Archive for septiembre, 2006



En lectura.

Obra: REBELIÓN
Autor: CHARLES BEAUDELAIRE

CXVIII EN RENIEGO DE SAN PEDRO

¿Qué es lo que Dios hace, entonces, de esta oleada de anatemas
Que sube todos los días hacia sus caros Serafines?
¿Cómo un tirano ahíto de manjares y de vinos,
Se adormece al suave rumor de nuestras horrendas blasfemias?

Los sollozos de los mártires y de los ajusticiados,
Son, sin duda, una embriagadora sinfonía,
Puesto que, malogrado la sangre que su voluptuosidad cuesta,
¡Los cielos todavía no están saciados del todo!

—¡Ah, Jesús! ¡Recuérdate del Huerto de los Olivos!
En tu candidez prosternado, rogabas
A Aquel que en su cielo reía del ruido de los clavos
Que innobles verdugos hundían en tus carnes vivas,

Cuando viste escupir sobre tu divinidad
La crápula del cuerpo de guardia y de la servidumbre,
Y cuando sentiste incrustarse las espinas,
En tu cráneo donde vivía la inmensa Humanidad;

Cuando de tu cuerpo roto la pesadez horrible
Alargaba tus dos brazos distendidos, que tu sangre
Y tu sudor manaba de tu frente palidecida,
Cuando tú fuiste ante todos colgado como un blanco.

¿Recordabas, acaso, aquellos días tan brillantes, y tan hermosos
En que llegaste para cumplir la eterna promesa,
Cuando atravesaste, montado sobre una mansa mula
Caminos colmados de flores y de follaje,

En que el corazón henchido de esperanzas y de valentía,
Azotaste sin rodeos a todos aquellos mercaderes viles?
¿Cuando fuiste tú, finalmente, el amo? El remordimiento,
¿No ha penetrado en tu flanco mucho antes que la lanza?

—Por cierto, en cuanto a mi, saldré satisfecho
De un mundo donde la acción no es la hermana del ensueño;
¡Pueda yo empuñar la espada y perecer por la espada!
San Pedro ha renegado de Jesús … ¡Hizo bien!

1852.

CXIX ABEL Y CAÍN

I

Raza de Abel, duerme, bebe y come;
Dios te sonríe complaciente.

Raza de Caín, en el fango
Arrástrate y muere miserablemente.

¡Raza de Abel, tu sacrificio
Halaga la nariz de Serafín!

Raza de Caín, tu suplicio,
¿Tendrá alguna vez fin?

Raza de Abel, ve tus sembrados
Y tus ganados crecer;

Raza de Caín, tus entrañas
Aúllan hambrientas como un viejo can.

Raza de Abel, calienta tu vientre
En el hogar patriarcal;

Raza de Caín, en tu antro
Tiembla de frío, ¡pobre chacal!

¡Raza de Abel, ama y pulula!
Tu oro también procrea.

Raza de Caín, corazón ardiente,
Guárdate de esos grandes apetitos.

¡Raza de Abel, tú creces y paces
Como las mariquitas de los bosques!

Raza de Caín, sobre los caminos
Arrastra tu prole hasta acorralarla.

II

¡Ah, raza de Abel, tu carroña
Abonará el suelo humeante!

Raza de Caín, tu quehacer
No se cumple suficientemente;

Raza de Abel, he aquí tu vergüenza:
¡El hierro vencido por el venablo!

¡Raza de Caín, al cielo trepa,
Y sobre la tierra arroja a Dios!
1857
CXX

LAS LETANÍAS DE SATÁN

¡Oh tú!, el más sabio y el más hermoso de los Ángeles,
Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

¡Oh, Príncipe del exilio al cual se ha agraviado,
Y que, vencido, siempre te yergues más fuerte!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
Curandero familiar de las angustias humanas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que, aun a los leprosos, a los parias malditos
Enseñas por el amor el gusto del Paraíso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

¡Oh, tú, que de la muerte, tu vieja y fuerte amante,
Engendras la Esperanza, —una loca encantadora!

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que infundes al proscrito esa mirada serena y altiva
Que condena todo un pueblo alrededor de un patíbulo,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que sabes en qué rincones de las tierras envidiosas
El Dios celoso oculta las piedras preciosas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú, cuya clara mirada conoce los profundos arsenales
Donde duerme sepultado el pueblo de los metales,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú, cuya larga mano oculta los precipicios
Al sonámbulo errante en el borde de los edificios,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que, mágicamente, ablandas los viejos huesos
Del borracho retardado hollado por los caballos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que, para consolar al hombre débil que sufre,
Nos enseñas a mezclar el salitre y el azufre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que pones tu impronta, ¡oh!, cómplice sutil,
Sobre la frente del Creso implacable y vil,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Tú que pones en los ojos y el corazón de las rameras
El culto de la llaga y el amor de los andrajos,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores,
Confesor de los ahorcados y de los conspiradores,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

Padre adoptivo de los que en su negra cólera
Del paraíso terrestre arrojó Dios Padre,

¡Oh, Satán, apiádate de mi larga miseria!

PLEGARIA

¡Gloria y alabanza a ti, Satán, en las alturas
Del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades
Del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio!
Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia,
Cerca de ti repose, a la hora en que sobre tu frente
Como un Templo nuevo sus ramas se desplieguen!

Charles Baudelaire era un provocador por instinto. Enjunto, pequeño, frágil pero profundamente visceral, transformó su vulnerabilidad fisica en un apretado juego de simbolos metáforicos. Aficionado a los juegos de imagenes radicales, creó un lenguaje intimo y meticuloso, a través del cual dibujo con gran detalle los retorcidos pasillos de su mente. Un altar menor, rebosante de iconos y a la vez, una rabiosa rebeldia iclonoclasta.

Adicto a las drogas, débil y cansado, pero aun asi consumido por el sabor de los vientos con sabor a especies que saturaban su voz privada, construyó un universo meticulosamente cruel y agónico. Tal vez allí, habitaba un enorme demonio con el rostro en sombras – una criatura a la que Brueguel podría reconocer como propia – , ahíto de placer ante la cadencia de la palabra maldita que reverberaba como un eco en medio del silencio. En la luminosidad, fruto inmediato de la oscuridad , y no por ello medio poderosa, probablemente aguardaba un ángel de enormes alas irisdisadas, como las de los insectos. Imagino claramente a Baudelaire, obnubilado por el achís y su desordenada pasión por la carne de la letra, escribiendo a merced de ambas criaturas, temblando, riendo en voz alta, mientras la pluma se deslizaba veloz sobre una hoja de papel. El rápido rasgar de la tinta viva, una y otra vez, los sonidos guturales que escapan de sus labios entreabiertos, brillantes de saliva descuidada. Creación, un monstruo entre sus manos, incontrolable y viciado. Y la decisión, la determinación del demonio de crear el mal, mientras los poemas brotan puros de los dedos sangrantes del poeta, recién nacidos, impacientes y avaros. Por supuesto, el ángel sentirá dolor ante aquel desborde de fuego maldito, pero no podrá evitar extender los dedos para saborear su calor. Un espiritu de luz seducido por las alucinaciones bárbaras de un hijo de la estructura cenital, un joven poeta que gime y grita en la noche, mientras sus versos bordados en hiel se abren paso hacia la luz raquídea de un mundo que los odiará, los amará, se resistirá a la evidencia y finalmente, los paladeará con fruición.

Y caerá Baudelaire en abismos de húmedo fulgor, las manos extendidas y la carcajada enloquecida flotando en un desierto de oro y sal. El papel se aferra a sus manos, intenta detener el minimo apocalipsis de la púpila ciega. Será, siempre será, el que soy yo, que es otro. Un vehículo malsano y criptico de un cosmos prodigioso y cruel.

Toma una bocanada de aire, el joven poeta, el pecho agitado, las sienes empapadas en sudor febril. El poema brilla bajo sus ojos, desconocido, como si perteneciera a la fuerza de un dios voráz que demanda de él la muerte para dotar a la vida de significado. El demonio y el ángel sonrien, en el jardin de sombras de la mente del creador, junto al árbol del equilibrio, en espera del momento, de la fractura absoluta de la razón.

Ah, Baudelaire, la voz prodigiosa del divino y absoluto temor habló a través de ti.

Música de las esferas celestes.

Hubo una época donde Dios, como figura abstracta e indescifrable, poseía un significado absoluto, sin posibilidad de un matiz incierto en su concepto. Como todo lo que escapaba al ámbito del conocimiento humano, Dios – o cualquier entidad inexplicable a la razón humana – era la explicación más inmediata al brillo indiferente y la mayoría de las veces, cruel del discurrir cotidiano. De ese espacio entre los secretos y la ausencia de respuestas, provenian el enigma que se le atribuía a los fenómenos naturales, las enfermedades, los miedos y las vulnerabilidad de un hombre sobrepasado por un lírico pasaje de sombras. El mundo existia en un extremo iluminado del conocimiento, más allá solo habitaban los demonios de la razón.

Y el arte por supuesto, reflejó con perfecta claridad, la dicotomia de un mundo simple ajeno al matiz moral.

La natividad de Grunewald, forma parte de un recuadro de Isenheim, cuyas tablas se pintaron entre los años 1512 y 1516 y representa la historia de Cristo en la tierra, desde la Anunciación hasta la Ascensión, así como algunos Santos. Aún hoy las escenas se pueden reconocer casi a primera vista. Solo la natividad causa cierta extrañeaz. A la izquierda, se alza hacia las alturas de la construcción fantástica de columnas decoradas con figuras masculinas que estan debatiendose. A la derecha, delante de un paísaje que se extiende hacia el fondo, aparece la figura sedente de la Virgen, con unas dimensiones que le impedirían ocupar el recinto de culto a la izquierda, si bien su imagen vuelve a aparecer alli más pequeña, aunque ya como reina celestia, con nimbo y corona.

Al fondo del paisaje se distinguen dos pastores, a los que un ángel está anunciando el nacimiento de Cristo en Belén. María no reposa con su hijo en un establo, sino al aire libre, sin san José ni el buey ni la mula, motivos habituales dentro de la imagineria popular sobre el nacimiento de Jesucristo. Y la tina, la jarra y la cama, objetos de entorno cotidiano, pertenecen a una esfera de la realidad muy alejada de las alturas celestiales de los ángeles y de Dios Padre.

