surrealistas llamarían la “escritura espontánea”.

Como un ladrón fantasma inasible e insolente que atemoriza y fascina a una sociedad, la audacia y sangre fría de Fantômas lo abarcan todo. Desde matar al marido de Lady Beltham, su amante, hasta llegar a usurpar la identidad de sus víctimas y hacer explotar un barco matando a todos los pasajeros para cubrir sus huellas. También era capaz de elucubrar estrategias para que inocentes fueran ejecutados por sus crímenes. Su rostro era irreconocible, no era nadie y sin embargo era alguien.

Su adversario era el policía Juve, el único capaz de ir siguiendo la pista a todas las maquinaciones realizadas por este siniestro señor de la noche. Sólo el estaba realmente convencido de que Fantômas existía ya que la sociedad, e incluso sus propios jefes, lo asociaban a un mito urbano que tomaba la carga de distintos criminales.

A partir de 1913, Louis Feuillade escribió y dirigió cinco series de películas basadas en las novelas. El éxito fue tremendo y, sin embargo, en 1914 los estudios Gaumont deciden cortar la serie. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, hecho que dio lugar a la primera guerra mundial, hizo que muchos franceses hicieran llamados a la compañía responsabilizando a Fantômas del asesinato. El año 1914 también marca la muerte de Pierre Souvestre debido a una congestión pulmonar.

Marcel Allain continúa la serie con once novelas en solitario a partir de 1925 hasta 1963, con la resurrección de un Fantômas que había muerto en la última novela conjunta. Sin embargo Allain no está totalmente solo, ya que pasado un tiempo se casa con la viuda de Souvestre.

Las películas tuvieron que esperar hasta 1932 para continuar de la mano de otros directores como Paul Féjos, Ernst Moerman, Jean Sacha o Robert Vernay. Sin embargo, las más recordadas hoy son las sesenteras de André Hunebelle con un Fantômas caracterizado por una máscara verde y una serie de aparatos tecnológicos de los que se sirve para cometer sus robos.

El emperador del crimen ejerció una gran influencia en poetas y pintores de vanguardia tales como Juan Gris, René Magritte, Robert Desnos, Max Jacobs, Guillaume Apollinare e, incluso, Pablo Neruda quien menciona a Fantômas en uno de sus poemas.

Fantômas también tuvo varias adaptaciones al comic. La más conocida en américa latina es iniciada en 1966 por Editorial Novaro en el número 103 de su colección “Tesoro de Cuentos Clásicos” donde Fantomas, ahora sin el sombrero en la “o”, irá evolucionando hacia una especie de Robin Hood de guante blanco, aunque manteniendo el tolerable pecado de robar obras de arte.

Las apariciones del nuevo Fantomas en la revista se hacen cada vez más frecuentes hasta que en 1969 obtiene su propio título llamado “Fantomas, la amenaza elegante”. Un Fantomas con características tales como : identidad secreta de millonario filántropo, refugio escondido, alta tecnología y una red de agentes en el mundo, además de doce bellas asistentes llamadas cada una según un signo del zodíaco. Las historias aparecidas en esta revista eran entretenidas y simples, algunas con un claro propósito educativo. Así es como en 1975, en el nº201 de la revista, se publica la historia “La inteligencia en llamas” donde Fantomas debe detener a Steiner, un millonario loco decidido a destruir todos los libros de la tierra, para ello Fantomas recurre a sus agentes Alberto Moravia, Octavio Paz, Susan Sontag y Julio Cortázar.

Mientras tanto en el mundo real, en Enero de 1975 se reúne en Bruselas el Tribunal Russel II, donde se analiza el peligro del intervencionismo económico y militar de los Estados Unidos en los países subdesarrollados. Julio Cortázar es parte de este tribunal donde se critican duramente las dictaduras militares sudamericanas y se responsabiliza a las multinacionales como coautoras de los golpes de estado.

Cortázar vuela a ciudad de México en Febrero de ese año para integrar una comisión que investiga los crímenes de la junta militar chilena y se encuentra con el cómic de Fantomas donde aparece como protagonista.

En Junio de 1975, Cortázar publica su cuento “Fantomas contra los vampiros multinacionales, una utopía realizable” donde la imaginación del escritor entremezcla su experiencia en el Tribunal Russel II y lo ocurrido en “La inteligencia en llamas”, incluyendo algunas páginas del cómic original. En esta historia Fantomas advierte que el verdadero enemigo no es Steiner sino que las empresas multinacionales, contra las que decide librar su particular batalla. Así, un personaje criminal y asesino de principios del siglo veinte inspira un héroe latinoamericano en los años setenta.

Fantômas no sólo tuvo sus propias versiones de cómic, sino que también inspiró a muchos héroes y villanos del noveno arte. En Italia se encuentran sus más importantes sucesores, tales como los villanos Diabolik, Satanik o Kriminal. Entre los héroes se encuentra el alter ego del pato Donald, Paperinik, la interesante historieta que el escritor Guido Martina y el dibujante Giovan Battista Carpi crearon para Disney Italia.

Un personaje de casi un siglo que sigue cautivando las audiencias e influyendo en creadores es un estigma del que no se puede renegar, la amenaza de Fantômas continúa hoy más viva que nunca.