En la actualidad, la escena suscita en el espectador un efecto semejante al de las obras surrealistas, que se caracterizan por hacer coincidir, como en un sueño, personas y cosas de tiempo y espacios muy distintos. Ahora bien, mientras que los surrealistas perseguían un mundo sin lógica, el retablo de Grunewald – tanto para el pintor como para los religiosos que se lo encargaron – estaba provisto de lógica hasta el más minimo detalle.

Siempre he sentido fascinación por la fina cortina entre la fe y la simple aceptación. Una aceptación tardía y pacifica como la de la Virgen en el retablo: el rostro sereno, brillante de pura y callada sumisión. Los designios de Dios son misteriosos e inalcanzables y el arte lo reflejo con su mayor expresión de divinidad a su alcance: una depurada belleza.

Veinte cosas sobre mí.

1.- Empecé a leer y a escribir siendo una niña muy pequeña. Aprendí a leer espontáneamente, hojeando libros al azar en la enorme biblioteca de mi abuela. Cuando ingresé en el jardin de niños – con unos cinco o seis años – tenia un buen dominio de la palabra y podía redactar pequeños párrafos medianamente coherentes. A los siete escribía una especie de diario ficticio sobre un chico que le temia a la oscuridad y que peleaba con las sombras al anochecer y a los diez, redactaba un periódico formado por recortes de revistas viejas y pequeños parráfos explicativos. A los diez escribí lo que podría llamar mi primer cuento: la historia de dos hermanos gemelos que planeaban un asesinato ingenuo y simple que por supuesto, era descubierto. A los doce, gané un concurso literario promocionado por un periódico de la Capital de mi país y a los quince, un concurso de cuentos auspiciados por una fundación artistica auspiciada por el Gobierno nacional.

2.- Nunca creí en que me dedicaría a escribir como profesión, a pesar que lo he hecho desde que tengo memoria. Escribo para expresar cualquier sentimiento: bueno o malo, absoluto, relativo, elevado, espiritual, practico. Lo hago diaramente, sin ningun motivo especifico, solo por el mero placer de disfrutar de la composición de las palabras, tal vez porque no me concibo sin hacerlo. Me duele escribir, me excita fisicamente, me siento estimulada en todos los sentidos, siento que me fusionó con un nucleo finisecular de mi misma que en la ausencia de la escritura, carece de sentido y composición real. Siento que la palabra es mi mayor capacidad para crear, y por tanto, tan privada e intima que me era imposible concebirla como una profesión donde sería suceptible a una evaluación. Tampoco pensé jamás que lo que escribía (cuentos, novelas, ensayos, articulos, fragmentos de poemas, parráfos huerfanos) pudiera resultar de interés para alguien más que mi misma. En resumen: jamás me concebí como escritora.

3.- Nunca escribí pensando en un público o en un hipotético lector. En otras palabras, nunca me preocupé que mi obra privada tuviera un espacio de expresión externo. Escribo por necesidad y placer, por satisfacción, por miedo, por autodeterminación, porque no puedo dejar de hacerlo. El hecho de ser públicada fue basicamente un accidente corolario que nunca estuvo entre mis planes ni en mis proyectos. No negaré claro, que tuve algunas fantasias sobre convertirme en una renombrada escritora, pero en realidad jamás sentí que mi objetivo al escribir fuera ese.

4.- Siempre fuí el critico más virulento y el exegéta más ferreo de mis textos, atormentada por un instinto perfeccionista que tiene mucha relación con el hecho que me defino a través de mi capacidad para la escritura.

5.- Cuando escribo rio, lloro, me disgusto, me siento feliz, me excito sexualmente, de hecho experimento todas las sensaciones posibles a través de mis creaciones. Me entrego a mis palabras totalmente, sin resquicio de duda. Cada uno de mis cuentos tienen un sentido filosofico personal y pertenecen a un macrocosmos intimo que se transforma y se modifica a si mismo incansablemente.

6.- Muchas veces tengo la sensación que mis personajes son reales, que existen en un plano abstracto, pero aun asi totalmente coherente, en algun lugar de mi universo cuántico. Todos mis personajes poseen un nombre propio, historia natal, incluso algunos poseen un árbol geneológico cuidadosamente trazado.

7.- Algunos de mis personajes han crecido junto a mi. Es por este motivo que desde niña he sentido que algunos de ellos me son más queridos que incluso algunos parientes de carne y hueso. Estas criaturas anecdóticas de mi imaginación tienen una especial concruencia y poseen rostros, caracteristicas personales e incluso, edad y gentilicio. Son perfectamente funcionales y poseen un peso especifico en mi vida.

8-. Escribo escuchando música muy alta – Madame Buttlefly cantada por Maria Callas o la danza macabra de Camile Saint Saenz – y mientras lo hago, repito en voz alta los dialogos de mis personajes, representandolos con la entonación y emoción que deseo transmitir. De hecho, soy un poco de mis personajes mientras escribo: en una ocasión escribí una narración corta sobre un asesino capaz de robar la identidad de sus victimas y por semanas enteras, me dediqué a perseguir transeuntes por la calle, provocando el pánico de un par de ellos.

9.- Siempre estoy presente en mis narraciones. Ya sea por vanidad o por necesidad de posesión, en mis cuentos y novelas siempre hay vestigios de mi personalidad: la música que escuchan mis personajes, su aspecto fisico o su manera de pensar. Siempre existe al menos una caracteristica mia en la voz del Omnisciente o en el comportamiento de mis creaturas.

10.- Mi primera obra a publicarse, fue, por extraño que parezca, mi última opción al momento de escoger el material que enviaría a una casa editorial: se trata de una novela personal, intimista, llena de simbolos profundamente personales que nunca creí podría traducir a la divinidad de la palabra. Pero lo hice y luego me pareció una cobardia no arriesgarme a la mirada general. Asi que mi Caelia, mi alter ego literario, cruzo la frontera del jardin amurallado de mi mente y se labró un espacio propio: en los estanquillos de venta a partir de diciembre proximo.

En la fotografia:

1.- Tomé la que considero mi primera fotografia a los doce años con una cámara argus C3 que apenas sabia usar. Antes habia tomado fotografias ocasionales con una vieja Kodak que tenia un lente estático y de corto alcance. Sin embargo, la magia de materializar una imagen que hasta entonces solo había existido en mi imaginación me pareció extraordinaria incluso a través de estos torpes intentos. Con la Argus, tomé un autoretrato en blanco y negro, que me transmitió la poderosa fuerza de la imagen: una voz concreta de las formas más personales de mi pensamiento. Un análogo de la escritura.

2.- Durante cuatro veranos consecutivos, hice cursos de fotografia en el Ateneo de Caracas, una institución sin fines de lucro que organiza campamentos artisticos durante los meses de agosto y septiembre para jovenes, coincidiendo con el receso lectivo del año escolar. En ellos, aprendí los principios básicos de la fotografia: encuadre, uso de la luz, velocidad, uso de las variables del obturador. Para cuando cumplí los quince años, podía revelar fotografias en blanco y negro y manejar la ampliadora con bastante propiedad. De esta época provienen mis primeras fotografias de estructuras y construcciones.

3.- A los diez y seis me aficioné al retrato, tal vez porque de algun modo, buscaba rostros para mis personajes. El hecho que es comencé a sentir una profunda admiración y respeto por la capacidad de la placa fotográfica de crear una historia a partir de la expresión de la cara de un desconocido. El retrato me mostró la fuerza rotunda de la imagen personal y me enamoré sin remedio de la capacidad de los rasgos humanos para mostrar todas las fragilidades de un mundo mudo. El retrato era para mi otra manera de contar y narrar situaciones, historias, fragmentos existenciales, de una manera tan vivida como con las palabras.

4.- A los diez y ocho hice los cuatro cursos básico de Avecofa (Asociación Venezolana de la Comunidad Fotográfica y Afines) y completé mis nociones básicas de iluminación, encuadre, técnica fotografia y revelado. Me gradué con honores en el nivel IV y obtuve una mención honorífica por un retrato de mi tatarabuela, que titulé: “Paula contada por Paula”. Con el premio en metálico ( cien mil bolivares) me compré mi primera cámara realmente profesional: Una Eos EF – M con un lente de 55mm y un macro de f2.5. Sin embargo, la mejor enseñanza que recibí de mis profesores, fue una frase de Ignacio Rodriguez,fotografo de prensa del extinto diario de Caracas: “la fotografia es un arte cuya técnica es metódica, por tanto, lo que diferencia un buen fotografo de otro es el instinto y las entrañas” Fuerte y alto, mi querido Ignacio.

5.- Durante un par de años, y debido basicamente a mi cámara se dañó y me fue imposible repararla por encontrarse descontinuada en las estaterias canon, tomé fotografias muy esporádicamente. No obstante, describía con gran meticulosidad las imagenes que se me ocurrian y llevaba un diario de anotaciones con lugares especificos que deseaba atrapar a través del lente. En 1.994 pude comprar mi segunda cámara: una canon Ef-M con un lente de 55mm y un macro de f2.5. Fue como renacer y durante meses, vagué por calles y avenidas fotografiando rostros y pequeñas estructuras. Podría decir que fue mi época de fotografia más urbana y menos depurada. Creo que necesité tanto mi segundo lenguaje, que durante meses me dediqué a tomar fotografias son objetivo alguno, sino por el mero placer de hacerlo.

6.- Siento un real y fisico placer cuando fotografio. De alguna manera, es otra dimensión de la respuesta visceral que me provoca la escritura, y tiene una relación directa con mi capacidad de reconocerme a través de las imagenes que reuno. Es mi visión exacta del mundo, la interpretación sobre lo que considero la Universalidad y el tópico más habitual dentro del pensamiento humano: la perspectiva más personal e intima del pensamiento creador.

7.- Muchas veces pruebo mis ideas con respecto a los retratos con mi rostro. De hecho, es mi técnica más habitual. A pesar que mis rasgos no son especificamente simples ni fotogénicos per se – tengo labios gruesos y ojos grandes que muchas veces distorcionan una expresión concreta – he logrado desarrollar técnicas de luz y sombras bastante depurados con respecto a la percepción del rostro femenino.

8. Como la escritura, la fotografia siempre fue una apasionada aficción solitaria, hasta que en el año 2002 gané un concurso de diseño publicitario, promocionado por una de las asignaturas de la carrera universitaria que curso. En realidad el premio fue una sorpresa, porque competía con medios técnicos y fisicos considerablemente menores a los que utilizaban mis adversarios, pero aun asi, tuve un triunfo unánime entre los jueces. ¿El premio? Entrar a formar parte del staff de fotografos de la Agencia de Publicidad Leo Burnett capitulo venezuela.

9.- Trabajé en Leo Burnett durante casi cinco meses, pero las restricciones creativas y sobre todo, el hecho que la fotografia de moda me resultó aburrida y sin sentido, me hicieron renunciar. Aunque debo admitir que aprendí muchos trucos prácticos sobre la profesión, la experiencia hizo más firme mi creencia que la fotografia es un arte pasional, documentado con técnica.

10.- Aun siento que tengo que aprender mucho sobre la fotografia. Todos los dias descubro algo nuevo y sobre todo, innovadoras maneras de narrar las pequeñas historias de los rostros. Creo firmemente en el poder de la imagen redentora y siento una profunda necesidad de creación mimética con respecto a la linea y la forma. Amo el arte de eternizar los instantes por medio de mi concepción del mundo y me siento profundamente agradecida de poder hacerlo a través de un lente fotografico.


Oriana Fallaci, flor silvestre, orquídea transparente.

Cuando tenía unos 10 años, creo que un poco menos incluso, leí “carta a un niño que nunca nació” de Oriana Fallaci. Por supuesto, todavía no tenia idea de sus luchas politicas ni de la abundante leyenda popular que crecía alrededor de su mal carácter. Para mí, era un libro diminuto con una portada interesante, abandonado al fondo de la biblioteca familiar.

Nadie nunca me dijo que debía leer o que no. La biblioteca de la casa de mi abuela era un enorme arcón de conocimiento desordenado y aleatorio, al que podía acudir por cualquier razón: por curiosidad, precoz morbo, alegría, tristeza, aburrimiento. Todo era válido, en medio de aquel paraíso de páginas silentes que me rodeaban y me pertenecian porque a nadie le importaban en realidad. Para mi, era un arca biblica, remontando el mar de una infancia tediosa.

Ya por entonces, había leído gran cantidad de clasicos victorianos, epopeyas clásicas, romances medievales. Al cumplir los diez años era una erudita en miniatura, un hombre del renacimiento en ciernes, aunque por supuesto, viviendo en el siglo equivocado. Tenía un buen dominio del latín, una aceptable comprensión del griego y podía leer en inglés con esfuerzos. Conocia sobre la cultura griega más que la mia propia y podía citar a Platón con bastante propiedad. Todo eso a los diez años. Mirandolo en retrospectiva, me pregunto porque nadie intentó exorcizarme o arrojarme agua bendita a los ojos. Era una especie de pequeño demonio ilustrado, ideal para despertar el odio cristiano por el conocimiento. Pero ese es un tema que tocaré después. Hoy en realidad no me apatece crear toda una diatriba emocional sobre los defectos de la iglesia católica, la gran mayoría padecí en carne propia. Siempre habrá oportunidad para eso y hacer chistes malos a costa de Palpatine…quiero decir Benedicto XXIII.

Hablaba de la primera vez que leí a Oriana Fallaci ( que facilidad la mia para divagar entre temas)….como dije, tenía 10 años, y aunque tenia un conocimiento respetable sobre una gran cantidad de cosas era ignorante sobre un tema en particular: la mujer. Por esa epoca de mi vida, aun seguía siendo una niña flacucha y sin ningun rasgo especialmente femenino. De hecho, era como un muchachito pálido y demacrado, con mi cabello cortado al rape y mis rodillas huesudas y desproporcionadas. En mi mente, no tenía género.

Pero Oriana Fallaci me lo dió. Fue ella, mejor dicho, su formidables elocubraciones descarnadas, la que me hizo sentir – más que la figura rutilante de mi madre o la casi mitica dignidad de mi abuela- que tan fuerte podía ser mi femeneidad. La muerte y la vida en mi, el temor naciendo de mi carne, creciendo como una orquidea transparente flotando en la oscuridad. Leyendo sobre aquel aborto temeroso, el amor triste y angustiado de la mujer anonima del libro por su hijo – por la posibilidad del hijo en realidad – me hizo sentir el poder del que tanto hablaba mi abuela en sus rituales o mis tias en sus salmodias sobre la mujer. Poder absoluto, creacionista. Un nucleo ovíparo tal vez, una evolución simétrica de sensación y proclividad.

Fertil en mi mente, gracias a Oriana Fallaci. Reluciente la sensación que la vida podía ser independiente a cualquier explicación. Una cópula bendita destinada a arrasar con cualquier convencionalismo. Porque no solamente pensé en un bebé como un fruto estructurado de mi propia idea de carnalidad, sino en una mente, un espiritu, una personalidad, sin ninguna relación conmigo, a la cual crearía basicamente a partir de la nada. Caos. Un orden nuevo. Una criatura que sería consecuencia de una antigua alquimia, tan simple como contundente, inaccesible al desaliento, creciendo y devorando mi cuerpo para crear el suyo. Un dios en miniatura, mi utero y mi carne, capaz de recrear el instante de silencio del principio de toda concepción universal.

Recordé esos pensamientos casi olvidados mientras meditaba sobre la noticia de su muerte. Con sobrecogedora claridad, advertí tiempo que separa a la criatura atemporal de diez años y a la bruja de ventitantos. Y aunque continuo siendo un hereje en mis creencias, aferrada a la X sacramental con fuerza, sigo sintiendo asombro, esa maravilla que me legó saber que podía dar vida, y también destruirla, en un verbo cuántico dentro de mi cuerpo. Un mero esfuerzo de imaginación.

Oriana murió en Florencia, donde nació. Un buen lugar para abandonar la conciencia, me parece, rodeada del arte y la inspiración que parió la sociedad actual. La imagino suspirando, impregnandose del calor del verano italiano, soñando con el pasado porque el futuro está a punto de desaparecer para ella. Levanta los ojos cansados para dar una una ultima mirada a través de ventana de su habitación; una escena inolvidable: los resplandores del atardecer cayendo sobre Ponte Vecchio. Cansada y tal vez irritada por la cercanía de la derrota definitiva, piensa: “nací y morí en un instante carmesí, como el mundo” Cierra los ojos un instante, aprieta las manos sobre la cama. El temor palpita en un rincón de su mente y luego, subitamente, se detiene, se desploma ante el brillo rutilante de la ironia. Entonces rie, la Oriana desenfada y mundana, la luchadora de mil batallas y ya no se siente derrotada en absoluto, sino triunfadora, diáfana, mortal.

“Y creí conocer el secreto” – reflexiona – y solo fue vida”

Sí, seguramente asi moriste, Oriana. Y si no fue asi, lo merecias al menos.

La reina ha muerto. Larga vida a la Reina.



La medusa en busca de paz.

Lo Sueño con tanta frecuencia, que cuando transcurre demasiado tiempo sin tenerlo, me siento extrañamente vacía. Pero, claro está, mi mente no me defrauda jamás. Y volví a soñarlo de nuevo anoche.

Corres a mi lado. La oscuridad es absoluta, apenas te puedo vislumbrar. Llevo una lámpara de cristal en una mano, levantada para iluminar nuestros pasos. La otra mano, toma la tuya, de tan aferrada que siento un dolor sutil, casi agotado. Corremos sin que pueda decirte a donde, pero vamos juntos, aferrados en la oscuridad uno al otro, tropezando, desconcertados de lo que se esconde en la penumbra. Pero estamos juntos, y tal vez eso hace que no tenga miedo. En ocasiones te miro un instante y veo tu expresión concentrada, mi hermoso rebelde, y pienso: no puedo estar mejor que a tu lado, no puedo sentirme más segura que al saber que cualquier cosa que suceda, tu estás aquí.

Luego, el abismo. Es tan profundo que cuando resbalas y caes, parecieras que flotas un instante en la nada. Pero yo arrojo la lámpara y me quedo sumergida en la oscuridad. Una luz violácea brota de mi mano cuando la extiendo y tomo la tuya para sostenerte. Porque jamás te dejaría caer, porque siempre estaré aquí para que puedas mirarme a los ojos y comprender que estoy a tu lado, que te soy audazmente leal, que no temo decir que te amo, que no tengo ninguna reticencia cuando lo arriesgo todo por ti. Te sostengo, mi cuerpo entero se tensa de dolor y creo que no podré soportar tu peso. Tu cabello flotando en la oscuridad. Tus ojos me observan, brillantes de intenso dolor, tan silencioso que solo puedo admirarlo, por un instante beberlo. Sin embargo, no tengo miedo. Jamás podría tenerlo, incluso en medio de esta oscuridad, ante este abismo silencioso, la nada imperecedera que amenaza con tomarte entre sus brazos y arrebatarme de mí.

Pero puedo hacerlo. Lo he logrado!. Nunca he tenido un sueño donde no pueda sujetarte y traerte a mi. Te abrazo, tiemblas en mi pecho. Y la luz, la luz está por todas partes. Te acaricio el cabello, te beso las sienes, te siento temblar. Mi querido, mi adorado, tan mio como un sueño o mi propia ira. Te amo, te susurro, te amo…te acaricio muy despacio. Te amo, y siempre te he amado. Y te amaré por todo el tiempo que se me sea permitido, por todo el tiempo que mi vida pueda comprender y atesorar esta brutal fuerza en mi corazón.

Despierto. El sueño de nuevo. En el castillo de mi memoria, te agitas un poco.

Tu imagen, el sueño de espejos enfrentados. Un suspiro de banalidad.


Fenix blanco

Sueño que estoy soñando. Flotando entre mis manos entreabiertas y mi cuerpo nervioso. Soy yo la mujer que yace en la cama, pero es mi mente la que se alza en todas direcciones, amplia y sin mácula en busca de la luz, de la advertencia y del miedo. Ah, sí, me elevo sobre la pasión absoluta en busca de la voz exacta.

Podría creer en un mundo de arboles retorcidos y oscuros, pero prefiero la luz, la cegadora convicción de una rutilante comprensión. Bajo la luna aciaga, el lento caminar entre los caminos pequeños y sinuosos de una memoria más vieja que mi misma, bailo, me deleito con esta exquisita sensación de liberación y exuberancia. Me recreo en el movimiento de mi cuerpo ( el fisico y el mental), rio mientras elevo mis manos envueltas en noche hacia la luz de plata y un poco de bronce que se abre sobre mi en arco. Un sentimiento, sí, la sensación, la absorbente vanidad de sentir la vena mineral de la osadía turbandome, robandome el aliento. Me muevo lentamente, una serpiente ancenstral en mi pecho, el conocimiento del rápido latir de mi corazón, del dedo que apunta hacia el infinito. Tomo una bocana de aire, elevo los brazos, alzo mi rostro hacia este cielo imaginario y me regodeo en él. Es la convicción primigenia, de origen, la tormenta y el rayo, el fuego de mil bocas y mis pensamientos antes que el mio, en este instante, en esta medida de tiempo exacta que se destruye a cada bocana de aire.

Este silencio, este retilante caos que brota de mis dedos. La belleza, la fuerza, la simple crueldad. Esclava de la voz, dueña de la necesidad. Y retozo en un océano de Driades secretas, riendo, el eco de mis propias risas en mi piel. Bailo, bailo hasta que el mundo solo existe en el movimiento, en el eterno pendular de la amplitud de mi mente.

A solas, con el fenix de perla y mar de la palabra.
A solas sí, en secreto.
Bajo la luz de una luna imposible
en el castillo de mi memoria.
Absoluta, Cínica, la Reina Helada y furiosa de un sueño de mil sentidos.
soy.


Siempre en mí, Celia,


23 de septiembre de 1998.

Caro:

No sé cuando leerás esta carta. Espero que cuando el momento llegue, mi muerte ya no sea para ti un peso, o un terror insoportable. La desaparición fisica solo es un paso, entre dos regiones de la mente de la Diosa, y por ello, afronto su posibilidad con toda la tranquilidad que me da saber que he vivido una vida justa y completa. He sido feliz, he hecho feliz, y espero que esta felicidad que te enseñé a apreciar, ahora sea parte de tu cotidianidad. La tristeza solo es temor, mi coquito. La tristeza no existe a menos que tu abras la puerta de armario.

No hay una razón que me impulse a escribirte esta sencilla carta. Solo quiero recordarte cuanto te quiero, todo lo orgullosa que me siento de ti. ¿Que si presiento mi muerte? Tal vez solo se trate de otro vaticinio equivocado, pero temo, con toda sinceridad que ese día llegue y no pueda mirar nunca más tus ojos. ¿Sabes todo lo maravillada que me siento de tu espiritu? Te crié con amor, te crié y puse en ti todas mis esperanzas, y jamás me defraudaste. ¿Alguna vez creíste que si? Eres la bruja que sabía serías, eres la Dueña de los dones de tu familia, que en ti han prosperado con inesperada fuerza. Eres mi orgullo, eres mi mejor obra. The Master piece, la llamarian algunos. Yo te llamo mi Carolina. No sabes todas las noches que te miré dormir, después de escucharte hablar con fluidez en gaélico y sentía por ti una profunda maravilla. Mi genio, mi bruja roja destinada a grandes cosas. Mi dulce niña de corazón autoritario y fuerte. Mi nieta.

No sé cuanto tiempo tendrá que pasar para que leas estas palabras, pero espero que no sea tanto. Sé de tus dudas, sé de tus angustias, se de tus inseguridades. Pero quiero que nunca lo olvides: eres la rama más joven y fuerte de este árbol de estirpe que se ha perpetuado hasta tus manos. Llevas la bendición de la Diosa contigo, eres el sueño de las generaciones, como lo es, cada nueva mujer que se compromete ante las grandes presencias en continuar el camino de sus ancestras. Eres la kaelys de fuego, nacida en la fiesta de las tormentas y la luna roja. Mi hija, la niña de mis ojos. Eres mi boca en tiempos nuevos, y mi esperanza en los que han de venir.

Escribo esto y de vez en cuando paso a verte, dormida, tan fragil y tan chiquita, pero tan arrolladora. Mi hombre renacentista. Te crié para que lo viejo y lo nuevo se conjugaran en ti. Como una Louise Brocks de muda fuerza. Te di cada herramienta para sacarle el jugo a la vida, y tu la tomaste. Y ahora eres el viento de marzo de esta casa: eres tan libre como desee serlo por tanto tiempo, eres tan determinada a cumplir tu voluntad que sonrió cuando tu lo dudas. Mi portento, mi artista. Leo tus cuentos y te reconozco en todos, disfruto intensamente con ellos. Miro tus fotografías, y me maravillo de la manera como puedes hablarme a través de ellos. Sí, un hombre del renacimiento en el cuerpo de una niña, de una mujer que será el nuevo rostro de las hijas de la Diosa. Nunca pudieron destruirnos gracias a mujeres como tu. Y tu, mi Carolina, eres esa nueva savia, esa nueva sangre que corre y despierta.

Veo tus dagas, tu pequeño altar. Que devoción en tus ojos, en los rituales, mi hermosa niña! Ese cabello rojizo en el viento, esos ojos ardientes, que queman. Veo a tu abuela Felipa en ellos. Veo a Paula. Veo a Carlotta, a Ashaia. Veo a todas las que amo, pero a ti, mi amor, te quiero por encima de todas las cosas. A veces quisiera decirte todo esto, a veces, desearía meterme en tu cuarto, sentarme en tu cama y decirte: eres mi pequeño orgullo. Pero no lo hago. Sus razones tendrá la Diosa para mi silencio. Pero asi, mi hermosa, eres una fuerza de tormentas, la fria magia de rayo y la magestuosa solidez del trueno. Eres mi hombre criado para encontrar el camino y reconocerlo. Eres el hombre que es mujer, que amará apasionadamente y será amada por un corazón tan fuerte y valiente como el tuyo. Te veo jugar con tus primas y rien todas, mis niñas, mi ramillete de rosas, pero tu, mi amor, eres la rosa azul. Mi sueño.

Mañana me preguntarás si he llorado. Y te diré que no. Que solo me duele un poco la cabeza.
Pero si, lloré escribiendo esto.
Te quiero con toda mi alma, mi niña.

Se siempre mi esperanza. Crece fuerte y hazte no solo este hombre renacentista que eres ahora, sino el hombre perfecto y la mujer perfecta. La bruja de temple, la bruja de fuego. El ave Fenix remontando el vuelo en el canto antiguo de tu espiritu.

La bruja de esta familia.

te quiero mi amor, cuando te quiero.

Celia.



La fiesta de las tormentas.


Que la tormenta y el fuego creador respondan a mi voz.
Que la fuerza del viento y la montaña acudan al llamado ancestral
porque en esta noche de todas las noches, elevo mi voz
Hija de la Diosa soy
en busca del brillo de la noche y la fragante paz.

canto ceremonial.

Soy la voz de la isla incipiente. Antreabro los ojos, mientras medito en la oscuridad. Podría creer en la belleza absoluta, pero en realidad el matiz solo es un bosquejo indestructible de la forma que fue. El diminuto funeral de la idea proclive, de la tortura mesiánica y casquivana. Sí. El pensamiento puede torturar, engrandecer y magnificar el amanecer de la voz. Soy y a la vez, solo coexisto en la realidad de mi mente, de mi espiritu inflamado de ira y deseo.

Eva de mi jardin en sombras. Adán de mi incipiente creencia en el Dios rutilante de la creación. Me desplomó, libremente, sin atadura alguna, hacía el extallido de luz original, que se intensifica a medida que la sensación se hace medular, coherente, privada. Sí, la mano en mi rostro que roza la dulzura, que canta la expresión, que puede delinear y palpitar la vida. Nace de mi!! la palabra es un muro, una hiedra venenosa, un suculento bocado de ansiedad. Brota de mi, quiero, ansio, amplifico la renuencia a renunciar al brillo del fuego del antiguo Prometeo, aunque su resplandor sea cegador y quemante. Ah…la amplitud de la esfinge, un horizonte de preguntas y respuestas sucesivas. La palmatoria de la ira que nace de la conciencia pura y plausible.

Soy el fuego, la alborada incandescente. Soy la pequeña llama que se alza con arrogancia y desborda la proporción de la renuencia. Podría invocar a la primera decisión y sentir que el ciclo es absoluto, pernicioso tal vez, pero completamente inalienable. Puedo nacer bendita y maldita, un origen, la semilla dormida. Puedo ser la espera en la deliciosa angustia de esperar y abrirme camino en las venas minerales de mi apreciación cenital.

Rojo como el fuego y la sangre. Rojo como el amanecer del fuego. Rojo como el lecho del sol.
El poder absoluto y creador.



Entre la inocencia y el Infierno.

Análisis de los textos de William Blake

La Visión memorable:

La fecha de composición con la cual contamos respecto a “El Matrimonio del Cielo y del Infierno” es altamente variable: para algunos críticos este libro, del que sólo analizaremos los fragmentos leídos en clase, fue escrito en 1790, mientras que otros -por la evolución de su poesía, que comenzó siendo de una sencillez transparente hasta que se transformó en un ejemplo de escritura profética y de oscuro sentido- consideran que no pudo ser concluido hasta finales de 1793. Más allá de estos detalles, lo que importa es destacar el tratamiento que William Blake le otorga a la temática del bien y el mal en cuanto términos igualmente útiles a la existencia humana.

Semejante posición ya había tenido sus precedentes en el filósofo alemán Jakob Boehme (1575-1624), una de las influencias más marcantes en la poesía del autor que estamos estudiando. Boehme insistía en la presencia de dos principios en lucha en todos los aspectos de la realidad, principios que son el bien y el mal, atribuyéndole la causa de esta lucha a la presencia en Dios de los dos principios antagónicos, que indicaba con varios nombres: el espíritu y la naturaleza, el amor y la ira, el ser y el fundamento, etc. Estos dos principios estarían unidos estrechamente en Dios en una especie de lucha amorosa. “La divinidad -escribirá Boehme en su libro Aurora, editado póstumamente en 1634- no se está tranquila, sino que sus potencias obran sin tregua y luchan amorosamente, se mueven y combaten, como sucede con dos criaturas que juegan amándose una a otra y se abrazan y se estrechan; a veces una es vencida, a veces la otra, pero el vencedor se detiene en seguida y deja que la otra vuelva a su juego”. En otros términos, el dualismo del bien y del mal está en Dios mismo y en Él libran los dos principios una lucha “amorosa” en la que ninguno queda definitivamente derrotado; y si tomamos en cuenta esta fuente, ya sabremos descifrar el contenido de un título simbólico que Blake planteó para su libro: la idea de “matrimonio” implica la aceptación de nuestra conformación psicológica, marcada por la contradicción en las figuras del “cielo” y el “infierno” pero que propone a su vez una síntesis de los opuestos en juego. Chesterton ha sido quien definió de manera clara esta actitud: “Blake reitera… que sólo puede ser adorable aquello que es digno de ser amado, que la divinidad está en una persona o en la brisa; que cuanto más conozcamos las cosas altas, más habremos de hallarlas palpables y encarnadas; y que la forma entera de los cielos es toda semejanza de la apariencia de un hombre”. Es decir, que todo lo genuinamente humano es representación de Dios y ya sabemos que Dios admite una dualidad reconocible en el hombre cuando éste oscila entre la voluntad racional y los instintos oscuros. Por tanto, lo que va contra la unidad natural, la división del hombre en dimensiones opuestas, niega algo que le es esencial. En la filosofia del siglo XIX retornan estas ideas de la mano de Schelling (1775-1854), el cual sostenía que en Dios existe no sólo el ser, sino que como fundamento de este ser hay un sustrato o naturaleza que le es diferente y es un oscuro deseo, un inconsciente deseo de ser, de salir de la oscuridad y de lograr la luz divina. Sin embargo, Schelling afirmaba que, estando estos dos principios estrechamente unidos en Dios, desaparece cualquier distinción posible entre lo que es el Bien y el Mal; en cambio, con la separación de estos dos principios en el hombre nace la posibilidad del Bien y del Mal y también la posibilidad de su contraste. Vale destacar que, para Blake, esto último no ha sido más que una interpretación deliberadamente errónea de las religiones establecidas como una forma de ejercer dominio sobre los hombres, inculcándoles la culpa y el remordimiento ante lo que hacen, sienten y piensan.

También vale destacar que “El Matrimonio del Cielo y del Infierno” es también un primer intento de recrear el Satán según la versión que John Milton había elaborado en su poema extenso “El Paraíso Perdido”. Blake percibió que su poeta preferido sentía una simpatía secreta por el ángel condenado; de ahí que lo describiera desde el punto de vista opuesto al de las instituciones religiosas que, incluso en la actualidad de nuestro tiempo, permanecen. Como diría el autor que estamos estudiando, el motivo por el cual “Milton escribió encarcelado cuando habló de los ángeles y de Dios, y en libertad cuando habló del Infierno y los Demonios, estriba en que se trata de un verdadero poeta y que se había puesto del lado de los Demonios, sin saberlo”. La clave de semejante actitud es que, en Blake, hay una independencia y un vigor insuperable en su escritura, por virtud de los cuales echa por tierra los juicios más tradicionales y consagrados por la autoridad y las costumbres. En relación a la estructura formal de los textos que constituyen uno de los libros más impactantes de este poeta inglés, vemos que nos dejan en una situación incómoda. ¿Es poesía o es prosa? ¿O será que es la unión de dos géneros dando lugar a otra modalidad difícil de clasificar? Sabemos que el romanticismo europeo apeló a la fusión entre el arte y la vida, el diálogo entre prosa y poesía; al cargar de idealismo la prosa (cuyo lenguaje se mueve en el terreno de una realidad palpable y concreta, es decir, de descripción reconocible), se renueva el lenguaje poético (movido por los mecanismos de la imaginación como son los casos conocidos del símbolo y la metáfora), determinando el carácter de una nueva transgresión: la prosa poética, que en gran parte de los autores se confunde con una actitud vital. La experiencia poética es la experiencia de la vida, perdiéndose así las fronteras entre poesía y prosa: sólo sabiendo esto entenderemos porque la visión profética de Blake es impensable sin la imagen poética. Entre lo que escribe y lo que algunos consideraban alucinaciones, aunque para el autor no lo fueran, se origina un todo compacto. El poema es un objeto hecho de palabras, pero como objeto creado por el hombre también es autoconsciencia, autocreación, el poeta recrea (re-inventa) la visión que tiene del mundo y de sí mismo dándole un nuevo significado. Ya habíamos visto que la estética neoclásica había trazado una división entre vida y arte. El movimiento romántico que se extiende por toda Europa funde la vida y el arte, es su ideal estético y al mismo tiempo una ruptura con la estética anterior. La vida adquiere resonancias en la obra de arte: todo se corresponde porque todo rima en el universo. Así, surge la experiencia del yo del poeta como expresión del ritmo del universo. O sea, cuando decimos que “El Matrimonio del Cielo y del Infierno” es un libro de poesía, hemos adoptado una perspectiva que va más allá de las disposiciones formales del texto, y que nos permite decir que las “visiones memorables” o los “proverbios” son poemas, aunque escrito en prosa. Y en esa prosa encontramos que el lenguaje poético es en cierta medida una violación del lenguaje establecido, y la experiencia de la lectura poética nos enseña que la poesía se basa en una renovación del lenguaje, donde renovación es sinónimo de invención, reestablecimiento y formación.

Comencemos, entonces, por el análisis de la “visión memorable” -la primera de las cinco que vertebran esporádicamente el libro-, especie de viñeta o escena que presenta una situación que ayuda a entender el hilo argumental o temático de un texto en su conjunto y que reflejan las experiencias extrasensoriales del autor en relación con el mundo de lo divino. Si bien ese aspecto surge de lo estrictamente biográfico, también llama la atención que esa secuencia de situaciones y paisajes poéticos recuerden, intertextualmente, a Dante Alighieri y su “Divina Comedia” cuando pasea “entre las llamas del infierno” y ve a “un poderoso demonio envuelto en nubes negras, aleteando en las paredes de las rocas”. “Las bodas del cielo y el infierno” reconstruye, entonces, la perspectiva dantesca del viaje a lo sagrado, desde una inmersión en los terrenos de la imaginación y la fantasía tal como lo entendían los románticos ingleses. Según ellos, es natural en el hombre la existencia de una facultad creadora, que lo lleva a configurar sus emociones y sentimientos en obras de arte, cuyo lenguaje equilibrado, armónico y universal, les confiere paradójicamente una objetividad absoluta, una validez totalmente emancipada de las circunstancias que la engendraron. Incluso se ha llegado a sostener que la capacidad imaginativa del poeta revela, a un nivel plenamente consciente e intencional, esa voluntad operativa de la divinidad que solo en forma indirecta, se trasluce en la constante y dinámica transformación del mundo natural. En suma, que el hombre es un animal imaginativo, que la imaginación es lo que nos hace a imagen y semejanza de Dios y que la poesía -máxima expresión de nuestra vocación específicamente creadora- es una labor imaginativa, orgánica y simbólica que debe tomarse como cifra de nuestra misión en la vida. Por último corresponde destacar la relación íntima que los románticos establecían entre el sentimiento poético y la exploración de las regiones más profundas y penumbrosas de la conciencia: quizás allí esté la clave del porqué de las metáforas que hablan de cruzar “sobre el abismo de los cinco sentidos, allá donde una doble llanura se desploma sobre el presente mundo”. La imaginación toma el mito en su significado de potencia creadora y liberadora del alma humana, permitiendo profundizar el viaje en el territorio de las palabras, los símbolos y las imágenes, allí donde el sentimiento es una de las más importantes manifestaciones del misterio y la trascendencia. Cruzar ese “abismo” o esa “doble llanura” de los que habla el yo lírico significa desacondicionarse de la percepción que la sociedad y su enseñanza nos inculcaron respecto a las realidades más profundas del ser humano, es decir, el mundo de los impulsos más secretos que rigen nuestra conducta y nuestros pensamientos, pero también el de los vínculos que mantenemos con la divinidad.

Vale preguntarse ahora qué significación adquiere ese infierno, y el demonio que pronuncia los dos versos puestos en cursiva por el autor y que escapan de la estructura prosemática. Desde el momento mismo que existe un cuestionamiento radical del concepto de pecado en cuanto violación intencional de un mandamiento divino que generalmente se confunde con lo moral, Blake propone una reinvidicación de ese espacio simbólico que es el infierno, proponiendo así una estética de la transgresión o, si se quiere, la rebelión como acto poético. Remontándonos de nuevo a lo que es el movimiento (pre)romántico, tengamos en cuenta que los artistas de ese período reniegan de un mundo cuya historia ha distorsionado el sentido de la naturaleza humana, corrompiéndola a través de las malinterpretaciones de la religión y la filosofía y la represión que el poder -en todas sus manifestaciones- ejerció de manera sistemática sobre los impulsos creadores y libertarios del hombre. Pero cuestionar radicalmente el estado en que se encuentra el mundo y el por qué de su existencia es, de alguna manera, cuestionar y enfrentarse al que lo creó, o sea, al Dios dominante y vengativo que las instituciones establecidas enseñaron, sumergiendo al hombre mismo en un estado de eterna condena y promoviendo una sociedad -léase un conjunto de valores- que establece la esclavitud y la degradación como formas de dominio y domesticación. Ante ese panorama, la poesía promueve la necesidad de un mundo nuevo, distinto al que conocemos, y eso implica enfrentarse a ese Dios antiguo y a las instituciones que actúan en su nombre a través de una figura que le sea opuesta: el demonio, sinónimo de una fuerza presente en la totalidad de la creación y que lleva a la liberación del hombre de las limitaciones que impone una moralidad hipócrita y reseca por medio de la acción y el conocimiento.

Ahora bien, ¿por qué la acción y el conocimiento? Como se habrá visto, actuar presupone no ser pasivo, reafirmar la individualidad, descubrir y mantener la diferencia frente a una masa amorfa y moldeable que rechaza lo que rompe con los conformismos que le dan seguridad, aunque sean erróneos y limitantes. Conocer, por otro lado, significa superar la ilusión y la mentira que nos aprisionan y que nos vuelven juguete de todo lo que detente el poder, representado en la figura totalizadora -y totalitaria- de Dios. Ya en el Antiguo Testamento, Adán y Eva fueron castigados con la expulsión del Edén porque aceptaron lo que la Serpiente ofrecía: comer el fruto prohibido del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, ya que si lo hicieran irían a “ser como dioses”. A partir de este tramo del relato bíblico, se sobreentienden dos aspectos: 1- El Bien significa obediencia, pasividad y sumisión. Dios impone el mandato de que el fruto no sea comido porque el conocimiento del Bien y del Mal sólo está a su servicio; el hombre debe mantenerse en la subordinación y, por lo tanto, no debe aspirar a pasar por encima de su condición y quedar a la par de su Creador; 2 – El Mal implica aceptar que el hombre puede actuar y optar por sí mismo más allá de lo establecido, lo que transforma al Mal mismo en potencialidad activa. Blake diría que “el Bien es el elemento pasivo sumiso a la Razón. El Mal es el activo que brota de la Energía”; pero “la Energía es la única vida y procede del cuerpo; y la Razón es el límite o circunsferencia de la Energía”. Por lo tanto, si “la Energía es una delicia eterna”, vale sumergirse en ella totalmente para afirmar la individualidad a través de todas las experiencias más intensas y posibles; en otras palabras, ser “como dioses”, ya que “el camino del exceso conduce al palacio de la Sabiduría”. No en vano algunos de los nombres más conocidos de la personificación del Mal es Lúcifer o Luzbel, que significan precisamente “aquel que lleva la luz” o “príncipe de la luz”; y la luz, en cuanto imagen de larga tradición filosófica, es el criterio rector del pensamiento y de la conducta del hombre, es la condición de todo conocimiento verdadero. En otros términos, la luz de la verdad que, partiendo de lo demoníaco en cuanto divinidad, ilumina directamente al alma y la guía es un concepto típico de la poética pre-romántica de Blake. De allí la importancia que tiene la presencia de “la llama corrosiva” -ejemplo de metáfora hiperbólica- con que se escribe la sentencia infernal que cierra la “visión memorable”: el fuego purifica y renueva, llevando a que su fuerza detructiva o “corrosiva” sea interpretada, a menudo, como medio para conseguir el renacimiento en una esfera superior. El hombre deja de ser un esclavo de las convenciones y los miedos -es decir, renace- cuando entra en contacto con la verdad de lo que es su verdadera naturaleza que sólo ha conocido limitaciones. Por eso la pregunta retórica del demonio se transforma, a su vez, en una especie de desafío que nos obliga a romper las barreras que el mundo y su jerarquía impusieron sobre nuestra percepción de la realidad: ¿No comprendes que cada pájaro que hiende el camino del aire/ es un mundo inmenso de delicias cerrado para tus cinco sentidos?

Detrás de los símbolos que plantean estos versos conclusivos, se pueden percibir algunos enfoques que ya no nos remitirían precisamente a Boehme sino a Paracelso, mago y alquimista alemán (1493-1541). Mientras el pájaro, según diversas tradiciones religiosas, se lo considera como intermediario entre el cielo y la tierra (aunque también se lo puede tomar como la encarnación de lo inmaterial, es decir, el alma), con frecuencia el aire fue entendido como un reino intermedio hostil entre el ámbito terrenal y el espiritual. En otros términos, el alma busca situarse entre lo terrenal y lo espiritual, entre el Cielo y el Infierno, buscando la síntesis de los opuestos para experimentar la totalidad de la existencia. La pregunta retórica del demonio plantea, como ya lo había hecho Paracelso, que los cinco sentidos que rigen nuestra forma de conocimiento no nos permite tantear otras posibilidades de lo real: es necesario apelar a otras vías como la revelación, entendida como la manifestación de la realidad suprema a los hombres, es la manifestación de lo divino en la naturaleza y en el hombre. El concepto de la realidad natural y humana como manifestación de un Principio sobrenatural, aunque algo imperfecta, implica aceptar lo que Blake afirmaba, como más tarde lo haría Jim Morrison, que “si las puertas de la percepción fueran abiertas, las cosas se nos aparecerían tales como son: infinitas”. Y el infinito produce entusiasmo y embriaguez, porque lo infinito supone la desaparición de los límites. Si el hombre lograra percibir el infinito, conocería esa absoluta libertad -noción que también representa el pájaro-, que solo puede producir “goce y deleite”.

A través de la observación de cada pájaro que hiende el camino del aire se puede descubrir la verdad de lo divino, de ese demonio que lleva la verdadera luz: los más profundos deseos de afirmación del hombre son casi desconocidos para él mismo, escapan a la razón, porque pertenecen más al campo del espíritu y pocos están dispuestos a descubrirlos y afrontar las consecuencias. No todos en la sociedad soportarían ver aquello que rompe las estructuras y proponen dejar de lado lo viejo y lo ya sabido: la libertad absoluta que surge del actuar y el conocimiento verdadero produce miedo en los sumisos, en los que obedecen las normas de lo establecido. En suma, de los que practican el Bien porque sus verdaderos deseos de conocer la libertad y vivirla consecuentente son lo suficientemente débiles como para ser reprimidos. Los Proverbios del Infierno Ya habíamos visto porque la escritura de Blake se la puede considerar poética, aunque estructuralmente mantenga la forma típica de la prosa. La presencia de elementos metafóricos, de hipérboles, comparaciones e imágenes simbólicas, proponen una lectura imaginativa en la que el autor revela una mirada particular del mundo que le tocó vivir, replanteando de ese modo una nueva escala de valores.

Ahora bien, entre los textos manejados en clase nos encontramos con los proverbios de “El Matrimonio del Cielo y del Infierno”. Pero, ¿qué son los proverbios? Según los diccionarios de términos literarios, el proverbio es una sentencia, una figura de pensamiento en la que se expresa una máxima breve y doctrinal, y que generalmente encierra una reflexión profunda, clara y concisa sobre experiencias éticas y estéticas. Por otro lado, el proverbio -en William Blake- no es una sentencia que condene: propone, más bien, la liberación. Saca a flote una verdad olvidada, transformándose así en un punto de encuentro entre la idea razonada y la intuición. En otros términos, el proverbio demuestra la fusión que existe entre poesía y filosofía: de la poesía tiene el ritmo y la captación de los contrarios, encontrando relaciones entre objetos y seres totalmente diferentes. De la filosofía muestra el poder de cuestionar lo ya existente y aceptado.

A partir de estas explicaciones, podemos entender por qué este conjunto de proverbios se los cataloga como del infierno: porque “así como los dichos de un pueblo llevan el sello de su carácter, los proverbios del Infierno muestran la naturaleza de la Sabiduría Infernal mejor que ninguna descripción de edificios o vestiduras”. Recordemos otras observaciones pertinentes al caso: desde el momento mismo que existe un cuestionamiento radical del concepto de pecado en cuanto violación intencional de un mandamiento divino que generalmente se confunde con lo moral, Blake propone una reinvidicación de ese espacio simbólico que es el infierno, proponiendo así una estética de la transgresión o, si se quiere, la rebelión como acto poético. Remontándonos de nuevo a lo que es el movimiento (pre)romántico, tengamos en cuenta que los artistas de ese período reniegan de un mundo cuya historia ha distorsionado el sentido de la naturaleza humana, corrompiéndola a través de las malinterpretaciones de la religión y la filosofía y la represión que el poder -en todas sus manifestaciones- ejerció de manera sistemática sobre los impulsos creadores y libertarios del hombre. Pero cuestionar radicalmente el estado en que se encuentra el mundo y el por qué de su existencia es, de alguna manera, cuestionar y enfrentarse al que lo creó, o sea, al Dios dominante y vengativo que las instituciones establecidas enseñaron, sumergiendo al hombre mismo en un estado de eterna condena y promoviendo una sociedad -léase un conjunto de valores- que establece la esclavitud y la degradación como formas de dominio y domesticación. Ante ese panorama, la poesía promueve la necesidad de un mundo nuevo, distinto al que conocemos, y eso implica enfrentarse a ese Dios antiguo y a las instituciones que actúan en su nombre a través de una figura que le sea opuesta: el demonio, sinónimo de una fuerza presente en la totalidad de la creación y que lleva a la liberación del hombre de las limitaciones que impone una moralidad hipócrita y reseca por medio de la acción y el conocimiento.

Ahora bien, ¿por qué la acción y el conocimiento? Como se habrá visto, actuar presupone no ser pasivo, reafirmar la individualidad, descubrir y mantener la diferencia frente a una masa amorfa y moldeable que rechaza lo que rompe con los conformismos que le dan seguridad, aunque sean erróneos y limitantes. Conocer, por otro lado, significa superar la ilusión y la mentira que nos aprisionan y que nos vuelven juguete de todo lo que detente el poder, representado en la figura totalizadora -y totalitaria- de Dios. Ya en el Antiguo Testamento, Adán y Eva fueron castigados con la expulsión del Edén porque aceptaron lo que la Serpiente ofrecía: comer el fruto prohibido del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, ya que si lo hicieran irían a “ser como dioses”. A partir de este tramo del relato bíblico, se sobreentienden dos aspectos: 1- El Bien significa obediencia, pasividad y sumisión. Dios impone el mandato de que el fruto no sea comido porque el conocimiento del Bien y del Mal sólo está a su servicio; el hombre debe mantenerse en la subordinación y, por lo tanto, no debe aspirar a pasar por encima de su condición y quedar a la par de su Creador; 2 – El Mal implica aceptar que el hombre puede actuar y optar por sí mismo más allá de lo establecido, lo que transforma al Mal mismo en potencialidad activa. Blake diría que “el Bien es el elemento pasivo sumiso a la Razón. El Mal es el activo que brota de la Energía”; pero “la Energía es la única vida y procede del cuerpo; y la Razón es el límite o circunsferencia de la Energía”. Por lo tanto, si “la Energía es una delicia eterna”, vale sumergirse en ella totalmente para afirmar la individualidad a través de todas las experiencias más intensas y posibles; en otras palabras, ser “como dioses”, ya que “el camino del exceso conduce al palacio de la Sabiduría”. No en vano algunos de los nombres más conocidos de la personificación del Mal es Lúcifer o Luzbel, que significan precisamente “aquel que lleva la luz” o “príncipe de la luz”; y la luz, en cuanto imagen de larga tradición filosófica, es el criterio rector del pensamiento y de la conducta del hombre, es la condición de todo conocimiento verdadero. En otros términos, la luz de la verdad que, partiendo de lo demoníaco en cuanto divinidad, ilumina directamente al alma y la guía es un concepto típico de la poética pre-romántica de Blake. Los proverbios reflejan ese aspecto al dar un conjunto de valores que trastoca lo que se nos acostumbró a ver como normal y, por lo tanto, bueno.

Para empezar, se destacan en ellos los siguientes núcleos temáticos: 1) La noción del deseo como empuje, habitual y constante, hacia la acción en cuanto vía de conocimiento absoluto, en cuanto vía de realización. O sea, el hombre se realiza actuando, se forma en la acción. 2) Como consecuencia de esto, la valorización de la experiencia. Si el ser humano crece y se desarrolla como individuo a través de la acción, entonces tendrá que estar abierto a la experiencia: mientras más intensa y rica, más poderosa será esa individualidad y su afirmación frente a la sociedad, que representa la nulidad, la aniquilación del yo en el nombre de un “nosotros” domesticado y moldeable. 3) La reivindicación del genio artístico, es decir, el talento inventivo o creador en sus más perfeccionadas manifestaciones que no necesita seguir reglas, lo que lo hace estar más cerca de la naturaleza que de la razón. 4) La afirmación del cuerpo y la sexualidad frente a una sociedad regida por el puritanismo religioso. Vale agregar que existen otros puntos de interés tan importantes como éstos, pero por una cuestión de tiempo y delimitación -el texto es sumamente vasto en interpretaciones- sólo tocaremos los aspectos anteriormente mencionados.

Dentro del primer núcleo temático, es decir, la noción del deseo como empuje hacia la acción, se encuentran las máximas siguientes: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría” – “La Prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la Incapacidad” – “Aquel que no obra y desea, engendra peste” – “Del agua estancada espera veneno” – “Es mucho mejor asesinar a un niño en su cuna que alimentar deseos que no vas a ejecutar”. Preferiremos hablar de la palabra “deseo” en el sentido de inclinación o tendencia hacia el involucramiento, hacia la acción, que permite explicar el movimiento de la historia humana, entender esa asombrosa persistencia que la humanidad ha tenido respecto del hecho de estar viva. Desear es acaso la actitud más permanente que tenemos en cuanto seres humanos. El deseo nos pone en obra, nos moviliza, nos empuja, nos dirige, nos coloca en la situación de búsqueda y creación. El deseo es, en ese sentido, el reconocimiento de la incompletud humana, de la falta, de la ausencia, de que carecemos de algo que nos resulta importante por algún motivo. El deseo nos ubica en la vivencia de una cierta penuria, nos pone en situación de necesidad, de ansiedad. Decía Locke en uno de sus ensayos más famosos que llamamos deseo al malestar que provoca en un ser humano la experiencia de la ausencia, de la carencia de algo cuya posesión actual se le representa como un deleite, como una satisfacción. Concluía que la principal explicación de la actividad humana era el malestar, el deseo.

El deseo nos invita a salir de nosotros mismos, nos pone en contacto con lo otro y por lo tanto con nuestros límites pero también con nuestra posibilidad de ser -recuérdese el planteo de Schelling respecto a la naturaleza real de Dios-. Mediante la vivencia de ese algo que falta somos capaces de entrar en contacto con lo que aún desconocemos, con lo que nos es ajeno y quisiéramos que nos fuera propio y también con lo que no lo será nunca. Lo otro se torna, así, límite de lo posible y también el único espacio donde lograr la satisfacción del deseo: de lo contrario, de no aceptar ese hecho, engendraremos “veneno” o “peste”, metáforas de la frustración que sólo puede hacer de la vida humana un pozo de amargura y neurosis que contamina nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos. Sin embargo, el deseo también nos arroja al mundo. El deseo nos expone a la angustia y a la esperanza. La angustia surge ante la posibilidad del fracaso. El deseo se vincula doblemente con el fracaso. Además, el deseo puede no alcanzar nada de lo que pretende. La persona que ama puede no recibir más que el desprecio de quien es la depositaria de sus anhelos; el atleta puede sufrir una lesión que lo desplace de la competencia para la que se preparó tan esforzadamente. En este sentido, podríamos decir que el deseo se vincula accidentalmente con la angustia. Podrían ocurrir esas fatalidades, pero bien podrían no ocurrir y dado que quizá haya más probabilidades de que no ocurran, nos comportamos como si no fueran a suceder: por eso la necesidad de superar el miedo y olvidarnos de esa Prudencia personificada en los proverbios como “una vieja solterona rica y fea cortejada por la Incapacidad”, ya que en su cobardía disimulada no crea ni genera nada, sólo gana en seguridad pues nunca se arriesgará por algo.

También está la sensación de fracaso que es inherente a cualquier intento de satisfacer nuestros deseos: entre estos últimos y su realización, hay una distancia insalvable. Toda realización del deseo es infinitamente menos satisfactoria que lo que el deseo espera. En ese sentido nada nos colma nunca plenamente. Ningún logro es suficiente, ningún éxito es bastante. Toda sensación de saciedad está marcada por la fugacidad. El deseo, poseedor de un hambre infinita, nos obliga una y otra vez a engullirnos la presa de sus anhelos. El deseo parece necesitar una eternidad para saciarse. Sin embargo la realización del deseo no puede hacerse más que en el mundo de la temporalidad, donde todo está signado por la fugacidad por más corta o larga que pretenda ser. Además, la realización del deseo siempre cae más acá del deseo, siempre hay un resto de deseo que permanece incumplido, algo que se quiso decir y no se dijo, algo que se quiso hacer y no se pudo. Ni uno ni mil besos agotan el deseo de besar; ni uno ni mil atardeceres maravillosos logran hacernos desistir del deseo de ver caer el sol sobre el horizonte. Quizá los artistas sean quienes más puedan dar fe de este fracaso: querer cumplir con nuestros impulsos hasta donde sea posible, recorrer “el camino del exceso”, nos lleva a esa especie de sabiduría aunque algo desencantada y que, a su vez, madura al individuo haciéndole conocer el alcance de sus posibilidades de realización.

Respecto al segundo núcleo temático, la valorización de la experiencia como fuente de individuación engloba los siguientes proverbios: “Aquel que ha permitido que abuses de él, te conoce” – “Los tigres de la cólera son más sabios que los caballos del saber” – “El mejor vino es el más viejo, la mejor agua es la más nueva” – “Nunca sabrás lo que es suficiente a condición de que sepas lo que es más que suficiente” – “Crear una sola flor es un trabajo de siglos”. Desde un punto de vista poético, el concepto de experiencia lleva al contacto del individuo común con la vivencia directa: el sentimiento, el deseo, el amor. Para entender mejor el alcance que Blake propone en su poesía, tomaremos dos definiciones de experiencia de un pensador alemán del siglo XX, Walter Benjamin: la experiencia es “la captación que el sujeto hace de una realidad, una forma de ser, un modo de hacer, una manera de vivir, etc. La experiencia es entonces un modo de conocer algo inmediatamente antes de todo juicio formulado sobre lo aprehendido”. También la experiencia puede ser entendida como “el hecho de soportar o sufrir algo, como cuando se dice que se experimenta un dolor, una alegría, etc”.

Detrás de estas dos concepciones, se esconde una idea común: la necesidad de conocer y, a partir de ahí, crear, percibir el mundo sin ideas prefabricadas, sin prejuicios. Sin embargo, tanto Blake como Benjamin nos alertan acerca de lo doloroso que llega a convertirse para el hombre moderno un acercamiento directo a las cosas del mundo, lo que de paso nos lleva a la vieja concepción del desafío demoníaco trabajado anteriormente en la “Visión Memorable”. Entre nosotros y el mundo se han levantado toda una serie de elementos: desde un complejo entramado de conceptos hasta un sistema moderno de regulaciones propias de las instituciones políticas y religiosas (que podría incluir, en la actualidad, los medios masivos de comunicación) que no nos permiten ver la realidad con nuestros ojos y reconocer que vivimos sumergidos en la ignorancia de todo lo que nos rodea. Por eso la crisis de la experiencia implica la dificultad que tiene el sujeto concreto de disfrutar de un hallazgo abierto y no mediatizado con el mundo. La “experiencia” resulta, ya sea para el poeta inglés del siglo XVIII como para el filósofo alemán del siglo XX, una filosofía que de la contemplación se transforma en acción de comunicar nuevos sentidos de lenguaje capaces de incidir sobre la realidad. El arte no se conformará en ser sólo un ritual religioso o la búsqueda de la belleza sino que tratará de ser una práctica política, una relación crítica capaz de dinamitar los diques clásicos de la contemplación y enfrentarnos a un tenaz reto de transformación en las maneras de percibir nuestro mundo. Esa transformación la elabora el poeta en aras de un lenguaje que cruza por el centro mismo de las distintas expresiones simbólicas humanas: mito, religión, razón, arte, filosofía. En otros términos, propone una revisión de los valores que rigen una sociedad determinada.

El tercer núcleo temático, la reivindicación del genio, aparecen en los siguientes proverbios: “Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz” – “En un águila miras una porción de genio. ¡Alza la cabeza!” – “El progreso traza los caminos derechos; pero los caminos tortuosos, sin progreso, son los caminos del genio”. La noción de genialidad, tras haber sido elaborada por primera vez en la época romántica, ha entrado a formar parte del lenguaje moderno. Esta noción designa la condición de algunos hombres dotados de un talento creativo innato y excepcional, capaces por ello de realizar obras que van más allá de lo previsible, hasta el punto de superar en ocasiones la capacidad de comprensión de sus contemporáneos. En el ambiente romántico, la encarnación del genio fue Miguel Ángel, cuyo reconocimiento por parte de la crítica creció a principios del siglo XIX hasta el punto de crearse un término específico (miguelangelismo) para designar aquellos intentos de emular su grandeza, su naturaleza sobrehumana y potente.

Sin embargo, existe un aspecto paradójico en la descripción romántica del genio: si éste es alguien que no acata ninguna disciplina establecida y si la esencia de su trabajo creador consiste en ir contra todas las reglas, evidentemente es imposible dar una definición exhaustiva de la genialidad, que se convierte así en un concepto indefinible desde un punto de vista teórico. Ello no impidió ocuparse del problema a los pensadores y artistas de los siglos XVIII-XIX; antes al contrario: aunque la genialidad es inexplicable en sí misma, es posible sin embargo determinar las particularidades personales en los grandes genios del pasado. Por otro lado, el romanticismo subrayó los aspectos comunes entre el genio y la locura. Por su propia naturaleza, ambos son una superación de los límites e indican una condición humana más allá de las normas impuestas por la normalidad, por el sentido común y por las reglas de la lógica, o por “los caminos derechos del progreso”. La única diferencia entre estas dos manifestaciones del espíritu radica en su dimensión social: efectivamente, la obra del loco es original, revolucionaria e imprevisible como la del genio, pero es excéntrica y puramente subjetiva; no es, según el término introducido por Kant, magistral (es decir, capaz de atraer imitadores y fundar una escuela).

Schopenhauer, filósofo alemán contemporáneo de Blake, definió como genial la condición propia del conteplador puro de las ideas, capaz de alcanzar un estado de total desinterés (indiferencia) hacia el mundo y de descubrir los valores universales en las cosas concretas, convirtiéndose en un puro ojo del mundo. “Mientras que para el hombre común su propio patrimonio cognoscitivo es la linterna que ilumina el camino, para el hombre genial es el Sol el que revela el mundo”, afirmó este filósofo, quien no dudó en añadir que esta condición roza peligrosamente la locura porque supera el principio de razón.

Por último nos queda la afirmación del cuerpo y la sexualidad frente a una sociedad regida por el puritanismo religioso, cuestionando de ese modo los pilares de la moralidad occidental: “Las prisiones están construidas con piedras de la Ley, los burdeles con piedras de la Religión” – “La lubricidad del chivo es la generosidad de Dios” – “La desnudez de la mujer es la obra de Dios” – “Así como la oruga elige las hojas más hermosas para poner sus huevos, el sacerdote deposita su maldición sobre los mejores goces” – “La cabeza, lo Sublime; el corazón, el Pathos; los órganos genitales, la Belleza; los pies y manos, la Proporción”. Blake observa que, bajo la influencia del cristianismo y sus variantes (el catolicismo, el protestantismo, el anglicanismo, etc.), no siempre ha habido un entendimiento profundo de la sexualidad humana como reflejo y prolongación de la unión de los opuestos, ya sea entre el cielo y el infierno, entre lo masculino y lo femenino, como caracterización de nuestra naturaleza divina. Si nos fijamos en la tradición bíblica, desde el Cantar de los Cantares de Salomón -uno de los poemas más hermosos que el erotismo antiguo nos ha ofrecido- a las Cartas a los Romanos del Nuevo Testamento, hay un abismo: San Pablo (el autor de las cartas) condena la sexualidad como una mancha corruptora (“bueno le sería al hombre no tocar mujer”) y sólo admite el casamiento como medio para evitar las “fornicaciones”. El escritor cristiano Tertuliano (155-220 d.C.) llega incluso a borrar la diferencia entre el matrimonio y la prostitución (“toda unión carnal entre hombre y mujer es un acto bochornoso”). En el libro La Ciudad de Dios, San Agustín indica que el orgasmo despoja al hombre de su conciencia y de su capacidad para distinguir entre el bien y el mal, y agrega que es sintomático que el hombre llegue al mundo entre “defecaciones y orina”, en tanto que para Santo Tomás de Aquino, el acto sexual representa la contaminación del seno materno.

En el s. XVIII, época de William Blake, el pensador Jacques Rousseau recomendaba mantener a los niños en la ignorancia de lo sexual para “no estimular su curiosidad” y “provocarles asco para ahogar su fantasía”. Los moralistas modernos de hoy en día utilizan en cambio la estrategia “liberal”: Educación Sexual aséptica, vía explicación médica (mecánica) de “los órganos de reproducción” y de los “medios de anticoncepción”, sin mencionar ni por asomo la palabra placer, muchísimo menos aún la noción de sexualidad integral o de erotismo creativo, para finalmente rubricar su “educación” proyectando videos de órganos devorados por las pestes venéreas para “prevenir” mediante el miedo y la repugnancia. Y lo que sucede es que, privado el ser humano de temporadas de celo y de su consecuente abstinencia, todas las sociedades han tratado de imponer frenos, barreras y tabúes, en el nombre de los más distintos propósitos y/o pretextos. Habría razones antropológicas de aparente validez: por ejemplo, en casi todos los grupos humanos se ha prohibido el incesto, tratando de proteger a la raza humana contra los peligros de las mutaciones genéticas; y no se puede negar tampoco que aquello de “no desear a la mujer del prójimo” -en una sociedad patriarcal y de propiedad privada- es, más que una llamada a evitar el “pecado”, una conveniente precaución contra los conflictos sociales que podrían derivarse de la concreción de ese deseo. Sin embargo, también ha sucedido que la diligencia de los guardianes de “la moral” ha llegado a abismos dignos de una profusa antología del horror, en su afán por contener lo incontenible: órbitas arrancadas, manos cercenadas, cinturones de castidad, jaulas para genitales masculinos, cuerpos ulcerados, infibulaciones, castraciones, hogueras, y empalamientos son algunos de sus legados.

El cristianismo y las variantes mencionadas, fuertemente influenciados por el pensamiento platónico, convirtió la carne en sinónimo de degradación, fuente de tentación y terreno propicio para el pecado. Detrás de los ardores corporales, estaba la pezuña de Satanás, los tormentos de la culpa y la caída a los infiernos, cuando en realidad la sexualidad nos lleva ante la presencia vehemente del deseo, desaparece el pasado y el futuro, el cuerpo se vuelve puro presente, desea entregarse al gozo y satisfacerse en ese instante, sin importarle cómo, dónde, con qué ni con quién; para obtener el éxtasis puede incluso -aunque solo fuere por breves segundos- abandonarse a la seducción del dolor más atroz o de la misma muerte.

¿Qué papel juega entonces la presencia de lo erótico en medio de este panorama? Uno fundamental: el erotismo -al contrario de la pornografía- no se concentra solo en los genitales, no reduce al ser humano a una caricatura lasciva o a un fuelle hidráulico de alto rendimiento, no empobrece la vida reproduciendo en el “amor” la agresividad de una sociedad enferma ni las texturas planas del “marketing”, ni el maniqueísmo de las ideologías deshumanizadoras. Por el contrario, nace de la necesidad de expresar estéticamente lo prohibido e innombrable en cuanto configura un desacato no sólo del decoro verbal de una época sino de las normas y jerarquías sociales. Si la sexualidad representa lo más reprimido y perseguido de nuestra condición humana, reafirmarlo implica dar vuelta las prohibiciones y los tabúes que conforman la hipocresía de una cultura que, por miedo a los impulsos que rigen nuestra naturaleza, ajena a los condicionamientos y las leyes, transformó la moralidad y sus normas en cárceles y ataduras. Reafirmar lo erótico, presente en nuestra conformación, es reafirmar la necesidad de una sociedad nueva en la que hombres y mujeres se miren sin culpas y sin vergüenzas, se miren libres del peso de una tradición ignorante. Si el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios (que no tiene nada que ver con ese Dios que las iglesias inventaron), entonces no hay nada que condenar: el hombre mismo, se lo mire por donde se lo mire, es modelo de perfección y belleza. Tal vez entender esta perspectiva típica de la poesía y el pensamiento romántico de Blake implique aceptar la escritura revolucionaria que todavía espera ser leída y rescatada del olvido.



La Diosa Secreta.

La feminidad, como aspecto creacionista, ha sido habitualmente menospreciada y olvidada, tanto por la perspectiva social como por el universo artistico durante los últimos cinco siglos. Sin embargo, el aspecto dual de una divinidad que posee tanto el rostro de la mujer como el del hombre, fue una creencia poderosa y magnifica durante los albores de la historia de la humanidad.

En el momento en que la mitologia del conglomerado cultural encuentra asidero en la esencia de una idea en particular, la estructura de pensamiento se construye a partir de una vinculación semiológica existente. Es una nueva perspectiva ideologica que recrea la creación de un universo cuántico y equivale, desde una visión primigenia, a un despertar idiosincrático. El mito de la Diosa se ha reconstruido asi mismo, tantas veces como se le ha intentando destruir o minimizar, y de hecho, a tomado nuevas formas de expresión y manifestación a través de gran cantidad de vehículos insospechados que le han permitido subsistir como una creación primitiva y a la vez, intrínseca en el lenguaje intelectual más común.

La mujer, como criatura intelectual y conceptual, ha sido su principal exponente.

Toda mujer posee tres aspectos en su dimensión metafórica y una, en su concepto más originario. En la propuesta de Fernando Rísquez (l985) donde apuntala la tesis arquetípica de Jung, aproxima esta especial definición de la feminidad a un núcleo global: Lo femenino se define a través de la tríada arquetípica y secular que señala a toda mujer como un trébol de tres rostros, uno es Deméter: la madre; el otro, Kore: la hija, el retoño, que luego florece y se convierte en la diosa hija; y el tercer rostro es Hécate: la encantadora, la mujer que expresa en si misma encantamiento y de brujería, la diosa bruja.

Todas las mujeres conforman en si mismas estos tres reflejos de la esencia de la sociologia más antigua y estas tres defiiciones componen la unidad arquetípica de lo femenino por excelencia. En cada mujer están la madre, la hija y la encantadora devorante. Desde este punto de vista, la feminidad profunda es triforme y, por tanto, extremadamente compleja y ambigua. Durante su vida, toda mujer siembra las tres formas de la tríada jungiana: Deméter (la madre), Kore (el retoño) y Hécate (la diosa bruja, la mujer seductora).

Si analizamos retrospectivamente la existencia de los seres humanos como un conformación progresiva-evolutiva, es lógico asumir que, en los mismos orígenes de lo que más somos -seres profundamente sociales-, está la mujer, la Diosa y el Poder de lo Femenino en combinación con lo masculino. Desmond Morris apuntó que en la forja y primera evolución de nuestra capacidad social, en ese tránsito del simio al hombre, el poder creacionista de la mujer fue uno de los motores de estandarización de los primeros clanes o grupos tribales humanos, pues daba cohesión y fortaleza al grupo mediante el desarrollo de profundos lazos emocionales y sexuales; incluso llega a añadir que la evolución de su cuerpo -sus pechos desnudos y bien visibles- tuvo esa función erótica -en la acepción del erotismo como forma de poder- más que simplemente la de amamantar.

La mujer en si misma, es un vehículo de creación absoluto. Es capaz de dar vida a un ser totalmente independiente de su propia individualidad y otorgarle caracteristicas propias, que lo convierten en un ser viable que pertenecerá a un estamento social funcional al alcanzar una deseable madurez. A su vez, la mujer es el equilibrio de la fortaleza ancestral masculina, la perenne energia equilibrante que deposita en la figura masculina la necesaria armonia para crear una unica forma de pensamiento: la perspectiva de vida más universal.

A través de mis fotografias, sobre todo a través de los retratos femeninos, he deseado retratar a la mujer no solo como una forma estética, sino además una manifestación de la composición dual de un universo esencialmente ambiguo. Creo que lo femenino y lo masculino crean en si mismo un simbolo de divinidad que trasciende conceptos y lenguajes, la forma de expresión más absoluta y maravillosa: la razón humanistica del género.

Incluyo, como homenaje a todas las mujeres y hombres que creen la posibilidad de un sincretismo ideologico y conceptual, una pequeña muestra de retrato femenino y los diferentes arquetipos de la mujer.

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